Avenida Corrientes. Cierto bullicio. Es de noche. Vamos caminando con un amigo. Salimos del cine un día de semana. Estamos contentos porque ver una buena película nos pone así. Vamos caminando por Corrientes que tiene una energía especial. No sé debe ser por todo lo que nos contaron. Cruzamos Uruguay, cruzamos otra oscura y otra más vacía, porque es de semana y ya no hay mucha gente demorada. Casi al llegar a la siguiente avenida nos miramos, nosotros sí demoramos nuestras miradas. Solo el amor nos puede salvar.
Toda la vida sufriendo por una mujer que ya no está o por una mujer que no estuvo nunca, pues así son las mujeres. Hay que ver también si esta ausencia extrema no hace que el significante ´mujer´ termine siendo un negro agujero del lenguaje que nos deja sin habla, sin escritura, sin cuerpo, sin sentimientos ni deseo. Pero no se puede estar tan mal mientras haya cierta identidad, como una lejana certeza de lo que uno es. Este sujeto que está aquí que mira que se mira con otros que es escuchado y sus palabras remiten circularmente; porque rodea desde la salida hasta la entrada y luego entra por donde antes había salido. Una película de David Linch, Island Empire, una escena sobre los desajustes del amor y el deseo, la angustia y la identidad jaqueada. Dice la protagonista, el sujeto perdido y quebrado. "No sé lo que estoy haciendo aquí, me encuentro jodidamente agobiada. Creo que comienzo a confundir las cosas. Apenas sé quién soy". Había ido penetrando las tinieblas la mujer. Venía de la calle y se internó en una edificación decadente subiendo por unas escaleras que crujían y sus pasos resonaban, imposible evitar que resonasen. La iluminación de los corredores amarillenta y horrible. Abrió una puerta, cualquier puerta que chirrió y adentro del departamento había un tipo con mirada muerta que la escucharía con una disposición natural y desprovista de todo interés. "Había un hombre que conocí una vez, su nombre era... Qué importa cuál era su nombre... Un montón de tipos cambian, cambian pero al final se revelan, con el tiempo revelan lo que son realmente, sabe lo que quiero decir?" También narra algo que es para una inmensa minoría del orden de lo cotidiano cuando dice: "Un hombre intentó violarme cuando tenía 15 años"(...) Después están los dos enfrentados en una pequeña y pobre mesa o paupérrima atmósfera familiar donde se respira un aire enfermo. Ella que viene a ser como la desdicha echa carne dice: "Aún nos queda algo de dinero". Habla con un tono afectado, apagado, muy nasal, como si estuviese resfriada o aguantando una gripe. "Oh así que somos ricos por eso bebo esta mierda de cerveza" Le responde sin llegar a gritarle, habla como se dice con la boca llena, qué es lo que le reprocha exactamente. "Estoy embarazada I 'm pregnant, I 'm pregnant! Muy graciosa". Le responde este tipo que es como uno de esos que se revelan. "Estoy embarazada". Repite ella. "Qué es esto?" Esa es una pregunta bisagra que descoloca, él descolocado hace una pregunta que descoloca. "No pareces muy feliz Buddy"(...) Y siguen los desencuentros.
Para finalizar una escena que o no significa nada por su tono de ornamento o remite a los orígenes mismo del arte escénico. Una negra que danza medio extasiada y alrededor otras mujeres ya conocidas que van pasando a formar parte de un coro más secundario. Mientras tanto en medio de la -ορχήστρα- orchestra la negra protagonista continúa cantando acompañada de un grupo selecto y danzando con energía. De ahí que parezca olvidarse todo lo demás que nos mantuvo más de dos horas bajo un estado de concentración hipnótica y desesperanzada. Parece, en esta escena final, jugar un poco con los orígenes del teatro: danza, canto, carnaval y olvido en la vorágine de la indistinción entre lo real y lo ficcional.
