La madre parecía mujer de pocas palabras. Ese anochecer prematuro por ser aún invierno fue la segunda y última vez que la vi, a la madre. Todavía conservaba cierta belleza, al punto de estar en pareja -pese a tener su carne ya un tanto ajada- con un hombre veinte años más joven. Sacó un vaso de la alacena, un vaso transparente de boca ancha y no muy alto, lo apoyó sobre la mesa de fórmica anaranjada. La casa estaba limpia. Era una casa sencilla en el conurbano con algunas avenidas raquíticas asfaltadas y muchas calles interiores de tierra, pocos árboles, casas de material que se habían terminado con lo justo. Su casa carecía de estilo, sin decoración interior, parecía cómoda. Parecía vacía.
Creo que esa tarde cuando la acompañé a hacer las compras para merendar el almacenero la miró pícaro y le preguntó cuándo se iba a casar... Ella le mostró la amplitud nácar de sus dientes de su boca roja de su mirada evasiva y provocadora de cierva joven y bella.
Se sintió el tin prolongado y metálico del envase de cerveza chocando sobre el borde de los vasos y el líquido ambarino llenándolos con convicción. El primero para Eduardo que estaba seguramente echado en la cama mirando tele en el cuarto de la madre que cuando ellos dos no estaban se cerraba con llave. Otro vaso para ella misma otro para mí otro para la hija. Todo esto lo hizo, la madre, al mismo tiempo que preguntaba si nosotros queríamos. No me dirigía mucho la palabra pero me invitaba a tomar cerveza en su propia casa y casi no me conocía. O ya creía conocerme y eso le gustaba. Un rato antes yo había estado a oscuras en la habitación de su hija intentando desnudarla y fallando. Apenas había logrado lamer sus pechos con una desesperación casi ridícula mientras se escuchaba la tele en el living y ella riendo de un modo que me exitaba más aún dialogaba con su abuela de una habitación a la otra. La abuela no sabía. Pero el líquido sí había entrado en el vaso. La sustancia con su delicia ambarina llenaba el vaso y una capa de espuma ascendía y se asentaba casi sobrepasando el borde. Eso hacía la madre; eso hace una madre cuando vislumbra. El silencio era atravesado por lo que vertía en el vaso. El silencio se llenaba de líquido que subía como una fuente que se iba llenando y arriba florecía la espuma y las ganas de abalanzarse se podían contener porque era agosto y lo que calentaba no hacía urgir el hambre y la sed. Ella daba vueltas a mi alrededor pero en el momento en que la madre apoyaba la Quilmes sobre el vaso de boca ancha se había sentado; expectante. La turbulencia ambarina en el vaso, revolviendo desde el fondo y llenando de líquido el vaso y las burbujas subiendo y entrechocando entre sí. El vaso lleno, estable, lleno de repente, lleno y listo. El color aclimatado y desde el fondo no paraban de subir las burbujas que se pegaban a la espuma como en natural cópula y desaparecían.
Ella ya no estaba en la cocina. La madre no me daba charla. Sus movimientos me distraían y dinamizaban la escena, le imponían a la escena la energía para que nada de la noche se opacara. Y como yo no sabía charlar aún, la luz palidecía a cada rato. Ella, en el baño se miraba al espejo y retocaba la carne de su boca hermosa, amplia, juntaba sus labios y hacía resbalar el lápiz labial en la carnosidad de su boca, no la veía en ese momento pero lo podía adivinar. Después nos fuimos a la noche. Después la madre juntó los vasos con las sobras de la cerveza que habíamos tomado. Aunque estaban juntos los vasos sabía cuál era el mío. Solo espuma había dentro del vaso. Fuerzas extrañas se anclaron en aquella madre lectora, a la sombra a la noche, cuando se disponía a lavar vasos y a leerlos; la borra de los vasos. Porque la espuma, tenía muchos dibujos para devolverle a una madre que no era en ese momento, ya, precisamente una madre. La espuma le devolvió todos los signos y todas las destinaciones que me señalaban. Todos los hijos no natos suspensos con sus bracitos semiextendidos en gigantes frascos de formol detenidos en el tiempo y flotando en líquidos verdosos. Todas las familias infértiles y los hijos de los hijos de los hijos, imaginarios. Como la tierra que había estado yo pisando para llegar a la casa en aquel barrio del sur. Seca, apisonada, fácilmente volátil. Los pibes esos en la esquina raquítica desértica, esa hostilidad en las miradas, unos meses antes me habían corrido a botellazos limpios. Pero la había ido a buscar igual, vacilando las piernas pero sin miedo en la cabeza. Intentaba, a ella, amarla.
