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12 mayo, 2016
La visita de un cuerpo
Queríamos tener un cuerpo. Un cuerpo que sirviera para disfrutar del sexo, para los deportes, las drogas, las comidas, para llenarlo de bebidas y pastillas. Un cuerpo que sirviera para avanzar bajo lluvia de hojas amarillas cuando ráfagas de viento pelan los árboles las copas que se entregan al despojo, creando montañas de pálida luz a la hora silenciosa. Un cuerpo para trasladarse rápido entre dimensiones heterogéneas nocturnas. Un cuerpo entendido en brujerías que pudiese visitar a sus amigos muertos y a sus amigos vivos, pero alejados. Visitas también disímiles. Un cuerpo que a la madrugada visitara a una perrita que no se sorprendiera para nada de ver un cuerpo allí que le da un obsequio, un pequeño oso de peluche para que lleve y traiga. Los ojos negros de la perrita brillan en la profundidad, ojos de tinieblas que miran sin hacer el tipo de preguntas que molestarían a un brujo que viaja en la noche por el poder de sus aliados. Alguien, avanzada la noche que encuentra un cuerpo en la habitación, en la cocina junto a la cucha de la perrita, al levantarse por casualidad, y se pregunta cómo es posible. Alguien que se va a dormir y luego no puede conciliar el sueño, cómo es posible haber visto ese cuerpo allí en cuclillas sobre el piso de mosaico frío jugando con la perrita hasta donde ello era posible por la somnolencia de la perrita. Pero entonces acostada se pregunta, se sobresalta, se destapa con vigor porque tiene muchas mantas encima por el frío de la madrugada con el silencio frío de la madrugada. No le habrá -se pregunta- pasado algo pero no a ese cuerpo que vi jugando allí, mimando, abrazando a la perrita sino al cuerpo al otro al que está lejos... al cuerpo real; cosas todas cavilaciones en las que no creen los brujos. Como que eso puede ser algo que huele a muerte a despedida -sospecha- un derroche de energía que el universo hace tal vez entonces -imagina- deja que una vez una aparición que es algo que los límites de lo cotidiano no dejan fácilmente que se manifieste. Y presumiblemente lo hace frente a la perrita porque no podrá comunicar al menos como lo comunicaría un humano con esa sorpresa y con esa incredulidad... la perrita duerme. Entonces fuera de la cama con los pies descalzos prende la luz y la perrita está acurrucada y duerme y entre sus patas está el oso pardo de peluche. Hace la pregunta que solo un aprendiz de brujo que no entiende todavía del todo las cosas de la brujería puede hacer y pregunta si un cuerpo realmente "físicamente", ha estado ahí.
28 julio, 2013
La espuma en un vaso de cerveza
La madre parecía mujer de pocas palabras. Ese anochecer prematuro por ser aún invierno fue la segunda y última vez que la vi, a la madre. Todavía conservaba cierta belleza, al punto de estar en pareja -pese a tener su carne ya un tanto ajada- con un hombre veinte años más joven. Sacó un vaso de la alacena, un vaso transparente de boca ancha y no muy alto, lo apoyó sobre la mesa de fórmica anaranjada. La casa estaba limpia. Era una casa sencilla en el conurbano con algunas avenidas raquíticas asfaltadas y muchas calles interiores de tierra, pocos árboles, casas de material que se habían terminado con lo justo. Su casa carecía de estilo, sin decoración interior, parecía cómoda. Parecía vacía.
Creo que esa tarde cuando la acompañé a hacer las compras para merendar el almacenero la miró pícaro y le preguntó cuándo se iba a casar... Ella le mostró la amplitud nácar de sus dientes de su boca roja de su mirada evasiva y provocadora de cierva joven y bella.
Se sintió el tin prolongado y metálico del envase de cerveza chocando sobre el borde de los vasos y el líquido ambarino llenándolos con convicción. El primero para Eduardo que estaba seguramente echado en la cama mirando tele en el cuarto de la madre que cuando ellos dos no estaban se cerraba con llave. Otro vaso para ella misma otro para mí otro para la hija. Todo esto lo hizo, la madre, al mismo tiempo que preguntaba si nosotros queríamos. No me dirigía mucho la palabra pero me invitaba a tomar cerveza en su propia casa y casi no me conocía. O ya creía conocerme y eso le gustaba. Un rato antes yo había estado a oscuras en la habitación de su hija intentando desnudarla y fallando. Apenas había logrado lamer sus pechos con una desesperación casi ridícula mientras se escuchaba la tele en el living y ella riendo de un modo que me exitaba más aún dialogaba con su abuela de una habitación a la otra. La abuela no sabía. Pero el líquido sí había entrado en el vaso. La sustancia con su delicia ambarina llenaba el vaso y una capa de espuma ascendía y se asentaba casi sobrepasando el borde. Eso hacía la madre; eso hace una madre cuando vislumbra. El silencio era atravesado por lo que vertía en el vaso. El silencio se llenaba de líquido que subía como una fuente que se iba llenando y arriba florecía la espuma y las ganas de abalanzarse se podían contener porque era agosto y lo que calentaba no hacía urgir el hambre y la sed. Ella daba vueltas a mi alrededor pero en el momento en que la madre apoyaba la Quilmes sobre el vaso de boca ancha se había sentado; expectante. La turbulencia ambarina en el vaso, revolviendo desde el fondo y llenando de líquido el vaso y las burbujas subiendo y entrechocando entre sí. El vaso lleno, estable, lleno de repente, lleno y listo. El color aclimatado y desde el fondo no paraban de subir las burbujas que se pegaban a la espuma como en natural cópula y desaparecían.
