18 octubre, 2016

LA DANZA … ¿QUÉ ES?


Mientras se ve a las bailarinas en el escenario, cuando es posible meterse en ese mundo de movimientos y quietud, se hacen patentes las singularidades y las búsquedas. Las separaciones y las uniones, eso parece que se repite siempre, como un péndulo bastante filosófico… dado que hay quienes opinan que la filosofía es un derrotero constante de intentar dar cuenta de esa comunicación, ese salto, ese hiato. Lo universal y lo particular, siglos y siglos explicando y desanudando el fundamento de esta relación. Lo uno y lo múltiple.
La danza nos muestra también que al parecer somos el único animal que se detiene en sus percepciones. Pero los animales juegan dice Paul Valéry y se pregunta si ciertos juegos animales que tienen un grado de sofisticación evidente no son ya anticipaciones de la danza. Pero Valéry no encuentra en el ámbito animal la inutilidad de los gestos, todo puede tener una explicación funcional, servir al instinto. En última instancia siempre podemos pensar que los animales obran con miras a la autoconservación; no pueden nunca salir de una relación meramente vital con su cuerpo.
Los bailarines en el escenario corren de un lado al otro, golpean con sus manos o con todo el cuerpo se frotan frenéticos contra las tablas y desaparecen para reaparecer. Y entre medio, al aire, esta pregunta acerca de qué vínculo hay entre danza y filosofía. Parece que los filósofos no lo han pensado y la historia de la filosofía muestra que todo lo que los filósofos no piensan tiene sus razones de carácter filosófico… ¿metafísico? Lo inútil parece apropiado para pensar una vinculación entre estos modos de hacer. Pues la danza está hecha de gestos sin finalidad y la filosofía encuentra desde sus inicios griegos un hacer su identidad en un tomar distancia de los fines prácticos de la vida. No sirve porque si sirve pierde su condición de pensar lo primero. Y la danza está gobernada por movimientos que no persiguen un objeto determinado sino que justamente el objeto de la danza es ella misma, envolviéndose en ella misma, pero además la danza no tiene fin. Dice en esta comunicación inmensa Paul Valéry: “Lo que da término a la danza son los sucesos ajenos; sus límites de tiempo no son intrínsecos a ella”(…)*Su límite está dado por un agotamiento más o menos previsible de las reservas del cuerpo danzante. Abordar ese centro autónomo de tiempo que se autogenera es seguramente lo más difícil, lo que más le importaría comprender a alguien con ambiciones filosóficas. Valéry dice también “es mucho más sencillo construir un universo que explicar cómo se sostiene un hombre sobre los pies”. La danza crea un tiempo. Aparece un acontecimiento único y por eso no hay parámetros para poder abordarlo, lo que la danza hace con el espacio y con el tiempo es tan atípico, tan instituyente... no hay un marco de referencia para entender. La bailarina está en otro mundo, un mundo sin afuera, sin finalidad sin resultados -todas expresiones magistrales robadas a Valéry-. Un mundo que tiene su propia necesidad y sus propias ataduras. Por lo demás, no existe en la danza la necesidad y la satisfacción de una necesidad, los medios no están claros ni los fines que esos medios procuran perseguir. Todo es un problema, una lucha sin fin. Si el mundo práctico se rige por una economía del gasto justo y necesario para obtener los objetos que el sujeto en cada caso requiere, la danza se regiría por una economía del derroche con la salvedad de que las reservas de fuerza siempre permanecen imprevisibles, en este sentido no tiene término, el término es un accidente exterior por ejemplo el sueño de los espectadores. O en última instancia el desfallecimiento oportuno de las fuerzas que sostienen la escalada de los cuerpos. En resumen, hay en la danza un funcionamiento único del tiempo y del espacio, Valéry habla de una poesía general de la acción. Sugiere que la danza comparte con todas las formas artísticas este proponerse y autogenerarse desde una lógica interna con sus propias reglas. La poesía haría danzar las palabras, la escultura la materia informe, y así sucesivamente. ¿Pero es casual que el arte que mayormente prescinde del concepto, de las palabras, y hasta de los sentidos, sea tan potente a la hora de generar esas otras duraciones, esas otras quietudes, balanceos, giros, torsiones, pliegues y virtualidades que con poca frecuencia han sido pensadas?  