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28 julio, 2013
14 octubre, 2012
La escuela de noche
En una edición de cuentos completos de Alfaguara se lee que Julio Cortázar nació en Bruselas en 1914 que se educó en Argentina que realizó estudios de Letras y Magisterio. Una sola oración puede ser el itinerario de toda una vida, no sabemos si eso es bueno o malo. Una nota leída en la revista Viva que es un informe especial que después guardamos durante mucho tiempo y que es como una guía de luz en el sendero de los proyectos que van a venir. Y llamamos al ciento diez que pregunta que cuál es la razón social y cortamos. Volvemos a llamar al ciento diez y le pedimos el número de ese colegio que para nosotros es El Colegio. Porque nunca tuvimos uno. Alguna vez queremos tener un lugar al que pertenecer. Debe ser como tener un chapón duro bajo la camiseta, no se ve, pero está y protege, es ese pararayos que cuida y está siempre encendido como un escudo, como escudero invisible que lleva las armas y cuando es preciso que el escudo pare golpes del exterior o las armas incidan desde el interior sale la fuerza a borbotones. Pero Cortázar dice lo siguiente:
Al gran escritor ya nada de todo esto lo reconforta, no busca la identidad sino más bien el modo cabal de conjurarla. Admite que la luz azulada traspasando los techos de agua del doble patio fascina, el juego, el rondar, el silencio, el poblar espacios semi o totalmente regimentados seduce. Pero esa noche el punto no es ese. Y esta noche... cuál es el punto en nuestra noche en la escuela de noche.
La idea de meterse de noche en la escuela anormal (lo decíamos por jorobar y por otras razones más sólidas) la tuvo Nito, y me acuerdo muy bien que fue en La Perla del Once y tomándonos un cinzano con bitter. Mi primer comentario consistió en decirle que estaba más loco que una gallina, pesealokual -así escribíamos entonces, desortografiando el idioma por algún deseo de venganza que también tendría que ver con la escuela-, Nito siguió con su idea y dale conque la escuela de noche, sería tan macanudo meternos a explorar, pero qué vas a explorar si la tenemos más que manyada, Nito, y, sin embargo, me gustaba la idea, se la discutía por puro pelearlo, lo iba dejando acumular puntos poco a poco.Hasta hay un momento que se confunde con múltiples capas de momentos anteriores, de pasados que ya no están en sitio alguno ni de la conciencia ni de ningún resabio del mundo en que estamos buscando la dirección del colegio en una guía filcar desactualizada. Y soñamos o analizamos despiertos si lo que recordamos es un sueño o algo que alguna vez vivimos.... Estamos en el asiento trasero del coche del padre y nos sobresaltamos al oír un bocinazo por una frenada por un casi alarido de la madre y nos despertamos de ese asiento frío, cómodo con esas terminaciones de plástico cuarteado que pellizcan la carne de los muslos. Vemos las rejas gruesas y la estatua del holandés y el peristilo y esa gran sala majestuosa solo ocupada por espacio vacío dominada por esa lámpara inmensa color caoba con forma de octaedro que suspendida a media altura baña todo de una tiniebla amarillenta y dulce. Y Cortázar:
Casi meto la mano en un pincho, pero pude saltar bien, la primera cosa era agacharse por si a alguien le daba por mirar desde las ventanas de la casa de enfrente, y arrastrase hasta encontrar una protección ilustre, el basamento del busto de Van Gelderen, holandés y fundador de la escuela. Cuando llegamos al peristilo estábamos un poco sacudidos por el escalamiento y nos dio un ataque de risa nerviosa. Nito dejó el poncho disimulado al pie de una columna, y tomamos a la derecha siguiendo el pasillo que llevaba al primer codo donde nacía la escalera. El olor a escuela se multiplicaba con el calor, era raro ver las aulas cerradas y fuimos a tantear una de las puertas; por supuesto, los gallegos porteros no las habían cerrado con llave y entramos un momento en el aula donde seis años antes habíamos empezado los estudios. +El profesor Narodoski colaborador exclusive del mal años más tarde, ya había dicho en uno de sus tantos libros donde no paraba de robar ideas al filósofo Foucault que al colegio no entraríamos nunca por Urquiza saludando de soslayo el busto del fundador. Entraríamos siempre por el costado, por Moreno, y dar gracias por ello inclusive. Políticas institucionales de la exclusión. No importa.
