Entre el polvo que se levanta en la tarde y que flotando luego se adhiere a la piel me quedo pensando o deseando más bien que sería óptimo ya no tener incursiones de miedo. En eso tiene razón Philipe cuando me dice que no tengo que tener miedo y casi impertinentemente me insta a que de lo contrario me compre un auto. Río como diciendo que para él todo parece ser muy simple, y entro. Sin embargo tengo que asumir, porque no me queda otra, que en este viaje al campo que hice ayer, y aún, no puedo explicarme cómo estoy acá. Pues si estoy contándolo... es porque retorné. Polvo y más polvo. Tan fina capa que se levantaba con mínimas ráfagas, un polvillo rojizo que se mezclaba con la transpiración, este polvillo entra por las fosas nasales y se queda adherido a las paredes tanto a las externas como a las internas.
No sé por qué todos los cuerpos, es como que se me vienen encima. Cierta hostilidad en el ambiente. Más tarde me preguntaré si estas alucinaciones se explican porque estuve viajando en un colectivo urbano y subió una pordiosera con rastas que balbucea una mezcla de portuñón y árabe. Algo inventado. Algo sin entidad alguna. (A propósito describir esas rastas mezcla de varios reinos biológicos me llevaría tiempo). Esto fue en Parque de los Patricios, en el barrio, la mujer con una especie de gamulán de corderoy blancuzco que alguna vez fue una prenda, se abalanzaba y te tiraba literalmente un trocito de papel de revista en el regazo. La miré. Comenzó a sermonearme en su lengua inútil, voce un coracao quebra de coracao eisana si quirana... y cosas por el estilo. Ahora hago un Faraday, y me voy del otro lado. Todo se parece bastante a la invasión zombie, en el furgón se te echan encima parece como que babearan, vociferando. Al llegar al último pueblo me relajo, pero la casi alegría que siento se termina rápido cuando apenas descendido del tren puedo saber que no hay más cómo retornar, por lo menos hasta el día siguiente.
El tren atraviesa el centro del pueblo, en las esquinas hay rastros de macumba. El tren atraviesa habitaciones, una tras otra como un túnel interminable. `Exceso` en ese momento me parece que se define así: Dícese de una fiesta de cadetes de la policía federal. Todo ha terminado y se ven las manchas de grasa en el piso. El interior de las habitaciones sigue su desfile frenético siluetas y más siluetas. La velocidad ilustrada en las revistas especializadas de la década del 90 que siempre decían: la velocidad es ver pasar lo que está al costado de las autopistas. Pero para mi caso es solo el tren que va por el interior.
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13 mayo, 2018
07 junio, 2017
Agotados y aliados
Las pesadillas de las últimas dos semanas fueron sobre el amor. En una de ellas estabas ahí suplicando y llorando, pero por qué. La otra era todo una confusión. La otra ya no la recuerdo.
Y es cierto que en el nado desfallecía, pensaba en el corazón, en el electro, en la edad. En los otros que se alejaban. En el río no se ve nada, y eso es siempre desesperante; no ver el fondo. Un nadador dijo que entonces para qué llevar antiparras si total no se ve el fondo y no hay cloro del que protegerse. Había que nadar diez kilómetros río abajo y las únicas referencias eran la orilla a la izquierda y los barcos que pasaban más o menos lejos, hacia el horizonte. Ese mas o menos era relativo. De repente un barco estaba cerca y eso no era bueno porque significaba que se estaba nadando torcido; por la fatiga... y era difícil enderezar el envío. Además no era recomendable acercarse tanto al curso de las embarcaciones, era siempre peligroso para la fragilidad del cuerpo. Los barcos con sus hélices gigantes forman remolinos y chupones. Imaginar todo eso en la oscuridad parda del nado a brazas no es para nada agradable. Estas pesadillas son sorprendentes, son típicas de los momentos en que el cuerpo está exhausto y la conciencia experimenta miedos variados. Mi pesadilla era... Cómo lo diría Beckett. Simplemente lo diría. Pero lo cierto es que lo más difícil es simplemente decirla. Por lo demás cuál es el tema aquí o bien es aquello en que fallo o bien es el cansancio sin más. Estaba tan compenetrado con mi pesadilla... me hundía. Sentí como convulsiones que eran mi intento de despertar de tales pensamientos y fantasmas. No solo no llegaría a la meta como el resto de los nadadores sino que me moriría en el intento. Abdomen duro, simetría, glúteos endurecidos, recorrido de la brazada y aceleración progresiva. Allá iba todo rodeado de fantasmas como en enjambre, ojalá el enjambre empujara un poco como patas de rana que me sostuvieran desde atrás. Desde abajo; desde todos lados o proveyéndome transversales, una buena perpendicular el eje tierra el eje cielo. Acaso los nadadores olímpicos se verán asaltados por tales pesadillas cuando nadan quinientos de estilo libre. Tal vez ellos han sabido hacer de los fantasmas verdaderos aliados y por eso triunfan.