*Nota: Valéry, P, "Filosofía de la Danza", Trad. Kena Bastien Van Der Meer

09 agosto, 2016

En los médanos

 Los pies se nos hundían sobre los médanos había una cantidad considerable de una especie de pastitos que no eran demasiado largos pero tendían a flamear con el viento. Imposible andar descalzos por el frío. La botella de cerveza estaba apoyada sobre la arena y toda su base tenía arena adherida por la humedad del vidrio negro. Tomé un trago bien bien largo y nos miramos y les dije bueno me voy. Dónde, no, me contestaron ustedes, ahora te vas... dentro de un rato se hace de noche después no vas a poder volver. Pero es que voy a usar, referencias, quiero ver quiero ir hacia Aguas Dulces quiero recorrer toda la playa vacía ir a los médanos, quiero buscar pruebas de la chica que mataron tiempo atrás. Resolver ese caso aportar algo concreto hasta ahora no descubierto que aporte ¿ee? un dato esclarecedor y lo resuelva. Ustedes se cagaron de la risa me desearon suerte y que prestara atención. Empecé a caminar. Para el lado de los médanos de Cabo Polonio nada ni una persona cerca de semejantes montañas de arena. Solo pasó alguien cabalgando a toda velocidad y dos perros atrás enardecidos con las patas del caballo. No podía creer que los perros pudieran alcanzar a un caballo como ese con tanta facilidad o a cualquier caballo que galope en la arena o en otra superficie. Los perros estaban cegados de furia y daban ganas de que el caballo lejos de desorbitar cada vez más sus ojos de pánico diera unas buenas patadas hacia esas bocas sedientas y sus dentaduras estallaran. El jinete daba la impresión de que tenía toda la intención de hacer algo pero no hacía nada y los perros acercaban sus dentelladas a las patas traseras en ese lado esbelto entre la pezuña y la pata que se afina y ahí rasgaban la carne del pobre caballo. Al fin el jinete hizo un ademán brusco tiró de las riendas, el caballo casi se paró en dos patas. El jinete hizo un gesto amenazante a los perros y disparó fustazos al aire como si espantara moscas. El lenguaje de los gestos es una comunicación certera para los perros se detuvieron como pensando que las consecuencias podían ser caras si persistían con su instinto asesino. Los perros se fueron hacia el norte y el caballo manando sangre de una de sus patas hacia el oeste. Me fui para el lado de los perros y caminé varios kilómetros a medida que me alejaba del centro del pueblo siempre por la playa abierta, inmensa, los ranchitos iban siendo más espaciados y más precarios. Por momentos se veían tan raquíticos y endebles que daban ganas de ir a tocarlos para convencerse de que no estaban dibujados o de que no se trataba de montajes escénicos que solo tenían frente y al darles la vuelta uno se encontraría con un armazón de utilería. Cuatro ranchos alineados más lejos dos ranchos alineados y uno un poco más atrás. Después una serie de esos ranchos que eran simplemente una piecita de tablas entreveradas oscurecidas por la intemperie y que era difícil saber si habría un morador dentro. Todo desértico salvo tres chicos que corrieron hacia el mar los vi de lejos y para cuando llegué donde ellos con una piel de acero se bañaban felices en ese mar helado, nada, enseguida desaparecieron. Un restallido seco fue aumentado desde atrás empezaba a tamborilear y se mezclaba con el bramido continuo del mar calmo de la bahía. Una ráfaga era el caballo que volvía lanzado y se alejaba otra vez llevaba su pata izquierda vendada con un paño blanco que se había desanudado y dejaba a los vientos un retazo y fue lo único que a pesar de la distancia todavía vibraba en la retina. Escalé un poco por los médanos para ganar altura y ver con más detalle la puesta del sol y también para tener una visión un poco más panorámica hasta dónde llegaban las casitas, sobre la playa cada vez eran más espaciadas, se repetían cada cien o ciento cincuenta metros. En eso no sé de donde un perro me divisó a lo lejos y ladró vino hacia mí con el segundo ladrido se sumaron de más lejos otros dos y tres más. Las piernas se me van solas pero en la playa ya los perros no se muestran tan agresivos me persiguieron un rato y cuando me di vuelta nada; solo esa bruma que venía del mar y que ni se movía porque había poco viento. Todo estaba blanco y rosado como si el aire tuviera una coloración. Caminé unos quinientos metros más. Cuántos kilómetros habría caminado hasta ese momento. En Aguas Dulces sin que me haya podido dar cuenta se fueron multiplicando aglomeraciones de luces que desde la soledad en la que me hallaba creaban la ilusión de una ciudad muy grande. Hace ya un rato que quedó atrás el último endeble ranchito monoambiente y los médanos se volvieron como más bajos y más llanos. Es imperceptible el instante en que la noche llegó. En realidad es tan gradual que no se puede decir ahora pasamos a la noche, ya entramos, no, es todo una mezcla de lo que se abandona y de lo que llega del esfuerzo por ver un poco más allá y aferrar el último resquicio que no se va nunca pero que ya es inútil. Más lejos de la costa cuando se terminaban estos médanos se veía mucha vegetación una zona boscosa un poco más lejos, será acá donde encontraron el cuerpo de la chica enterrado... En verdad estaba como semi enterrado más bien disimulado con lo único que se podía hacer pasar que era arena. Posiblemente esa noche fue ventosa y entonces a la mañana alguien paso y vio un resto asomando, algo que le llamó la atención, una forma, el reflejo de una uña. Como esas cosas negras que asoman cerca de la costa y de lejos uno no sabe si es un pedazo de barco antiquísimo, un animal inmóvil o una roca oscura. Me quedé un rato revolviendo con las zapatillas como haciendo gestos de buscar, como si las puntas del calzado fueran capaces de husmear. Las tinieblas me iban envolviendo y ahí parado no hacía nada ni siquiera podía tomar fotos porque la cámara tenía poca batería. Emprendí el regreso.               
    

