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07 enero, 2021

El amor de otros tiempos y lugares

Hay cosas que tenemos que hacer todos los días. Cosas necesarias. Poder hacer el movimiento con el cuello, poner la cabeza en ese giro de cuarenta y tantos grados y mirar el cielo. Viví hace un tiempo en un departamento y el movimiento era distinto, una contorsión; quién podría decir que mirar el tono del cielo implica una contorsión? Vivir en una ciudad supone entre otras cosas esa imposibilidad, tan antinatural, estar adentro de la casa y no poder ver el cielo si no se hace cierta exigente pirueta con la cabeza, el cuello, los brazos y los ojos...

Mi madre está sentada en la silla y la cabeza le bambolea parece que de repente le agarró un sueño químico. ¿Y alguien sabe cómo?, pregunto. Mi madre sacude la cabeza porque ante las explicaciones insuficientes de las hermanas le gusta hacer una intervención certera. Pues, dice, ellas, mis hermanas, sus hermanas, sienten recelo por el hecho de que sé, sabe, cosas que ellas ignoran. Porque yo hablaba con mi papá. Curioso. Hablar con el padre una hija, una mujer, cualquiera, no debería ser algo digno de anécdota. Entonces nos explica que a mee le decían de niña Buto Chirú. No sé si deliro pero creo que hace un gesto con la mano, por la explicación, buto en ochinaguchi quiere decir gorda, y chirú es un apodo por Tzuruko. Así que ahí está Buto Chirú que es mi abuela y tengo que imaginarme el sol, la calle de tierra, el pacífico que jamás he visto con los ojos de estar ahí y alguien parado a la tarde diciendo, llamala a Buto Chirú! Pero quiero saber la causa, quiero saber cómo se conocieron; esa es la pregunta que, no solo nunca hice sino nunca me hice. Curioso. Cómo fue que se conocieron ellos, ellos son mis abuelos. La respuesta es como un desierto, como una planta que se está secando, concisa, determinante, simple, espontánea, una proximidad, una vecindad pero amplia porque al menos seguro allí no hay que hacer ninguna cosa rara para ver el cielo. Dice, mi tía, no ellos no se conocieron ni se eligieron ni nada. Dijeron vos con éste y vos con ésta y punto. Alguna vez vi un libro, como una especie de cuaderno con muchas páginas que creo se le hacía realizar a una especie de calígrafo, como un artista del shodô. Allí estaban todos esos árboles genealógicos que iban mostrando a las generaciones y a las formaciones de esos matrimonios decididos, planificados por los patriarcas de aquellas familias de aldeanos que guardaban la memoria de las castas. Después cuando a finales del siglo XX le dijeran a los nietos medio occidentales que eran descendientes de samurai, todos, se mirarían y reirían con incredulidad.   

01 enero, 2021

Servilletas chupadas

La hermana de mi abuela, una de ellas, trabajaba en casas de estadounidenses. La guerra habría terminado hacía poco. Mi tía, una de ellas, dice que la tía traía en una servilleta restos de azúcar de las casas de los militares estadounidenses. Mi tía, ahora es una señora mayor, saca la lengua y hace el gesto de chupar con avidez. El sabor de lo dulce era una rareza. Los sabores eran una rareza. Solo había batata y hojas de batata para preparar sopa. Otra cosa no se comía. Setenta y tantos años después, acá en Argentina, ellas, mis tías, se miran, estamos sentados a la mesa, hay distanciamiento social por pandemia, ellas se miran y entre ellas se preguntan si podés soportar la batata. Que sí que a mí me gusta, yo no tengo problema, a mí me encanta, a mamá le encantaba... Mamá es mi abuela. Murió hace como diez años. A una hermana de mi abuela, dicen el nombre de la tía pero no lo recuerdo ahora, puede ser Masakó o Nobukó. La mayor nadie recuerda cómo se llamaba, porque le decían la Tía de Montes de Oca. La Avenida principal del barrio de Barracas. Es que llamaban a los parientes por el nombre de la calle donde vivían, a veces la localidad. Tía de Escalada, por Remedios de Escalada, pero de esa sí recuerdan el nombre. Hay que imaginar tanto que casi se me dificulta poner aquellas rememoraciones en un marco de detalles. Se sentarían en una especie de zócalo de madera, descalzas, tierra, madera, mucha vegetación, seguramente son los materiales que prevalecen en aquella aldea. Y se sientan y abren la servilleta con cuidado y ahí brillan unos cuantos granos de azúcar. Había tanta miseria, había tanta miseria, mi tía lo repite y lo repite, me mira y lo repite, yo por supuesto ni por un segundo creo en la posibilidad de que pueda estar exagerando.   