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04 mayo, 2014
31 marzo, 2014
La grúa
Máquinas, máquinas por todas partes, en particular grúas. De varios tamaños pero todas respondían a un mismo diseño hipertecnológico. Todo era reluciente, nada rechinaba, las filas de grúas se alistaban para los trabajos en el gigantesco hangar donde estaban estacionadas. La pintura brillaba algunas eran blancas otras naranjas o marrón cremita. Estábamos atónitos viendo las partes de cada grúa, observando que tenían entre ellas leves diferencias, sobre todo si eran distintas, era por el tamaño; algunas un poco más voluminosas y altas que una camioneta utilitaria y otras parecían dinosaurios mecánicos e informatizados. La parte frontal apuntaba hacia adelante con la forma augusta de un caballo visto de frente o de costado, y algunos cables gruesos y mangueras flexibles que seguramente comunicaban al mando donde se ubicaba el operario, parecían configurar un gran sistema nervioso. De lejos esas mangueras, sobre todo mirando las grúas de costado, simulaban las riendas de un gran caballo mecánico que si hubiesen estado construidas con madera se habrían parecido bastante al soberbio caballo de Troya con que los griegos devastaron la famosa ciudad. En la base donde terminaba la cabeza de caballo se ubicaba la cabina desde donde el operario manejaba los comandos de la máquina luego continuaba una especie de prolongación como si se tratase de la parte posterior de un camión semi. Pero todo transmitía la idea de algo compacto, sólido y de un peso descomunal. Las ruedas se alineaban de a tríos, dos tríos de ruedas macisas en la parte delantera y otros dos pares de tríos en la parte trasera. Por lo demás para los trabajos de mucha fuerza cada grúa desplegaba hacia los costados unas patas mecánicas que se ajustaban al piso magistralmente, como si estuviesen dotadas de sopapas dignas de la succión de un octopus superdotado.
Quien nos mostraba amablemente aquel estacionamiento de grúas era llamado Cacho por el resto del personal de la planta. Pero no llegábamos a darnos cuenta si Cacho tenía algún tipo de autoridad en el lugar. Nos explicaba las máquinas, nos señalaba sus partes para qué se usaba cada cosa.
De pronto en la grúa más grande nos dimos cuenta de que el operario a cargo había pedido autorización para ponerla en marcha. Permiso concedido se ubicó en la cabina y encendió la inmensa máquina, que pese a su tamaño titánico en comparación con la figura del hombrecito dentro de la cabina, no hacía más que un zumbido. La cabina se separó del cuerpo principal del aparato, y comenzó a ascender a gran velocidad por unos rieles rígidos que la misma grúa tenía dispuestos e iba desplegando hacia arriba a medida que la cabina subía. Por tanto la cabina de mando quedó en suspenso como a cincuenta metros de altura. No se distinguían ya detalles de la persona que estaba allí arriba. Cacho no dijo nada como antes sí había hecho, cada vez que una grúa se había puesto en marcha nos había apuntado qué función cumplían las partes que se ponían en funcionamiento, para qué servían esas partes, sus nombres, lo imprescindible de cada pieza. Esta grúa en la parte frontal tenía un riel con un cable de acero y en el extremo inferior una maza en forma de herradura que calculamos, ya que Cacho mantenía mutismo, pesaría media tonelada. La herradura comenzó a bascular como un péndulo pero pegando aceleraciones repentinas, en verdad en aquel recinto que se parecía bastante a un estacionamiento techado no había lugar para que nada basculase. Con cierta opresión en el pecho corrimos la mirada hacia el costado en que estaba Cacho parado, pero Cacho no estaba. Lo buscamos con la mirada esforzando la visión entre tantos obstáculos que se desparramaban en el salón entre tantas plataformas, guías inmensas y aparatos clerk que iban y venían llevando pales repletos de bultos envueltos en papel film . La herradura impulsada y volando como un rayo dio contra una mesada de hierro que estaba justo a unos metros de nuestro punto de observación. La mesa quedó literalmente reducida a una bola de hierro retorcido y la herradura siguió fuera de control. Haciendo añicos todo lo que tocaba. Ninguno de esos choques erráticos hacía que su fuerza disminuyese un ápice. Cada segundo su efecto demoledor empeoraba o mejoraba. En la planta parecían haberse ido todos, no solo Cacho que simplemente se había esfumado. Era confuso, no se percibía exactamente si todos se habían ido pero lo cierto es que de repente habían cesado las tareas que se desarrollaban con normalidad un minuto antes. Por qué nadie avisaba que esa máquina estaba fuera de control? Por qué el operario permitía, si no se trataba de un psicópata, que esto sucediese? Para colmo, allí suspensa en la altura y con una polvareda que aumentaba y ascendía efectiva no se podía distinguir al responsable. ¿Tal vez el operario allí arriba intentaba en vano controlar el vaivén fulminante pero algo se lo impedía, un problema eléctrico, un problema mecánico, un problema del sofware que controlaba la máquina? Pero entonces por qué no pedía ayuda? Nos tiramos al piso con brusquedad porque vimos venir hacia nosotros la herradura, donde debía haber un gancho, a grandísima velocidad y creímos que nos arrancaría la cabeza. Antes se enganchó con el paragolpes de un montacargas que estaba cerca y arrastró el vehículo un buen trecho hasta que le arrancó el paragolpes entero que voló como una roca que se dispersa en el espacio sin sentido y hacia ningún lugar. Ahí estaba la gran grúa demoliéndolo todo sin piedad, con avance impasible y certero. Para dónde escapar hacia dónde ir? La vacilación y la intención de huír de repente parecían atraer como un imán o una vendetta a esa herradura que poco a poco iba desollando la edificación; y nada quedaba en pie. Nos acurrucamos bajo la armazón de unos andamios con ruedas creyendo con inocencia que la herradura demoledora allí no llegaría por estar aquellos en un costado recóndito. Pero llegaría... Nos dejamos invadir por pensamientos de despedida, antes de ser destrozados.
Quien nos mostraba amablemente aquel estacionamiento de grúas era llamado Cacho por el resto del personal de la planta. Pero no llegábamos a darnos cuenta si Cacho tenía algún tipo de autoridad en el lugar. Nos explicaba las máquinas, nos señalaba sus partes para qué se usaba cada cosa.
De pronto en la grúa más grande nos dimos cuenta de que el operario a cargo había pedido autorización para ponerla en marcha. Permiso concedido se ubicó en la cabina y encendió la inmensa máquina, que pese a su tamaño titánico en comparación con la figura del hombrecito dentro de la cabina, no hacía más que un zumbido. La cabina se separó del cuerpo principal del aparato, y comenzó a ascender a gran velocidad por unos rieles rígidos que la misma grúa tenía dispuestos e iba desplegando hacia arriba a medida que la cabina subía. Por tanto la cabina de mando quedó en suspenso como a cincuenta metros de altura. No se distinguían ya detalles de la persona que estaba allí arriba. Cacho no dijo nada como antes sí había hecho, cada vez que una grúa se había puesto en marcha nos había apuntado qué función cumplían las partes que se ponían en funcionamiento, para qué servían esas partes, sus nombres, lo imprescindible de cada pieza. Esta grúa en la parte frontal tenía un riel con un cable de acero y en el extremo inferior una maza en forma de herradura que calculamos, ya que Cacho mantenía mutismo, pesaría media tonelada. La herradura comenzó a bascular como un péndulo pero pegando aceleraciones repentinas, en verdad en aquel recinto que se parecía bastante a un estacionamiento techado no había lugar para que nada basculase. Con cierta opresión en el pecho corrimos la mirada hacia el costado en que estaba Cacho parado, pero Cacho no