Al gran escritor ya nada de todo esto lo reconforta, no busca la identidad sino más bien el modo cabal de conjurarla. Admite que la luz azulada traspasando los techos de agua del doble patio fascina, el juego, el rondar, el silencio, el poblar espacios semi o totalmente regimentados seduce. Pero esa noche el punto no es ese. Y esta noche... cuál es el punto en nuestra noche en la escuela de noche.
12 mayo, 2012
Explicación
Cuando abren las puertas a las 10.03 la gente es chupada hacia dentro. Hay dos colas, la cola larga y parsimoniosa de los mayores y la cola no tan larga y más o menos aletargada de los demás. Pero te podés poner en cualquiera de las dos porque al final es lo mismo. Cuando todos entramos somos como un reguero de ilusiones y de quejidos lastimosos y algún que otro recelo se cuela por las superficies templadas y las mamparas que distribuyen el espacio y los cartelitos acrílicos de colores azulados que indican a donde se debe dirigir cada uno llevando sus pequeñas densidades de expectativa. Nos sentamos al lado de un fantasma que nos habla entre tantas arrugas que se parten parece que se fueran a partir y desparramarse sin hacer ruido al rebotar en el suelo. Solo mantiene la fortaleza y la convicción en unos grandes ojos verdes que nos gustan.
No sabés con qué se conecta todo esto. Y no te atreverías a mirar con fijeza esos ojos por miedo a ver una cara de abuela muerta. Y preguntás luego: es por los dólares, por los créditos para comprar vivienda o por los plazos fijos de los que la anciana fantasmal habla sin cesar. Así son las apariciones, en un cómodo asiento mullido sobre limpio piso de goma y esas empleadas de banco con sus piernas muy largas y sus blusas escotadas que hablan mucho por teléfono y piden café y medialunas. Es la propiedad son los plazos fijos, son las colas las esperas inútiles, los empleados que trabajan demasiado despacio y las jubilaciones que enternecen el aire por su fragilidad y desamparo y los reclamos y las orientaciones que revolotean como colibríes paranoicos hechos de papel madera, salidera y azar de ruleta y otros tantos desvíos de la ley y la urgencia. Esas y unas cuantas cosas más conectadas de cierta manera y las instituciones que albergan ciertos tópicos locos. Pero no los tópicos de un hospital que los hay, no los de una escuela que los hay, como dijiste antes, los aparecidos del banco son llamados por los humitos y los cactus mágicos del banco. Hacés un rollito y te fumás los dólares y la propiedad que está produciéndose en la imaginación y en el puro-maravilloso plano del deseo; y salís completamente embargado de todo eso y pensando que los fantasmas que se quedaron adentro -y no salieron a la calle porque adentro no los colmaban aún- ahora están tristes porque no tienen con quien hablar.
No sabés con qué se conecta todo esto. Y no te atreverías a mirar con fijeza esos ojos por miedo a ver una cara de abuela muerta. Y preguntás luego: es por los dólares, por los créditos para comprar vivienda o por los plazos fijos de los que la anciana fantasmal habla sin cesar. Así son las apariciones, en un cómodo asiento mullido sobre limpio piso de goma y esas empleadas de banco con sus piernas muy largas y sus blusas escotadas que hablan mucho por teléfono y piden café y medialunas. Es la propiedad son los plazos fijos, son las colas las esperas inútiles, los empleados que trabajan demasiado despacio y las jubilaciones que enternecen el aire por su fragilidad y desamparo y los reclamos y las orientaciones que revolotean como colibríes paranoicos hechos de papel madera, salidera y azar de ruleta y otros tantos desvíos de la ley y la urgencia. Esas y unas cuantas cosas más conectadas de cierta manera y las instituciones que albergan ciertos tópicos locos. Pero no los tópicos de un hospital que los hay, no los de una escuela que los hay, como dijiste antes, los aparecidos del banco son llamados por los humitos y los cactus mágicos del banco. Hacés un rollito y te fumás los dólares y la propiedad que está produciéndose en la imaginación y en el puro-maravilloso plano del deseo; y salís completamente embargado de todo eso y pensando que los fantasmas que se quedaron adentro -y no salieron a la calle porque adentro no los colmaban aún- ahora están tristes porque no tienen con quien hablar.