Ella ya no estaba en la cocina. La madre no me daba charla. Sus movimientos me distraían y dinamizaban la escena, le imponían a la escena la energía para que nada de la noche se opacara. Y como yo no sabía charlar aún, la luz palidecía a cada rato. Ella, en el baño se miraba al espejo y retocaba la carne de su boca hermosa, amplia, juntaba sus labios y hacía resbalar el lápiz labial en la carnosidad de su boca, no la veía en ese momento pero lo podía adivinar. Después nos fuimos a la noche. Después la madre juntó los vasos con las sobras de la cerveza que habíamos tomado. Aunque estaban juntos los vasos sabía cuál era el mío. Solo espuma había dentro del vaso. Fuerzas extrañas se anclaron en aquella madre lectora, a la sombra a la noche, cuando se disponía a lavar vasos y a leerlos; la borra de los vasos. Porque la espuma, tenía muchos dibujos para devolverle a una madre que no era en ese momento, ya, precisamente una madre. La espuma le devolvió todos los signos y todas las destinaciones que me señalaban. Todos los hijos no natos suspensos con sus bracitos semiextendidos en gigantes frascos de formol detenidos en el tiempo y flotando en líquidos verdosos. Todas las familias infértiles y los hijos de los hijos de los hijos, imaginarios. Como la tierra que había estado yo pisando para llegar a la casa en aquel barrio del sur. Seca, apisonada, fácilmente volátil. Los pibes esos en la esquina raquítica desértica, esa hostilidad en las miradas, unos meses antes me habían corrido a botellazos limpios. Pero la había ido a buscar igual, vacilando las piernas pero sin miedo en la cabeza. Intentaba, a ella, amarla.
Creo que esa tarde cuando la acompañé a hacer las compras para merendar el almacenero la miró pícaro y le preguntó cuándo se iba a casar... Ella le mostró la amplitud nácar de sus dientes de su boca roja de su mirada evasiva y provocadora de cierva joven y bella.
Se sintió el tin prolongado y metálico del envase de cerveza chocando sobre el borde de los vasos y el líquido ambarino llenándolos con convicción. El primero para Eduardo que estaba seguramente echado en la cama mirando tele en el cuarto de la madre que cuando ellos dos no estaban se cerraba con llave. Otro vaso para ella misma otro para mí otro para la hija. Todo esto lo hizo, la madre, al mismo tiempo que preguntaba si nosotros queríamos. No me dirigía mucho la palabra pero me invitaba a tomar cerveza en su propia casa y casi no me conocía. O ya creía conocerme y eso le gustaba. Un rato antes yo había estado a oscuras en la habitación de su hija intentando desnudarla y fallando. Apenas había logrado lamer sus pechos con una desesperación casi ridícula mientras se escuchaba la tele en el living y ella riendo de un modo que me exitaba más aún dialogaba con su abuela de una habitación a la otra. La abuela no sabía. Pero el líquido sí había entrado en el vaso. La sustancia con su delicia ambarina llenaba el vaso y una capa de espuma ascendía y se asentaba casi sobrepasando el borde. Eso hacía la madre; eso hace una madre cuando vislumbra. El silencio era atravesado por lo que vertía en el vaso. El silencio se llenaba de líquido que subía como una fuente que se iba llenando y arriba florecía la espuma y las ganas de abalanzarse se podían contener porque era agosto y lo que calentaba no hacía urgir el hambre y la sed. Ella daba vueltas a mi alrededor pero en el momento en que la madre apoyaba la Quilmes sobre el vaso de boca ancha se había sentado; expectante. La turbulencia ambarina en el vaso, revolviendo desde el fondo y llenando de líquido el vaso y las burbujas subiendo y entrechocando entre sí. El vaso lleno, estable, lleno de repente, lleno y listo. El color aclimatado y desde el fondo no paraban de subir las burbujas que se pegaban a la espuma como en natural cópula y desaparecían.
Ella ya no estaba en la cocina. La madre no me daba charla. Sus movimientos me distraían y dinamizaban la escena, le imponían a la escena la energía para que nada de la noche se opacara. Y como yo no sabía charlar aún, la luz palidecía a cada rato. Ella, en el baño se miraba al espejo y retocaba la carne de su boca hermosa, amplia, juntaba sus labios y hacía resbalar el lápiz labial en la carnosidad de su boca, no la veía en ese momento pero lo podía adivinar. Después nos fuimos a la noche. Después la madre juntó los vasos con las sobras de la cerveza que habíamos tomado. Aunque estaban juntos los vasos sabía cuál era el mío. Solo espuma había dentro del vaso. Fuerzas extrañas se anclaron en aquella madre lectora, a la sombra a la noche, cuando se disponía a lavar vasos y a leerlos; la borra de los vasos. Porque la espuma, tenía muchos dibujos para devolverle a una madre que no era en ese momento, ya, precisamente una madre. La espuma le devolvió todos los signos y todas las destinaciones que me señalaban. Todos los hijos no natos suspensos con sus bracitos semiextendidos en gigantes frascos de formol detenidos en el tiempo y flotando en líquidos verdosos. Todas las familias infértiles y los hijos de los hijos de los hijos, imaginarios. Como la tierra que había estado yo pisando para llegar a la casa en aquel barrio del sur. Seca, apisonada, fácilmente volátil. Los pibes esos en la esquina raquítica desértica, esa hostilidad en las miradas, unos meses antes me habían corrido a botellazos limpios. Pero la había ido a buscar igual, vacilando las piernas pero sin miedo en la cabeza. Intentaba, a ella, amarla.
