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16 julio, 2016

Los deseos

 Nos despertamos pensando en pedir tres deseos. Un deseo estaba apuntado sin lugar a dudas hacia el perrito blanco que había salido como una flecha. Otro deseo estaba apuntado hacia la posibilidad del primer amor. Y por encima de todo eso o sosteniendo todo aquello el pedido era que se cumplan los otros dos deseos. 
 El deseo de que el perrito blanco estuviera bien. 
 Porque cuando nos muramos vamos a verlo al perrito blanco saliendo como una flecha hacia la calle, disparado porque sí de puro contento, escapado, creyendo que está burlando alguna ley física. Ya no podemos pasar por esa calle, la evitamos, qué calle qué nombre de calle siempre por aquí nos han parecido difíciles de retener los nombres de las calles.
 Las cosas determinantes, las duras las difíciles de asimilar, las calientes las muy frías las despojadas, las solas cosas, siempre pasan sobre el pavimento, el azul. Allí vemos las cosas solas vulnerables, lo que se disuelve lo que no resiste la embestida lo que es rápido pero al fin lento la reacción de aquello que no ve que no ve que viene algo, sobre sí, sobre lo frágil de la carne a la que se dice siempre amar en el momento ese donde todo ya está terminado. Y entonces apagaron las luces, antes ya habían encendido las velas, sacamos el papelito todo hecho un bollo, leímos cada deseo y soplamos como soplan los niños con esa preparación con que soplan los niños evidenciando que han estado practicando. Ese aire que no surge espontáneo sino como una enseñanza que se luce y muestra a los costados. El perrito blanco esté bien, el primer amor, y el que sostiene a los otros dos que ambos deseos se cumplan. 
 Después ya no pudimos seguir manejando y era como un cuarto que se inundaba sin retorno, el agua subía el nivel faltaba poco para que la velocidad alrededor de las cosas nos ahogara. La tristeza no detiene el mundo. 
 Si es así había que seguir. Pero no podíamos entrar a ese agujero de amable rutina unas pequeñas escalinatas donde teníamos que entrar y trabajar. Nos sentamos a esperar y a llorar como si aquello fuese un altar para pedir algo, no era esa la forma.
 Entonces creímos que en ese día que era ante todo un día señalado por los rayos fulminantes de una mezcla de verdad y locura o por una indiscernible bola de verdad y locura, supimos que habíamos abandonado a lo más amado, a lo más cuidado y todo se iba desluciendo inaprensible como una repetida imagen grabada en una cámara de seguridad. Siempre mostraba lo mismo siempre ese mismo circulo aborrecible en rojo claro mostrando el perrito blanco como una flecha. Lo más amado siempre lo más amado. Ahí, la dejaba, la abandonaba porque en sueños ese perrito blanco era ella otra, una perra, amada, era ella seguro era ella. No haber cuidado lo único que debía cuidar, dejar que las cosas aquellas, un remordimiento sin fondo; nada comparable.     


29 junio, 2016

Bajo la autopista

 Los autos doblaban a gran velocidad casi parecía que podían resbalar por la humedad del pavimento. En eso un perrito blanco se cuela a cruzar solo, mis ojos se lanzan se desbocan se salen de sus órbitas pero está bastante lejos. Voy a terminar dándole de comer a perritos blancos en la noche, atravesando el frío, la niebla, todo cargado de abrigo, perritos blancos por todos lados hacia mí. Socorro. Soy el socorro, arrastro sobre la avenida el cuerpo de un perrito blanco estallado por la indiferencia atroz de las máquinas, qué lugar tan común! La carne es tibia, la respiración es vital. Las máquinas son frías, su funcionamiento es indiscernible, indistinguible del tiempo. 
 Pero aún eso no sucede y bajo la autopista es evidente que de vez en cuando aún intentan los autos esquivar lo que se pone delante de ellos, lo que quiere cruzar hacia allí si bien esos perritos blancos tal vez no sepan para qué cruzar lo que quieren cruzar y cuando entran a la curva ésta comienza a ensancharse cada vez más. Ahí es cuando yo abro la boca tan grande me corto en lo que vengo diciendo, en lo que le estaba diciendo en lo que te estaba diciendo. Y no te das cuenta no se da cuenta de que hago algo que es como viajar como viajar sin moverme del metro cuadrado que me tiene prisionero porque me siento precisamente prisionero de esa distancia que me impide salvarlo... estoy seguro de que debería salvarlo antes de que esa fuerza de hierro, fría y ciega, lo despedace. Ve que me voy pero como que no hace caso como si no lo creyera por lo menos ahora no lo cree; quién se iría por algo tan ordinario por algo tan insignificante como un animalito así haciendo zig zag por una gran curva que es casi una impresionante circunferencia y muchas calles, avenidas, conectadas a decir verdad que van para un lado y para otro pero todo lo que digo sucede bajo la autopista. Frío y sombra. Bien húmedo y medio helado. El perrito blanco esta vez escapa en una huida que no se sabe que nunca sabré si es suerte o alguna clase de destreza o una milagrosa hazaña, ese roce ese evitar el golpe la lapidación el salto al vacío a las cosas duras y frías. Saludo. Te doy un beso que es como un repaso de todo lo que estuvimos hablando y riendo. De todo esto se desprende se desprendería que un texto de autoayuda sirve se vuelve legible, soportable, digno para la polémica, para lecturas frescas para ojos que quieren algo distinto o no leer nada más en su puta ocasión. Decía -después miré para donde vos estabas en esa parada por si acaso- cruzo la calle corriendo para meterme en la estación creo que estoy contento porque todo salió bien me interpongo delante de los autos, calculo el tiempo justo para pasar delante de uno le calculo tan justo que paso abrupto como un velocista de piedra delante y me bocinea me insulta me tienta a la pelea y subo en fin lo de siempre, seguir.    
    