31 agosto, 2020

Mescolanza

 Se me mezclan dos cosas hoy. Las vacilaciones que experimento que me hacen mucho daño porque tomo conciencia de que vivimos solo una vez y estamos expuestos a problemas mucho menos interesantes y crueles que esa verdad sabida de manera epocal hace tantos siglos. Una revolución como pocas, la certeza de que la vida debe ser aprovechada a cada instante porque es una sola. 

Una de las cosas que se me mezcla es salir a la calle después de muchos días. Caminar calles vacías. Al menos en las avenidas hay gente pero después todo desierto. Esto claro no tiene por qué ser malo. Pero está todo blanco, brumoso, hace frío, volvió a llover de manera sorpresiva y hay mucha humedad. La soledad y el tapa boca le dan una pincelada de desconfianza y de pesadumbre a casi todo. Casi llegando con unas bolsas de las compras veo una casa simple, una puerta y al lado una ventana, todo medio abandonado, dejado, sin colores, sin pintura. Los frentes dejados después de años de falta de arreglo no tienen ningún color, ni son blancos ni grises ni nada. Grietas. Óxido. Decrepitud. Sobre la puerta como un papel afiche grande pegado y escrituras de colores como hechas con marcadores de colores que dicen, si tuviste covid #DONAR SANGRE NO DUELE, hay una jeringuita dibujada con pinceladas de niñez... bajo el cordón y sigo. Pero me suben como ganas de llorar. Creo que es difícil ponerle dimensión al presente porque lo que dimensiona siempre es la memoria. La redimensión actual siempre es insípida, forzada, ciega y se puede pasar de vuelta. 

Lo otro que me pregunto si puedo hacer preguntas por la idea de naturaleza en  Tarkovski y de paso la idea de naturaleza en un artista jardinero como Jarman. Me faltaría uno o una más para hacer una tríada pues supongo que lo impar iría mejor con la idea de naturaleza.   

24 agosto, 2020

El hotel, el aislamiento

 Hoy debí mandar una nota de voz a una mujer que me contaba que estaba en un hotel aislada con covid. Fue la primera vez que tuve la certeza de hablar con alguien que tenía la enfermedad. Alguien me lo contaba y pronunciaba mi nombre. Me quedé tan suspenso mirando la pantalla del teléfono como si eso fuese todo el mundo. Cada palabra que iba a pronunciar iba a ser una palabra que podía llevar tranquilidad, indiferencia, afecto, preocupación, no sé. Todo era al mismo tiempo muy cotidiano y muy excepcional, irrepetible y nuevo. Sí, recuerdo que la voz que salía de un dispositivo electrónico era una voz mucho más humana, mucho más presente que otra veces. Intentaba imaginar el rostro, el cuerpo, la edad, el hotel, el barrio, la habitación, el aislamiento. Tiempos de dimensionar.   

13 agosto, 2020

Morir solos o acompañados

 En Argentina siempre vamos un poco retrasados con lo del Covid. Por eso nos preparamos y diseñamos nuestros protocolos y colchones o aguantes contra la enfermedad. Hoy escucho que en otra cosa los comités, en este caso de bioética, tienen la posibilidad de pensar y preparar a partir de la experiencia de otros países. Cuando en marzo alguien nos quería alertar sobre la gravedad de la situación nos decía que en España, Italia, Inglaterra y otros países muy afectados, la gente se moría sola. Te llaman y te avisan que ya se murió y vas a retirar una cajita donde están las cenizas de tu ser querido. 

El duelo es y siempre fue importante. Es que la persona enferma en realidad ya no siente ni piensa en nada. Pero su soledad absoluta es la desolación y el arrasamiento del que espera que se cure o que se muera sin sufrir mucho. Por eso empiezan a hablar de esto de la muerte digna, un nuevo protocolo, en este caso para cómo nos merecemos morir. Ojalá pudiéramos hablar con los muertos, con todos nuestros muertos. Esa, sería, la gran consolación. 

Ya pasaron las épocas en que la sociedad parece estar obsesionada con los fenómenos paranormales y los medium, como a finales del XIX y principios del XX. Algo que según puedo recordar retrata incomparablemente Thomas Mann en La Montaña mágica. Tiempos estos en que es mucho más fiable y certero retornar al paganismo. Hacer culto de los antepasados. Poner las velas y encender los inciensos. Las voces de los muertos dando vueltas por la casa, haciendo temblequear los objetos de la cotidianeidad. Trayendo el sociego. Los abuelos, los bisabuelos, los que se fueron prematuramente, esos que no podemos imaginar qué mueca nos lanzarían si les hablasemos de nuestro presente incierto. Pero qué necesario y sanador nos resultaría compartir nuestras penas con sus voces del más allá. El ensayo necrológico mirado desde otro lugar.