24 marzo, 2013
La raja entre los mundos
Los sueños brujos nos llenan de pavor muchas veces al despertarnos; siempre hay algo siniestro en esa clase de sueños. Pero a diferencia de otros sueños, y, más allá del placer que nos provoquen, los sueños brujos son interferencias que nos empujan, nos convocan y nos llevan a una cierta transformación. El día no puede ser un día cualquiera luego de tener un sueño brujo. En el mejor de los casos será todo un devenir.
En nuestro sueño brujo algo nos tendió la mano, las manecitas -mejor sería decir las garritas- la vista nerviosa, los movimientos trémulos y fugaces. En la otra orilla de la laicidad devastada o teatralizada... Aquí solo lagartijas, como aquellas que eran las brújulas cósmicas de Carlos Castaneda en Las Enseñanzas de don Juan. Andaban por ahí, simplemente andaban por ahí las lagartijas. Por el pasto por el campo. Una zona semiurbanizada como si dijéramos Cañuelas o Lobos. Apenas nos acercábamos un poco a ellas salían disparadas, se alejaban y desaparecían entre los pajonales que rodeaban las pocas casas. No se dejaban atrapar pero a la menor distracción ya estaban ahí como insistiendo. En el campo, en la calle desértica en la tierra se mostraban torpes, moviendo sus cuatro patas y su larga cola con dificultad. En el llano más se parecían a lagartos apesadumbrados, grises, pero apenas copaban el matorral se volvían atléticas y de tan rápidas parecía que se sambullían en colchones de yesca hasta desaparecer. Acaso habremos tardado tanto en interpretar los signos que las lagartijas lanzaban en todo el entorno de la calle desierta extendiéndolos sobre el horizonte cercano...? Porque más tarde una de ellas apareció clavada en un asador de campo. Estaba preparada para la faena, iba a ser devorada, ya no tenía cabeza, había sido abierta y despanzurrada, su carne anaranjada brillaba todavía aunque ya no había sol y atardecía.
Pero siempre volvían en el campo eran torpes y en los matorrales desaparecían rápido. Y se mostraban. Insistencia de las lagartijas, en general dos. Y lentitud sobrecargada de la interpretación. El dúo retornaba cuando oscurecía y parecía que se ponían a danzar entre las carpas. Si se les daba por subir por la pendiente bañada de rocío en los cubretechos anaranjados era extrañísimo observarlas. Daba la impresión de que se erguían y dúctiles y livianas caminaban hasta el vértice de las carpas desde donde se tiraban deslizándose sobre sus panzas que reverberaban con la claridad de la luna. Temíamos acercarnos demasiado y asustarlas. Preferíamos divisar con dificultad sus gestos hasta que pudiéramos adivinar que algo nos estaban diciendo. Cualquier movimiento podía tener un significado especial, si se alejaban hacia los matorrales o corrían hacia el sur. Si parecía que danzaban o se mantenían expectantes como presas, ellas mismas, de una visión repentina. Cualquier cosa podía pasar de un momento a otro; aunque no pasara nada. Atardecía y todo estaba en calma. Pero no podíamos distraernos! Como le había dicho Don Juan al aprendiz de brujo: "El crepúsculo: ¡allí está la rendija entre los mundos!".
En nuestro sueño brujo algo nos tendió la mano, las manecitas -mejor sería decir las garritas- la vista nerviosa, los movimientos trémulos y fugaces. En la otra orilla de la laicidad devastada o teatralizada... Aquí solo lagartijas, como aquellas que eran las brújulas cósmicas de Carlos Castaneda en Las Enseñanzas de don Juan. Andaban por ahí, simplemente andaban por ahí las lagartijas. Por el pasto por el campo. Una zona semiurbanizada como si dijéramos Cañuelas o Lobos. Apenas nos acercábamos un poco a ellas salían disparadas, se alejaban y desaparecían entre los pajonales que rodeaban las pocas casas. No se dejaban atrapar pero a la menor distracción ya estaban ahí como insistiendo. En el campo, en la calle desértica en la tierra se mostraban torpes, moviendo sus cuatro patas y su larga cola con dificultad. En el llano más se parecían a lagartos apesadumbrados, grises, pero apenas copaban el matorral se volvían atléticas y de tan rápidas parecía que se sambullían en colchones de yesca hasta desaparecer. Acaso habremos tardado tanto en interpretar los signos que las lagartijas lanzaban en todo el entorno de la calle desierta extendiéndolos sobre el horizonte cercano...? Porque más tarde una de ellas apareció clavada en un asador de campo. Estaba preparada para la faena, iba a ser devorada, ya no tenía cabeza, había sido abierta y despanzurrada, su carne anaranjada brillaba todavía aunque ya no había sol y atardecía.