01 mayo, 2016

Nada como un cisne

 Al final sí era cierto que Kafka habla de las piletas, de los centros llamados natatorios. Es más hace referencia a que él vivía en Praga, tal vez, frente a un natatorio; y aclara, por eso íbamos. Esto en las Cartas a Milena. Kafka era así, muy flaco con grandes dificultades para ingerir alimento pero con mucha fuerza. Esa fuerza tipo tengo un aliado como refiere el aprendiz de brujo de Castaneda.  En general nunca va a decir que algo le atrae por su fuerza, por su tamaño, por su coquetería. Va a optar por la respuesta más simple que tenga al alcance de la mano. Hará referencia a la cercanía a la comodidad. Pero queda la posibilidad de que nade porque es un amante del cansancio, porque por alguna extraña razón si está fatigado crea mundos que pueden resplandecer por sí mismos.  
 El nadador es alguien que mientras nada resuelve, hace certificaciones, toma decisiones vitales. Es una práctica donde uno un poco indaga sobre la desesperación y la muerte. 
 Mientras nadaba mientras intentaba no hacer un acto aberrante, pateando siempre pateando y babeando... con ese descaro. La muerte... repudiarla siempre, toda señal de esa es para querer alejarla y sin embargo en el natatorio siempre esa sensación de que se acaba, no hay, aire. Y el gran nadador que es Kafka para colmo viene y en una carta tira que él ha escupido algo de color rojo en la piscina de la escuela de natación. Todo es un juego de la cabeza, una tortura mental que siempre termina bien. Si kafka lo hizo si la mandó así exponiéndose a un escándalo a las condiciones de salubridad no solo obvias sino que no caben por lo pronto ser desmentidas. Porque lo que nunca debería suceder es que uno se cague o vomite por el esfuerzo máximo en medio del agua. Siempre pensando en las incontinencias, temiéndolas siempre. Acechan. Al viejo, al pobre. A las niñas ricas e infelices. La risa kafkiana vacila en la correntada: todos putos yo me quedo en el natatorio dicen, no obstante -expresión que Kafka ama más que ninguna- que yo -el que le escribe a Milena, el desganado, el enfermo e incapaz de viajar- nado como un cisne.  

19 febrero, 2016

Cita en el río

 De pronto la calle se empinó en un ángulo de cuarenta y cinco grados y pum! ahí estaba el mar, bramando con suavidad todo cubierto de sol. Era mediodía y casi no había gente. En un parador a unos cincuenta metros de las olitas... había un parador que parecía agradable; dos mujeres policía estaban sentadas en sillas de plástico de esas que venden en los super. Una hablaba por celular y la otra miraba algo en el suelo o en cualquier parte. Un tipo más lejos tomaba la brisa fresca en una reposera y escuchaba música en auriculares, poca gente a quien preguntarle por dónde se entraba a la reserva. A la gente que está así sola descansando tal vez produciendo una cantidad de subjetividad que arrasaría a la sociedad entera no se la debe ir a molestar con preguntas del tipo cómo se sube a la autopista o cómo encontrar la reserva ecológica. En la orilla también se acumulaban montañas de camalotes que iban apilándose sobre una explanada que también era a cuarenta y cinco grados. Y, sobre ella un corredor iba y venía la subía y la bajaba a aquella pendiente tan pronunciada y breve y lo hacía dando pasitos y sin resbalarse pero con velocidad. Aviso, imposibilidad de salir del trabajo para ese almuerzo pautado, algo había surgido a último momento algo urgente algo que impedía que las cosas se juntaran de un modo tal. Y allí por fin en la entrada de la reserva en un sendero por donde nadie andaba caminando, en una reserva vacía en senderos vacíos y llenos de sol un gran lagarto tomaba el fuego que le bajaba o que era absorbido por sus ojos primitivos. Miró, un lagarto y esperó. Luego a desgano primero y después con pronunciada alerta se fue del sendero y se internó en el pastizal tibio. Ojos de ver un lagarto en la sorpresa de un sendero donde no se esperaba encontrar naturaleza semejante pero que esos ojos al fin parecieron por la expresión y la excitación total que solo duró eso, muy fugaz, y la alegría también muy fugaz por entrar por los ojos una sirena echada al sol. Una sirena una bella voluptuosa sirena ahí tomando el sol y haciendo gestos imperceptibles sensuales con su aleta caudal. 