01 agosto, 2016

Todo lo que es gratis es bueno

 Todos salieron a la noche y respiraron el aire yodado, el aire del mar. Jajaja qué mar acá no hay y el río está lejos. Después enloquecieron.
 Solos enloquecieron en mitad de la noche se despertaban empapados temblando. Ni siquiera era mitad de la noche pero para ellos era así. Era apenas la madrugada, recién. 
 Parece que el aire tenía algo y lo habían respirado, claro si el aire es gratis. Cada uno lo respiró y después cada uno enloqueció solo y así sin saber a quién reclamarle. Porque les daba casi vergüenza decir; por qué lo hice, por qué por qué por qué... por qué respiré.
 Todos habían salido y habían dicho qué rico esto no es la mezcla de siempre la que nos venden siempre la hecha de caca de perro y hojas medio podridas y humedad mucha, no nada de eso. Pero si es gratis qué dicen! Pero si hay lo suficiente nada es distinto esta noche es la ciudad de siempre la húmeda la pesada la que se baja la que te aplana la que te pesa y te pasa todo rápido. 
 En fin, todos enloquecieron al irse a dormir apenas un rato pasó y se levantaron como locos de atar transpirando a gota gorda con frío con frazadas que eran un horror. Sueños solo sueños de locos. Tal vez si toda esa pesadilla y ese padecimiento se hubiese podido conectar y sabido todos que por el aire era por el aire que habían tomado pero no cada uno solo lo padecía y se preguntaba para qué respiré tanto tan profundamente. Si bien recordaban los excesos de la noche todos lo hacían porque habían escrito y mandado a los otros que estaba rico muy rico el aire esa noche. Se arrepintieron. Fueron, encima no juntos sino que cada uno por separado llamó o se presento -o mandó un msj que era una aberración- en el lugar destinado para tal fin a pedir que ya no lo regalen.