Pero siempre volvían en el campo eran torpes y en los matorrales desaparecían rápido. Y se mostraban. Insistencia de las lagartijas, en general dos. Y lentitud sobrecargada de la interpretación. El dúo retornaba cuando oscurecía y parecía que se ponían a danzar entre las carpas. Si se les daba por subir por la pendiente bañada de rocío en los cubretechos anaranjados era extrañísimo observarlas. Daba la impresión de que se erguían y dúctiles y livianas caminaban hasta el vértice de las carpas desde donde se tiraban deslizándose sobre sus panzas que reverberaban con la claridad de la luna. Temíamos acercarnos demasiado y asustarlas. Preferíamos divisar con dificultad sus gestos hasta que pudiéramos adivinar que algo nos estaban diciendo. Cualquier movimiento podía tener un significado especial, si se alejaban hacia los matorrales o corrían hacia el sur. Si parecía que danzaban o se mantenían expectantes como presas, ellas mismas, de una visión repentina. Cualquier cosa podía pasar de un momento a otro; aunque no pasara nada. Atardecía y todo estaba en calma. Pero no podíamos distraernos! Como le había dicho Don Juan al aprendiz de brujo: "El crepúsculo: ¡allí está la rendija entre los mundos!".
18 agosto, 2012
Lugares malditos
Recuerdo que hace poco había pasado varias veces por ese lugar y ya había admirado su fisonomía clásica. Lanzaba al ruido de la calle Azcuénaga esa luminosidad enferma pero lejos todavía, tengo que adtitirlo, no era palideciente, no amarilleaba el contorno de las cosas. Sobre todo no me entristecía y menos, me desesperaba. Esta tarde otra vez releyendo pero muy muy entre lejanas líneas un texto del viejo Freud, buscando esa cosa del rodeo, me detuve en aquello de que en el inconciente no hay tiempo; es intemporal aquel ente clásico. Y de todos modos, más me obsesionaba la idea de que las nubes se empecinaran en tapar al débil sol de la tarde que si Freud era poco o más kantiano o si destrozaba o mimaba las categorías de espacio-tiempo.
Y qué es al fin lo que funciona cuando alguna de estas maldiciones vienen a cumplirse. Hoy tuve que jugar al laberinto entre todo ese mármol entre todas esas columnas fastuosas entre todo ese lujo mientras escuchaba el ronroneo de los motores el silbido de los cables sentía las sopapas en el cuerpo y los tubos entrando y saliendo de él. Las superficies corrugadas, las canaletas, las pantallas iluminadas con los valores que variaban levemente hasta que una chicharra muy suave zumbaba haciendo centellear una luz anaranjada durante un buen rato.
En definitiva las fuerzas de la desgracia me avisaban hacía semanas que algo había allí preparándose para todos nosotros un cultivo una acechanza una caricia de absolutez resoplando exigiendo, eso que no tiene nombre, ese tesoro que no se puede pagar. Algo había cuando bajaba por la calle Azcuénaga algo que atraía hacia allí la mirada, por la belleza, creí, no... era una llamada, de los horrores sorpresivos de la noche negra.
Ahora al horror que trae la noche y el miedo a que lo anorgánico despierte le antepongo un rezo de las montañas, de los prados floridos de los bosques de pinos. Claros soleados donde bandadas de pájaros revolotean cerca de la tierra y próxima una cabaña solitaria devuelve el sonido del trabajo aplicado de sus moradores. Un rezo tal como el que encuentro en este pasaje de Los Vagabundos del Dharma:
Y qué es al fin lo que funciona cuando alguna de estas maldiciones vienen a cumplirse. Hoy tuve que jugar al laberinto entre todo ese mármol entre todas esas columnas fastuosas entre todo ese lujo mientras escuchaba el ronroneo de los motores el silbido de los cables sentía las sopapas en el cuerpo y los tubos entrando y saliendo de él. Las superficies corrugadas, las canaletas, las pantallas iluminadas con los valores que variaban levemente hasta que una chicharra muy suave zumbaba haciendo centellear una luz anaranjada durante un buen rato.
En definitiva las fuerzas de la desgracia me avisaban hacía semanas que algo había allí preparándose para todos nosotros un cultivo una acechanza una caricia de absolutez resoplando exigiendo, eso que no tiene nombre, ese tesoro que no se puede pagar. Algo había cuando bajaba por la calle Azcuénaga algo que atraía hacia allí la mirada, por la belleza, creí, no... era una llamada, de los horrores sorpresivos de la noche negra.
Ahora al horror que trae la noche y el miedo a que lo anorgánico despierte le antepongo un rezo de las montañas, de los prados floridos de los bosques de pinos. Claros soleados donde bandadas de pájaros revolotean cerca de la tierra y próxima una cabaña solitaria devuelve el sonido del trabajo aplicado de sus moradores. Un rezo tal como el que encuentro en este pasaje de Los Vagabundos del Dharma:
Y más tarde, metido en el saco de dormir, pensé mientras fumaba: "Todo es posible. Yo soy Dios, soy Buda, soy un Ray Smith imperfecto, todo al mismo tiempo, soy un espacio vacío, soy todas las cosas. Tengo todo el tiempo del mundo de vida a vida para hacer lo que hay que hacer, para hacer lo que está hecho, para hacer lo hecho sin tiempo, un tiempo que por dentro es infinitamente perfecto. ¿Para qué llorar? ¿Para qué preocuparse? Perfecto como la esencia de la mente y las mentes de las cáscaras de plátano."