27 mayo, 2017
Sobre un sueño
Tuve un sueño rarísimo. Siempre me paro frente a la vidriera de la tienda de vinos y me quedo mirando las botellas. Nunca compro nada. Hay una promo de ron, tienen muchas promo algunas de bebidas con alcohol y gaseosas o jugos. Los adolescentes también siempre se paran a mirar como yo y no compran. La promo de dos botellas de ron el año pasado salía un 40% por debajo de lo que hoy. Esa tienda de vinos está sobre la avenida cerca de la esquina al lado de la panadería donde la gente se sienta a tomarse un café y observa hacia la calle por la vidriera. Por qué -me quejo-, me dejaste afuera de esto, por qué me dejaste afuera, -le decía yo al padre- porque éste se había asociado con unos compañeros del trabajo y habían comprado la boutique de vinos. El fondo de comercio -pregunto- eso es no... de eso se trata... Me dice sí, -como si yo preguntase algo sabido por cualquiera-. Como que ahora la tienda de vinos había bajado un poco el nivel, solo vendían segundas marcas, casi todo aperitivos. Al final les pedí que me contraten porque tenía varias mañanas libres y entonces iba a poder aprovechar bien el tiempo lo que pasa que no quedaba muy claro para qué iban a abrir desde tan temprano. Porque, quién iba a ir a comprar vino a las 8 o 9 de la mañana. Esto era como cuando Beckett cuenta que está ahí todo el día en el banco tirado sin hacer nada... pero sin desear nada más. De pronto una mañana entra al negocio una mujer madura y empieza a hacer preguntas. En la cuadra por momentos sobre todo a la tarde se siente un aroma intenso a bosta de caballo porque cerca hay un emplazamiento del ejército y debe haber cuadras. Los caballos nunca se ven por ningún lado. Solo falta el establo para que me mude. Y si puedo llevarme a la mujer al establo a dormir conmigo... Me doy cuenta de que yo quería que el negocio se abriese por la mañana para ver si entraba alguna mujer sola, aburrida con ganas de divertirse. Beckett jamás se la hubiese llevado al establo a la mujer. La mujer hubiese aparecido simplemente durmiendo a su lado. Ojalá la suerte becketiana se me posara como una varita, como una hada madrina. Ese momento oportuno en que hay que hacer las cosas, -el amor no se ofrece todo el tiempo- y tomar las grandes decisiones. Pases al pie del destino se diría. Para no retornar a la miseria o para salir, es como el tiempo que da el hada diciendo no se puede ir más allá del límite (horas) y la puerta que se abre se abre siempre pero nunca se sabe cuándo. Las horas llegan o simplemente se avisan cuando ya no hay casi nada de tiempo para planear. Es igual que la puerta de Kafka siempre estuvo abierta, va... igual es como cuando se dice que la vida siempre te da otra chance.
