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12 mayo, 2016

La visita de un cuerpo

 Queríamos tener un cuerpo. Un cuerpo que sirviera para disfrutar del sexo, para los deportes, las drogas, las comidas, para llenarlo de bebidas y pastillas. Un cuerpo que sirviera para avanzar bajo lluvia de hojas amarillas cuando ráfagas de viento pelan los árboles las copas que se entregan al despojo, creando montañas de pálida luz a la hora silenciosa. Un cuerpo para trasladarse rápido entre dimensiones heterogéneas nocturnas. Un cuerpo entendido en brujerías que pudiese visitar a sus amigos muertos y a sus amigos vivos, pero alejados. Visitas también disímiles. Un cuerpo que a la madrugada visitara a una perrita que no se sorprendiera para nada de ver un cuerpo allí que le da un obsequio, un pequeño oso de peluche para que lleve y traiga. Los ojos negros de la perrita brillan en la profundidad, ojos de tinieblas que miran sin hacer el tipo de preguntas que molestarían a un brujo que viaja en la noche por el poder de sus aliados. Alguien, avanzada la noche que encuentra un cuerpo en la habitación, en la cocina junto a la cucha de la perrita, al levantarse por casualidad, y se pregunta cómo es posible. Alguien que se va a dormir y luego no puede conciliar el sueño, cómo es posible haber visto ese cuerpo allí en cuclillas sobre el piso de mosaico frío jugando con la perrita hasta donde ello era posible por la somnolencia de la perrita. Pero entonces acostada se pregunta, se sobresalta, se destapa con vigor porque tiene muchas mantas encima por el frío de la madrugada con el silencio frío de la madrugada. No le habrá -se pregunta- pasado algo pero no a ese cuerpo que vi jugando allí, mimando, abrazando a la perrita sino al cuerpo al otro al que está lejos... al cuerpo real; cosas todas cavilaciones en las que no creen los brujos. Como que eso puede ser algo que huele a muerte a despedida -sospecha- un derroche de energía que el universo hace tal vez entonces -imagina- deja que una vez una aparición que es algo que los límites de lo cotidiano no dejan fácilmente que se manifieste. Y presumiblemente lo hace frente a la perrita porque no podrá comunicar al menos como lo comunicaría un humano con esa sorpresa y con esa incredulidad... la perrita duerme. Entonces fuera de la cama con los pies descalzos prende la luz y la perrita está acurrucada y duerme y entre sus patas está el oso pardo de peluche. Hace la pregunta que solo un aprendiz de brujo que no entiende todavía del todo las cosas de la brujería puede hacer y pregunta si un cuerpo realmente "físicamente", ha estado ahí.       

20 diciembre, 2015

Cuadro de mi abuelo y el Pata

En la casa de mis abuelos había un cuadro
en un rincón destacado
había un tapiz
un jarrón
los adornos siempre estuvieron en el sitio de siempre.
Siempre miraba esas cosas si bien me importaban más 
                                 /los caramelos del bahiut.
Había sobre todo un retrato de mi abuelo en blanco y negro
él siempre salía bien en las fotografías
debe ser meritorio eso, pues, 
se sacaban una 
una 
no como ahora con celu en mano una y otras tres 
                                /por si acaso...
En ese retrato mi abuelo está sentado sobre césped en un 
                                                /jardín
como todo antes... si la gente iba a la cancha en traje...
aquel jardincito siempre estaba arreglado como todo antes
 con sus petuñas florido y decente
y en la foto mi abuelo está con un perro de esos Fox terrier
el pata me dijo mi abuelo que era su nombre
o lo recuerdo porque lo conocí, creo, al pata,
él, lo tiene al perro entre las piernas 
mi abuelo sonríe y el perro con la lengua afuera
los ojos negros de perro tapados de pelos grises tupidos
"complices" titularía la foto si yo la hubiese sacado.
Alguna vez yo también voy a intentar tener una así
por suerte voy a sacar muchas y elegir la mejor
en la primera entrecerraré los ojos con torpeza
en la segunda se me irá un ojo pa no sé donde
tal vez en la tercera sí aparezca dócil y lindo
la foto seguro la va a sacar tantunita porque es la dueña de 
                                /la perrita
pero después me apropio del cuadro lo cuelgo en mi casa
en una habitación que no existe
en un tiempo que habrá que ver si llega
ahí estamos. 

17 mayo, 2015

El amor para mañana

 Si en una misma noche te despertás tres veces al otro día podés decirle a tus compañeros de trabajo que dormiste mal. 
 En posición horizontal abrí los ojos con dificultad, tuve esa imperceptible sensación de eternidad que se borra apenas la quiere uno pensar, eternidad en cuanto al tiempo de haber estado durmiendo. Persistencia y vacilación. Entonces deseo seguir durmiendo pero me carcome esa sobredimensión de tiempo. Solo tengo fuerzas para agarrar el teléfono mirar la hora; desconcierto y alegría. Solo he dormido dos horas aproximadamente. La segunda vez que me despierto me siento algo sudado, me fastidia, primero volver a despertarme y en segundo lugar saber que ya no es temprano; el sudor agrava todo. Vuelvo a mirar el teléfono, en efecto, no es temprano. La tercera vez que me despierto, no sudado porque ya me he quedado bien liviano de ropas sin nada. En diez minutos sonará... Es terrible, el cuerpo solo devuelve un quejido de insatisfacción.
 Estaba hablando un montón estaba diciendo que no podía ser de este modo la vida. Había sucedido algo terrible algo que le sucede a muchos algo que me sucederá, que me preparo para que no me suceda que en el sueño sucedió. Me di cuenta de que se había pasado la vida. Los que amaba se habían muerto. Ya no podía producir nada más, no podía rememorar haber producido algo. Era una devastación. Pero podría haber sido de otro modo, si a tiempo te hubiese dicho que no podíamos seguir así. Debíamos despertar de esa espera y ponernos a trabajar en la felicidad o sea en la nada misma. 
 Yo estaba sentado en el asiento del psicólogo, yo decía cómo las cosas debían hacerse, encaminarse. Eso me animó me dio fuerzas en medio de una gran noche sin titilar de estrellas. Parado sobre el lecho seco de un río que se inundaba rápido de una ola que bajaba de las altas cumbres, helada, la fuerza de la orina arrastraba troncos, piedras y cuerpos si los encontraba -y por supuesto que tales cosas había allí acampando- en su camino.Trataba de convencerte de que no envejeciéramos en vano porque lo peor de todo es que no íbamos a tener una segunda oportunidad de encontrarnos alguna vez, uf...! Eso es la eternidad, nos guste no nos guste, lo ignoremos, lo olvidemos, sobre todo lo aplacemos.No habrá. Sí habrá, el cine y las religiones pintan de esperanza esa falsedad. Entonces habrá un segundo encuentro. Entonces me quedaré dormido. 

