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15 mayo, 2015

Las despedidas de mí

 Cuando soñaba siempre se generaba en el sueño una duda, una zozobra, una sensación de gran desasosiego. Es esa persistente idea de que lo que se sueña ya ha sido soñado anteriormente, pero ha sido soñado anteriormente de hecho o es una ilusión generada por el mismo sueño? Estoy sentado frente al psicólogo que espera algo de mí. He preparado un trabajo, algo sobre lo que he estado reflexionando, tiene un título. En ese momento me doy cuenta que hay una profundidad de tiempo en los sueños. Una profundidad que hasta ahora no había podido aclararme. Como un recuerdo dentro del sueño. Un recuerdo que aclara la idea obsesiva de que ya se ha soñado con aquello. Tal vez mi escrito del que no puedo recordar el título pero que ahora lo llamaré "esbozos" trata sobre eso. Lo sostengo en la mano, el papel, el psicólogo espera que se lo lea. Lamentablemente me despierto antes de empezar a leer.  
 Hoy es la última vez que voy al psicólogo. Es tan pero tan la última que ni siquiera tengo que tocarle timbre y entrar. Dejo la bici apoyada en la pared y saco del bolsillo un papel plegado y grueso que es un informe que he preparado especialmente. El informe no habla sobre mí, al menos no en primera persona, es una transcripción de cosas que he estado leyendo, es como la prehistoria de un blog que haré muchos años después cuando la fibra óptica sea la traza y la cimentación del mundo. Cuando me agacho para pasar ese papel por debajo de la puerta me parece que siento toda la fuerza, la atracción y la repulsión del umbral. Como si algo fuera a pasar. Deslizo el papel por la raja de aire que se forma entre la puerta y el piso y mi humilde informe desaparece allí del otro lado y estoy satisfecho porque he cumplido, pero no sé muy bien con qué. Subo a mi bici sin poder bajar, circulo por la acera porque es contramano la calle y entonces me voy andando todo el trayecto hasta mi casa, no es mucho. Se va haciendo de noche muy rápido se va haciendo una oscuridad clara. La oscuridad clara de las avenidas muy iluminadas, la oscuridad clara de las noches con luna, la oscuridad clara de las noches claras. 
   