20 diciembre, 2015

Cuadro de mi abuelo y el Pata

En la casa de mis abuelos había un cuadro
en un rincón destacado
había un tapiz
un jarrón
los adornos siempre estuvieron en el sitio de siempre.
Siempre miraba esas cosas si bien me importaban más 
                                 /los caramelos del bahiut.
Había sobre todo un retrato de mi abuelo en blanco y negro
él siempre salía bien en las fotografías
debe ser meritorio eso, pues, 
se sacaban una 
una 
no como ahora con celu en mano una y otras tres 
                                /por si acaso...
En ese retrato mi abuelo está sentado sobre césped en un 
                                                /jardín
como todo antes... si la gente iba a la cancha en traje...
aquel jardincito siempre estaba arreglado como todo antes
 con sus petuñas florido y decente
y en la foto mi abuelo está con un perro de esos Fox terrier
el pata me dijo mi abuelo que era su nombre
o lo recuerdo porque lo conocí, creo, al pata,
él, lo tiene al perro entre las piernas 
mi abuelo sonríe y el perro con la lengua afuera
los ojos negros de perro tapados de pelos grises tupidos
"complices" titularía la foto si yo la hubiese sacado.
Alguna vez yo también voy a intentar tener una así
por suerte voy a sacar muchas y elegir la mejor
en la primera entrecerraré los ojos con torpeza
en la segunda se me irá un ojo pa no sé donde
tal vez en la tercera sí aparezca dócil y lindo
la foto seguro la va a sacar tantunita porque es la dueña de 
                                /la perrita
pero después me apropio del cuadro lo cuelgo en mi casa
en una habitación que no existe
en un tiempo que habrá que ver si llega
ahí estamos. 

30 julio, 2015

Nadadores

 Afuera hace un frío terrible, encima está lloviendo y cada gota helada puede hacer que la piel más gruesa y resistente se sobresalte de chuchos. Pero adentro del natatorio esta calentito. Todo irreal. Esa asepsia, ese olor a cloro ese calor del ambiente, la sangre se pone confusa enseguida. Y... de vuelta como dice Basho:
cuando nada, la rana,
está en un estado
de completa entrega
 En la pileta todos los andariveles están ocupados con nadadores. Cada andarivel tiene a su vez dos carriles divididos por una línea de agua imaginaria. Salvo que el nadador sea muy novato -y sobre todo los inexpertos cuando nadan de espalda suelen perder la dirección y chocan torpemente al que viene en sentido contrario- en general la ida y la vuelta y los cruces son perfectos, sin roce siquiera. ¡Crang! Afuera un trueno estremece la gran carpa que rodea como una estructura rígida la pileta cubierta, pero dentro del recinto todo es un continuo splash y chapoteos que se repiten como si los produjera una máquina, porque los nadadores a diferencia de otras actividades deportivas carecen de la idiosincrasia y del efecto lúdico. Es un deporte austero. Son autómatas que producen rutinas y cuanta mayor es la velocidad y menor la producción de descansos, y entonces las brazadas no cesan, parece como que toda la maquinaria se compactara y como toda máquina de calidad al ser sobreexigida funciona mejor. No puede desconocerse tampoco que a diferencia de otras actividades los nadadores usan traje esto en su caso no destaca individualidades, como sucede en las canchas, donde se ve al lindo del equipo, al musculoso, al galán barbado por citar meros ejemplos. Las antiparras, la gorra y los trajes de baño lo homogeneizan todo. Hasta se da el caso de que algunos en invierno nadan con remeras medio ajustadas. Lo peculiar tiende a desaparecer entre los nadadores. Y por ejemplo aquí en el tercer andarivel contando desde el lateral que mira al sur este tercero está abarrotado, son como diez nadadores, demasiados, no se chocan solo por el alto rendimiento que demuestran. Sucede que pese a esa total indiferencia con la que suelen realizar su trabajo físico, ese anonimato y esa individualidad exacerbada al observarlos detenidamente se ve que ese individualismo no es de tipo vano sino del tipo isla pero islas dominadas por una corriente que las hace funcionar en conjunto. Partes de un solo organismo que se compone de pataleos, brazadas, respiraciones bilaterales, vueltas americanas en cada extremo y cuando paran lo hacen todos juntos. Como siguiendo sin cuestionarse nada el gesto del primero que lo quiso hacer. Como esos peces que nadan en cardumen y doblan porque dobla uno y todos doblan y nada más.
 Hace como diez piletas que no paran. La cuenta se pierde porque son muchos y nadan rápido. En la repetición del gesto, de la fuerza de la extenuación todo se va desdibujando -la tinta acuática es de lo más efímero- y solo quedan las ondas sobre el agua. De pronto una nadadora se detiene, la que viene atrás hace lo propio y el siguiente, y el siguiente, y la siguiente, y la siguiente, todos buscan un espacio para tomarse del borde y respirar. Hay que tomarse porque están en la zona profunda. Llega otro y se toma, el siguiente con dificultad todavía encuentra un último resquicio para depositar su mano y aferrarse. Todos los cuerpos se van apilando uno tras otro y extienden la extremidad para sostenerse del borde, los últimos en apilarse deben extender su brazo con una gracia inaudita; ya quedan como a más de un metro y medio del borde y sin embargo necesitan sostenerse. Lo más raro de todo es que en ese apilamiento que hacen ningún cuerpo se apoya sobre el otro sino que quedan próximos como dedos de una mano con muchísimos dedos pero ningún dedo se toca con el de al lado. Como dedos que estando tan próximos nunca podrían llegar a aproximarse tanto ya que están levemente desunidos por una membrana natatoria que los mantiene estrechos y firmes en una distancia necesaria. Todo es casi. Así se mantienen en el descanso cuando ya todo es un gran estanque de renacuajos que descansan y se tornan indistinguibles los nadadores agitando algo todavía por debajo que no puede verse al enturbiarse el agua todos pegados a la orilla, negritos, flotando, agitando lo que parece ser la fina cola en forma de látigo sobre una fina capa de lodo. 
 Hace días busco ese texto donde Kafka habla de los nadadores, del cansancio, de la extenuación, de esos pulimentos y esas obsesiones del tipo Un artista del trapecio. Dónde está ese cuento si es que existe... Al contrario de lo que muchos opinarían por estar lo kafkiano siempre asociado a lo enfermizo y a lo sombrío, Franz Kafka fue un gran deportista y un gran nadador.   