12 abril, 2014

Yerbalito y el rodeo

 Nunca pude ni quise volver a yerbalito, sabía que si alguna vez eso sucedía iba a ser como por pura casualidad; quizá un azar poco feliz. Bueno, cada uno tiene derecho en su imbecilidad a ir no ir a ciertos lugares y yo últimamente intenté no pasar por allí. Quería muchas veces pasar por allá por química oeste para comprar algunos artilugios que me permitiesen pasar bien los inviernos pero no. Lo resistía. Como dije antes cada cual con sus resistencias, aunque sean absurdas. Una vez casi estuve a punto de rodar hasta química oeste pero era imposible evitar yerbalito que estaba antes. Por otra parte ahí me di cuenta de que no era solo la plaza, la avenida, el chino, los morgan, lo de luisito el coiffeur, la casa de los catupecu, el sonido tan próximo del   sarmiento, y por supuesto esas moles deslucidas y agarrotadas que  eran y han de ser yerbalito. La idea de no querer pasar por allí se extendía a mucho más a química oeste y tal vez a Liniers y a las placitas del Santojani, donde a veces iba a hacer un pequeño entrenamiento. Y también, a las bellísima placita que no recuerdo el nombre pero que está limitada por las calles Founrouge, Av Larrazabal, Coccio y Caaguazú. 
 Una mañana nublada de marzo, húmeda, es la última vez que estoy en yerbalito. LLego antes que ellos, en el departamento doy vueltas, reviso, pero ya no hay nada más que revisar. Entro al baño y me echo un lionel digno por ser el último y justo cuando me estoy terminando de lavar las manos suena el timbre y bajo animado a abrir. Salgo del ascensor y los veo a través del blindex uno con campera gruesa y el otro con sobretodo; entonces hace frío pienso ahora... Entran al pallier, me saludan, Curtad no para de hablar o continúa una conversación que ya traía de fuera, ya estamos subiendo hasta el 14. Me confundo, es hasta el quince. El 14 era una parada necesaria, Lost Highiway, Blue Velvet y Muholland Drive. Nosotros vivíamos arriba de esa trilogía, justo arriba. Era heavy metal el 14. No eso exactamente, era del orden de lo siniestro o al menos así siempre me lo pareció. Curtad habló rápido de varios temas al mismo tiempo quedó claro que era el tipo de persona a la que le gusta hablar de sí misma a los extraños, y, como todo abogado se explayaba con facilidad. Pero es al mismo tiempo innegable que nos sedujo con sus insinuaciones de loco de enfermo psiquiátrico ambulatorio, un verdadero loco... de amor? Nunca lo sabremos pero entre él y Perre había una natural complicidad la elipsis era espontánea y con un sí o un no o una risa o un claro todo quedaba sobreentendido. Había allí un placard al que al entrar Curtad se avalanzó y lo admiró como si fuera, no sé, un lugar de fuerzas especiales. Dijo que él lo había hecho y deslizó la palma de su mano por su superficie lisa. Siempre había sentido una fuerza especial en ese lugar de la casa y me encantaba, usando la escalera que me había comprado en la ferretería abarrotada de la esquina, hurgar allí y acomodar algunas cosas. Había cierto misterio en aquel rincón que me atraía, estaba la fotografía puesta en marco rectangular gigante del viaje de egresados y de las vacaciones o la luna de miel de Curtad con su mujer blonde. A cada palabra de Curtad un intento de atar un cabo suelto. Pero era difícil. No era simple encontrar coherencia y consecuencia entre tanto misterio. Intercambiamos unas cuantas palabras, unas cuantas formalidades más, Curtad me dio una plata extra porque había cumplido con todo y Perre puso cara de satisfacción. Me sugirió Curtad que me llevara unos artículos de limpieza que habían quedado en el bajo-mesada y yo dije que no porque ese día me quería ir liviano, ya estaba, no había más nada que llevarse de ese lugar. En la calle nos dimos el último saludo mientras todavía resonaba ese misterioso acá las cosas se me salieron de quicio acá las cosas se me salieron del tiempo que expresó Curtad y teníamos inmensas ganas de pedirle que nos contara mejor pero ya estaba. Le espeté -con cariño- que yo allí había sido muy feliz para que sonara como un contraste perfecto y oportuno sin acechanzas, y Curtad lo aprobó. Luego me tomé el 96 que curiosamente vino muy rápido. Ya no había más nada para ver.
 Pero el rodeo siempre es el rodeo. Es algo que simplemente cae a mis pies sin frialdad ni estricta numerología, pero con cierta recurrencia y cierta obsesiva intención interpretativa. Algo que recurre algo que reinstala lo que aleja, lo que vuelve, lo que se quiere dejar atrás, a lo que se querría volver. Como me estoy por mudar visito unos cuantos anuncios on line de departamentos ofrecidos y a desgano un anuncio de uno luminoso a estrenar tiene unas cuantas fotos de su interior. Una foto me llama la atención y es como si me metiera dentro de ella. La foto toma la ventana que da a la calle es un primer piso y la lente se ha casi encandilado con la luz blanca que penetró en aquel instante el ambiente vacío. La luz viene del sur o sea que por su intensidad es de la mañana porque si no sería pura sombra. Le echamos un poco de zoom a lo que se ve, a ese afuera, la calle las formas de concreto que brillan grises, enfrente se dibuja borroso un enrejado y detrás grandes columnas también grises y brillantes. Del otro lado del enrejado es un playón donde hay dos autos curtidos por el sol y la lluvia, o sea que es la mañana de un día hábil. Después es inverosímil pero es lo que la foto anuncia. Ya comienza yerbalito, sus columnas rugosas sus formas que pierden la mirada entre una arquitectura deslucida. Es un cosmético esa pintura gris. Brilla por la luz. Hay acaso otro modo de brillar? 
  