08 julio, 2012
Año malo
El 2005 fue el año de nuestra gran caída y de la redención, del milagro cósmico. Pero eso vendría muchos meses después. Estábamos en la puerta de un lugar que olía mal y nos íbamos para no querer volver nunca. Día nublado. En la puerta nos encontramos con nalbandián y le contamos que ya nada se podía hacer estábamos en la nada desacreditados y sin rumbo. Nalbandián decía que todo era futuro que teníamos que animarnos y nada más que era cuestión de animarnos, un par de wiskys... por una paja en el escenario cien pesos y por un cachondeo y por un filtreo y solo se necesitaba que fuéramos un par de meses al gym para desarrollar todo lo que estaba por naturaleza incompleto en nuestro estómago y nuestros brazos desfallecientes. Seguíamos con ojos escépticos su relato. La mañana promediaba y nos sentíamos libres pero desahuciados. En ese instante salió Ana María y nos saludo con un beso y nos deseó suerte. La saludamos por última vez con esa tristeza de decirle adiós a alguien que te gustaría saludar muchas veces más y escuchar muchas otras su voz enronquecida por la experiencia. Caminamos hasta la parada del 84 mientras nalbandián relataba sus azañas con cierta lubricidad en boca. Caño, sexo, tamaños desmesurados y dinero por sacrificio y placer. En el 84 las calles desfilaban frente a nuestra mirada atónita como agua que se cuela por todos los intersticios y como fuego que fulmina todas las salidas.
Este es el año del dragón por otra parte. El dragón que está todo hecho de retazos de fuego multicolores. El dragón que para la fuerza centrípeda de la corrosión de lo que no quiere ser y desarticula con su golpe ígneo la fuerza empecinada de las cosas que son el opio de los días. Las desgracias deberían hacernos llorar pero de verdad y nunca experimentar el enojo de la impotencia y el amargo revuelo de la desdicha sobre nuestras cabezas que miran a atenea y le dicen; ya no creemos en la ciencia, solo en la brujería, impracticable, y en los milagros inexistentes. Y atenea ríe con una risa explosiva que nos avergüenza pues sabe que los umbrales de una incomprensión paciente e indiferenciada nunca se cruzan.
Este es el año del dragón por otra parte. El dragón que está todo hecho de retazos de fuego multicolores. El dragón que para la fuerza centrípeda de la corrosión de lo que no quiere ser y desarticula con su golpe ígneo la fuerza empecinada de las cosas que son el opio de los días. Las desgracias deberían hacernos llorar pero de verdad y nunca experimentar el enojo de la impotencia y el amargo revuelo de la desdicha sobre nuestras cabezas que miran a atenea y le dicen; ya no creemos en la ciencia, solo en la brujería, impracticable, y en los milagros inexistentes. Y atenea ríe con una risa explosiva que nos avergüenza pues sabe que los umbrales de una incomprensión paciente e indiferenciada nunca se cruzan.
02 julio, 2012
Ascenso directo o aplazamiento sin fin
No podés prender velas y ya. No podés rezarle al Santo de moda e irte tranquilo. Ver las velas en el altarcito doméstico y después salir para triunfar. Hay que hacer las cosas, uno, hacerlas de un modo u otro tratar de hacer el esfuerzo de entender de tomar lo que se nos da. Es que los santos no ayudan... o solo así ayudan si ven o si perciben, ¿ellos perciben?, solo así cuando prendemos -campana suena vela arde- pero luego dando vuelta las palmas de las manos y llevando todo al punto de lo que se llama trabajo, actividad, concentración laboriosa.
Si no tenés el chiste ese del cura que estaba en la punta de la torre de la iglesia, va... primero era la ventana después la ventana más alta, después la cornisa más expuesta del edificio y por fin la cruz en la punta de la torre y casi ya con el agua de la inundación que lo estaba cubriendo y los socorristas que lo querían convencer para que saltara pero al socorro. Para que recibiera la ayuda para que tomara la mano de un bombero, de un hombre comúm. Y no quería porque decía que esperaba que confiaba en el Altísimo que le iba a echar una mano en el instante último. Pero se ahogó.
Si bien pueden no gustarte los cuentos con enseñanzas, ni de autoayuda ni los que dicen para mañana para los que vendrán y hoy no están porque no existen aún. Pero es bueno sí tener en cuenta lo que puede pasar y lo que no. Qué lindo altarcito qué lindo, dan ganas de arrodillarse ante él para pedir, para cerrar los ojos y dormitar murmurando algo a todas las fuerzas que pueblan el mundo sobrenatural. (No se las puede nombrar de hecho es mejor no meterse con semejantes nombres). Pero bueno un materialista siempre te va a sugerir que no te quedes oliendo el rico incienso ni viendo cómo se derrite y sin parar la cera superponiendo estalactitas blancas, negras, amarillas, empalideciendo el ambiente cerrado. Fulguraciones en las paredes y el techo. Todos hablan de sus cábalas de sus dioses, algunos hablan de sus dioses. Andate a estudiar mejor mañana tenés que rendir.
Si no tenés el chiste ese del cura que estaba en la punta de la torre de la iglesia, va... primero era la ventana después la ventana más alta, después la cornisa más expuesta del edificio y por fin la cruz en la punta de la torre y casi ya con el agua de la inundación que lo estaba cubriendo y los socorristas que lo querían convencer para que saltara pero al socorro. Para que recibiera la ayuda para que tomara la mano de un bombero, de un hombre comúm. Y no quería porque decía que esperaba que confiaba en el Altísimo que le iba a echar una mano en el instante último. Pero se ahogó.
Si bien pueden no gustarte los cuentos con enseñanzas, ni de autoayuda ni los que dicen para mañana para los que vendrán y hoy no están porque no existen aún. Pero es bueno sí tener en cuenta lo que puede pasar y lo que no. Qué lindo altarcito qué lindo, dan ganas de arrodillarse ante él para pedir, para cerrar los ojos y dormitar murmurando algo a todas las fuerzas que pueblan el mundo sobrenatural. (No se las puede nombrar de hecho es mejor no meterse con semejantes nombres). Pero bueno un materialista siempre te va a sugerir que no te quedes oliendo el rico incienso ni viendo cómo se derrite y sin parar la cera superponiendo estalactitas blancas, negras, amarillas, empalideciendo el ambiente cerrado. Fulguraciones en las paredes y el techo. Todos hablan de sus cábalas de sus dioses, algunos hablan de sus dioses. Andate a estudiar mejor mañana tenés que rendir.