08 agosto, 2020

Como en el jardín de Derek

Tengo que decir que en el patio de mi casa hoy me faltaban muchas cosas para sentirme Derek Jarman agitando su manguera entre sus setos y sus esculturas de hierro y despojos de navíos. Pero yo no me achicaba. Me faltaba el aroma salino en el aire y el aire en ráfagas rabiosas y en vez del zumbido lejano y atemorizante de la Central, escuchaba el run run molesto del acondicionador destartalado de la casa lindera. El mar está a más de 300 km con seguridad. Eso sobre todo faltaba.
Es probable que todos los que son mucho menos que un jardinero aficionado se hagan esta pregunta al tomar un sobre de semillas recién comprado. Cómo serán. Había pasado hace unos días por un local de plantas muy atractivo acá cerca, una linda tarde soleada en bicicleta. Me volví. En la vereda la vendedora había puesto todas sus variedades de aromáticas, la felicité. Realmente había muchas: salvia, romero, orégano, perejil, curry silvestre, cilantro, menta, albahaca, cedrón, citronella, muchas más que se me escurren... Yo le pedí semillas de flores, trajo una cajita que retenía de mi mirada y mis manos con determinación, no sé si por la pandemia o por temor a que se las arrebatase. Pero no creo, ya soy viejo y además qué pibe robaría semillas de flores.
Lo cierto es que las semillas de amapola que fueron uno de los sobrecitos que elegí son especiales. Por empezar adentro del sobre venían en otra bolsita transparente porque son tan pequeñas que sería imposible que no se pierdan. Del tamaño de un grano de arena pero oscuras. Llenas de vida. Adentro, claro tienen todo un espacio con sus moléculas de información. Hay que distribuirlas sobre la tierra como si se echara la sal y la pimienta. Luego hay que cubrirlas pero no con tanta tierra, 1/2 cm, pues tal vez nunca podrían llegar a la superficie. Luz, tierra, agua en finas gotas de rocío, todos los despertadores de estas ínfimas cápsulas superpoderosas. Justo cuando terminé la siembra se largó un chubasco. Apenas me dio tiempo a limpiar todo el piso del patio que había quedado cubierto de viejas hojas del otoño que terminó hace unos meses. Si todo sale bien dentro de poco germinarán amapolas en el tacho donde está la planta dolar, en el tacho donde están unos escualidos ajíes, alrededor de un cipres de maceta que aunque enano se lo aprecia robusto, en una pava vieja donde planté una érika que me regaló Momó, y otras especies cuyos nombres todavía no averigué, como una que me regaló en una latita de tomate mi amiga Eliana y se desarrolla espléndida.

01 agosto, 2020

Huellas

Las imáges son en definitiva lo único que nos queda. Siempre. Esas imágenes de la primera vez de algo. No sé si es una condición de la infancia y sus múltiples momentos de éxtasis o algo que tiene más que ver con las experiencias determinantes de la vida de cada uno. De la infancia tengo muchos de esos momentos ambar en la memoria. Las calles del barrio, las ramas y estar subidos a los árboles para juntar bolitas de paraíso. Hacer gomeras con ruleros pero sobre todo lo que es cazar mariposas con ramas. Y otra imagen que para mí es muy fuerte es cuando fui por primera vez a la casa que mis padres compraron porque necesitábamos una casa más grande y en una mejor zona según dijeron. Todavía los adultos me superaban mucho en estatura, yo apenas le alcanzaba la altura del ombligo a los más altos. Esa tarde cuando abrieron la puerta de la casa me colé entre los cuerpos y me sentí atraído por la ventana que daba al fondo de la casa. Miré por la ventana, sentí la profundidad del espacio y el tono verde oscuro de la maleza. Tardé bastante en comprender las ondulaciones de aquel colchón vegetal que cubría todo el espacio hasta un metro de altura. Las matas dibujaban formas irregulares, como cuando sobre un conjunto de objetos bien distintos por sus formas se estira una sábana homegénea que los cubre a todos. Solo había dos objetos que no estaban cubiertos de campanilla en la vastedad del terreno, angosto pero muy largo; dos árboles cítricos, un mandarino con aspecto enfermizo y un naranjo de tronco compacto y verdoso como un musgo viejo y casi marrón.
Hoy terminé de leer el diario de Jarman, en las últimas líneas él habla de imágenes que lo visitan, aunque no son demasiado hospitalarias. Él las llama demonios. Un diario por lógica termina cuando el autor se muere o simplemente cuando como el mismo Jarman señala, se va esfumando ese deseo de registrar. Él usa la palabra apetito. Curiosamente la lectura de un diario, al finalizarlo, genera una suerte de desprendimiento que duele. Pues se va haciendo un acostumbramiento a esa companía, alguien que nos relata sus días. Por lo demás Jarman no es muy afecto a andar especulando o haciendo observaciones teóricas. Más bien vuelve una y otra vez. Insiste como las plantas que crecen donde uno no querría que crecieran. La insistencia de la vida por la voluntad de la vitalidad contra la eficacia de la enfermedad y los males de la naturaleza. Eso es entiendo, lo que hace el exquisito Derek a lo largo de estas páginas que me han acompañado en el encierro.