     

03 enero, 2014

Quien habla

 Quién es el autor de lo que ello dice? Tantunita me dice, es que lo dijiste mal, ah entonces!, -contesto-, eso justifica la pelotudez que Tío acaba de decir... Lo que yo dije -agrego- era intentar explicar la cantidad de jornadas sobre la nueva escuela secundaria que habrá el año próximo y Tío salta con cualquiera. Tantunita se lo piensa y hace como un chasquido con los ojos, muy convencida me espeta este; no, claro que no lo justifico para nada a Tío, es una pelotudez lo que dijo... -un silencio, evalúa, y agrega- es que lo decís mal. Se entiende, lo explicás mal, te expresás mal, no llegás al punto al que querés llegar, a buen puerto a algún puerto a ningún puerto, a puertas que finalmente no se abren. Alarmas que no suenan cuando deberían sonar, reproducciones que avanzan tan pero tan lentamente que cortan las palabras hasta que es imposible oír lo que se está diciendo y lo que se desenvuelve en las imágenes. Eso es lo que me dice la voz en la conciencia cuando ya me estoy levantando, cuando casi me estoy despertando. Multiplicación de autores: Dios, ello, Tantunita, ello, quién es el autor, qué es un autor, quién habla, quién me habla, quién me despierta y para qué?
 Entre las sábanas calientes con la corriente tibia y pesada entrando por la ventana y los motores en la calle rugiendo sufrientes como últimos estertores de resignación ante la inmensidad del calor que los abraza. Todavía siento las voces en mi cabeza, me ofuscan, no sé de dónde vienen hacia dónde van hacia dónde me llevan... Después, leo, en una conferencia célebre que el autor, también célebre, toma prestada una línea de Beckett donde se dice que "No importa quién habla, dijo alguien, no importa quién habla". 
 
        

22 septiembre, 2013

Llantos de perros humanos

 Hace unos minutos que abajo en el patio la perra está llorando porque está sola; los dueños han de estar visitando familia, o uno trabajando y el otro descansando con quien sabe quién. La perra llora.
 Hace unas horas que abajo en el patio está llorando la perra, sí, no estoy seguro si son instantes u horas. Cuando me fijo en esos llantos prolongados con esa frecuencia de agudos que solo una perra triste puede lograr no estoy seguro si hace horas o días que convivo con ellos. 
 En los últimos días me sentí enfermo y casi no salí. Al fin tuve que hacerlo porque necesitaba comprar alimentos. Frutas, verduras y un poco de cerveza. Me senté en la mesa y bebí unos sorbos planificando la cena en relación a las cosas de que disponía. Sin darme cuenta me lancé a una pendiente vertiginosa de ilusiones apasionadas en las cuales rehacía mi vida y estaba sentado en la mesa de un bar. Una mujer frente a mí, unos ojos que se reposaban sobre mí compasivos, amorosos. Y me confesaba. Sin aviso me ponía a llorar, no podía parar de llorar. Quería explicarle pero el moqueo no me permitía hacer demasiado manejo de mis facciones y mis palabras. Ella paciente. Yo lloroso. Y, entonces, me desperté de ese sueño despierto, llenos los ojos de lágrimas, los brazos apoyados en la mesa poco después de preguntarme qué podía cenar... Y la perra abajo lastimosamente lloriqueando porque la dejaron sola todo el día. Me enjugué las lágrimas y las pupilas saturadas y lance unas cuantas carcajadas porque me pareció que todo estaba sintonizado como un gran concierto o como un cosmos. 

04 mayo, 2013

Le bâtiment

Un grafiti para una tantunita que está enferma para que se mejore pronto mientras se entretiene y divierte. 