29 septiembre, 2011
Crisis
Estábamos seguros de que toda crisis era más bien como cierto resquebrajamiento total del suelo, un hundirse absoluto donde el cuerpo es chupado hacia un sin fondo; porque siempre se puede estar peor. Aquella vez sentimos esa clase de llamada. Madrugada. En Turquía. Quince segundos de temblor y los cimientos se vaporizan y las calles quedan como venas abiertas que sangran objetos disímiles. El perder el sostén y caer, el esfumarse de la base y perder la apoyatura es la idea del effondrement. Una rutina, un trabajo, un amor pasa un día y se abisma haciéndose añicos pero siempre a partir de una libre elección.
La oportunidad de peligro. El juego salvaje con lo que nos acecha nos toma, nos nubla la visión. Y su boca, sus fauces cada vez más abiertas saturándonos con su aliento insoportable y el temor de que al cerrarse tenga los mil ochocientos kilos de fuerza de un saurópsido arcosaurio. Pero el peligro, la oportunidad, deben ser fisurados por el medio mismo abriendo la beta y haciéndola saltar; o colándose dentro de ella para barrer todo lo que de destructivo contenga y asociarse solo con sus partes blandas. Golpe tras golpe. Modelando. El peligro oportuno. Ahora nos parece que en aquella ocasión un tal effondrement no ha sido más que un viento del sur soplando de un modo demasiado vertiginoso, demasiado barredor de cualquier vestigio de tranquilidad. Había que saber colarse en una corriente oceánica tan fría, pero no era más que eso.
La oportunidad de peligro. El juego salvaje con lo que nos acecha nos toma, nos nubla la visión. Y su boca, sus fauces cada vez más abiertas saturándonos con su aliento insoportable y el temor de que al cerrarse tenga los mil ochocientos kilos de fuerza de un saurópsido arcosaurio. Pero el peligro, la oportunidad, deben ser fisurados por el medio mismo abriendo la beta y haciéndola saltar; o colándose dentro de ella para barrer todo lo que de destructivo contenga y asociarse solo con sus partes blandas. Golpe tras golpe. Modelando. El peligro oportuno. Ahora nos parece que en aquella ocasión un tal effondrement no ha sido más que un viento del sur soplando de un modo demasiado vertiginoso, demasiado barredor de cualquier vestigio de tranquilidad. Había que saber colarse en una corriente oceánica tan fría, pero no era más que eso.
27 agosto, 2011
Arrepentirse
Siempre viviendo y pensando en un tiempo que ya no está. Desencajado. Frente a un horizonte que ya no se pierde por todos los flancos y que tampoco nos ciega por su abrumadora intensa profundidad. El tiempo que ya no está. Arrepentirse. Arrepentirse. Arrepentirse. Y ahora tener todo ese apelotonamiento de tiempo para nada. Un tiempo que da risa y lástima que se desparrama sobre las sillas y deja un reguero de insatisfacción sobre las mesas y todo lo que toca. Ayer. Un tiempo que se escapaba pero para retornar como pequeñas esquirlas con las que componer una obra imperceptible. El tiempo ido era un tiempo que fluía a una velocidad insoportable, eso nos enfermaba y nos mataba todos los días. Y nos acercábamos más y más al climax al que tanto queríamos llegar. El momento en que nos encontramos lanzados a una estratosfera donde todo es desgarradura y nos preguntamos si al fin aprendimos algo.
02 julio, 2011
De qué cuadro sos y cosas por el estilo
Con el tiempo me fui dando cuenta que fui amando las cosas que amaban aquellos a quienes amé. Así amé el sonido de los tambores y los redoblantes en las marchas en Plaza de Mayo antes o después de que estuviese toda vallada. La Casa Rosada se veía entre las cabezas de la multitud que se iba enardeciendo a medida que el sol se apaciguaba. Amé a León Trotski, leí sin entender un texto cuyo título me fascinaba; La revolución permanente. Y otras cosas, como el emblemático loco Houseman y el estadio Ducó y luego empezar a amar también esas cosas que la gente dice, la gente que ama estas cosas como la tantunita; mi cancha ganó un Oscar y demás. Después las retroexcavadoras las amé con pasión, al punto de que yo sé perfectamente que in the other life voy a ser operario de estas máquinas, voy a cavar túneles voy a unir la Paternal con Villa Domínico y de paso, porque no hay triángulo sin tres vértices, Plaza Irlanda.