16 julio, 2016

Los deseos

 Nos despertamos pensando en pedir tres deseos. Un deseo estaba apuntado sin lugar a dudas hacia el perrito blanco que había salido como una flecha. Otro deseo estaba apuntado hacia la posibilidad del primer amor. Y por encima de todo eso o sosteniendo todo aquello el pedido era que se cumplan los otros dos deseos. 
 El deseo de que el perrito blanco estuviera bien. 
 Porque cuando nos muramos vamos a verlo al perrito blanco saliendo como una flecha hacia la calle, disparado porque sí de puro contento, escapado, creyendo que está burlando alguna ley física. Ya no podemos pasar por esa calle, la evitamos, qué calle qué nombre de calle siempre por aquí nos han parecido difíciles de retener los nombres de las calles.
 Las cosas determinantes, las duras las difíciles de asimilar, las calientes las muy frías las despojadas, las solas cosas, siempre pasan sobre el pavimento, el azul. Allí vemos las cosas solas vulnerables, lo que se disuelve lo que no resiste la embestida lo que es rápido pero al fin lento la reacción de aquello que no ve que no ve que viene algo, sobre sí, sobre lo frágil de la carne a la que se dice siempre amar en el momento ese donde todo ya está terminado. Y entonces apagaron las luces, antes ya habían encendido las velas, sacamos el papelito todo hecho un bollo, leímos cada deseo y soplamos como soplan los niños con esa preparación con que soplan los niños evidenciando que han estado practicando. Ese aire que no surge espontáneo sino como una enseñanza que se luce y muestra a los costados. El perrito blanco esté bien, el primer amor, y el que sostiene a los otros dos que ambos deseos se cumplan. 
 Después ya no pudimos seguir manejando y era como un cuarto que se inundaba sin retorno, el agua subía el nivel faltaba poco para que la velocidad alrededor de las cosas nos ahogara. La tristeza no detiene el mundo. 
 Si es así había que seguir. Pero no podíamos entrar a ese agujero de amable rutina unas pequeñas escalinatas donde teníamos que entrar y trabajar. Nos sentamos a esperar y a llorar como si aquello fuese un altar para pedir algo, no era esa la forma.
 Entonces creímos que en ese día que era ante todo un día señalado por los rayos fulminantes de una mezcla de verdad y locura o por una indiscernible bola de verdad y locura, supimos que habíamos abandonado a lo más amado, a lo más cuidado y todo se iba desluciendo inaprensible como una repetida imagen grabada en una cámara de seguridad. Siempre mostraba lo mismo siempre ese mismo circulo aborrecible en rojo claro mostrando el perrito blanco como una flecha. Lo más amado siempre lo más amado. Ahí, la dejaba, la abandonaba porque en sueños ese perrito blanco era ella otra, una perra, amada, era ella seguro era ella. No haber cuidado lo único que debía cuidar, dejar que las cosas aquellas, un remordimiento sin fondo; nada comparable.     