10 febrero, 2013

Mudanzas

 Este filme de Win Wenders debe ser la primera vez de muchas cosas. En el curso del tiempo. En yotube se habla de la primera vez que un actor se planta un pino frente a la cámara! Quién discutiría eso. 
 No sé si para Deleuze-Guattari habrá sido la primera vez de algo, pero como modo de viaje y experimentación ellos lo ponen como uno de los paradigmas de su forma de viajar favorita. El viaje desértico, el viaje inmóvil, el viaje sin cambiar de lugar, el viaje de autoconocimiento carente de terapias, de búsquedas de vacaciones y de seudo esperas. La música, ya que hablamos de movimientos, es como un pozo de agua, rebosante, cristalino, fresco, al lado del camino, como un jacuzzi despojado olvidado y virgen que el sol ilumina y se ve el fondo diáfano. En Mil Mesetas (1980) el filósofo y el psicoanalista se refieren a En el curso del tiempo echando mano de sus nociones de lo liso y lo estriado. Al parecer Wenders logra algo singular: establecer un desarrollo que consiste en la distribución de una variación continua. Pero, al contrario de lo que se esperaría, no es la homogeneidad de la imagen lo que se busca. Lo liso es amorfo e informal. Como dicen Deleuze-Guattari, uno de los personajes no tiene historia. El otro tiene demasiada; dice ser -me refiero a Robert- el pediatra de la lengua, en una interpretación posible al menos. El viaje liso es aquel que parece haber derretido el pasado. Todo lo que va quedando atrás, una nube de cascote polvoriento y pesado parece ser comido, absorbido -hacia- por el interior de la tierra. Cinematográficamente es como si el camino se desbarrancara, se despedazara detrás, inmediatamente detrás de los pasos que continúan avanzando. Al contrario, el viaje estriado es un viaje desesperado, ansioso por reencontrarse con el pasado; siempre tiene que saldar cuentas con una jornada anterior. Aquel que entre estrías se va moviendo siempre, se nota, ha pasado los últimos meses, los últimos años rumiando. En soledad tal vez, en diversidad de trayectos que lo han llevado hacia otros derroteros ha estado preparando su calculada venganza. El padre es un lugar común que acecha, la madre es un lugar común que quiere carcomer como tábano enceguecido. Siempre hay cosas para vociferarle a la madre siempre hay un monólogo que es como una especie de tributo contradictorio pues busca defenestrar al padre. En un caso la segmentación y en otro caso la circularidad. Bruno podría retornar mil veces por los mismos lugares, tal vez lo ha hecho, cada retorno es una repetición colmada de heterogeneidad pues aunque vuelve a pasar por los mismos lugares, mismos pueblos inexistentes, mismas ausencias, misma sequedad, la circularidad y la renovación van de la mano con la ajenidad de la evocación.
 A veces en estas experiencias es difícil encontrar eso que se llama la historia de amor. Pero en Im Lauf der Zeit hay una de esas historias. Siempre he sentido una atracción irresistible por el efecto que la historia de amor tiene sobre el cuerpo, mucho antes de existir. Muchas veces a tantunita le dije que la había visto, desde mucho antes de conocerla, erráticamente. En un colectivo por la calle Entre Ríos, en la 347 de la facultad con su sueter tejido a mano de vivos colores atoñales; pardos, verdes, amarillos y negruzcos encendidos y otros destellos. Esos recuerdos luego han quedado bastante soldados a mí pero no dejan de ser retazos, visiones del más allá sin ser, claro, un más allá en sentido técnico. En fin, Bruno está parado armándose un cigarro o algo así, está en una feria o parque de diversiones del lado de adentro de la pista de los autitos chocadores, tranquilo, apoyado sobre la baranda. Una chica le pide fuego para encender al "fürer" (chiste local) y Bruno se queda prendido y embobado de esos ojos medio siberianos, dulces ojos, riquísimos. Dan vueltas, vueltas mentales, hay esperas, inútiles y dilataciones; que es en definitiva lo que hace a una historia de amor ser deseable, emocionante y de vuelta deseable. Están en el cine donde la encargada suplente Pauline ha citado a Bruno. Bruno hace las preguntas de rigor: no te diste cuenta que la imagen tiembla, no te diste cuenta que está fuera de foco, no te diste cuenta no te diste cuenta? Ningún operador de cine ve nada, parece que se quisiera prescindir de los técnicos y la intervención humana y dejar que todo discurra solo. Pero las manos de Bruno demuestran que el péndulo se detiene sin cierta perfectibilidad de que es capaz solamente un buen técnico, solo así la máquina puede producir magia: la magia de la Cruz de Malta. 
 Esa noche después de ajustar la imagen pueden suceder muchas cosas; debe suceder la historia de amor. La historia de amor será siempre historia de amor y de pasión si se queda en esos momentos previos donde el pudor es una especie de velo superpoderoso que cae sobre los cuerpos, los aprisiona, los embellece y los abre a un porvenir incierto. Esa noche -primera y última?- no habrá sexo entre Pauline y Bruno, no habrá besos ni demasiadas caricias ni extenuantes charlas, no habrá promesas ni confidencias, no desahogos ni desilusión ni éxito. Pero sabemos que tiene el sello de una gran historia de amor, en los gestos, una lágrima que se desliza sobre el rostro terso y se guarda... para siempre. Es que las historias de amor son siempre imperecederas.      
        