27 mayo, 2012
Fuego
La magia es la posibilidad de operar un transporte de lo posible pero inmediato. De cuerpos, de cosas vivas o meros artificios pero siempre lo posible y de manera instantánea, en el espacio y en el tiempo.
sonido:
A través de todos esos pasos en los pasillos larguísimos y frescos escuchábamos la música de un I-pod encajado -invisible y liviano- a unos auriculares gigantes parecidos a los cubre orejas que se usan en invierno cuando hace frío polar. Algo así escuchábamos o algo parecido a esto. Crracc. Un ruido como de galletitas muertas, de manzanas mordisqueadas por la dentadura helada y amarga de la muerte cuando es prematura. Después, Anne Marie dijo que ella nos avisó que fue la primera, imitó nuestra cara y reímos porque era una cara que nos dejaba parados como marmotas. Pero ya no lo recordábamos, nada, ni resabio de la voz suave pero penetrante de Anne Marie.
off:
Vimos una poderosa llama flameando con violencia y escupiendo un humo espeso en exceso mientras el aire adquiría muy levemente y con lentitud un aroma dulzón y cargado. Luego el humo ya no permitió que se viera la llama, ni las paredes ni lo que estaba en el otro extremo del pasillo. Corríamos con ese resto que sale de un interior desconocido y la velocidad del pensamiento y de las decisiones parecía como si fulminasen el universo silenciado e indiferente frente a las catástrofes humanas. Mientras el humo inundaba los órganos doblando-avanzando-doblando como una columna flexible que se adaptaba a todas las superficies por más rígidas por más macisas que fueran y ya cada vez con más dificultad lograban los cuerpos huir. No había aire respirable, los gritos apagados como sellados en las entrañas del inframundo cada vez más se parecían a estertores inofensivos; mímicas relentas. Alguien pisaba los auriculares sin quererlo, en el atropello cerca de la escalera. _____________________ Los huesos levitan... por el dolor? todo movimiento de cosas se inmoviliza para flotar... por la combustión? Mudez, total, absoluta.
sonido:
A través de todos esos pasos en los pasillos larguísimos y frescos escuchábamos la música de un I-pod encajado -invisible y liviano- a unos auriculares gigantes parecidos a los cubre orejas que se usan en invierno cuando hace frío polar. Algo así escuchábamos o algo parecido a esto. Crracc. Un ruido como de galletitas muertas, de manzanas mordisqueadas por la dentadura helada y amarga de la muerte cuando es prematura. Después, Anne Marie dijo que ella nos avisó que fue la primera, imitó nuestra cara y reímos porque era una cara que nos dejaba parados como marmotas. Pero ya no lo recordábamos, nada, ni resabio de la voz suave pero penetrante de Anne Marie.
off:
Vimos una poderosa llama flameando con violencia y escupiendo un humo espeso en exceso mientras el aire adquiría muy levemente y con lentitud un aroma dulzón y cargado. Luego el humo ya no permitió que se viera la llama, ni las paredes ni lo que estaba en el otro extremo del pasillo. Corríamos con ese resto que sale de un interior desconocido y la velocidad del pensamiento y de las decisiones parecía como si fulminasen el universo silenciado e indiferente frente a las catástrofes humanas. Mientras el humo inundaba los órganos doblando-avanzando-doblando como una columna flexible que se adaptaba a todas las superficies por más rígidas por más macisas que fueran y ya cada vez con más dificultad lograban los cuerpos huir. No había aire respirable, los gritos apagados como sellados en las entrañas del inframundo cada vez más se parecían a estertores inofensivos; mímicas relentas. Alguien pisaba los auriculares sin quererlo, en el atropello cerca de la escalera. _____________________ Los huesos levitan... por el dolor? todo movimiento de cosas se inmoviliza para flotar... por la combustión? Mudez, total, absoluta.
12 mayo, 2012
Explicación
Cuando abren las puertas a las 10.03 la gente es chupada hacia dentro. Hay dos colas, la cola larga y parsimoniosa de los mayores y la cola no tan larga y más o menos aletargada de los demás. Pero te podés poner en cualquiera de las dos porque al final es lo mismo. Cuando todos entramos somos como un reguero de ilusiones y de quejidos lastimosos y algún que otro recelo se cuela por las superficies templadas y las mamparas que distribuyen el espacio y los cartelitos acrílicos de colores azulados que indican a donde se debe dirigir cada uno llevando sus pequeñas densidades de expectativa. Nos sentamos al lado de un fantasma que nos habla entre tantas arrugas que se parten parece que se fueran a partir y desparramarse sin hacer ruido al rebotar en el suelo. Solo mantiene la fortaleza y la convicción en unos grandes ojos verdes que nos gustan.