29 junio, 2016

Bajo la autopista

 Los autos doblaban a gran velocidad casi parecía que podían resbalar por la humedad del pavimento. En eso un perrito blanco se cuela a cruzar solo, mis ojos se lanzan se desbocan se salen de sus órbitas pero está bastante lejos. Voy a terminar dándole de comer a perritos blancos en la noche, atravesando el frío, la niebla, todo cargado de abrigo, perritos blancos por todos lados hacia mí. Socorro. Soy el socorro, arrastro sobre la avenida el cuerpo de un perrito blanco estallado por la indiferencia atroz de las máquinas, qué lugar tan común! La carne es tibia, la respiración es vital. Las máquinas son frías, su funcionamiento es indiscernible, indistinguible del tiempo. 
 Pero aún eso no sucede y bajo la autopista es evidente que de vez en cuando aún intentan los autos esquivar lo que se pone delante de ellos, lo que quiere cruzar hacia allí si bien esos perritos blancos tal vez no sepan para qué cruzar lo que quieren cruzar y cuando entran a la curva ésta comienza a ensancharse cada vez más. Ahí es cuando yo abro la boca tan grande me corto en lo que vengo diciendo, en lo que le estaba diciendo en lo que te estaba diciendo. Y no te das cuenta no se da cuenta de que hago algo que es como viajar como viajar sin moverme del metro cuadrado que me tiene prisionero porque me siento precisamente prisionero de esa distancia que me impide salvarlo... estoy seguro de que debería salvarlo antes de que esa fuerza de hierro, fría y ciega, lo despedace. Ve que me voy pero como que no hace caso como si no lo creyera por lo menos ahora no lo cree; quién se iría por algo tan ordinario por algo tan insignificante como un animalito así haciendo zig zag por una gran curva que es casi una impresionante circunferencia y muchas calles, avenidas, conectadas a decir verdad que van para un lado y para otro pero todo lo que digo sucede bajo la autopista. Frío y sombra. Bien húmedo y medio helado. El perrito blanco esta vez escapa en una huida que no se sabe que nunca sabré si es suerte o alguna clase de destreza o una milagrosa hazaña, ese roce ese evitar el golpe la lapidación el salto al vacío a las cosas duras y frías. Saludo. Te doy un beso que es como un repaso de todo lo que estuvimos hablando y riendo. De todo esto se desprende se desprendería que un texto de autoayuda sirve se vuelve legible, soportable, digno para la polémica, para lecturas frescas para ojos que quieren algo distinto o no leer nada más en su puta ocasión. Decía -después miré para donde vos estabas en esa parada por si acaso- cruzo la calle corriendo para meterme en la estación creo que estoy contento porque todo salió bien me interpongo delante de los autos, calculo el tiempo justo para pasar delante de uno le calculo tan justo que paso abrupto como un velocista de piedra delante y me bocinea me insulta me tienta a la pelea y subo en fin lo de siempre, seguir.    
    

04 junio, 2016

Trillizos

 Íbamos por la costanera a toda velocidad y nos abrazaba se apretaba contra nosotros como si fuésemos algo que la protegería por siempre. Anochecía. El río estaba gris y calmo. En sentido contrario zumbaban varios autos que tal vez se dirigían a Aeroparque o salían hacia Retiro. Fuimos disminuyendo la velocidad y suavemente descendimos para besarnos y abrazarnos. Y después fuimos a un hotelcito que encontramos un poco más lejos. No nos cuidamos, y después, nos enteramos que iban a ser trillizos; lloramos toda la mañana esa, había que trabajar pero no podíamos trabajar, los jefes lo entendieron, así no se podía trabajar tampoco nos dejaron ir por miedo a que en la soledad con la lluvia el mal tiempo nos matáramos. Pero por qué llora por qué llora se preguntaban todos, y nosotros ahí tendidos sobre un escritorio en la oficina de los jefes ensuciando un poco todo con moco medio aguado. Tragando una galletita con moco, sorbiendo un mate con moco. Vino otro jefe y nos miró y nos dijo, no podés estar llorando por esto y le decíamos que lo entendíamos que no era para llorar que era para alegrarse pero que últimamente se nos daba por llorar. Uno de los jefes se distraía viendo algo en nuestro cuello como que algo brillaba y ese destello le molestaba en los ojos claros, entonces se acercó. De todos modos el cielo estaba blanco o sea que no había reflejo y destello posible. Y fue este jefe de todos modos y cerró la ventana pesada y medio ministerial con esas hojas de madera macisa que bajan como una guillotina, porque salpicaba un poco de agua de lluvia cerca de la mesita donde estaba ubicado el teléfono. Es por los trillizos entonces que estás así... Sí sí es por los trillizos que estamos así no sé qué haremos no podemos parar de llorar nos da mucha vergüenza esto, no podemos más que lamentar este desastre... cómo nos puede pasar esto a nosotros Dios mío... y así en sollozos todavía un buen rato. Entonces el jefe que estaba del lado de la puerta todavía, el último que había aparecido y que es más jefe que los otros dos -de los cuales en verdad uno es jefe y el otro subjefe- dijo inclinando un poco el cuerpo y parpadeando con sus ojos claros. Vergüenza... dijiste vergüenza... dijo vergüenza -y continuó- qué es eso que tenés en el cuello ese adornito, esa... ¿medallita? ¿te la hiciste provista de una cinta? ¿Es para la envidia o la suerte? Caminamos cuesta arriba, del puente para el otro lado. En la esquina nos detuvimos y husmeamos después en el cordón dejamos que nuestros cuerpos se derrumben y queden allí un buen rato deshaciéndose entre las migajas del perrito blanco. Escarbamos sobre su cuello aplastado y seco, entre pelos pegados que eran una masa todavía suave al tacto. La peor escena, el peor desenlace. La medallita con su nombre y su dirección todavía se aferraba adherida al pavimento. Llevamos la medallita a la casa para mirarla a trasluz después más tarde la colgamos del cuello como una pasión.     