11 enero, 2013

Un lugar en el mundo

 Me acosté. Me dormí rápido pero tuve un sueño entrecortado con constantes molestias, las ganas de orinar que no se aguantaban y tal vez, eran injustificadas. Una sensación como de que estaba lleno de mosquitos que revoloteaban constantemente por la habitación. En verdad se trataba de una sensación que parecía como si de pronto hubiesen germinado pulgas en el colchón pues la picazón insorportable nacía de abajo. Pero eso era imposible... Pulgas? No no tenía sentido. Los mosquitos a veces desarrollan un ataque silencioso y se vuelven diminutos y su picor es constante pero suave, no llega a sobresaltar el cuerpo y la carne permanece naturalmente adormecida en las altas horas. 
 Injerto de injerto. Qué sé yo cómo seguía esto... no importa. Después de que han pasado las navidades en el mundo y los fines de año pienso que sé cuál es el lugar donde quiero estar, cuál es la casa donde quiero estar. Algunas personas para mí más que respetables cuando se preguntan cuál es su lugar siempre dicen es una montaña o es una casita en una montaña, es una cabaña que se recuesta sobre un prado y que siempre huele a flores silvestres no importa si hay o no hay brisas que traigan el aroma de las florecillas, es campo puro, siempre. Otras, no se andan con lo puro, simplemente dame un depa a una o dos cuadras de Cabildo y Juramento y estoy. No conciben la vida lejos de Cabildo y Juramento. Eso lo dicen siempre en reuniones con amigos sin que siquiera sea necesario que un poco de alcohol remueva la colesterol de sus arterias. En ese sentido pensando justamente en los lugares que son el mundo de uno me digo que mi mundo está en las alturas; me convenzo de eso más que nada en esta época cuando el año es nuevo y en general no va a pasar nada. Enero no es como diciembre, en enero no pasa nada nunca. 
 Ese lugar está en las alturas, lo más alto que se pueda, no sé por qué ya en edad avanzada eso llega al punto de obsesionarme. Ver las luces, la inmensidad de cemento, todo ese recorte heterogéneo que es la ciudad desde una vista aérea. Los atardeceres y sobre todo las lunas. Guau! Las lunas desde semejante altura limpia digamos, son una fuente apelotonada maciza y bella de luz de rayos blanquecinos envolventes de litio como fuente de vida. Digo de litium en el sentido de esas cosas que nos atraen nos inyectan toda la energía que necesitamos para movernos; bueno sin ser máquinas, no es el litio lo que alimenta nuestra cotidianeidad? Es verdad podría haber dicho chocolate. 
 Soñé que te decía que lo que te iba a decir que había hecho era una locura, pero ya estaba hecho, no había podido evitarlo y lo había hecho. Le había estado dando vueltas al asunto pero no había podido evitarlo y ahí estaba la oportunidad y lo había hecho. Compré la casa de los abuelos. Ya está hecho. Era una oportunidad una casualidad que se entrelazaba con un milagro, el azar y la felicidad señalaban que eso se ponía frente a mí y tenía que decidir... lo quería o me largaba y cerraba todo como si nunca hubiese pasado nada. Pero lo hice. Sí compré la casa de los abuelos. Estaba ahí en oferta la vieja casa con jardín. Cuando era muy chico salíamos al jardín y mi abuela decía que ella siempre había tenido un irreprimible deseo de querer ser pájaro, volar, olvidarlo todo y volar. Mandarse a mudar volando, sobrevolandolo todo, las casas, el barrio, el riachuelo, el río, todas las casas con jardines y las terrazas, todo el sur. Decía siempre quise ser un pájaro. La miraba y no entendía ni jota. Me parecía absurdo que dijera eso. Si hubiese dicho la verdad en este momento dada la situación más que inestable, crítica, como solemos decir; de mierda, que se vive en este bendito país, lo que quiero es ser pájaro y mandarme a mudar, eso lo hubiese entendido mejor. Pero decía siempre quise ser pájaro, siempre. Esa idea de un inconformismo cuasi biológico me repugnaba y me quedaba mirándola con un sentimiento escéptico pero no le discutía. Pero no por pereza sino porque lo decía tan convencida y le ponía tanto sentimiento que no me parecía posible objetarle nada. Estábamos en el jardín y mi abuela siempre decía esas cosas en el jardín. Mientras las abejas hacían bodas con las margaritas y el gran jazmín lo dominaba todo desde el centro. El jardín rebosaba una geometría inexpugnable. Una población variada y jerárquica, todo estaba en su centro y no moriría mientras hubiese algún mínimo cuidado. El cedrón, la rosa china, el pino azul, la ruda, la enamorada del muro, el jarrón de los años ´50 0 '60 con los bulbos de Zephyranthes grandiflora. Digo no moriría en el sentido de que ya estaba lanzado a una vida prolongada y autónoma, que necesitaba de una preocupación constante y un acicalamiento más que frecuente no lo pongo en duda, pero ya había pasado esa etapa donde todo se puede apestar y morir en cualquier momento porque sí. 
 Al cielo lo veo cruzado por distancias. Por un lado huyendo como pájaro y por otro contemplándolo todo desde alturas relativas. Últimamente leyendo una novela de Haruki Murakami encuentro esa misma problemática desarrollada a lo largo de casi 500 páginas. Pues eso es más o menos lo que le quita el sueño al personaje, lo bueno es que a partir de la pregunta y de ese interrogante que le pesa como un centro de oscuridad que se agiganta y se espesa, el personaje puede ir emprendiendo una serie de búsquedas simples que lo llevan a madurar un sentido para su vida. Pero la pregunta es siempre la misma; cuál es el lugar donde quiero estar, -tal vez hay algunas otras cosas más además de un simple querer- y la llamada encuentra su proveniencia desde un lugar determinado. Un viejo hotel fantasmagórico que llama que funciona como intermediario de múltiples llamadas que le dan la certeza, al protagonista, de que alguien llora por él. Así va recorriendo sucesivas experiencias presuponiendo siempre que hay lugares en los que nuestra subjetividad está de algún modo irremediablemente atrapada. Pero se trata de ser capaz de pegarse a esas paredes a esos aromas a esas tonalidades y absorber todo lo que se pueda para enterarse de los números que deben ser marcados, los cables que deben ser conectados; y tal vez estar más atento a todas las fronteras y combinaciones que nunca deberían cruzarse. El viejo hotel Delfín es la central de telecomunicaciones y allí como en una morada mezcla de ultratumba con surrealidad el operador telefónico señala los destinos, los modos y los sentidos posibles. A contracara del consumo medio-alto que se delínea en los viajes murakamianos -viajes en maserati, alojamientos en hoteles caros, largas vacaciones- o tal vez no sea nada de eso... Tal vez simplemente se trate del movimiento de derroche natural en la sociedad japonesa de los '80 donde alguien puede mudarse de Tokio a Saporo y tirar a la calle todos los muebles porque ya están un poco viejos o porque es mucho más práctico amueblar a nuevo la casa próxima. Sí, es probable que me cueste acostumbrarme a la perspectiva de consumo propia de una montaña rusa en una sociedad como esa y en una época como esa. Lo cierto es que al contrario, los precedimientos para viajar a la murakami son baratos y simples. Se viaja a través de los sueños, -dormido, despierto en estado de embotamiento o dispersión- con el inconciente que no para de producir tiempo y espacio y abrir brechas nuevas como si se multiplicasen las puertas a lo largo de un corredor larguísimo a medida que se lo a traviesa sin llegar nunca hasta el final, no porque carezca de fin, sino porque la oscuridad y el oxígeno parecen ser la misma cosa. Más rico se vuelve el procedimiento en la medida en que no aparece categorizado desde refritos psi o filosóficos. Son frescos e inocentes esos modos de viajar con el cuerpo y la conciencia. 
 Están íntimamente vinculados los lugares y los viajes, quién podría dudar de eso. Pero acaso los lugares existen? Están esperando en algún espacio-tiempo? Hay que emprender viajes reales para hallarlos? Hay que emprender viajes irreales para saturar todas las coordenadas y todos los parámetros y que de ese modo nuevos ámbitos tracen paralelismos insospechados y cruces de historias ya enterradas o seres que épocas acabadas han finiquitado sin pena ni gloria? La búsqueda de un lugar para vivir incorpora, como algo infaltable, como algo de lo que no puede prescindirse dentro de la mochila, la movilidad del viaje... Inevitablemente? También en una travesía pueden surgir seres salvadores, consejeros, acompañantes, maestros. En volverse pájaro para surcar los cielos a velocidades superlativas hasta que se desintegre casi la materia hay un deseo de dejar de sufrir, de hallar una liviandad y tal vez no llegar a ningún lugar, pero al menos, huir de más de un lugar. Algo de desligarse y religarse hay en todo ese movimiento. Tierra-cielo-viaje-religión. Pero queda claro que los auténticos y consecuentes viajes con o sin movilidad nunca pueden ser una mera receta. Hacer eso sería como sacar el bizcochuelo del horno cuando el horno apenas se ha puesto un poco más que tibio. Cuando un lugar aguarda por nosotros, nos cobija nos muestra su puesta de sol, nos extraña y anhela, nos fulmina con su haz de deseo inhumano que nos hace saber que alguien/algo llora por nosotros... Hay un lugar en el que queremos estar.
      