22 febrero, 2014

Vaca una y chanchos cinco

 Nunca supe exactamente por qué, a veces, tenemos la necesidad de leer en voz alta. El verso es un tipo de escritura que parece totalmente dirigido a ese fin. Es decir, sabemos, no es lo mismo leer una poesía de manera silenciosa que en voz alta; eso, por supuesto, justifica que exista algo denominado recitales de poesía que, más allá de la postura del caso, está muy bien que exista. Y eso hicimos, disponernos en el silencio que la noche nos traía a leer en alta voz. De modo que tomamos ese ameno texto en que William Burroughs y Allen Ginsberg se escriben cartas entre 1953 y 1960: Las cartas del Yagé se llama el texto. Y dice: "El brujo empezó a canturrear un caso especial -- Era como dormirse por el éter dentro de los ojos de una cabeza reducida --"(...) Clap! Enseguida estábamos en la esquina, en esa esquina tan particular. Es una esquina abandonada, en el sentido de que no es la puerta de una casa, hay un escalón que ocupa toda la ochava y una persiana; perfecta para descansar la espalda. Un local abandonado siempre ha sido así. Estábamos Ale, Nico, Ferchu y después llegó Gerald caminando cansinamente, cancheramente. Tenía su pelo castaño recogido en un rodete por encima de la nuca con las puntas algo desgarbadas, estaba en musculosa de un azul lavado y unos short de fútbol negros que le quedaban grandes, como los que usan los boxeadores. El calzado eran unas ojotas compactas de esas que dejan ver los cinco dedos y recubren casi la totalidad del empeine, también le quedaban bastante grandes las ojotas pero eso no le dificultaba caminar. Tenía la piel curtida por el sol, nada de maquillaje, con cara de haberse levantado recién y lavarse la cara sin siquiera secarse con la toalla, su piel fibrosa relucía algo, sus piernas flacas y musculosas se arqueaban levemente en forma de herradura. Comentamos que estaba flaca, que este verano se había chupado bastante, que se debía haber aspirado todo. Reímos imaginando esa aspiración. Entonces empezamos a conversar sobre lo que habíamos hecho en las vacaciones en el verano que dentro de poco se terminaría. La verdad parecía que la mayoría no tenía demasiado para contar, los días se habían ido escurriendo en el barrio a paso agigantado como agua que se derrama en el pavimento siempre incandescente de enero y solo queda el recuerdo de los picos insoportables de calor y las tardes sin hacer nada demasiado interesante. Pero Nico dijo que se había ido al campo, a Santa Fe. Con quién. De qué manera. Cómo de qué manera. La casa del tío estaba rodeada de campo ahí Nico y los amigos pusieron la carpa cerca de la casa, entre dos árboles altos y viejos que mecían sus ramas a veces ruidosamente. Dijimos que todos los días se lo cogían a Nico en la carpa a la hora de la siesta. Y Nico intentaba defenderse o atacar pero no podía evitar reírse también. Dijimos también que se internaban en el campo para fumar marihuana tranquilos; es para lo único que emprendieron semejante viaje al campo, y también eso nos dio mucha risa. Pero después cada vez que se hacía un breve silencio, cada vez que Alejandro se quedaba callado sin señalar estupideces que avergonzaran a alguno de los presentes, Nico hacía gestos que lo hacían parecer más grande. Como si ese verano hubiese pegado un estirón, pero mental. Uh!, sí, cómo extraño eso, estar allá, sabés qué lugares. Qué hacían. Bueno nos levantábamos y después nos íbamos, si el tío de mi amigo no estaba entonces nos íbamos caminando, nos bañábamos en el río, otras veces íbamos a pescar. A veces nos íbamos al pueblo a dar una vuelta. Nos comimos cada asado! Y lo que pescaban también se lo comían? Sí, claro -y señaló con los ojos de un hombre experimentado hacia la esquina diagonal a la nuestra donde había un container rebosante de basura y otros montículos de desperdicios dispersos alrededor- como ese tacho que está acostado, uno de esos lleno una vez. Qué pescaban? Unos pescados, son re conocidos. Pirañas asesinas del Paraná... No me acuerdo el nombre -seguía tratando de recordar Nico mientras los demás acotábamos algo-. No me acuerdo. Corvinas. No. Palometas. No. Bagres. No. Y cómo era todo? La casa, el campo del tío, era grande mucha tierra muchos árboles. Faa sí sabés lo que era ese campo! Tenía de todo, hasta una vaca. Nos la comimos. 