Estoy en el jardín y me cuesta tomar conciencia de que pese a la claridad con que recuerdo estar ahí viendo las cosas a mi alrededor, levantando esas grandes piedras grises y brillantes, yo soy casi un recién nacido. Me paro junto a mi abuela que lanza un suave resoplido y juntos le pedimos pan al panadero, en realidad yo repito un poco desganadamente las palabras solemnes de ella; pero luego me gusta ver cómo esa pelusa estrellada desaparece flotando en la medianera. Circunstancias en que a las palabras se las lleva el viento y qué bueno que así sea.
Estoy en el jardín y me cuesta tomar conciencia de que pese a la claridad con que recuerdo estar ahí viendo las cosas a mi alrededor, levantando esas grandes piedras grises y brillantes, yo soy casi un recién nacido. Me paro junto a mi abuela que lanza un suave resoplido y juntos le pedimos pan al panadero, en realidad yo repito un poco desganadamente las palabras solemnes de ella; pero luego me gusta ver cómo esa pelusa estrellada desaparece flotando en la medianera. Circunstancias en que a las palabras se las lleva el viento y qué bueno que así sea.
05 junio, 2011
Plenitud
Lo que más hubiese querido en aquella época de mi vida es que las cosas no se dieran en conexiones tan heterogéneas, como disímiles, para que después todo pareciese desencajarse. Hace tiempo que vengo pensando en todo esto. Avanzo por la calle veo ese asfalto repetirse día a día, esos vidrios estallados que el sol hace brillar, las palomas tontas que se atraviesan por delante soltando esas plumas sucias que luego caen cerca de las cacas secas de perro que mordisquean con ese pico compulsivo. Una pluma muy diferente fue la que me mostró hoy Deisi, de pronto se empezó a mover haciendo contorsiones muy llamativas, porque su cuerpo siempre es calmo y sus pechos rígidos me empezaron a envolver de vibraciones. O no, era algo por completo diferente, tal vez más y más me mimetizaba con un Antoine Roquentin en La náusea y en sus peores crisis.
Y Dei metió una mano y el antebrazo bajo el suéter negro y extrajo esa pluma blanca y comenzó a mostrármela con dulzura y a hablarme para que yo entendiera que me decía que era una pluma de su cama. Hace tiempo, decía antes, me pregunto en viajes y retornos y días iguales por qué no hay encuentros que conecten todos los puntos. Siempre algo se sale se desboca como un órgano que no tiene cavidad posible o que el cuerpo rechaza y disfuncionalmente nos saca de la plenitud. De la felicidad. Tantunita, recuerdo, esa mañana me dijo: es maravilloso, ¿no? Mi cuerpo se iba adormeciendo y cada poro de su superficie jugaba con el universo, por primera vez. Lo era, lo fue. Pero así y todo algo evacuaba por alguna zona inmunda de mí mismo que me dejaba tirado en otro lugar.
Y Dei metió una mano y el antebrazo bajo el suéter negro y extrajo esa pluma blanca y comenzó a mostrármela con dulzura y a hablarme para que yo entendiera que me decía que era una pluma de su cama. Hace tiempo, decía antes, me pregunto en viajes y retornos y días iguales por qué no hay encuentros que conecten todos los puntos. Siempre algo se sale se desboca como un órgano que no tiene cavidad posible o que el cuerpo rechaza y disfuncionalmente nos saca de la plenitud. De la felicidad. Tantunita, recuerdo, esa mañana me dijo: es maravilloso, ¿no? Mi cuerpo se iba adormeciendo y cada poro de su superficie jugaba con el universo, por primera vez. Lo era, lo fue. Pero así y todo algo evacuaba por alguna zona inmunda de mí mismo que me dejaba tirado en otro lugar.
31 mayo, 2011
La vida corta
Es raro que exista un hombre así. Si alguien creía que la posmodernidad se había llevado todos los valores y los afectos de obstinación, interés por lo no inmediato, y por una sensibilidad más formativa... aún quedaban fenómenos que no fueron arrastrados por los tiempos. Este hombre todavía joven renunció a su mujer y a su hija adoptiva porque juzgó que entre él y la filosofía se interponían afectos que siendo importantes no eran algo de lo que no se pudiese prescindir.