estaba. Lo buscamos con la mirada esforzando la visión entre tantos obstáculos que se desparramaban en el salón entre tantas plataformas, guías inmensas y aparatos clerk que iban y venían llevando pales repletos de bultos envueltos en papel film . La herradura impulsada y volando como un rayo dio contra una mesada de hierro que estaba justo a unos metros de nuestro punto de observación. La mesa quedó literalmente reducida a una bola de hierro retorcido y la herradura siguió fuera de control. Haciendo añicos todo lo que tocaba. Ninguno de esos choques erráticos hacía que su fuerza disminuyese un ápice. Cada segundo su efecto demoledor empeoraba o mejoraba. En la planta parecían haberse ido todos, no solo Cacho que simplemente se había esfumado. Era confuso, no se percibía exactamente si todos se habían ido pero lo cierto es que de repente habían cesado las tareas que se desarrollaban con normalidad un minuto antes. Por qué nadie avisaba que esa máquina estaba fuera de control? Por qué el operario permitía, si no se trataba de un psicópata, que esto sucediese? Para colmo, allí suspensa en la altura y con una polvareda que aumentaba y ascendía efectiva no se podía distinguir al responsable. ¿Tal vez el operario allí arriba intentaba en vano controlar el vaivén fulminante pero algo se lo impedía, un problema eléctrico, un problema mecánico, un problema del sofware que controlaba la máquina? Pero entonces por qué no pedía ayuda? Nos tiramos al piso con brusquedad porque vimos venir hacia nosotros la herradura, donde debía haber un gancho, a grandísima velocidad y creímos que nos arrancaría la cabeza. Antes se enganchó con el paragolpes de un montacargas que estaba cerca y arrastró el vehículo un buen trecho hasta que le arrancó el paragolpes entero que voló como una roca que se dispersa en el espacio sin sentido y hacia ningún lugar. Ahí estaba la gran grúa demoliéndolo todo sin piedad, con avance impasible y certero. Para dónde escapar hacia dónde ir? La vacilación y la intención de huír de repente parecían atraer como un imán o una vendetta a esa herradura que poco a poco iba desollando la edificación; y nada quedaba en pie. Nos acurrucamos bajo la armazón de unos andamios con ruedas creyendo con inocencia que la herradura demoledora allí no llegaría por estar aquellos en un costado recóndito. Pero llegaría... Nos dejamos invadir por pensamientos de despedida, antes de ser destrozados.
23 abril, 2013
Tanto dolor
Todo el día estuve sintiendo que donde debían estar los gotones de la lluvia, que al final no fue, estuvieron los jirones de esa carta entregada por un padre encomendando a su hija querida para que la cuiden y la amen. Mientras tanto en todos los diarios la tinta rebosaba, inundaba hasta lo que no se puede inundar sobre las superficies impalpables digitales y diciendo que hay besos para todos los desvalidos, para los más desvalidos. Quiero una Iglesia pobre, un beso. Quiero una Iglesia pobre, una caricia.
Pero cada despojo de palabras del padre escritas y firmadas era terrible y penetraba el cuerpo como trompetas que clamaban sin resonar; tanto dolor... El peso del dolor es incomparable en el sentido de que es intangible en extremo y deja unas huellas que son como movimientos sísmicos. Como si un carnotaurio hubiese andado por ahí caminando hace miles de siglos y las marcas de las toneladas de las patas quedaron; así es el peso del dolor.
A todos los de mi generación los vuelve locos Star Wars. Cuando era chico sentía que mi experiencia estaba incompleta porque no había visto la saga entera. Me faltaba el Imperio contraataca. Cuando pude verla, no en el cine porque cuando el Imperio se estrenó yo era demasiado chico, cuando conseguí una videocasettera para poder alquilar la cinta vhs y verla, fue como un renacimiento. Mejor dicho fue como cerrar una etapa de la infancia. Me apoltroné solo en unos sillones de cuerina negros y puse play.