 Qua! Se la... Sí toda. Y lo viste, como la mataban y todo eso? Sí, el tío trajo la escopeta pum! dos tiros en la cabeza y una cuchillada en el corazón. Y se murió al toque? No -a cada uno nos miró y sonrió pero para adentro para él mismo-. No se moría nunca. Al final cuando se murió... Tengo videos ah acá tengo una foto. En el teléfono nos mostró una foto de la vaca despanzurrada ya despellejada y descabezada, carente de extremidades colgando hacia abajo. La foto se veía algo borrosa como si se hubiese movido o como si el día estuviera nublado y ceniciento. Se notaba la textura lisa de la carne violácea y venosa. Le pedimos que mandara un buen video. Se detuvo unos instantes entre los quince o veinte videos del menú y le dio play. Estaba la vaca acostada en el piso con la panza hacia arriba, ya estaba abierta al medio y todo su interior parecía una mezcla roja de pintura espesa y arena. No se podía distinguir si la cabeza había sido ya separada del cuerpo o si algo con aspecto de yunque aplastado y abierto al medio era la misma cabeza. En el video alguien preguntó si aún la vaca respiraba y todos estallaron en carcajadas. Pero qué tipo pelotudo mira lo que pregunta, ese fuiste vos no Nico? Nico explicaba que en ese momento le estaban cortando las patas y se veía que con ganchos e instrumentos cortantes varios brazos manipulaban la masa de carne ya fuera enganchando por los extremos o cortando por los medios. No lo escuchábamos demasiado a Nico pues seguíamos haciendo chistes o más carcajadas que chistes. Y se la comieron toda cómo hicieron? Sí toda, va... era para un casamiento por eso, más cinco chanchos. No sabés lo que era la carne esa, se deshacía, era increíble, como que la tocabas con el cuchillo y ya la tenías cortada. En el video que se desenvolvía en esa atmósfera borrosa solo se veían los brazos de los hombres, alrededor de seis brazos que forcejeaban con las aperturas del animal. Más apagadamente se sentían voces de mujeres pero ni siquiera partes de su cuerpo aparecían en pantalla. Un pedazo de árbol, y la vaca entera colgando abierta al medio. Como una estrella de tan solo cuatro aristas, como una rosa de los vientos señalando con tensión en cuatro direcciones distintas, el horizonte detrás. En otra foto los cinco chanchos en fila como una rosada sombra de la cual no se podía extraer detalle alguno. Estos son los chanchos. Solo eso. Es probable que a nadie le interesase ni un video de la comilona casamentera en que se comieron a la vaca y a los chanchos. O de las largas horas en que todo se cocinó en un claro de una gran finca cercana.     
 Alguien se recostó contra la persiana de chapa acanalada que resonó con esa musicalidad fastidiosa y sensible. Todos estábamos sentados en el escalón y por tanto con la espalda más o menos apoyada en la persiana oxidada. Solo Gerald había permanecido todo el tiempo de pie medio apoyada en un ángulo de la pared, con sus pupilas típicamente dilatadas hizo un gesto de ya fue y se despidió sin decir "nos vemos". Y, pasas de año? Sí paso paso, de banco paso. Gerald que se alejaba con un cuaderno en la mano y las risas tontas que crecían a su espalda. Quién ya a esa altura podía acordarse de los chanchos alistados para ser llevados a su asador-crucifixión? Quién podía tener expectativas de pedirle a Nico que buscara videos en los que se viera el crepitar de las brazas recién encendidas, del incandescente quebracho reduciendo la carne del mediodía a la noche ya bien entrada. Cómo se desparramarían los jugos aquellos, cómo chirriaría la grasa al correr sobre los hierros casi al rojo y luego el vino llenando copas y copas y a veces ya medio vacías dejándolas manchadas de esa borra de color mora y negro que las esponjas no podrían borrar. Esas cosas, y los bailes y los excesos en el comer, el beber y el acercarse, el insinuarse y el dirigirse y el mirarse. Todo se iba desenvolviendo en los videos que Nico tenía, pero a nadie le importaba, el olvido se lo había comido todo, como a la tarde de final del verano.    