La filosofía no tiene fondo. Mejor abandonarse a esa caída sin término en las superficies interminables en todos los sentidos sin dimensión de luz cegadora o de oscuridad helada. Dejar marchar a la mujer a la niña, irse de la casa pequeña sin terminar. Sin mirar para atrás, sin pestañear.
Es raro que alguien abandone todos esos tesoros preciados por nada; es decir por algo que es ya siempre desfondado. Ahora al menos no puedo entenderlo, siento que lo entiendo pero no quiero entenderlo. Me aferro a una idea nueva pero sin ninguna novedad; una naturalidad aburrida tan verdadera como la caída de los cuerpos explicada desde cierta perspectiva gravitatoria cotidiana y sin fundamento. Sin convicción solo creo que lo que quise ya lo perdí para siempre, ¿y entonces? me pregunto con una mueca más o menos idiota. Solo me resta girar sin rumbo como un satélite inútil a la deriva pero sin salir nunca de cierta atmósfera de sentido prefigurado, estabilidad de hoy para mañana. Sin vastedad.
La filosofía no tiene fondo. Mejor abandonarse a esa caída sin término en las superficies interminables en todos los sentidos sin dimensión de luz cegadora o de oscuridad helada. Dejar marchar a la mujer a la niña, irse de la casa pequeña sin terminar. Sin mirar para atrás, sin pestañear.
Es raro que alguien abandone todos esos tesoros preciados por nada; es decir por algo que es ya siempre desfondado. Ahora al menos no puedo entenderlo, siento que lo entiendo pero no quiero entenderlo. Me aferro a una idea nueva pero sin ninguna novedad; una naturalidad aburrida tan verdadera como la caída de los cuerpos explicada desde cierta perspectiva gravitatoria cotidiana y sin fundamento. Sin convicción solo creo que lo que quise ya lo perdí para siempre, ¿y entonces? me pregunto con una mueca más o menos idiota. Solo me resta girar sin rumbo como un satélite inútil a la deriva pero sin salir nunca de cierta atmósfera de sentido prefigurado, estabilidad de hoy para mañana. Sin vastedad.
26 abril, 2011
Un regalo
En ese tiempo estaba hasta el cuello de oscuridad. Y cuando el teléfono sonó y vacilé un instante en esa confusión que me abrazaba entero... pero sin embargo me abalancé sobre el aparato y levanté el tubo con resignación, entregándome... A ese regalo, un regalo de la vida que desde la superficie me llamaba mientras yo me empecinaba o me entregaba a otra cosa, nadando en aguas muy densas, heladas, en un agujero profundo-negro que me absorbía y que amenazaba con hacerme desaparecer. Y entonces la voz del otro lado me dijo que la vida nos hacía este regalo a ella y a mí, supe que me decía esto porque el tono y la risa eran como de complicidad y de compartir algo grande algo infinitamente afectuoso que se me iba a pegar lo quisiera o no -lo supe, aunque ella no dijera nada en cuanto a un regalo para ella o para mí-. Quiero repetirlo una vez más; yo atravesaba una agonía devastadora. Pocas cosas iban quedando en pie como cuando viene el tsunami y todas las estructuras desaparecen bajo el manto informe de la fuerza pura. Una tristeza, una torpe desgracia de años rebasaba por todo el borde de aquella vida.
Dije hola, callé, dije bien!, callé. Adentro de mí, en mi adentro, en mi agujero negro que yo era se hizo algo que después sería una pura ternura. En ese entonces en lo negro, en lo oscuro del vacío, de las ganas de la renuncia, de la desdicha del no poder ser y de la impotencia que se inflama como un combustible rico, se reveló algo hermoso. Algo que eran como unas ganas de querer estar ahí escuchando que alguien te diga eso y que al decírtelo sea como si te dice... No todo está perdido. Un digno hechizo en el corazón. Y te dice otras cosas más, te dice que cargándote un regalo como éste podés continuar con tu vida; podés intentar introducir algunos reajustes en esa completa avería... Sobre todo, podés olvidarla, dejarla ir y no convocarla nunca más y tomar a cuestas las vidas de otros.