12 mayo, 2016
La visita de un cuerpo
Queríamos tener un cuerpo. Un cuerpo que sirviera para disfrutar del sexo, para los deportes, las drogas, las comidas, para llenarlo de bebidas y pastillas. Un cuerpo que sirviera para avanzar bajo lluvia de hojas amarillas cuando ráfagas de viento pelan los árboles las copas que se entregan al despojo, creando montañas de pálida luz a la hora silenciosa. Un cuerpo para trasladarse rápido entre dimensiones heterogéneas nocturnas. Un cuerpo entendido en brujerías que pudiese visitar a sus amigos muertos y a sus amigos vivos, pero alejados. Visitas también disímiles. Un cuerpo que a la madrugada visitara a una perrita que no se sorprendiera para nada de ver un cuerpo allí que le da un obsequio, un pequeño oso de peluche para que lleve y traiga. Los ojos negros de la perrita brillan en la profundidad, ojos de tinieblas que miran sin hacer el tipo de preguntas que molestarían a un brujo que viaja en la noche por el poder de sus aliados. Alguien, avanzada la noche que encuentra un cuerpo en la habitación, en la cocina junto a la cucha de la perrita, al levantarse por casualidad, y se pregunta cómo es posible. Alguien que se va a dormir y luego no puede conciliar el sueño, cómo es posible haber visto ese cuerpo allí en cuclillas sobre el piso de mosaico frío jugando con la perrita hasta donde ello era posible por la somnolencia de la perrita. Pero entonces acostada se pregunta, se sobresalta, se destapa con vigor porque tiene muchas mantas encima por el frío de la madrugada con el silencio frío de la madrugada. No le habrá -se pregunta- pasado algo pero no a ese cuerpo que vi jugando allí, mimando, abrazando a la perrita sino al cuerpo al otro al que está lejos... al cuerpo real; cosas todas cavilaciones en las que no creen los brujos. Como que eso puede ser algo que huele a muerte a despedida -sospecha- un derroche de energía que el universo hace tal vez entonces -imagina- deja que una vez una aparición que es algo que los límites de lo cotidiano no dejan fácilmente que se manifieste. Y presumiblemente lo hace frente a la perrita porque no podrá comunicar al menos como lo comunicaría un humano con esa sorpresa y con esa incredulidad... la perrita duerme. Entonces fuera de la cama con los pies descalzos prende la luz y la perrita está acurrucada y duerme y entre sus patas está el oso pardo de peluche. Hace la pregunta que solo un aprendiz de brujo que no entiende todavía del todo las cosas de la brujería puede hacer y pregunta si un cuerpo realmente "físicamente", ha estado ahí.
21 enero, 2016
Estaba Cristina
En una reunión de trabajo alguien me dijo mirá ahí está Cristina. Fue una gran sorpresa estaba Cristina entre la gente y quise ir a saludarla. Me hubiese gustado ir y pedirle permiso para sacarme una foto. Cristina sabe sacar buenas selfies. Yo le dije a un compañero; mirá vos estamos acá en la periferia y al final vienen, quiénes, me dijo, quiénes, vienen, no sé, personalidades, grandes políticos funcionarios importantes. Cristina estaba igual que como la vimos siempre es una de las pocas personas que estaba igual que como la vimos siempre. A lo último me animé y me acerqué a saludarla: Cristina, dije. Me miró, me miró directo a los ojos y se me quedó mirando un largo tiempo. Sonrió un poquito. Le pude dar un beso. Apunté hacia Cristina y hacia mí para sacar esa foto para después poder mostrarla diciendo me saqué una foto con Cristina. Me puse un poco nervioso el sudor de las manos no me permitía presionar como era necesario. La pantalla se puso como resbaladiza. Ya había otros que le querían hablar a Cristina como que Cristina miraba medio de soslayo pero no se iba de la pose de la foto hasta que al final ella misma también acercó un poco su mano, apretó la pantalla y la foto salió. Con otro compañero nos quedamos hablando del otro día cuando este compañero había estado en la comisaría demorado por un siniestro ocurrido en la vía pública y que le debían tomar las huellas. Estaba en la parte de inventarios y el ayudante a cargo le había tomado las manos y con un rodillito todo embadurnado en tinta negra le cubría todos los dedos, los diez dedos. Y siempre le repetía lo mismo, estás muy nervioso por eso la