No sabés con qué se conecta todo esto. Y no te atreverías a mirar con fijeza esos ojos por miedo a ver una cara de abuela muerta. Y preguntás luego: es por los dólares, por los créditos para comprar vivienda o por los plazos fijos de los que la anciana fantasmal habla sin cesar. Así son las apariciones, en un cómodo asiento mullido sobre limpio piso de goma y esas empleadas de banco con sus piernas muy largas y sus blusas escotadas que hablan mucho por teléfono y piden café y medialunas. Es la propiedad son los plazos fijos, son las colas las esperas inútiles, los empleados que trabajan demasiado despacio y las jubilaciones que enternecen el aire por su fragilidad y desamparo y los reclamos y las orientaciones que revolotean como colibríes paranoicos hechos de papel madera, salidera y azar de ruleta y otros tantos desvíos de la ley y la urgencia. Esas y unas cuantas cosas más conectadas de cierta manera y las instituciones que albergan ciertos tópicos locos. Pero no los tópicos de un hospital que los hay, no los de una escuela que los hay, como dijiste antes, los aparecidos del banco son llamados por los humitos y los cactus mágicos del banco. Hacés un rollito y te fumás los dólares y la propiedad que está produciéndose en la imaginación y en el puro-maravilloso plano del deseo; y salís completamente embargado de todo eso y pensando que los fantasmas que se quedaron adentro -y no salieron a la calle porque adentro no los colmaban aún- ahora están tristes porque no tienen con quien hablar.
No sabés con qué se conecta todo esto. Y no te atreverías a mirar con fijeza esos ojos por miedo a ver una cara de abuela muerta. Y preguntás luego: es por los dólares, por los créditos para comprar vivienda o por los plazos fijos de los que la anciana fantasmal habla sin cesar. Así son las apariciones, en un cómodo asiento mullido sobre limpio piso de goma y esas empleadas de banco con sus piernas muy largas y sus blusas escotadas que hablan mucho por teléfono y piden café y medialunas. Es la propiedad son los plazos fijos, son las colas las esperas inútiles, los empleados que trabajan demasiado despacio y las jubilaciones que enternecen el aire por su fragilidad y desamparo y los reclamos y las orientaciones que revolotean como colibríes paranoicos hechos de papel madera, salidera y azar de ruleta y otros tantos desvíos de la ley y la urgencia. Esas y unas cuantas cosas más conectadas de cierta manera y las instituciones que albergan ciertos tópicos locos. Pero no los tópicos de un hospital que los hay, no los de una escuela que los hay, como dijiste antes, los aparecidos del banco son llamados por los humitos y los cactus mágicos del banco. Hacés un rollito y te fumás los dólares y la propiedad que está produciéndose en la imaginación y en el puro-maravilloso plano del deseo; y salís completamente embargado de todo eso y pensando que los fantasmas que se quedaron adentro -y no salieron a la calle porque adentro no los colmaban aún- ahora están tristes porque no tienen con quien hablar.
10 marzo, 2012
El mate de tuco
Estábamos sentados en ese salón inmenso donde tranquilamente podés hablar con alguien que tenés al lado durante un rato muy largo y nunca lográs comunicarte con esa persona.
Tal vez, en sueños, sabíamos que todo iba a salir mal en este momento examinatorio fatídico. Pues ahí habíamos estado ya pero no en la pura inmensidad artificial de boquitas -que cuando la cruzás de a trancos largos y perezosos te recuerda a un andén de tren que al principio parece interminable y los extremos no se tocan pero siempre llegás a los extremos de un modo u otro en el tránsito del día a día-.
Era un aula más pequeña con más luz natural y un bullicio ensordecedor que no sabíamos en ese momento del todo si era para nuestro beneficio o nuestro perjuicio. Y sucedía lo mismo de siempre llovían unas cuantas vacas que pastaban en el infinito campo argentino, y la mirada se perdía en el campo y solo entonces devenía desierto. Se cortaba el aire y cuando el profesor nos preguntaba sobre lo teológico-político y lanzaba ese bucle interminable casi empalagador, enfático: "el Legislador roussouniano no es cristina arengando en el Congreso", no. Bueno, en ese momento, alguien tocaba nuestro antebrazo con suavidad, casi podíamos sentir la tibieza de su piel. En medio de la confusión de las voces del ambiente, demasiado bullicio, murmuraciones que transparentaban una y otra vez la tensión creciente y decreciente. Hacíamos caso y con naturalidad tomábamos el mate que nos pasaba tuco y lo sorbíamos sin mostrar sorpresa y naturalmente eso se nos ponía y se nos ponía porque habría en nosotros los enunciados imposibles y las palabras no eran entonces como un agua escurriéndose por el borde de una mesa sino que las pronunciábamos, nos gustaba paladearlas y ver las cabezas asintiendo y después nos levantábamos y nos íbamos. Pero nos dábamos cuenta de que ellos no habían visto a tuco. Y sus caras de estupefacción entonces no se debían al hecho de que tuco nos había pasado ese mate de la regeneración... El agua clara y tibia recorriendo la boca y la garganta y tiñiendo de verdor la carne, el prodigioso efecto del agua bautismal, el agua con tronquitos de yerba flotando en la superficie del mate.
El mate que tuco nos convidó fue solo para nosotros, a tuco solo nosotros lo vimos y ni el mate siquiera que tuco nos había convidado podían ver los demás.
Tal vez, en sueños, sabíamos que todo iba a salir mal en este momento examinatorio fatídico. Pues ahí habíamos estado ya pero no en la pura inmensidad artificial de boquitas -que cuando la cruzás de a trancos largos y perezosos te recuerda a un andén de tren que al principio parece interminable y los extremos no se tocan pero siempre llegás a los extremos de un modo u otro en el tránsito del día a día-.