Esta película es archiconocida por todos y por lo tanto no tiene sentido decir de qué va. Pero quiero comentar una escena que es en sentido descriptivo el tanto dolor en algún aspecto muy superficial. Cuando Luke Skywalker se trenza en un duelo inolvidable con su papá Dark Vader. Muchas cosas se han dicho sobre esta escena memorable. El padre quiere tentar a Luke en relación al Lado Oscuro y Luke reniega de todo eso porque es un creyente de la luz. El Emperador hace todo para conmoverlo -pero esto no sucede en esta escena sino en otra parecida- al punto de que los espectadores contemporáneos, para quienes por supuesto la luz es una total patraña, desean en silencio que Luke finalmente deje de ser un creyente incondicional y abrace la corrupción de manera apasionada. Pero no. El jedi que ya aprendió un par de trucos de magia y puede mover las cosas invocando la fuerza se rebela contra los enemigos de la buena humanidad y le hace frente al ya semihumano del padre. Lamentablemente aún no está del todo preparado y sufre la amputación de su brazo a manos del rayo espada luminosa. Es fascinante cómo corta la carne la espada de los jedi. Es fascinante porque el corte siempre es un corte perfecto que quema de un modo abrazador, cuasidivino es el corte. Sin roturas, sin sangre, sin derramamiento de flujos inmundos. Pero desmembra los tejidos sin piedad. El pobre Luke debe ser rescatado con su cuerpo incompleto y sufriente pero felizmente una vez socorrido y entre amigos, es operado de manera incomparablemente cibernética y se le repone su miembro. No hay final más feliz que ese a mi gusto personal. Es una idea brillante, ingenua y utópica: el trozo de cuerpo perdido puede ser restituido. Nada está más lejos de la pura y cruda realidad. Nada es menos real que esa restitución de la carne. Como la muerte, la carne que es separada del cuerpo ya sea de modo brutal o quirúrjico se vuelve incomponible. Es como si ese trozo de carne, esa mano, ese antebrazo separado del cuerpo se tornase absolutamente amorfo; esa es la ley de lo real. De la muerte no se vuelve y del cuerpo que ha sido fragmentado no hay recomposición posible. El espíritu se evade de ese foco de dolor con una saña, con una velocidad que a lo sumo es ilustrada por el reguero de sangre que estalla como en los brazos amputados de los peronajes de Kill Bill de Tarantino. Una lluvia de sangre de dolor y de carcajadas ante el patetismo extremo de lo que significa que el cuerpo sea dividido sin retorno y casi por un capricho de las pasiones y el egoísmo de los hombres.
De todas maneras como la ciencia siempre desafía las leyes naturales no es increíble que el padre se presente diciendo que la niña podría haber salvado su brazo. Del mismo modo que lo hacen algunos improvisados y temerarios cuando tienen un accidente doméstico y al perder un pedacito de dedo de una cuchillada se lo restituyen aplicándose unas gotas de pegamento compuesto de cianocrilato. Así, algo de esperanza se habría podido vislumbrar. Pero ni siquiera eso. El brazo tenía que perderse entre los hierros entre los pastizales para que la desgracia pudiese quedar sellada. La desgracia es un giro que desfonda. La desgracia no tiene límite. Es basta es insondable de una espesura fría como la frialdad hipotética de las galaxias sin soles. Así es la desgracia.
La muchacha está parada en el pasillo y cuando sonríe las ventanas, las cortinas, las paredes escritas y las puertas altas se abollan y absorben a ellas mismas. Ahí está su brazo colgándole, la venda de muchas vueltas que rodea toda esa ausencia de brazo que remarca y remarca el vacío. Y en nada la chica se parece al jedi con su brazo amputado. Y en nada el padre pareciera destilar algo de oscuridad o de resentimiento cuando despliega la hoja donde él mismo ha escrito que la joven necesita un cuidado y una atención especial. Y todo está de más, todo lo que se pueda decir no alcanza a consolar nada. "Mi hija perdió un brazo en un accidente en la ruta. Lo que mi hija necesita es volver a hacer una vida normal..." Más o menos puedo imaginarme a qué se refiere el padre con vida normal, sería como decir que se inserte en un medio social que comparta con sus pares. El desafío y la pregunta es cómo vivir en medio de un desgarramiento semejante. Cuando veo la expresión desahuciada de la madre apoyada sobre una columna esperando al pie de una escalera la pregunta revuela con pesadez; cómo construir la vida desde ahí. Y la pregunta derridiana de si se puede aprender a vivir y de si se puede transmitir el conocimiento de lo que sería un vivir acertado, se disemina, como un gigantesco azulejo hecho trizas y cada trocito transmite sobre sus irregulares pantallitas esmeriladas secuencias de lo inconcebible.
Pero cada despojo de palabras del padre escritas y firmadas era terrible y penetraba el cuerpo como trompetas que clamaban sin resonar; tanto dolor... El peso del dolor es incomparable en el sentido de que es intangible en extremo y deja unas huellas que son como movimientos sísmicos. Como si un carnotaurio hubiese andado por ahí caminando hace miles de siglos y las marcas de las toneladas de las patas quedaron; así es el peso del dolor.