12 mayo, 2016

La visita de un cuerpo

 Queríamos tener un cuerpo. Un cuerpo que sirviera para disfrutar del sexo, para los deportes, las drogas, las comidas, para llenarlo de bebidas y pastillas. Un cuerpo que sirviera para avanzar bajo lluvia de hojas amarillas cuando ráfagas de viento pelan los árboles las copas que se entregan al despojo, creando montañas de pálida luz a la hora silenciosa. Un cuerpo para trasladarse rápido entre dimensiones heterogéneas nocturnas. Un cuerpo entendido en brujerías que pudiese visitar a sus amigos muertos y a sus amigos vivos, pero alejados. Visitas también disímiles. Un cuerpo que a la madrugada visitara a una perrita que no se sorprendiera para nada de ver un cuerpo allí que le da un obsequio, un pequeño oso de peluche para que lleve y traiga. Los ojos negros de la perrita brillan en la profundidad, ojos de tinieblas que miran sin hacer el tipo de preguntas que molestarían a un brujo que viaja en la noche por el poder de sus aliados. Alguien, avanzada la noche que encuentra un cuerpo en la habitación, en la cocina junto a la cucha de la perrita, al levantarse por casualidad, y se pregunta cómo es posible. Alguien que se va a dormir y luego no puede conciliar el sueño, cómo es posible haber visto ese cuerpo allí en cuclillas sobre el piso de mosaico frío jugando con la perrita hasta donde ello era posible por la somnolencia de la perrita. Pero entonces acostada se pregunta, se sobresalta, se destapa con vigor porque tiene muchas mantas encima por el frío de la madrugada con el silencio frío de la madrugada. No le habrá -se pregunta- pasado algo pero no a ese cuerpo que vi jugando allí, mimando, abrazando a la perrita sino al cuerpo al otro al que está lejos... al cuerpo real; cosas todas cavilaciones en las que no creen los brujos. Como que eso puede ser algo que huele a muerte a despedida -sospecha- un derroche de energía que el universo hace tal vez entonces -imagina- deja que una vez una aparición que es algo que los límites de lo cotidiano no dejan fácilmente que se manifieste. Y presumiblemente lo hace frente a la perrita porque no podrá comunicar al menos como lo comunicaría un humano con esa sorpresa y con esa incredulidad... la perrita duerme. Entonces fuera de la cama con los pies descalzos prende la luz y la perrita está acurrucada y duerme y entre sus patas está el oso pardo de peluche. Hace la pregunta que solo un aprendiz de brujo que no entiende todavía del todo las cosas de la brujería puede hacer y pregunta si un cuerpo realmente "físicamente", ha estado ahí.       