tinta no toma. También hablamos sobre un acto en provincia de Buenos Aires donde había estado Cristina inaugurando la ampliación de una autopista, después de las formalidades Cristina fue a saludar a la gente. Se amontonaron miles. Este compañero había llegado muy temprano y estaba allí pegado a la valla -a diez pasos de Cristina como mucho- y le gritó; Cristina! Cristina! A la segunda vez que le gritó Cristina identificó a la persona y miró a este compañero. Él le hizo la v pero se la hizo cruzando el brazo derecho hasta dar con el otro hombro; en consecuencia la v era una v hecha con los dedos y la mano mostrando el dorso hacia afuera. Inmediatamente Cristina lo corrigió con un gesto mostrándole la v como debe ser. El compañero dijo que Cristina dijo que así no, así. Estos dichos el compañero los llevaba a cabo con una gran mímica de manos y boca para ilustrar todo el asunto de la escena. La mano dirigida hacia el interlocutor sin invertir en ningún momento ni la mano ni el brazo, juntar los tres dedos pulgar, anular y menique como si quedaran contenidos por el pulgar y los dos restantes formando la v.
11 diciembre, 2015
Entre estar o aparecer
La mujer que me sale al encuentro
me dice que me cuide
tenga cuidado
suerte
que esté bien
y me acompañen los ángeles
me despide
doce veces al año, me la cruzo,
al entrar al palier de un edificio
al salir de un garage
en un baño público.
Esa mujer con escoba en mano
dientes blanquísimos y alineados
carnes magras
tonos ocres y oscuros...
me pregunto, si esa mujer,
existe o es un fantasma.
03 mayo, 2014
Registro del otro
Las chicas se pusieron a grabar una cinta una noche. Para ver si era cierto que tenía apneas de sueño. Y después cuando entraba sol por la ventana se pusieron a escuchar. No tenían miedo porque estaban juntas. Se oyó respirar. Se oyeron ronquidos, pronto cesaron. Como una especie de fatiga, un sonido como de viento, como una fricción. Pero las cintas que usaron las chicas eran digitales y silenciosas. Se oyó el ronquido de un motor grande como un camión recolector de residuos que pasara lejano y luego silencio. Sin luz, sin sombra, sin fin aparente. La cinta que las chicas habían grabado abarcaba una noche entera. Solo once minutos se atrevieron a escuchar y después la apagaron. La respiración se cortaba como si algo se pisara a sí mismo, se solapara, se recubriera entre las mantas con inquietud. De pronto se hacía respirable pero sin aviso se hacía irrespirable. Este juego parecía no tener fin. Y más allá de la noche que muy de vez en cuando traía esos sonidos lejanos de la calle o la avenida más próxima, sonidos como de motor o ladrido aislado, había algo más. Algo más que la simple respiración. Algo que agonizaba y sobre ese vacío más oscuro, las chicas querían pegar las orejas. Una de ellas dijo que eran ruidos como de hojas, como de un crujir, y la otra le preguntó si como el crujido de las hojas al ser pisadas en la vereda. Y la otra tal vez asintió. Pero a la otra más bien le pareció otra cosa.
Lo cierto es que no se esperaban escuchar eso en aquella grabación realizada con el teléfono personal de una de ellas. Era como si al comenzar a escuchar la grabación se mirasen y no pudiesen creer, petrificadas, el alcance de aquello. Como una idea relativamente fácil de llevar a cabo, y después la sorpresa desagradable. Porque lo que estaba del otro lado estaba vivo al fin y al cabo pero en la profundidad de la noche, en el silencio, en lo que se ensimismaba y se escurría se había ido tornando irreconocible. ¿Inhumano?, preguntó una de ellas, la otra no le permitió terminar la frase le tapó la boca con la palma de la mano, luego le descubrió la boca, se besaron, se abrazaron, se contuvieron. Desearon que nunca nadie les preguntara por esa cinta, una quiso destruirla, la otra la convenció de que mejor era ocultarla, la otra no se dejo convencer pero no opuso demasiada resistencia. La otra entonces dijo que se encargaría, la otra estuvo de acuerdo con tal de que nunca más se hablara del tema. Se cubrieron juntas, con un poco de frío, porque empezaba ya a refrescar o porque ellas lo tenían en su estado de ánimo un tanto apesadumbrado, pero al menos se acompañaban y se guardaban la una en la otra.