07 enero, 2014

La noche que se alarga

 En la esquina de Antonio Machado y Malvinas Argentinas estaba demasiado oscuro. Lo bueno es que había un cantero muy piola para estarse sentado y hasta tenía un enrejado que funcionaba muy bien como respaldo para descansar. A un lado, cruzando la calle, estaba el barco celestón del Hospital Naval; apagado y silencioso... pero vivo en su interior. Los semáforos, dispuestos en dos de las esquinas y un bulevar lindante con el parque eran la única iluminación cercana. Medían con sus cambios lumínicos la noche de fiesta. Más allá del semáforo que estaba en el bulevar había unos bancos de cemento y un tipo sentado que se mantenía inclinado mirando la pantalla de su teléfono como si esa fuera su única luz. Estas noches se ahuecan en su interior oscuro y aparentan ser eternas, como noches que nunca van a acabar. Son noches que se estiran intentando aplazar el alba pero al final se hace de día. Cuanto más se ahueca la noche más deseos de felicidad se le piden y la noche más traicionera se vuelve. En la película Felicidades, a un tipo se le ahueca la noche y la recorre, la alarga como un río que extiende sus aguas mansamente, recorre la noche que se cierne traicionera queriendo comprar un regalo a último momento; un regalo especial. Se respira la noche con esa profundidad llena de vida, llena de soledad. Cerca de los juegos había varias personas que salieron de sus casas, había niños, niñas, gente mayor, algunos encendían bengalas y otros preparaban un cohete que se dispararía en instantes de una botella de sidra que había sido recogida junto al cordón. Pero más acá el tipo que estaba solo y miraba su teléfono seguía en la misma. Esperaba una llamada de lejos? Se detuvo un coche frente al semáforo y esperó que corte pero no cortaba nunca debería haber arrancado igual, pasárselo en rojo, pero no, esperaba que corte y cuanto más desierto está todo -se sabe- más tarda el semáforo en cortar pero así es como deben ser las cosas y no hay nada que discutir. Al lado de las personas que estaban cerca de los juegos festejando con cohetes y fuegos de colores había otras personas que también preparaban botellas para lanzar al firmamento sus fuegos multicolores deslumbrantes. Más lejos, metidas y en cuclillas en la pista de skate que parecía una cueva a cielo abierto, una mujer y una niña se miraban, ¿estaban abrazadas o acurrucadas? Entornaron sus cabezas hacia arriba para admirar los fuegos multicolores. Casi en el medio de la calle otra botella de sidra ahí de pie, y de ella salía una bocanada de humo gris espeso que se afirmaba en el aire por el foco de alumbrado que le caía justo encima. Un perfume a pólvora que se expandía. No había dudas de que el calendario anual avanzaría uno más en unos instantes, ya. Pasaba justo por un lavadero de autos cuando eso sucedió. Había unos pibes allí, empleados que habrían dejado haciendo una especie de guardia y uno sentado en un cajón de manzanas que hacía un vaivén pendular con chirridos muy suaves esperaba a otro que se acercaba con un espumante. El que se acercaba muy decidido al otro con la botella sostenida del cuello inclinó muy levemente la cabeza y con naturalidad me gritó que tuviera, capo, un feliz año. Todo se detuvo en la cabeza de millones, estalló en las mismas cabezas de millones y se preparó para recomenzar.