 
                   

06 octubre, 2012

Frente a la góndola

 Hace mucho que esta idea ronda nuestras cabezas. Hay un gran desierto y soplan ráfagas insoportables es de noche o se está haciendo... Y nos cubrimos con el velo, con los antebrazos o con lo que tenemos más a mano. Cómo duelen esos gruesos látigos de arena fría sobre la piel cuando a velocidad estrepitosa golpean de todos lados; dónde está el norte dónde está el sur? Me acerco a la góndola le digo a Ani que me espere afuera pero me sigue igual hubiésemos preferido estar solos para poder elegir en paz. Ani espera con cierta impaciencia; cabernet u otra cosa? Ani no nos dice nada. Queremos agasajarlo mostrarle que podemos dar que gastamos en él. Enseguida entre todas las botellas vemos una conocida, todas son conocidas pero esta es especial y pensamos mientras le decimos a Ani que elegimos para él una especial, pensamos que todo lo que sucede todo lo que damos lo que mostramos lo que enseñamos y transmitimos a la gente que nos conoce y disfruta de nuestra compañía, todo, todo lo que un poco brilla, es obra de algo que no somos. Algo que está en otro lado, que pasó en otro tiempo en otro lugar. Caminamos hacia la caja mientras el chino está absorbido en otros billetes que no son los nuestros, y pensamos en todas las otras botellas que se quedan ahí quietas en la góndola y en ese lugar ahora vacante ocupado por la botella que nosotros tomamos y que ya no está allí; Ani dice que ese es muy caro. Sí no es barato, todo lo que teníamos lo ponemos para ese cabernet, es lo justo. 
 Toda la experiencia toda nuestra experiencia está en algún lugar; en algún lugar que no es hoy. Ani dice que nombramos una y otra vez la misma persona cuando hablamos de nosotros como si no pudiésemos hablar de nosotros más que hablando o citando a un nosotros que no somos nosotros. O como si para hablar de nosotros siempre debiésemos necesariamente dar como cierto rodeo porque todo lo novedoso que sabemos todo lo informado y preparado está en otro lugar.

10 mayo, 2012

Vislumbre

 Antes podíamos ver el futuro y por eso estábamos tranquilos. Antes. Y ahora ya no podemos, solo una nube, a veces oscura-tenebrosa, otras veces indeterminada y echando lágrimas en todas direcciones. Abrumadora nube. A veces cuando queremos mediante gestos lentos e inhospitalarios querer volver a ver el futuro ustedes no lo permiten y entonces nos vamos quejosos y un poco más viejos. 
 Cuando ustedes ofrecen o demandan lo imposible ahí es cuando el tiempo se nubla. 
 Acaso quizá solo eso justifica el juramento del aceptar para toda la vida. Porque permite vislumbrar toda la eternidad la más pequeña y exquisita la de un individuo cualquiera. Es formidable y es cierto en definitiva que las mejores cosas no se compran con dinero, al menos aquellas que tranquilizan los afectos. No dudamos de lo bien que lo pasamos todos los días del fin de semana largo. Uno se ocupaba de podar y desparasitar sus plantas que no se acostumbran al invierno. Y luego limpiar el acuario, sacar los trocitos de valisnerias trozadas por los caracoles o las potentes patas de la rana. Siempre las flores gélidas de la montaña están amenazando con secarse si no las atendemos o ubicamos en los lugares más desconcertantes pero razonables. Mientras tanto siempre se trata de vislumbrar lo que vendrá o de estar imposibilitados y enfermos de hacerlo. Después... siempre el acecho de la absolutez, de márgenes sin nombre, de algo que poniendo todo en entredicho muestra que no hay ausencia más hospitalaria que la muerte, para los que se aman.