Lo cierto es que no se esperaban escuchar eso en aquella grabación realizada con el teléfono personal de una de ellas. Era como si al comenzar a escuchar la grabación se mirasen y no pudiesen creer, petrificadas, el alcance de aquello. Como una idea relativamente fácil de llevar a cabo, y después la sorpresa desagradable. Porque lo que estaba del otro lado estaba vivo al fin y al cabo pero en la profundidad de la noche, en el silencio, en lo que se ensimismaba y se escurría se había ido tornando irreconocible. ¿Inhumano?, preguntó una de ellas, la otra no le permitió terminar la frase le tapó la boca con la palma de la mano, luego le descubrió la boca, se besaron, se abrazaron, se contuvieron. Desearon que nunca nadie les preguntara por esa cinta, una quiso destruirla, la otra la convenció de que mejor era ocultarla, la otra no se dejo convencer pero no opuso demasiada resistencia. La otra entonces dijo que se encargaría, la otra estuvo de acuerdo con tal de que nunca más se hablara del tema. Se cubrieron juntas, con un poco de frío, porque empezaba ya a refrescar o porque ellas lo tenían en su estado de ánimo un tanto apesadumbrado, pero al menos se acompañaban y se guardaban la una en la otra.
31 marzo, 2014
La grúa
Máquinas, máquinas por todas partes, en particular grúas. De varios tamaños pero todas respondían a un mismo diseño hipertecnológico. Todo era reluciente, nada rechinaba, las filas de grúas se alistaban para los trabajos en el gigantesco hangar donde estaban estacionadas. La pintura brillaba algunas eran blancas otras naranjas o marrón cremita. Estábamos atónitos viendo las partes de cada grúa, observando que tenían entre ellas leves diferencias, sobre todo si eran distintas, era por el tamaño; algunas un poco más voluminosas y altas que una camioneta utilitaria y otras parecían dinosaurios mecánicos e informatizados. La parte frontal apuntaba hacia adelante con la forma augusta de un caballo visto de frente o de costado, y algunos cables gruesos y mangueras flexibles que seguramente comunicaban al mando donde se ubicaba el operario, parecían configurar un gran sistema nervioso. De lejos esas mangueras, sobre todo mirando las grúas de costado, simulaban las riendas de un gran caballo mecánico que si hubiesen estado construidas con madera se habrían parecido bastante al soberbio caballo de Troya con que los griegos devastaron la famosa ciudad. En la base donde terminaba la cabeza de caballo se ubicaba la cabina desde donde el operario manejaba los comandos de la máquina luego continuaba una especie de prolongación como si se tratase de la parte posterior de un camión semi. Pero todo transmitía la idea de algo compacto, sólido y de un peso descomunal. Las ruedas se alineaban de a tríos, dos tríos de ruedas macisas en la parte delantera y otros dos pares de tríos en la parte trasera. Por lo demás para los trabajos de mucha fuerza cada grúa desplegaba hacia los costados unas patas mecánicas que se ajustaban al piso magistralmente, como si estuviesen dotadas de sopapas dignas de la succión de un octopus superdotado.
Quien nos mostraba amablemente aquel estacionamiento de grúas era llamado Cacho por el resto del personal de la planta. Pero no llegábamos a darnos cuenta si Cacho tenía algún tipo de autoridad en el lugar. Nos explicaba las máquinas, nos señalaba sus partes para qué se usaba cada cosa.
