4 de junio
Muchas veces me puse a pensar... o me pregunté por qué estoy acá... entonces yo miraba algo a mi alrededor... creo que no tan dado vuelta a la manera de Naked Lunch; alguien se queda horas mirando la punta del zapato y dice qué estoy haciendo acá. No de ese modo. Un modo tranquilo y natural. Uno no puede creer que la casa que habita es algo casual, el barrio que habita, la ciudad donde vive , la Nación donde ha decidido que se resigna a pasar el resto de sus días. No quiero ponerme esencial con los lugares, como cuando Don Juan le dice a Carlos Castaneda que busque su lugar, que encontrar ese lugar es algo sin lo cual no podemos, si no nos ponemos a pensar en ello después no podemos mirarnos al espejo.
Hoy salí al patio de mi casa y se me ocurrió que me daba, de pronto cuenta por qué estoy en mi casa, en mi barrio, en esta ciudad, aunque nunca entendí por qué no me fui de este país.
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04 junio, 2020
12 mayo, 2016
La visita de un cuerpo
Queríamos tener un cuerpo. Un cuerpo que sirviera para disfrutar del sexo, para los deportes, las drogas, las comidas, para llenarlo de bebidas y pastillas. Un cuerpo que sirviera para avanzar bajo lluvia de hojas amarillas cuando ráfagas de viento pelan los árboles las copas que se entregan al despojo, creando montañas de pálida luz a la hora silenciosa. Un cuerpo para trasladarse rápido entre dimensiones heterogéneas nocturnas. Un cuerpo entendido en brujerías que pudiese visitar a sus amigos muertos y a sus amigos vivos, pero alejados. Visitas también disímiles. Un cuerpo que a la madrugada visitara a una perrita que no se sorprendiera para nada de ver un cuerpo allí que le da un obsequio, un pequeño oso de peluche para que lleve y traiga. Los ojos negros de la perrita brillan en la profundidad, ojos de tinieblas que miran sin hacer el tipo de preguntas que molestarían a un brujo que viaja en la noche por el poder de sus aliados. Alguien, avanzada la noche que encuentra un cuerpo en la habitación, en la cocina junto a la cucha de la perrita, al levantarse por casualidad, y se pregunta cómo es posible. Alguien que se va a dormir y luego no puede conciliar el sueño, cómo es posible haber visto ese cuerpo allí en cuclillas sobre el piso de mosaico frío jugando con la perrita hasta donde ello era posible por la somnolencia de la perrita. Pero entonces acostada se pregunta, se sobresalta, se destapa con vigor porque tiene muchas mantas encima por el frío de la madrugada con el silencio frío de la madrugada. No le habrá -se pregunta- pasado algo pero no a ese cuerpo que vi jugando allí, mimando, abrazando a la perrita sino al cuerpo al otro al que está lejos... al cuerpo real; cosas todas cavilaciones en las que no creen los brujos. Como que eso puede ser algo que huele a muerte a despedida -sospecha- un derroche de energía que el universo hace tal vez entonces -imagina- deja que una vez una aparición que es algo que los límites de lo cotidiano no dejan fácilmente que se manifieste. Y presumiblemente lo hace frente a la perrita porque no podrá comunicar al menos como lo comunicaría un humano con esa sorpresa y con esa incredulidad... la perrita duerme. Entonces fuera de la cama con los pies descalzos prende la luz y la perrita está acurrucada y duerme y entre sus patas está el oso pardo de peluche. Hace la pregunta que solo un aprendiz de brujo que no entiende todavía del todo las cosas de la brujería puede hacer y pregunta si un cuerpo realmente "físicamente", ha estado ahí.
24 marzo, 2013
La raja entre los mundos
Los sueños brujos nos llenan de pavor muchas veces al despertarnos; siempre hay algo siniestro en esa clase de sueños. Pero a diferencia de otros sueños, y, más allá del placer que nos provoquen, los sueños brujos son interferencias que nos empujan, nos convocan y nos llevan a una cierta transformación. El día no puede ser un día cualquiera luego de tener un sueño brujo. En el mejor de los casos será todo un devenir.