A todos los de mi generación los vuelve locos Star Wars. Cuando era chico sentía que mi experiencia estaba incompleta porque no había visto la saga entera. Me faltaba el Imperio contraataca. Cuando pude verla, no en el cine porque cuando el Imperio se estrenó yo era demasiado chico, cuando conseguí una videocasettera para poder alquilar la cinta vhs y verla, fue como un renacimiento. Mejor dicho fue como cerrar una etapa de la infancia. Me apoltroné solo en unos sillones de cuerina negros y puse play.
Esta película es archiconocida por todos y por lo tanto no tiene sentido decir de qué va. Pero quiero comentar una escena que es en sentido descriptivo el tanto dolor en algún aspecto muy superficial. Cuando Luke Skywalker se trenza en un duelo inolvidable con su papá Dark Vader. Muchas cosas se han dicho sobre esta escena memorable. El padre quiere tentar a Luke en relación al Lado Oscuro y Luke reniega de todo eso porque es un creyente de la luz. El Emperador hace todo para conmoverlo -pero esto no sucede en esta escena sino en otra parecida- al punto de que los espectadores contemporáneos, para quienes por supuesto la luz es una total patraña, desean en silencio que Luke finalmente deje de ser un creyente incondicional y abrace la corrupción de manera apasionada. Pero no. El jedi que ya aprendió un par de trucos de magia y puede mover las cosas invocando la fuerza se rebela contra los enemigos de la buena humanidad y le hace frente al ya semihumano del padre. Lamentablemente aún no está del todo preparado y sufre la amputación de su brazo a manos del rayo espada luminosa. Es fascinante cómo corta la carne la espada de los jedi. Es fascinante porque el corte siempre es un corte perfecto que quema de un modo abrazador, cuasidivino es el corte. Sin roturas, sin sangre, sin derramamiento de flujos inmundos. Pero desmembra los tejidos sin piedad. El pobre Luke debe ser rescatado con su cuerpo incompleto y sufriente pero felizmente una vez socorrido y entre amigos, es operado de manera incomparablemente cibernética y se le repone su miembro. No hay final más feliz que ese a mi gusto personal. Es una idea brillante, ingenua y utópica: el trozo de cuerpo perdido puede ser restituido. Nada está más lejos de la pura y cruda realidad. Nada es menos real que esa restitución de la carne. Como la muerte, la carne que es separada del cuerpo ya sea de modo brutal o quirúrjico se vuelve incomponible. Es como si ese trozo de carne, esa mano, ese antebrazo separado del cuerpo se tornase absolutamente amorfo; esa es la ley de lo real. De la muerte no se vuelve y del cuerpo que ha sido fragmentado no hay recomposición posible. El espíritu se evade de ese foco de dolor con una saña, con una velocidad que a lo sumo es ilustrada por el reguero de sangre que estalla como en los brazos amputados de los peronajes de Kill Bill de Tarantino. Una lluvia de sangre de dolor y de carcajadas ante el patetismo extremo de lo que significa que el cuerpo sea dividido sin retorno y casi por un capricho de las pasiones y el egoísmo de los hombres.
De todas maneras como la ciencia siempre desafía las leyes naturales no es increíble que el padre se presente diciendo que la niña podría haber salvado su brazo. Del mismo modo que lo hacen algunos improvisados y temerarios cuando tienen un accidente doméstico y al perder un pedacito de dedo de una cuchillada se lo restituyen aplicándose unas gotas de pegamento compuesto de cianocrilato. Así, algo de esperanza se habría podido vislumbrar. Pero ni siquiera eso. El brazo tenía que perderse entre los hierros entre los pastizales para que la desgracia pudiese quedar sellada. La desgracia es un giro que desfonda. La desgracia no tiene límite. Es basta es insondable de una espesura fría como la frialdad hipotética de las galaxias sin soles. Así es la desgracia.