01 mayo, 2016

Nada como un cisne

 Al final sí era cierto que Kafka habla de las piletas, de los centros llamados natatorios. Es más hace referencia a que él vivía en Praga, tal vez, frente a un natatorio; y aclara, por eso íbamos. Esto en las Cartas a Milena. Kafka era así, muy flaco con grandes dificultades para ingerir alimento pero con mucha fuerza. Esa fuerza tipo tengo un aliado como refiere el aprendiz de brujo de Castaneda.  En general nunca va a decir que algo le atrae por su fuerza, por su tamaño, por su coquetería. Va a optar por la respuesta más simple que tenga al alcance de la mano. Hará referencia a la cercanía a la comodidad. Pero queda la posibilidad de que nade porque es un amante del cansancio, porque por alguna extraña razón si está fatigado crea mundos que pueden resplandecer por sí mismos.  
 El nadador es alguien que mientras nada resuelve, hace certificaciones, toma decisiones vitales. Es una práctica donde uno un poco indaga sobre la desesperación y la muerte. 
 Mientras nadaba mientras intentaba no hacer un acto aberrante, pateando siempre pateando y babeando... con ese descaro. La muerte... repudiarla siempre, toda señal de esa es para querer alejarla y sin embargo en el natatorio siempre esa sensación de que se acaba, no hay, aire. Y el gran nadador que es Kafka para colmo viene y en una carta tira que él ha escupido algo de color rojo en la piscina de la escuela de natación. Todo es un juego de la cabeza, una tortura mental que siempre termina bien. Si kafka lo hizo si la mandó así exponiéndose a un escándalo a las condiciones de salubridad no solo obvias sino que no caben por lo pronto ser desmentidas. Porque lo que nunca debería suceder es que uno se cague o vomite por el esfuerzo máximo en medio del agua. Siempre pensando en las incontinencias, temiéndolas siempre. Acechan. Al viejo, al pobre. A las niñas ricas e infelices. La risa kafkiana vacila en la correntada: todos putos yo me quedo en el natatorio dicen, no obstante -expresión que Kafka ama más que ninguna- que yo -el que le escribe a Milena, el desganado, el enfermo e incapaz de viajar- nado como un cisne.  

19 febrero, 2016

Cita en el río

 De pronto la calle se empinó en un ángulo de cuarenta y cinco grados y pum! ahí estaba el mar, bramando con suavidad todo cubierto de sol. Era mediodía y casi no había gente. En un parador a unos cincuenta metros de las olitas... había un parador que parecía agradable; dos mujeres policía estaban sentadas en sillas de plástico de esas que venden en los super. Una hablaba por celular y la otra miraba algo en el suelo o en cualquier parte. Un tipo más lejos tomaba la brisa fresca en una reposera y escuchaba música en auriculares, poca gente a quien preguntarle por dónde se entraba a la reserva. A la gente que está así sola descansando tal vez produciendo una cantidad de subjetividad que arrasaría a la sociedad entera no se la debe ir a molestar con preguntas del tipo cómo se sube a la autopista o cómo encontrar la reserva ecológica. En la orilla también se acumulaban montañas de camalotes que iban apilándose sobre una explanada que también era a cuarenta y cinco grados. Y, sobre ella un corredor iba y venía la subía y la bajaba a aquella pendiente tan pronunciada y breve y lo hacía dando pasitos y sin resbalarse pero con velocidad. Aviso, imposibilidad de salir del trabajo para ese almuerzo pautado, algo había surgido a último momento algo urgente algo que impedía que las cosas se juntaran de un modo tal. Y allí por fin en la entrada de la reserva en un sendero por donde nadie andaba caminando, en una reserva vacía en senderos vacíos y llenos de sol un gran lagarto tomaba el fuego que le bajaba o que era absorbido por sus ojos primitivos. Miró, un lagarto y esperó. Luego a desgano primero y después con pronunciada alerta se fue del sendero y se internó en el pastizal tibio. Ojos de ver un lagarto en la sorpresa de un sendero donde no se esperaba encontrar naturaleza semejante pero que esos ojos al fin parecieron por la expresión y la excitación total que solo duró eso, muy fugaz, y la alegría también muy fugaz por entrar por los ojos una sirena echada al sol. Una sirena una bella voluptuosa sirena ahí tomando el sol y haciendo gestos imperceptibles sensuales con su aleta caudal. 