07 mayo, 2012

En la bandeja

 Siempre nos gusta ver que entre los analías, los juanitas, bernabé, e incluso algún que otro mensaje que nosotros mismos pudimos mandar a nosotros mismos oculto o copiado, equivocado, perdido, apurado... A la noche, terminando ya, con sueño, en puja constante con cierta desesperanza lo último que se pierde... Entonces, ver allí, entre las superficies blancas y la luz artificial, un mail de ustedes. Uno que reposa antes de perderse en otras pantallas, en otras ventanas abiertas o cerradas, ya leído pero entremezclado todavía entre otros mensajes que se intercalan y superponen entre solapas de solapas que no esperan nada. De los veinticinco que se muestran uno hay, uno que renueva el círculo de los otros dos mil setecientos sesenta y dos que no nos importan tanto sus presencias.

04 febrero, 2012

Mañana que recuerda a otra mañana

 Les visitamos. Y luego por la mañana salimos juntos, ustedes se iban a tomar un taxi y entonces les propusimos acompañarles a tomarlo. Ya habíamos olvidado las cosas feas que nos habían dicho, justo, justo, en ese filo precipicial que separa el sueño de la vigilia. Estábamos contentos. En esa rara esquina fronteriza donde alguna vez mandó bruno y donde ustedes nos enseñaron que los taxis saben parar les vimos subir a uno. Nos quedamos contemplando haciendo equilibrio para no arrancar antes. Sentimos el asfalto que se iba recalentando, aunque con suavidad. Ustedes se alejaban y nos miraban por el parabrisas de atrás y nos saludaban y nos tiraban besos con una dulzura que solo ustedes saben hacer a la mañana temprano cuando todavía no hay nadie en la calle, y, en general, tienen sus ojitos tristes.  

17 octubre, 2011

Treinta años


Después de un rato cuando me quedé solo sentí como si un filo extremo surcara mi carne sin dolor, una herida limpia, perfecta. Nunca nada tan ardiente, magistral, como la hoja de aquella cuchilla de un sacerdote carnicero ritual que sabe perfectamente por donde debe cortar y conoce cada articulación, cada tejido y la espesura de cada cartílago y la densidad de cada coágulo de sangre. Fue esto después, cuando recordé que habíamos hablado del paso de los años. Me dijo algo que ya me había dicho muchas veces, yo me deje caer en el sillón hasta hundirme y desaparecer dejándome envolver por su voz reflexiva porque la nostalgia es muchas veces un poderoso somnífero. Me habló mucho sobre los últimos treinta años: qué hice, qué clase de extraña fugacidad nos cubrió y envió a un viaje de placeres y dolores y nos trajo de vuelta otra vez para mostrarnos, irretornable, cómo todo estaba en otro lugar, cómo todo había cambiado con tanta radicalidad en treinta años. Una luz, una sombra, lo que dura una breve canción. 
 Acaso nos abismamos cuando desde donde estábamos sentimos cierta necesidad de objetos que nos mostrasen el camino inmediato, cómo seguir orientarnos en la noche en nuestro adentro que no cesaba de aumentar. Inversamente a como lo hacen aquellos mantos de selva pulmones del mundo les dicen y que van cediendo terreno y aclarándose hasta desaparecer. Los objetos y los nombres todo se iba desplazando y como una catarata sobre nosotros caía despedazándose y haciéndonos añicos y no fue, finalmente, el filo limpio perfecto hermoso como el de una katana virgen aquello que nos separo en dos pedazos el cuerpo. Fue un libro que tomamos de los estantes entre tantos libros expectantes tomamos uno y leímos, cada palabra echaba alas pequeñas poderosas del mango de pequeñitas dagas y sorteaban todos los obstáculos y con velocidad-luz se clavaban barajando los sucesos. Los días de la vida, digamos, cómo llamar a eso. Todo esto para decir simplemente que cuchillo es libro, mango empuñadura hoja va a dar con hoja pero la otra la de papel también filosa y cortante más traicionera, cazadora experta invocando todos los despojos los jirones de lo que ya no existe; arremolinados descienden, jugueteando con la ventolina antes de quedarse apoyados quietos en un rincón.   

11 octubre, 2011

Derrame

 
 Mucho mucho miedo a que finalmente lo único se vaya, desaparezca. Lo único. Todo acontecimiento ha de ser irrepetible?
 Nos cuentan que cuando el amor se nos prende en las rodillas la señal que se enciende en nosotros es la de que ocurre algo único, algo irrepetible. Por eso tememos que dejarnos llevar en esta correntada pueda significar al fin y al cabo entrar en Leteo...
 Quién podría olvidar a sus hijos? Quién no podría imaginar la locura del amor por los hijos que hizo? Siempre que queremos continuar, cuando el camino ancho se insinúa ante nuestra mirada trémula, vacilante. Pobreza, nos da calor nos anida, nos oculta y sepulta. Entonces, seguir fieles tiene un sabor único que solo nosotros podríamos reconocer.