24 agosto, 2013

Lagarto

 En un estado de energía puro me dijo, rompió el aire al decírmelo, que yo era un lagarto y no debía meterme. Y vos qué te metés lagaartoo!! Todo porque yo transitaba un interminable pasillo hecho cenizas y me había atrevido a decir al aire con soltura que alguien, un amigo, la ayudaba. 
 Eso fue después. Algunos días antes estábamos en muy buenos términos con Maruchi. Comenzaron a lloverle las preguntas como en una entrevista donde ella estuviese dando un informe detallado de la situación social. Una puesta de las políticas de reproducción tan candentes, tan desconcertantes de lo que se vive, de lo que no se entiende o de lo que se entiende mal. Pero había sido ella la que había abierto el clima de máxima tensión del problema social: para qué nos… y hacia dónde nos… reproducimos. Su tesis, si oí bien, era que todos quedan preñados.
 Todos quedan preñados, sí, todos quedan preñados –cabeza gacha, fiebre, frío, temor disimulado por la afirmación- , todos, o sea todos quedan preñados. No duda.  ¿Distingue géneros habla de todas o de todos? ¿Se lo aplica a un todos abstracto o a un ellas muy concreto? Inclina su cabeza hasta que no puede más, parece que no quisiera o no pudiera mirarme. Más tarde concluyo que es la fiebre de aquel día la que le da ese rapto dulce de sociabilidad inexplicable. Pero todo tiene límites. Por eso no me mira a los ojos y casi pega su frente contra la campera inflable ajustada al cuerpo fibroso de color negro mate, la campera.
 Pero uno puede elegir qué hacer a cada momento, podés elegir esperar podés decidir si lo vas a hacer ahora o lo vas a hacer más tarde. Podés crecer y educarte ver qué cosas te interesan más y compartir con tus amigos. Ayudar a tu familia y esforzarte para que las personas te amen y te tengan más confianza. No -dice-. T o d o s quedan preñados -agrega-. Todos -continúa- los hermanos y todas las hermanas quedan. Cada uno de sus no es como un cuchillo inoxidable de hoja tibia y mi discurso como un pan de manteca expuesto al acero. La palabra todos es un gran problema, no logro entender qué dice cuando la pronuncia, para colmo si le pido que pronuncie con cuidado se puede enojar y no dirigirme la palabra durante horas. La conversación aquella quedaría patas arriba o patas cortadas, al igual que si se le arrancaran de un tirón fuerte las piernitas a un pollo. Y los funcionarios que trabajan en el lugar cortan y redefinen la obra interminable, obra inservible.  Amarilla, sospechosa y reluciente por donde se la mire. Cortan caños con una moladora. Cada vez que el sonido ensordecedor de las máquinas cesa uno o dos minutos aprovecho para que Maruchi me repita esa parte que no entiendo porque como ella tiene la cabeza hundida en el pecho es imposible leerle la boca carnosa morena y aleonada. Los labios pegados a la campera negra vuelven a pronunciar esa parte que se parece y no se parece a un todos. En fin, que quedan preñados eso está claro. Sus palabras me causan un gran desasociego no sé decirle hacia dónde va el mundo, porque parece que nos movemos en algún sentido parece que vertiginosamente vamos hacia algún lugar, Maruchi lo percibe y eso hasta le genera cierta angustia (inconfesable). Han cesado por fin los ruidos de los funcionarios que realizan lo irrealizado o irrealizan lo postergado y quizá añorado. Maldigo el momento en que todo ha callado o mi falta de inspiración en estos momentos en que debería saber tocar el resorte correcto que haga emerger el iceberg del asunto social.  El pasillo está desierto es, de pronto, como un gran faro que da vueltas e ilumina un trecho por instantes y evita que nos perdamos. Ese instante es el que me concede para que pueda comprender rápido dónde estoy parado. Pero cuando el gran foco que da giros completos haya desaparecido para nosotros ya no habrá tiempo; para mí y para mis preguntas. ¿Maruchi no te parece que… No no no. Me parece que todos quedan preñados todos! Solo eso! Cabeza agachada, mentón apoyado en el pecho sobre la tela sintética de la campera negra y brillante, las manos bajo los muslos sobre la silla en la que está sentada. Decir que su expresión es seria puede sonar serio y formal pero deforma su realidad; su cara es un ojete grande, unas ganas de estar así, una energía derrochada en estar enojada, como si se regocijara en eso. Yo no  puedo decirle cómo deben ser las cosas, no le puedo decir hacia dónde debemos ir más allá de que tampoco yo lo sé más allá de que ella tal vez ni siquiera se pregunta eso. Algo a ella le molesta y me señala que es un estar preñado tal vez transgenéricamente; como un trueno en la oreja en la sordera transgenérica que me toma la oreja, el cuerpo la vida entera.     
                                                   