Dije hola, callé, dije bien!, callé. Adentro de mí, en mi adentro, en mi agujero negro que yo era se hizo algo que después sería una pura ternura. En ese entonces en lo negro, en lo oscuro del vacío, de las ganas de la renuncia, de la desdicha del no poder ser y de la impotencia que se inflama como un combustible rico, se reveló algo hermoso. Algo que eran como unas ganas de querer estar ahí escuchando que alguien te diga eso y que al decírtelo sea como si te dice... No todo está perdido. Un digno hechizo en el corazón. Y te dice otras cosas más, te dice que cargándote un regalo como éste podés continuar con tu vida; podés intentar introducir algunos reajustes en esa completa avería... Sobre todo, podés olvidarla, dejarla ir y no convocarla nunca más y tomar a cuestas las vidas de otros.
28 marzo, 2011
Anticipaciones/ las bifurcaciones silenciosas
El trabajo de la anticipación es lo que nos importa. Nos preguntamos si acaso la bifurcación no es el resultado de esas pequeñas anticipaciones, olvidadas, o jamás retenidas; presentes irrelevantes perdidos en la oscuridad simple e intrascendente de nuestros días, de nuestras repeticiones. Llamamos bifurcación a ese movimiento a veces brusco, tan brusco que hace que el tiempo se conmueva al experimentar o desnudar ese quebrantamiento, donde tiempo y espacio cambian. Pero están también las bifurcaciones suaves, silenciosas y perennes como el movimiento de los astros porque cuando nos percatamos ya el espacio es otro. Creemos que éstas son las que están íntimamente conectadas con esto que llamamos anticipación y todo lo que en este término queremos poner como si fuese un receptáculo maravilloso que hace refulgir la experiencia, da cuenta de cierta experiencia.
Los tonos, la luz, el espectro que antes señalábamos ya no está. Y nosotros no podemos nunca más retornar a ese pasado... Tal vez nos queda el consuelo de recordar ese instante, esas acciones que fueron producidas por los actores que somos y que provocaron cambios. Entonces nos sorprendemos, abrimos la boca, manifestamos los gestos más enternecedores... porque no podemos explicarnos cómo es que siempre lo habíamos sabido. Siempre lo habíamos querido, veníamos produciendo algo para que las cosas se dieran del modo en que se dieron. Hace tiempo de esto.
Los tonos, la luz, el espectro que antes señalábamos ya no está. Y nosotros no podemos nunca más retornar a ese pasado... Tal vez nos queda el consuelo de recordar ese instante, esas acciones que fueron producidas por los actores que somos y que provocaron cambios. Entonces nos sorprendemos, abrimos la boca, manifestamos los gestos más enternecedores... porque no podemos explicarnos cómo es que siempre lo habíamos sabido. Siempre lo habíamos querido, veníamos produciendo algo para que las cosas se dieran del modo en que se dieron. Hace tiempo de esto.
26 marzo, 2011
Anticipaciones
La imagen fiel aunque parcial de un resolutor sería un camino bifurcado, una posibilidad entre muchas, una variación igual a todas las demás pero que ya se va diferenciando de todo. Podría haber sido de cualquier otro modo, en el marasmo de las posibilidades sin jerarquía el azar hace estragos. Pero el tiempo y las circunstancias hacían que el deseo se volcara y presionara para que este camino fuese abierto. Un camino lleno de buenos afectos; tan necesarios y temibles.
Empujes, extrañas fuerzas, trazos que determinarán nuestro futuro y delinearán la proximidad de nuestra vida. Sorpresa ante la inminencia de eso que buscábamos hace tanto tiempo y ahora se planta ante nosotros como vías accesibles sobre las que nos podríamos deslizar si quisiéramos. Lo hoy hecho estaba abierto como posibilidad en el pasado, había sido abierto y suspendido. Inmovilidad de vida que esperaba el tiempo propicio para salir a la luz. Y lo que descubrimos es que la potencia del presente está asociada a ese conocimiento precario, superficial del pasado. No porque el conocerlo sea determinante en algún sentido sino que lo que ahora nos pasa responde a esta apertura que está como anclada en algún lugar ya sido donde todo el sentido de lo que está siendo se mantenía virtualmente condensado en un poder ser esto.
Así un nombre vuela de un presente a otro, un nombre en medio de la insignificancia y la superficie de la vida. Un nombre en el pliegue de una revista viva. Una revista tirada en un canasto viejo, leída durante la defecación.