28 agosto, 2011

Destiempos

 Nos hubiese gustado decir lo que teníamos que decir en el instante preciso, pero nunca funciona así para nosotros. En todos los demás casos no nos importa esa contramarcha, esa estupefacción. Pero con ustedes sí hubiésemos querido reaccionar a tiempo. Explicarles que todo eso lo habíamos predicho. Ahora qué hacer, qué hacer con nuestra vida disponible; material ahí echado junto a la puerta en esa espera de que las cosas pasen. A quién se le puede preguntar, junto a la puerta no hay nadie, no hay luz ni esperanza ni expectativa. Tal vez no esté lo suficientemente entreabierta y la hendija sea demasiado pequeña. Qué pasará si empujamos la puerta y entramos, qué pasará si nos quedamos a la espera de que otro la abra por nosotros. Bueno sería para nosotros poder abandonar este lugar de indecisión de cargarse de silencio y de sombra. En otro sueño deberían ustedes abrir la puerta, asomarse, saludar, un beso un abrazo y luego contarles de este enojo repentino, impotente de sentirse barrido junto a la puerta, fuera, lejos.

22 agosto, 2011

Una pregunta

 Me preguntan una noche casi cuando nos estamos quedando dormidos y la oscuridad se va entibiando de a poco que cuál fue el momento más feliz que puedo recordar juntos. Respiro hondo como si fuese a exhalar un montón de frases pero no sé qué decir; un rato todavía me quedo pensando y al final me duermo. Después pasan un montón de años y cualquier respuesta me parece adecuada. Ustedes me recomiendan muy especialmente leer un poema que es oportuno en relación a un comentario que hice sobre la preparación de un guiso para que comamos juntos otro día que seguro vamos a inventar. 
 Me acuerdo nada más o por caso que había ido al chino a comprar una noche fresca y vine todo cargado pero me sentía muy liviano. Cuando descendía el cordón altísimo en Rivadavia eso me alegraba y después cruzaba la Avenida trotando. No sé en qué pensaba, amaba esa rutina y solo quería estar en yerbalito y cocinar. 

27 julio, 2011

La muerte del milano

 Una noche de estas pienso que lo mejor que le podría pasar a marcel es morir. Hoy, marcel, expirás, estirás, te vas y no volvés. No escuchamos más su voz, su resoplido hacia adentro para después salir e introyectarse de vuelta, porque esto lo hace más fuerte, y soporta lo insoportable.
 Mientras se inunda el aire de los pequeños ambientes de un aroma de garbanzos que se hierven durante horas como toda legumbre que no ha sido remojada... vaa... o como algunas que no se cocinan en diez minutos deshaciéndose con facilidad, como lentejas coral rápidamente evaporadas por el olvido. Nos satura la profudidad del aroma y para colmo no se ve hacia afuera a través de los vidrios azules empañados por una capa compacta, una sensación de box que nos oprime. Y bien! Que muera, de una vez, podemos matarlo, sí, no más, marcel, no más. Su pelaje se deshace si la luz lo toca como un murciélago de piedra incandescente y vulnerable. Es un comienzo, es un recomienzo, sin él.
 Pero dos horas después, marcel, que sigue dormido y que así estará un tiempo... Se nos aparece como una parte de la que no podemos sustraernos y si sí podemos, porque de hecho podemos, sería como sacarse un pedazo del cuerpo a mordiscones o trozándolo con una cuchara. Ese pedazo de carne artificial traída desde tierras, mares, hermosos desiertos en los que nos hubiese gustado hacer el fuego y cazar. O las playas maravillosas y a veces angustiantes de Big Sur donde Kerouac se echaba en la oscuridad junto a infinitos granos de arena húmeda con manta, vino, judías y macarrones.

25 julio, 2011

Watanabito replicante

 Al final marcel se fue medio enojado de la casa donde antaño vivió watanabe. A marcel no le gusta escuchar ciertas cosas, ciertos reproches, que le digan que él no sirve para amar eso le fastidia pero sobre todo no le gusta que se lo digan de un modo un tanto despojado de lo que sería una decisión o algo que va de una elección a otra. Que se lo digan como si todo estuviese revestido en un feeling negativo y determinista que se reabsorbe en su propia nada. Algo que no es moral sino más bien producto de una física que repele las cosas buenas que se recuestan en su regaso. Marcel luchó hasta el final para que el amor no se termine; y no puede ser culpabilizado su cuerpo, como si en el cuerpo de marcel desde el principio estuviesen agazapadas todas las idas y los desencuentros del amor. Ese cuerpo irracional y a veces histérico, como un loco Presidente de la Corte Suprema Schereber, hizo sufrir al hombre vaciando al animal de todos sus afectos. Mentalmente enfermo ya marcel no era ni hombre ni animal. 
 Muchas cosas que ahora le suceden y los nuevos lugares que ocupa en la trama y en el reparto no los soporta. Después algo resuena fuerte en su cabeza martillándole a gritos: watanabe la rame watanabe la rame!! Qué fue lo que lo trajo hasta aquí... Ignorancia, soberbia, debilidad... Marcel se lo pregunta cuando se encuentra perdido, y siempre lo está.       

24 mayo, 2011

Un creyente

 Cuando pienso en cosas tristes enseguida me remito a mis creencias verdaderas. El amor, el fracaso, la desidia de las resoluciones. Hacia ustedes voy como a una certeza de la sin razón y allí me quiero quedar por siempre. Hago mis votos y eso me tranquiliza cuando pienso que algo debería suceder a corto plazo. No, me digo, todo debe permanecer obstaculizado como una montaña que de la noche a la mañana tapona la boca de un túnel que lleva al otro lado del valle. Hay cosas que las tengo prohibidas, no me puedo permitir felizmente sufrir así como así según lo que voy encontrando cada día. Debería poder atravesar todos los muros de facebook a una velocidad exponencial en un atravesamiento límpido, sin rozamiento, en un campo de inercia devastador y silencioso. Alguien me pregunta por lo bajo, casi con disimulo, si tengo, y le respondo que no. Porque no cree, ¿no?, Ud. no cree... No sé, quiero creer en una sola cosa y sufrir y desangrarme solo por ello, si creyera en los muros ya estaría lejos ya estaría en otro lugar. Por ahora no me muevo de acá.