06 abril, 2013

Las palomas

 Salgo a la mañana, no es tan temprano pero se siente en la piel ese frescor tan digno de la mañana. El asfalto avanzando es inexorable, tan quieto, tan fijado a sí mismo. Las bicisendas están arrebatadas de inmensos soretes de perro, ocres, simiblandos y tal vez aún tibios. Tres palomas están sobre el pavimento, lo husmean, fija su tonta pero atenta visión en derredor. Todo lo que se acerca lo desafían con una displicencia en extremo ingenua y luego no saben cómo escapar. Las palomas revolotean a mi alrededor, mueven su masa de carne grisácea que levanta un viento desproporcionado que inunda todo de olor a hospital. Vuelan mal. Las palomas vuelan mal. O son ellas las que están mal dormidas y malhumoradas. En la poesía de Alejandro Crotto Las palomas se dice que:
"después salimos a cazar palomas
con nuestro rifle de aire comprimido,
mi hermano y yo con menos de once años"(...)
 El vuelo rasante y mal hecho queda atrás. Por la esquina pasa una caravana de autos tocándose bocina; los conductores inmóviles en sus butacas acolchonadas tienen todos la misma expresión. 
 Desde un paraíso observo junto a unos amigos de la cuadra los posibles blancos. Ya tenemos todo el equipo pero nos faltan los blancos. Qué decepción! Seguramente habremos subido a un paraíso porque son una fuente inagotable de diversión y recursos. Pues a nuestras gomeras fabricadas con ruleros y globos las cargamos con aquellas municiones demasiado buenas para ser obtenidas con tan poco esfuerzo. Los ramilletes verdes de bolitas de paraíso son perfectos, fáciles de alcanzar y como balines, insuperables. Los árboles se pelan muy rápido eso puede ser preocupante. De todos modos ahora cada uno tiene unas bolsas o unos frascos llenos, repletos de municiones verdes y no hay blanco a la vista. 

24 marzo, 2013

La raja entre los mundos

 Los sueños brujos nos llenan de pavor muchas veces al despertarnos; siempre hay algo siniestro en esa clase de sueños. Pero a diferencia  de otros sueños, y, más allá del placer que nos provoquen, los sueños brujos son interferencias que nos empujan, nos convocan y nos llevan a una cierta transformación. El día no puede ser un día cualquiera luego de tener un sueño brujo. En el mejor de los casos será todo un devenir. 
 En nuestro sueño brujo algo nos tendió la mano, las manecitas -mejor sería decir las garritas- la vista nerviosa, los movimientos trémulos y fugaces. En la otra orilla de la laicidad devastada o teatralizada...   Aquí solo lagartijas, como aquellas que eran las brújulas cósmicas de Carlos Castaneda en Las Enseñanzas de don JuanAndaban por ahí, simplemente andaban por ahí las lagartijas. Por el pasto por el campo. Una zona semiurbanizada como si dijéramos Cañuelas o Lobos. Apenas nos acercábamos un poco a ellas salían disparadas, se alejaban y desaparecían entre los pajonales que rodeaban las pocas casas. No se dejaban atrapar pero a la menor distracción ya estaban ahí como insistiendo. En el campo, en la calle desértica en la tierra se mostraban torpes, moviendo sus cuatro patas y su larga cola con dificultad. En el llano más se parecían a lagartos apesadumbrados, grises, pero apenas copaban el matorral se volvían atléticas y de tan rápidas parecía que se sambullían en colchones de yesca hasta desaparecer. Acaso habremos tardado tanto en interpretar los signos que las lagartijas lanzaban en todo el entorno de la calle desierta extendiéndolos sobre el horizonte cercano...? Porque más tarde una de ellas apareció clavada en un asador de campo. Estaba preparada para la faena, iba a ser devorada, ya no tenía cabeza, había sido abierta y despanzurrada, su carne anaranjada brillaba todavía aunque ya no había sol y atardecía. 
 Pero siempre volvían en el campo eran torpes y en los matorrales desaparecían rápido. Y se mostraban. Insistencia de las lagartijas, en general dos. Y lentitud sobrecargada de la interpretación. El dúo retornaba cuando oscurecía y parecía que se ponían a danzar entre las carpas. Si se les daba por subir por la pendiente bañada de rocío en los cubretechos anaranjados era extrañísimo observarlas. Daba la impresión de que se erguían y dúctiles y livianas caminaban hasta el vértice de las carpas desde donde se tiraban deslizándose sobre sus panzas que reverberaban con la claridad de la luna. Temíamos acercarnos demasiado y asustarlas. Preferíamos divisar con dificultad sus gestos hasta que pudiéramos adivinar que algo nos estaban diciendo. Cualquier movimiento podía tener un significado especial, si se alejaban hacia los matorrales o corrían hacia el sur. Si parecía que danzaban o se mantenían expectantes como presas, ellas mismas, de una visión repentina. Cualquier cosa podía pasar de un momento a otro; aunque no pasara nada. Atardecía y todo estaba en calma. Pero no podíamos distraernos! Como le había dicho Don Juan al aprendiz de brujo: "El crepúsculo: ¡allí está la rendija entre los mundos!".  