10 agosto, 2013

Un día de sol

 A la mañana la habitación se puso de repente brillosa, ocupada por un blanco ceniciento agradable. Pero mucho más agradable era seguir durmiento aunque el día llamaba. Últimamente el pequeño lugar geográfico que nos ha sido destinado carece bastante de las caricias de Helios. No quería que llegara el mediodía y estar todavía echado entre frazadas, de modo que me senté en la cama en menos de treinta segundo estaba vestido. Oriné sin tirar la cadena. No me lavé la cara puse agua a calentar y subí la persiana de la sala de estar para que entrara la luz natural muy intensa a aquellas horas. 
 Levantarse de un modo antinatural significa encontrarse tirado sobre una avenida cuyo nombre se desconoce, atardece, anochece. Quién soy dónde estoy a dónde quiero ir... me desmayo, me descompongo. Todo es sumamente hostil, el pasar a gran velocidad de los rodados zumbando frenéticamente sobre el pavimento. Alguien anónimo se detiene y me mira, me pregunta si estoy bien, si me siento bien si puedo andar solo. Le pregunto qué día es hoy. Qué día es hoy anónimo? Solo sé que se está haciendo de noche, le pregunto cuál es mi nombre sabiendo que es absurdo preguntarle eso a un anónimo.
 Tomo un termo de mate disfrutando del sol agradable que entra por la ventana y no va a durar mucho mientras pelotudeo en internet. Revisó el correo, escucho unos temas de Norah Jones en youtube y busco cosas absurdas en mercado libre. Estoy en el cementerio vacío con sol. Si salgo voy a estar en el cementerio vacío con sol que dura poco. Si me quedo ya no hay sol, no hay más se ocultó rápido tras alguna medianera altísima que nos rodea a todos. Y pasó rápido el mediodía porque me levanté tarde. Pero no hay que ser sumiso con los horarios o al menos tanto, porque es domingo. Preparo el almuerzo promediando la tarde. Unos bifecitos que compré en el supermercado, de mala gana, embandejados y enfilmados con sangre adentro de la bandeja que se movía como uno de esos niveles acuosos que usan los albañiles no sé si se llaman niveles de agua en vez de plomadas. Tiernos después de todo, sellados a fuego bien fuerte con abundante ajo picado, como dice siempre mi madre que le gustaba a mi abuelo. Luego sumo lo que hay por ahí dando vueltas. Unas cebollas crudas cortadas finas, media palta que había sobrado, un tomate que tardó como quince días en madurar y que lo logró lastimosamente, desarrollando con aptitud biológica inapelable una gangrena en el centro superior. Monto todo eso en unos panes tostados -pienso con la pasión de un enfermo mental que el sandwich es una invención lograda, de fondo- huelen bien, con mucha mayonesa para que se una todo como si fuese papel y boligoma, un americano barato con el último resto de soda y me lo zampo todo. Niam!
 Después hago una siesta breve, innecesaria. La obertura es en la silla estilo de oficina con un hilo de baba que amenaza con trazar una profesía sobre la superficie de la madera de la mesa castigada de escrituras heterogéneas. Como un caminante nocturno sin conciencia, sin alma, algo animado informe me pongo de pie y me echo. Vuelvo a la avenida sobre los escalones, grandes mansiones dominan el entorno, los tonos blancos predominan. Desde el sueño golpeo hago que las cosas retumben que la sangre y el corazón golpeteen como tambores en mi cabeza cerca de mis sienes. Comienzo a despertarme yo mismo me despierto a mí mismo desde dentro, desde fuera, desde el sueño y la disolución y la desilusión que provoca siempre entender que las imágenes son solo fantasmas olvidables de las sombras de lo que tememos y deseamos. 
 Anochece y no hice nada. Es una mierda que piense algo que ya pensaba cuando era adolescente y comprendía que pensarlo no tenía sentido; que los domingos son bosta. Pero las excusas se pegan siempre a la piel como hormigas. Un sueño me saca de acá. Los depresivos se van a dormir porque el sueño los lleva a un lugar donde mueren o renacen despojados de sus viejas úlceras. Dios no quiere que nos vayamos del mundo por eso hace que olvidemos los sueños, si no los olvidáramos nos iríamos felices al desierto. Podría en este preciso momento detallar la hermosa arquitectura de las mansiones blancas y las avenidas curvas sin nadie pero de tráfico vertiginoso. Podría describir esas balaustradas blancas cuyo resplandor aún me aquieta. Dios hace que olvidemos los sueños para que solo él pueda pensarlos, recrearlos, y al olvidarlos nosotros el mundo o lo así entendido como real se siga moviendo.             