Era un aula más pequeña con más luz natural y un bullicio ensordecedor que no sabíamos en ese momento del todo si era para nuestro beneficio o nuestro perjuicio. Y sucedía lo mismo de siempre llovían unas cuantas vacas que pastaban en el infinito campo argentino, y la mirada se perdía en el campo y solo entonces devenía desierto. Se cortaba el aire y cuando el profesor nos preguntaba sobre lo teológico-político y lanzaba ese bucle interminable casi empalagador, enfático: "el Legislador roussouniano no es cristina arengando en el Congreso", no. Bueno, en ese momento, alguien tocaba nuestro antebrazo con suavidad, casi podíamos sentir la tibieza de su piel. En medio de la confusión de las voces del ambiente, demasiado bullicio, murmuraciones que transparentaban una y otra vez la tensión creciente y decreciente. Hacíamos caso y con naturalidad tomábamos el mate que nos pasaba tuco y lo sorbíamos sin mostrar sorpresa y naturalmente eso se nos ponía y se nos ponía porque habría en nosotros los enunciados imposibles y las palabras no eran entonces como un agua escurriéndose por el borde de una mesa sino que las pronunciábamos, nos gustaba paladearlas y ver las cabezas asintiendo y después nos levantábamos y nos íbamos. Pero nos dábamos cuenta de que ellos no habían visto a tuco. Y sus caras de estupefacción entonces no se debían al hecho de que tuco nos había pasado ese mate de la regeneración... El agua clara y tibia recorriendo la boca y la garganta y tiñiendo de verdor la carne, el prodigioso efecto del agua bautismal, el agua con tronquitos de yerba flotando en la superficie del mate.
El mate que tuco nos convidó fue solo para nosotros, a tuco solo nosotros lo vimos y ni el mate siquiera que tuco nos había convidado podían ver los demás.
19 enero, 2012
Las relaciones
El timbre se nos echó encima con la insoportable violencia de un insecto, hambriento y zumbón, cortando el silencio de la tarde. Saltamos de la silla y nos acercamos a la oreja el portero que muy lejanamente y con esfuerzo optimista podía simular ser en sus vagos murmullos un caracol y espuma de mar. Ya la manera de nominar de la voz conocida era diferente; algo parecido a la distancia que hay entre un ´ale´ y un ´Αλέξανδρος´. Con miedo nos fuimos acercando a la puerta pero con una decisión radical de ponernos a la altura de lo acontecido. Pero... y si el destino ya nos había cruzado la cara... Casi en llanto apretamos los pasos por el largo pasillo repartiendo las energías de la hora aciaga entre la inminencia de la desgracia y la posibilidad de las prácticas adivinatorias en las que pretendíamos adiestrarnos. Ver la cara de Elizabeth y de Franz sin escatimar sonrisas esperando en la puerta de calle casi notando la palidez de sus dientes a través del blindex fue caricia redentora. Pero luego correntada de vergüenza ante la risa de los espíritus libres y las fuerzas del caos-supernatural que se mofaban, claro, de nuestra impericia en prácticas de brujería. La razón de la sin razón había sido andar compartiendo demasiado oseo con Las partículas elementales que habían empujado y quebrado todas las represas de nuestra conciencia ingenua. Las ganas de enfermar y morir, de eyacular en bocas abiertas y desaparecer para el mundo. Pero... y si al menos una vez... entre los restos podridos que toda inundación deja encontramos ahí mismo entre la resaca de los sapos aplastados y las ramas arrastradas un no doble para nosotros que no sea una mera pieza de intercambio para aminorar el hastío universal.
13 diciembre, 2011
Despedida
Por el empedrado con la mirada vuelta hacia un lado y hacia otro y la muchedumbre en las mesas, las parejas, van quedando con sus tragos y sus cenas livianas, la pesadez de la noche tan calurosa nos empuja hacia el reflejo azulado de la calle. Volvemos envueltos en la vacilación de si se puede o no se puede predecir lo horrible, la desgracia, la necesidad o el azar: el olor de la muerte; existe un tal aroma gélido? Seguimos caminando y repitiendo las palabras de que algo va a pasar hoy, ahora... dentro de muy poco.
Y tal vez nos parece siniestra la despedida aquella que no es más que eso una simple despedida, pero si fuera... un adiós, algo definitivo, irretornable. Como la única cosa que así lo es y que despierta como a tiros el aire compactado.
Y tal vez nos parece siniestra la despedida aquella que no es más que eso una simple despedida, pero si fuera... un adiós, algo definitivo, irretornable. Como la única cosa que así lo es y que despierta como a tiros el aire compactado.
08 diciembre, 2011
Alianza
No recordamos el aniversario, simplemente lo adivinamos. Sin la guía de Humito, nos pusimos de pie en la penumbra de la habitación sin calzado sintiendo la tierra fresca. Afuera una puerta de algún cobertizo vecino se golpeaba con el fuerte viento que se levanta a la madrugada en la estación. También el perro del vecino comenzó a ladrar a esa hora, recordamos. Tanteando nos acercamos hasta la repisa amurada y tomamos la pequeña caja celeste que un chiquito cuida desde hace años. Pero luego nuestros dedos envueltos en cierta vacilación ya no acertaban a entrar mecánicamente en el cuadrado que con reflejos de la luz lunar la plata dibujaba centelleando en el aire. Ese mismo día ustedes nos visitaron luego de un aviso y un retorno sorpresivo. En la distancia y por diferentes vías pudimos lo mismo invocar un aniversario. Un aniversario auténtico debería ser el recordatorio de encuentros que nos señalan.
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