La muchacha está parada en el pasillo y cuando sonríe las ventanas, las cortinas, las paredes escritas y las puertas altas se abollan y absorben a ellas mismas. Ahí está su brazo colgándole, la venda de muchas vueltas que rodea toda esa ausencia de brazo que remarca y remarca el vacío. Y en nada la chica se parece al jedi con su brazo amputado. Y en nada el padre pareciera destilar algo de oscuridad o de resentimiento cuando despliega la hoja donde él mismo ha escrito que la joven necesita un cuidado y una atención especial. Y todo está de más, todo lo que se pueda decir no alcanza a consolar nada. "Mi hija perdió un brazo en un accidente en la ruta. Lo que mi hija necesita es volver a hacer una vida normal..." Más o menos puedo imaginarme a qué se refiere el padre con vida normal, sería como decir que se inserte en un medio social que comparta con sus pares. El desafío y la pregunta es cómo vivir en medio de un desgarramiento semejante. Cuando veo la expresión desahuciada de la madre apoyada sobre una columna esperando al pie de una escalera la pregunta revuela con pesadez; cómo construir la vida desde ahí. Y la pregunta derridiana de si se puede aprender a vivir y de si se puede transmitir el conocimiento de lo que sería un vivir acertado, se disemina, como un gigantesco azulejo hecho trizas y cada trocito transmite sobre sus irregulares pantallitas esmeriladas secuencias de lo inconcebible.
11 agosto, 2012
Del niño
Feliz día del niño. Es, la resistencia del niño. Del adulto que se hace el niño del plano y del piano que entona la canción que hace sonar la partitura que no cesa porque el niño que ya no existe resiste. Como el paraguas que no sirve para nada y puede ser dañino, objeto inútil y olvidado el paraguas, disfuncional y roto. Solo como pararayos es un paraguas protector ante las inclemencias de los papagallos que caen sobre la cabeza descubierta y matan, aplastan como ordinarias gotas. Es solo para eso que está funcionando el simulacro del niño que ríe que festeja que aplaude que palpita y no quiere bañarse de sombras bajo la lluvia.
27 mayo, 2012
Fuego
La magia es la posibilidad de operar un transporte de lo posible pero inmediato. De cuerpos, de cosas vivas o meros artificios pero siempre lo posible y de manera instantánea, en el espacio y en el tiempo.
sonido:
A través de todos esos pasos en los pasillos larguísimos y frescos escuchábamos la música de un I-pod encajado -invisible y liviano- a unos auriculares gigantes parecidos a los cubre orejas que se usan en invierno cuando hace frío polar. Algo así escuchábamos o algo parecido a esto. Crracc. Un ruido como de galletitas muertas, de manzanas mordisqueadas por la dentadura helada y amarga de la muerte cuando es prematura. Después, Anne Marie dijo que ella nos avisó que fue la primera, imitó nuestra cara y reímos porque era una cara que nos dejaba parados como marmotas. Pero ya no lo recordábamos, nada, ni resabio de la voz suave pero penetrante de Anne Marie.
off:
Vimos una poderosa llama flameando con violencia y escupiendo un humo espeso en exceso mientras el aire adquiría muy levemente y con lentitud un aroma dulzón y cargado. Luego el humo ya no permitió que se viera la llama, ni las paredes ni lo que estaba en el otro extremo del pasillo. Corríamos con ese resto que sale de un interior desconocido y la velocidad del pensamiento y de las decisiones parecía como si fulminasen el universo silenciado e indiferente frente a las catástrofes humanas. Mientras el humo inundaba los órganos doblando-avanzando-doblando como una columna flexible que se adaptaba a todas las superficies por más rígidas por más macisas que fueran y ya cada vez con más dificultad lograban los cuerpos huir. No había aire respirable, los gritos apagados como sellados en las entrañas del inframundo cada vez más se parecían a estertores inofensivos; mímicas relentas. Alguien pisaba los auriculares sin quererlo, en el atropello cerca de la escalera. _____________________ Los huesos levitan... por el dolor? todo movimiento de cosas se inmoviliza para flotar... por la combustión? Mudez, total, absoluta.