10 febrero, 2013

Mudanzas

 Este filme de Win Wenders debe ser la primera vez de muchas cosas. En el curso del tiempo. En yotube se habla de la primera vez que un actor se planta un pino frente a la cámara! Quién discutiría eso. 
 No sé si para Deleuze-Guattari habrá sido la primera vez de algo, pero como modo de viaje y experimentación ellos lo ponen como uno de los paradigmas de su forma de viajar favorita. El viaje desértico, el viaje inmóvil, el viaje sin cambiar de lugar, el viaje de autoconocimiento carente de terapias, de búsquedas de vacaciones y de seudo esperas. La música, ya que hablamos de movimientos, es como un pozo de agua, rebosante, cristalino, fresco, al lado del camino, como un jacuzzi despojado olvidado y virgen que el sol ilumina y se ve el fondo diáfano. En Mil Mesetas (1980) el filósofo y el psicoanalista se refieren a En el curso del tiempo echando mano de sus nociones de lo liso y lo estriado. Al parecer Wenders logra algo singular: establecer un desarrollo que consiste en la distribución de una variación continua. Pero, al contrario de lo que se esperaría, no es la homogeneidad de la imagen lo que se busca. Lo liso es amorfo e informal. Como dicen Deleuze-Guattari, uno de los personajes no tiene historia. El otro tiene demasiada; dice ser -me refiero a Robert- el pediatra de la lengua, en una interpretación posible al menos. El viaje liso es aquel que parece haber derretido el pasado. Todo lo que va quedando atrás, una nube de cascote polvoriento y pesado parece ser comido, absorbido -hacia- por el interior de la tierra. Cinematográficamente es como si el camino se desbarrancara, se despedazara detrás, inmediatamente detrás de los pasos que continúan avanzando. Al contrario, el viaje estriado es un viaje desesperado, ansioso por reencontrarse con el pasado; siempre tiene que saldar cuentas con una jornada anterior. Aquel que entre estrías se va moviendo siempre, se nota, ha pasado los últimos meses, los últimos años rumiando. En soledad tal vez, en diversidad de trayectos que lo han llevado hacia otros derroteros ha estado preparando su calculada venganza. El padre es un lugar común que acecha, la madre es un lugar común que quiere carcomer como tábano enceguecido. Siempre hay cosas para vociferarle a la madre siempre hay un monólogo que es como una especie de tributo contradictorio pues busca defenestrar al padre. En un caso la segmentación y en otro caso la circularidad. Bruno podría retornar mil veces por los mismos lugares, tal vez lo ha hecho, cada retorno es una repetición colmada de heterogeneidad pues aunque vuelve a pasar por los mismos lugares, mismos pueblos inexistentes, mismas ausencias, misma sequedad, la circularidad y la renovación van de la mano con la ajenidad de la evocación.
 A veces en estas experiencias es difícil encontrar eso que se llama la historia de amor. Pero en Im Lauf der Zeit hay una de esas historias. Siempre he sentido una atracción irresistible por el efecto que la historia de amor tiene sobre el cuerpo, mucho antes de existir. Muchas veces a tantunita le dije que la había visto, desde mucho antes de conocerla, erráticamente. En un colectivo por la calle Entre Ríos, en la 347 de la facultad con su sueter tejido a mano de vivos colores atoñales; pardos, verdes, amarillos y negruzcos encendidos y otros destellos. Esos recuerdos luego han quedado bastante soldados a mí pero no dejan de ser retazos, visiones del más allá sin ser, claro, un más allá en sentido técnico. En fin, Bruno está parado armándose un cigarro o algo así, está en una feria o parque de diversiones del lado de adentro de la pista de los autitos chocadores, tranquilo, apoyado sobre la baranda. Una chica le pide fuego para encender al "fürer" (chiste local) y Bruno se queda prendido y embobado de esos ojos medio siberianos, dulces ojos, riquísimos. Dan vueltas, vueltas mentales, hay esperas, inútiles y dilataciones; que es en definitiva lo que hace a una historia de amor ser deseable, emocionante y de vuelta deseable. Están en el cine donde la encargada suplente Pauline ha citado a Bruno. Bruno hace las preguntas de rigor: no te diste cuenta que la imagen tiembla, no te diste cuenta que está fuera de foco, no te diste cuenta no te diste cuenta? Ningún operador de cine ve nada, parece que se quisiera prescindir de los técnicos y la intervención humana y dejar que todo discurra solo. Pero las manos de Bruno demuestran que el péndulo se detiene sin cierta perfectibilidad de que es capaz solamente un buen técnico, solo así la máquina puede producir magia: la magia de la Cruz de Malta. 
 Esa noche después de ajustar la imagen pueden suceder muchas cosas; debe suceder la historia de amor. La historia de amor será siempre historia de amor y de pasión si se queda en esos momentos previos donde el pudor es una especie de velo superpoderoso que cae sobre los cuerpos, los aprisiona, los embellece y los abre a un porvenir incierto. Esa noche -primera y última?- no habrá sexo entre Pauline y Bruno, no habrá besos ni demasiadas caricias ni extenuantes charlas, no habrá promesas ni confidencias, no desahogos ni desilusión ni éxito. Pero sabemos que tiene el sello de una gran historia de amor, en los gestos, una lágrima que se desliza sobre el rostro terso y se guarda... para siempre. Es que las historias de amor son siempre imperecederas.