De pronto en la grúa más grande nos dimos cuenta de que el operario a cargo había pedido autorización para ponerla en marcha. Permiso concedido se ubicó en la cabina y encendió la inmensa máquina, que pese a su tamaño titánico en comparación con la figura del hombrecito dentro de la cabina, no hacía más que un zumbido. La cabina se separó del cuerpo principal del aparato, y comenzó a ascender a gran velocidad por unos rieles rígidos que la misma grúa tenía dispuestos e iba desplegando hacia arriba a medida que la cabina subía. Por tanto la cabina de mando quedó en suspenso como a cincuenta metros de altura. No se distinguían ya detalles de la persona que estaba allí arriba. Cacho no dijo nada como antes sí había hecho, cada vez que una grúa se había puesto en marcha nos había apuntado qué función cumplían las partes que se ponían en funcionamiento, para qué servían esas partes, sus nombres, lo imprescindible de cada pieza. Esta grúa en la parte frontal tenía un riel con un cable de acero y en el extremo inferior una maza en forma de herradura que calculamos, ya que Cacho mantenía mutismo, pesaría media tonelada. La herradura comenzó a bascular como un péndulo pero pegando aceleraciones repentinas, en verdad en aquel recinto que se parecía bastante a un estacionamiento techado no había lugar para que nada basculase. Con cierta opresión en el pecho corrimos la mirada hacia el costado en que estaba Cacho parado, pero Cacho no estaba. Lo buscamos con la mirada esforzando la visión entre tantos obstáculos que se desparramaban en el salón entre tantas plataformas, guías inmensas y aparatos clerk que iban y venían llevando pales repletos de bultos envueltos en papel film . La herradura impulsada y volando como un rayo dio contra una mesada de hierro que estaba justo a unos metros de nuestro punto de observación. La mesa quedó literalmente reducida a una bola de hierro retorcido y la herradura siguió fuera de control. Haciendo añicos todo lo que tocaba. Ninguno de esos choques erráticos hacía que su fuerza disminuyese un ápice. Cada segundo su efecto demoledor empeoraba o mejoraba. En la planta parecían haberse ido todos, no solo Cacho que simplemente se había esfumado. Era confuso, no se percibía exactamente si todos se habían ido pero lo cierto es que de repente habían cesado las tareas que se desarrollaban con normalidad un minuto antes. Por qué nadie avisaba que esa máquina estaba fuera de control? Por qué el operario permitía, si no se trataba de un psicópata, que esto sucediese? Para colmo, allí suspensa en la altura y con una polvareda que aumentaba y ascendía efectiva no se podía distinguir al responsable. ¿Tal vez el operario allí arriba intentaba en vano controlar el vaivén fulminante pero algo se lo impedía, un problema eléctrico, un problema mecánico, un problema del sofware que controlaba la máquina? Pero entonces por qué no pedía ayuda? Nos tiramos al piso con brusquedad porque vimos venir hacia nosotros la herradura, donde debía haber un gancho, a grandísima velocidad y creímos que nos arrancaría la cabeza. Antes se enganchó con el paragolpes de un montacargas que estaba cerca y arrastró el vehículo un buen trecho hasta que le arrancó el paragolpes entero que voló como una roca que se dispersa en el espacio sin sentido y hacia ningún lugar. Ahí estaba la gran grúa demoliéndolo todo sin piedad, con avance impasible y certero. Para dónde escapar hacia dónde ir? La vacilación y la intención de huír de repente parecían atraer como un imán o una vendetta a esa herradura que poco a poco iba desollando la edificación; y nada quedaba en pie. Nos acurrucamos bajo la armazón de unos andamios con ruedas creyendo con inocencia que la herradura demoledora allí no llegaría por estar aquellos en un costado recóndito. Pero llegaría... Nos dejamos invadir por pensamientos de despedida, antes de ser destrozados.
Quien nos mostraba amablemente aquel estacionamiento de grúas era llamado Cacho por el resto del personal de la planta. Pero no llegábamos a darnos cuenta si Cacho tenía algún tipo de autoridad en el lugar. Nos explicaba las máquinas, nos señalaba sus partes para qué se usaba cada cosa.