15 febrero, 2016

Un collar

 Le había dado un collar a una mujer. Era un collar en forma de corazón de plástico bien compacto. La base roja y toda la vulva del corazón transparente y adentro se veía un paisaje. Tenía como arenita blanca, tenía un coral y una palmera, algo que se podía parecer a una estrella de mar y unas pequeñísimas caracolas. A una mujer le había dado en préstamo un collar con esa forma, con esa cosa medio exótica. En un pasillo, depositándolo en su mano y viendo cómo los ojos de la mujer chispearon y sabiendo o no sabiendo que a una mujer muy difícilmente se le puede dar algo así esperando que después a los pocos días a las pocas semanas transcurridos algunos años de todo aquello, va a venir y vuelta a depositarlo en las mismas manos. No les viene bien para nada esa clase de alianzas. Y sin embargo esta mujer al siguiente viernes volvió al pasillo aquel un pasillo al que le faltaban en cierto sector las baldosas como que se habían ido despegando, en algunas partes estaban rotas si bien las partes rotas ya no estaban y se veía el cemento, las formas de las baldosas rotas como rompecabezas incompletos; inacabados a masazos. Así y todo una mujer baldeaba aquel pasillo aquella mañana primaveral y frotando se formaba una espuma que llamaba la atención de los que querían pasar hacia el otro extremo del pasillo pero la mujer no se los permitía hasta que terminase, no decía, que seque decía, y no había nada que discutir. Por la ventana abierta del final del pasillo se veían los árboles que ya comenzaban a brotar pero que también todavía hojas viejas y amarillentas les quedaban, como que no había sido posible que el viento las arranque o que la debilidad de los árboles las dejara caer, sin embargo, vale aclarar, que como el viento en ese momento soplaba y se colaba por la abertura del primer piso del edificio algunas de esas hojas se depositaron sobre el pasillo. Finalmente por un costado rozando con las zapatillas de tenis los zócalos con el collar en la mano pudo llegar para dar a partir de una promesa que quizás solo esa mujer entre todas habría considerado como una promesa por no decir ya con un delirio más guerrero, más amoroso y rústico; un juramento. Solo suposiciones de que algo de tal índole había sido unos días antes cuando unas palabras las primeras se habían ido sin que a pesar del poco tiempo transcurrido alguien las pudiese recordar. Siempre es así. Esas cosas pasan. Esas palabras retornan alguna vez mucho después portando una importancia inusitada como llevando un peso como golpeando para entrar. Y lo mucho más sorprendente aún es haber hecho de un modo silencioso pero no menos efectivo venir de lejos a la chiquilla aquella para devolver un collar con sal marina dentro de muy lejos de una isla, de una prefectura del extremo sur. La chica no sabía nada de Asia. Y no pidió nunca quedarse con él pero todo indicaba que se lo quedaría que lo haría por ser una chica. Y no fue el caso, el collar paso de una mano a la otra mano, la chica pidió permiso, se lo dieron, miraba desde la entrada; el pasillo olía a limpio. Tal vez no era la más linda del pasillo pero hubiese estado bien que sobre su pecho reposase aquel pedacito de isla. Aquella fantasía de rojo galáctico, intergaláctico. Cada cosa con cada cosa, cada collar con el cuello de cada mujer.