22 enero, 2012

La Vieja

 Fue horrible lo que hiciste esa vez, fue de una necedad tan recalcitrante tan odiosa tan innecesaria, baah... Tanto, tanto habíamos trabajado en equipo para cazar a esa hermosa vieja. Era nuestra. Y sin embargo, tal vez ya cuando entramos en Buenos Aires (en la provincia o en la ciudad qué me importa) estaba terminada. Te advertí de manera ingenua sin siquiera hacerlo advertencia, tampoco como aviso o como sospecha, simplemente te dije ponela, a la vieja, en el balde, entra, pero no, tenías que buscar una manera más complicada y prolija pero falible de acomodarla en el amplísimo baúl del chevrolet 400. Acaso alguna vez te disculpaste por haber asesinado nuestro hallazgo, nuestro tesoro, el premio de unas vacaciones casi perfectas? No sé tal vez lo hiciste, hablo de cosas perdidas. Desfilan esos vestigios, caprichosos como plumas de acero ante el haz de un telescopio que selecciona y remueve esos depósitos tan lejanos como estrellas.  
 Para ser justo, pienso, me sacaste a la vieja pero me diste algo que no cualquiera de chico recibe en unas vacaciones. Porque también recuerdo que en esas o en otras antes o después qué importa, devastados por una sombra calurosa me dijiste mirá, mirá -y me tocabas el brazo con una ansiedad atrevida pero frenándome con tímida desesperación- esto, eso, es un precipicio. Y nos asomamos al susodicho. Lo pude ver todo, yo no fui hacia él pero él me envolvió y nunca pude olvidar esa sensación precipicial absorbiendo las miradas. Esa vez escalamos y terminamos, la montaña fue nuestra. Gracias viejo. No a cualquiera le enseñan cualquier día lo que es un precipicio.   

22 octubre, 2011

Donde se intenta la distancia entre nombres humanos y nombres cánidos

Arriancito
 Debido a su heterocromía congénita, a nuestro juicio, debió llamarse Celestino. Es que debía mantenerse en esa lógica de serle impuesto un nombre de persona pero que no fuera tan disonante quizás como este que quiso ponerle bebita. También hubiésemos amado imponerle tampico, tuco o crazi8 verdaderos nombres, verdaderos estallidos en la noche perruna. Pero nadie nos hubiese hecho caso. Qué momento tan mágico aquel, cuando la cosita negra peludita no para de saltar cerca de nuestros pies y de tantos movimientos repentinos y fugaces ni siquiera se deja sacar una foto. Es un momento pleno de incomodidad el de que exista un punto innominado; cosas semejantes no pueden ser aplazadas en el tiempo. Toda intención quiere siempre conjurar tales objetos insoportables al filo de la conciencia. 
 Es siempre complicado sostener una vida como una pura cosa sin nombre; el hermano de Jacob, en la serie que tanto extrañamos, el mal encarnado o volatilizado, es un individuo innominado. Parece que allí se muestra esa beta de máximo enigma y encrucijada de oscuridad en un lugar de vaciedad del nombre. Allí el individuo no tiene nombre y el mundo peligra porque lo innominado aparece como un centro atractivo a donde todo el afuera va tal vez a galopar y desaparecer irremisiblemente. 

07 octubre, 2011

Polinices

 Antes me parecía que las poesías, las cartas, los sms diarios eran, todas esas cosas objetos inútiles; solamente piezas a veces exquisitas para que los espíritus cultivados las aprovechen y se nutran; yo mismo quería ser uno de esos espíritus y aspirar a la inmortalidad. 
 Ahora solo pienso en el gato que voy a tener. Polinices. Es un pequeño gato que todavía toma la tetina; leche, crema + unas gotas de limón y una yema de huevo. Es raro gato. Su pelaje es negro y las puntas de las orejas rubias y la punta de la cola rubia. Fue abandonado en una caja con sus hermanos y hermanas a la vuelta del Hospital psiquiátrico, un lugar donde los paredones se reproducen al igual que los gatos y donde todavía algún resto de baldío queda. La maldición pesa sobre Polinices, la maldición pesa sobre todos los gatos. La maldición dice que morirás, morirás gato junto a la tetina a la que nunca llegan con tus hermanos. 
 A la noche al costado de una calle casi encima de una montaña de basura, dentro de una valija toda desvensijada imposible de cerrar... Polinices y todos sus hermanos acechados por la muerte transfigurada, la muerte, en una sarna asesina. Y no hacemos nada. Dejalos, no puedo sacar al demonio de esos cuerpos. Estamos como malditos ese día en la carretera cuando nos vamos y nos perdemos en el frío y las tinieblas que se abren nos envuelven y nos alejan al pisar el acelerador.