Empujes, extrañas fuerzas, trazos que determinarán nuestro futuro y delinearán la proximidad de nuestra vida. Sorpresa ante la inminencia de eso que buscábamos hace tanto tiempo y ahora se planta ante nosotros como vías accesibles sobre las que nos podríamos deslizar si quisiéramos. Lo hoy hecho estaba abierto como posibilidad en el pasado, había sido abierto y suspendido. Inmovilidad de vida que esperaba el tiempo propicio para salir a la luz. Y lo que descubrimos es que la potencia del presente está asociada a ese conocimiento precario, superficial del pasado. No porque el conocerlo sea determinante en algún sentido sino que lo que ahora nos pasa responde a esta apertura que está como anclada en algún lugar ya sido donde todo el sentido de lo que está siendo se mantenía virtualmente condensado en un poder ser esto.
Así un nombre vuela de un presente a otro, un nombre en medio de la insignificancia y la superficie de la vida. Un nombre en el pliegue de una revista viva. Una revista tirada en un canasto viejo, leída durante la defecación.
12 febrero, 2011
Anticipaciones, dos
En la vida de todos los días el resulotor opera, sin embargo, hay días en la vida de cada cual en que un resolutor se presenta transfigurado como evento.
Supongamos un individuo al que llamamos i. i tiene un problema. Digamos que su problema, para tipificarlo un poco, es de índole sexual. i vuelve al útero, i deambula por el emplazamiento de hojarasca amarillenta, su casa materna, ahí encuentra un vacío, un hiato. Da vueltas, es perro, es perdido, busca, husmea en la hojarasca, de pronto encuentra cosas. Aparición de una clave.
Lee un artículo en una revista de gran tirada, un artículo del doctor z, pero no podrá retener ese nombre. Aun no significa nada. El artículo de aquella revista habla sobre sexualidad, sobre travestismo, sobre falos y secretos. Tiempo después, años tal vez, i siente que su vida está siendo absorbida en un agujero negro; ya no cree que esto se cure con sueño o tiempo. (Si esto es una cuestión de salud buscará en las páginas amarillas).
¿Por qué esa vez sí decide pedir ayuda? Eso demandaría una explicación que se nos escapa por lo extensa, por connotar un sentido biográfico obvio, y denso.
Supongamos un individuo al que llamamos i. i tiene un problema. Digamos que su problema, para tipificarlo un poco, es de índole sexual. i vuelve al útero, i deambula por el emplazamiento de hojarasca amarillenta, su casa materna, ahí encuentra un vacío, un hiato. Da vueltas, es perro, es perdido, busca, husmea en la hojarasca, de pronto encuentra cosas. Aparición de una clave.
Lee un artículo en una revista de gran tirada, un artículo del doctor z, pero no podrá retener ese nombre. Aun no significa nada. El artículo de aquella revista habla sobre sexualidad, sobre travestismo, sobre falos y secretos. Tiempo después, años tal vez, i siente que su vida está siendo absorbida en un agujero negro; ya no cree que esto se cure con sueño o tiempo. (Si esto es una cuestión de salud buscará en las páginas amarillas).
¿Por qué esa vez sí decide pedir ayuda? Eso demandaría una explicación que se nos escapa por lo extensa, por connotar un sentido biográfico obvio, y denso.
06 febrero, 2011
Anticipaciones
Ese sentido, ese órgano, ese plano que solo en apariencia sería el inconciente pero no lo es. Salir de los planos del inconciente, salir de estas esferas o conservarlas pero sumar... plusvalía. Algo que el cuerpo entiende y reconoce porque sabe que existe. Es un órgano que no quiere ser así llamado, un efecto de anticipación y de construcción de la vida. Provisoriamente lo llamaremos "resolutor". El resolutor es función de anticipación que forja senderos en la vida. Por ejemplo frente a determinados problemas el resolutor cumple una actividad selectiva que luego es confirmada por sucesivos presentes. El resolutor parece vascular con eventos irrelevantes de nuestra vida, tan irrelevantes que frente a ellos no hay más que una realidad. El olvido inevitable; la cuantiosa producción de materia de desecho. No los reconocemos, no les damos el estatuto de episodios ni siquiera de manera fragmentaria, algo que se acerque un poco a la común idea de un recuerdo. Podemos tan solo reconocer esos materiales amorfos como pasado, o formando parte de él, pero poblándolo a la manera de cuadros difusos tan volátiles como cenizas de papel movidas por nada. Allí parece haber poca cosa, no son la sustancia maleable y consistente de "nuestros" recuerdos, de los que se compone nuestra vida.
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