sonido:
A través de todos esos pasos en los pasillos larguísimos y frescos escuchábamos la música de un I-pod encajado -invisible y liviano- a unos auriculares gigantes parecidos a los cubre orejas que se usan en invierno cuando hace frío polar. Algo así escuchábamos o algo parecido a esto. Crracc. Un ruido como de galletitas muertas, de manzanas mordisqueadas por la dentadura helada y amarga de la muerte cuando es prematura. Después, Anne Marie dijo que ella nos avisó que fue la primera, imitó nuestra cara y reímos porque era una cara que nos dejaba parados como marmotas. Pero ya no lo recordábamos, nada, ni resabio de la voz suave pero penetrante de Anne Marie.
off:
Vimos una poderosa llama flameando con violencia y escupiendo un humo espeso en exceso mientras el aire adquiría muy levemente y con lentitud un aroma dulzón y cargado. Luego el humo ya no permitió que se viera la llama, ni las paredes ni lo que estaba en el otro extremo del pasillo. Corríamos con ese resto que sale de un interior desconocido y la velocidad del pensamiento y de las decisiones parecía como si fulminasen el universo silenciado e indiferente frente a las catástrofes humanas. Mientras el humo inundaba los órganos doblando-avanzando-doblando como una columna flexible que se adaptaba a todas las superficies por más rígidas por más macisas que fueran y ya cada vez con más dificultad lograban los cuerpos huir. No había aire respirable, los gritos apagados como sellados en las entrañas del inframundo cada vez más se parecían a estertores inofensivos; mímicas relentas. Alguien pisaba los auriculares sin quererlo, en el atropello cerca de la escalera. _____________________ Los huesos levitan... por el dolor? todo movimiento de cosas se inmoviliza para flotar... por la combustión? Mudez, total, absoluta.
04 enero, 2012
Pedazo de cielo
La verdad, la verdad es que nunca vamos a ningún lado, nunca. Pero el otro día fuimos. Es que ya estábamos cansados de que ale amenazara con dejarnos porque nunca queremos salir, ni organizar grupos de lectura de El Capital. Ale organiza grupos de lectura y hace cursos necesarios por cuestiones de su tesis; tiene amigos, muchos. El otro día se juntaron en el Tigre y me contó cómo a la noche soplaba una brisa exquisita y bebían vino blanco frío y fumaban luego de haber comido muy bien. Las pequeñas brasas de los cigarrillos iluminaban la profunda oscuridad que envolvía las aguas del Delta acompañando el murmullo de las hojas y las conversaciones calmas. Pero más allá de esta anécdota lo cierto es que como el otro día salimos en la fiesta a la que fuimos, al entrar, un tanto retrasados, vimos que todo estaba bañado de una luz pálida pero enérgica. Las chicas eran las de siempre pero se habían puesto como una piel, como si antes de ir a la reunión hubiesen salido a cazar; para transfigurarse, para iluminarse. De eso se trataba justamente, de iluminaciones, de tonos, un pedazo de cielo dentro de un trago largo se nos pegó en la mirada apenas entramos; era una poción celeste, hermosa... como el hielo seco que siempre las manos de un niño quieren tocar o lamer y quema. Parados en amplias salas rebosantes donde la gente hablaba y se reía y se movía y te sonreía sin motivo, porque sí. Los pisos de baldosas antiguas algunas rajadas, un living de parquet y umbrales de mármol de un blanco sucio.
31 diciembre, 2011
Largo
Entre sábanas que se nos pegaban a la piel soñábamos con algo que sucedió, sucedió realmente. Estábamos en el pasillo larguísimo, liso, y ale, a quien solo habíamos visto bailar mover con gracia los brazos con volados en los extremos como tules verde-azulados sugestivos, se acercó. Quería decirnos algo pero buscó por un breve instante con fingida preocupación ese comentario que le resultaba en definitiva indiferente y sustituyó todo por un gesto. Sin mirarnos exactamente sino de un modo desatendido con ojos pardos y la voz apagada; pero que podía encenderse con facilidad lanzando estallidos refulgentes con su timbre de una intensidad indescriptible. Su dedo nos empujó por sobre la remera a rayas con una suavidad exquisita que perduró hundiéndose en nuestra carne un siglo; había sido como una caricia que nos regalaba a falta de palabras. El pasillo, cuarenta y tantos pasos hacia un lado y otros cuarenta y tantos hacia el otro, desierto.
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