De pronto en la grúa más grande nos dimos cuenta de que el operario a cargo había pedido autorización para ponerla en marcha. Permiso concedido se ubicó en la cabina y encendió la inmensa máquina, que pese a su tamaño titánico en comparación con la figura del hombrecito dentro de la cabina, no hacía más que un zumbido. La cabina se separó del cuerpo principal del aparato, y comenzó a ascender a gran velocidad por unos rieles rígidos que la misma grúa tenía dispuestos e iba desplegando hacia arriba a medida que la cabina subía. Por tanto la cabina de mando quedó en suspenso como a cincuenta metros de altura. No se distinguían ya detalles de la persona que estaba allí arriba. Cacho no dijo nada como antes sí había hecho, cada vez que una grúa se había puesto en marcha nos había apuntado qué función cumplían las partes que se ponían en funcionamiento, para qué servían esas partes, sus nombres, lo imprescindible de cada pieza. Esta grúa en la parte frontal tenía un riel con un cable de acero y en el extremo inferior una maza en forma de herradura que calculamos, ya que Cacho mantenía mutismo, pesaría media tonelada. La herradura comenzó a bascular como un péndulo pero pegando aceleraciones repentinas, en verdad en aquel recinto que se parecía bastante a un estacionamiento techado no había lugar para que nada basculase. Con cierta opresión en el pecho corrimos la mirada hacia el costado en que estaba Cacho parado, pero Cacho no estaba. Lo buscamos con la mirada esforzando la visión entre tantos obstáculos que se desparramaban en el salón entre tantas plataformas, guías inmensas y aparatos clerk que iban y venían llevando pales repletos de bultos envueltos en papel film . La herradura impulsada y volando como un rayo dio contra una mesada de hierro que estaba justo a unos metros de nuestro punto de observación. La mesa quedó literalmente reducida a una bola de hierro retorcido y la herradura siguió fuera de control. Haciendo añicos todo lo que tocaba. Ninguno de esos choques erráticos hacía que su fuerza disminuyese un ápice. Cada segundo su efecto demoledor empeoraba o mejoraba. En la planta parecían haberse ido todos, no solo Cacho que simplemente se había esfumado. Era confuso, no se percibía exactamente si todos se habían ido pero lo cierto es que de repente habían cesado las tareas que se desarrollaban con normalidad un minuto antes. Por qué nadie avisaba que esa máquina estaba fuera de control? Por qué el operario permitía, si no se trataba de un psicópata, que esto sucediese? Para colmo, allí suspensa en la altura y con una polvareda que aumentaba y ascendía efectiva no se podía distinguir al responsable. ¿Tal vez el operario allí arriba intentaba en vano controlar el vaivén fulminante pero algo se lo impedía, un problema eléctrico, un problema mecánico, un problema del sofware que controlaba la máquina? Pero entonces por qué no pedía ayuda? Nos tiramos al piso con brusquedad porque vimos venir hacia nosotros la herradura, donde debía haber un gancho, a grandísima velocidad y creímos que nos arrancaría la cabeza. Antes se enganchó con el paragolpes de un montacargas que estaba cerca y arrastró el vehículo un buen trecho hasta que le arrancó el paragolpes entero que voló como una roca que se dispersa en el espacio sin sentido y hacia ningún lugar. Ahí estaba la gran grúa demoliéndolo todo sin piedad, con avance impasible y certero. Para dónde escapar hacia dónde ir? La vacilación y la intención de huír de repente parecían atraer como un imán o una vendetta a esa herradura que poco a poco iba desollando la edificación; y nada quedaba en pie. Nos acurrucamos bajo la armazón de unos andamios con ruedas creyendo con inocencia que la herradura demoledora allí no llegaría por estar aquellos en un costado recóndito. Pero llegaría... Nos dejamos invadir por pensamientos de despedida, antes de ser destrozados.
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