En nuestro sueño brujo algo nos tendió la mano, las manecitas -mejor sería decir las garritas- la vista nerviosa, los movimientos trémulos y fugaces. En la otra orilla de la laicidad devastada o teatralizada... Aquí solo lagartijas, como aquellas que eran las brújulas cósmicas de Carlos Castaneda en Las Enseñanzas de don Juan. Andaban por ahí, simplemente andaban por ahí las lagartijas. Por el pasto por el campo. Una zona semiurbanizada como si dijéramos Cañuelas o Lobos. Apenas nos acercábamos un poco a ellas salían disparadas, se alejaban y desaparecían entre los pajonales que rodeaban las pocas casas. No se dejaban atrapar pero a la menor distracción ya estaban ahí como insistiendo. En el campo, en la calle desértica en la tierra se mostraban torpes, moviendo sus cuatro patas y su larga cola con dificultad. En el llano más se parecían a lagartos apesadumbrados, grises, pero apenas copaban el matorral se volvían atléticas y de tan rápidas parecía que se sambullían en colchones de yesca hasta desaparecer. Acaso habremos tardado tanto en interpretar los signos que las lagartijas lanzaban en todo el entorno de la calle desierta extendiéndolos sobre el horizonte cercano...? Porque más tarde una de ellas apareció clavada en un asador de campo. Estaba preparada para la faena, iba a ser devorada, ya no tenía cabeza, había sido abierta y despanzurrada, su carne anaranjada brillaba todavía aunque ya no había sol y atardecía.
Pero siempre volvían en el campo eran torpes y en los matorrales desaparecían rápido. Y se mostraban. Insistencia de las lagartijas, en general dos. Y lentitud sobrecargada de la interpretación. El dúo retornaba cuando oscurecía y parecía que se ponían a danzar entre las carpas. Si se les daba por subir por la pendiente bañada de rocío en los cubretechos anaranjados era extrañísimo observarlas. Daba la impresión de que se erguían y dúctiles y livianas caminaban hasta el vértice de las carpas desde donde se tiraban deslizándose sobre sus panzas que reverberaban con la claridad de la luna. Temíamos acercarnos demasiado y asustarlas. Preferíamos divisar con dificultad sus gestos hasta que pudiéramos adivinar que algo nos estaban diciendo. Cualquier movimiento podía tener un significado especial, si se alejaban hacia los matorrales o corrían hacia el sur. Si parecía que danzaban o se mantenían expectantes como presas, ellas mismas, de una visión repentina. Cualquier cosa podía pasar de un momento a otro; aunque no pasara nada. Atardecía y todo estaba en calma. Pero no podíamos distraernos! Como le había dicho Don Juan al aprendiz de brujo: "El crepúsculo: ¡allí está la rendija entre los mundos!".
En nuestro sueño brujo algo nos tendió la mano, las manecitas -mejor sería decir las garritas- la vista nerviosa, los movimientos trémulos y fugaces. En la otra orilla de la laicidad devastada o teatralizada... Aquí solo lagartijas, como aquellas que eran las brújulas cósmicas de Carlos Castaneda en Las Enseñanzas de don Juan. Andaban por ahí, simplemente andaban por ahí las lagartijas. Por el pasto por el campo. Una zona semiurbanizada como si dijéramos Cañuelas o Lobos. Apenas nos acercábamos un poco a ellas salían disparadas, se alejaban y desaparecían entre los pajonales que rodeaban las pocas casas. No se dejaban atrapar pero a la menor distracción ya estaban ahí como insistiendo. En el campo, en la calle desértica en la tierra se mostraban torpes, moviendo sus cuatro patas y su larga cola con dificultad. En el llano más se parecían a lagartos apesadumbrados, grises, pero apenas copaban el matorral se volvían atléticas y de tan rápidas parecía que se sambullían en colchones de yesca hasta desaparecer. Acaso habremos tardado tanto en interpretar los signos que las lagartijas lanzaban en todo el entorno de la calle desierta extendiéndolos sobre el horizonte cercano...? Porque más tarde una de ellas apareció clavada en un asador de campo. Estaba preparada para la faena, iba a ser devorada, ya no tenía cabeza, había sido abierta y despanzurrada, su carne anaranjada brillaba todavía aunque ya no había sol y atardecía.
Pero siempre volvían en el campo eran torpes y en los matorrales desaparecían rápido. Y se mostraban. Insistencia de las lagartijas, en general dos. Y lentitud sobrecargada de la interpretación. El dúo retornaba cuando oscurecía y parecía que se ponían a danzar entre las carpas. Si se les daba por subir por la pendiente bañada de rocío en los cubretechos anaranjados era extrañísimo observarlas. Daba la impresión de que se erguían y dúctiles y livianas caminaban hasta el vértice de las carpas desde donde se tiraban deslizándose sobre sus panzas que reverberaban con la claridad de la luna. Temíamos acercarnos demasiado y asustarlas. Preferíamos divisar con dificultad sus gestos hasta que pudiéramos adivinar que algo nos estaban diciendo. Cualquier movimiento podía tener un significado especial, si se alejaban hacia los matorrales o corrían hacia el sur. Si parecía que danzaban o se mantenían expectantes como presas, ellas mismas, de una visión repentina. Cualquier cosa podía pasar de un momento a otro; aunque no pasara nada. Atardecía y todo estaba en calma. Pero no podíamos distraernos! Como le había dicho Don Juan al aprendiz de brujo: "El crepúsculo: ¡allí está la rendija entre los mundos!".
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