31 julio, 2020

El diario y la vertical

A medida que el diario de Derek Jarman se acerca a su final puedo notar como su autor reflexiona acerca del diario mismo que viene escribiendo a lo largo de veinticuatro meses, casi. Me llama la atención algo en lo que suelo detenerme, el diario como género de escritura, y también acerca de la memoria y sobre todo el registro de las cosas. En tiempos pandémicos hasta el marketin  capitalista nos dice que esto es algo que quedará para siempre grabado en nuestra memoria. Siempre que el poder capitalista nos dice que vivimos algo muy especial debemos parar las antenas.
Dicho esto, el mismo Jarman se desilusiona por momentos, cuando su vida es una desilusión. ¿Quién no se ensombrecería en su lugar? Si tuviera que vivir lo que él. Es un capo, diríamos, si se puede aprender a vivir por fin... como pregunta Jacques Derrida, en Expectros de Marx, bueno, Jarman intensifica esa respuesta, a la indeterminable pregunta, una y otra vez a medida que el diario avanza.
Esto me sirve para pensar que un gran y complicado problema está acá planteado, la cuestión de cómo se registra.
Además la cuestión de contra qué se lucha. Tal parece que los autores cuando deciden escribir un diario siempre se enfrentan a su bestia. En el caso de Jarman su enfermedad. En el caso de Vertov la sociedad capitalista burguesa y sus modos de representación. En kafka sus fantasmas y sus herencias.

23 julio, 2020

Vejez

Esta mañana continué pensando el plan para las investigaciones que quiero proponerme. Tan solo le sume algo que en verdad no suma nada. Ignoro de qué modo con fragmentarias no sumas alguna vez obtendría un resultado al que llamaría idea para una investigación. Es el recorrido por los diarios de artistas a través del problema tal, la noción tal. Esta vacilación me hace esperar con ansias un día en que podremos pasear al sol y respirar el perfume de árboles compañeros.
Tuve que salir a la calle para realizar un trámite urgente.
Hace mucho tiempo no me pasaba o tal vez fue la primera vez... sentí que habían pasado muchos años y el cuerpo era otro. El cuerpo que siempre había amado la lluvia, incluso la más dura, la invernal, ahora le rehuia. Es ese un principio de vejez, para este cuerpo digo, tal vez hay otros que siempre han detestado una lluvia gélida. El sentir romántico siempre ha experimentado emoción con el capricho y la inclemencia. La vibración de las gotas en la piel y el pelo empapado, el rehuir mismo del mundo; una remembranza de la posibilidad de ser tragado por algo inmenso. Como el mar o un precipicio. 
Me detuve en la avenida a ver que la lluvia persistente, no iba a parar, y tampoco llovía a cántaros. Así es que un día el cuerpo rechaza las cosas que siempre amó. Eso no es una noticia justamente de las más felices.
Desde debajo de un tinglado de una tienda de electrodomésticos debía decidir si me atrevería a desafiar el frío de las gotas que parecían estalactitas o renunciaba a todo aquello. Me quedé sonso viendo como un auto de lujo salía de su sitio junto al cordón; disfrute al ver que el conductor hacía girar las ruedas y salía despacio con el retrovisor ejerciendo máxima vigilancia. Una lluvia es acaso un motivo digno para dejarse vencer, es una pregunta o una afirmación. 

15 julio, 2020

Las 1000 pinturas de la historia del arte

En un libro de arte que recopila las más grandes pinturas de la creación artística europea dice sin mayores aclaraciones esto va del siglo XII y llega hasta el siglo XX. Me quedo atónito y me pregunto por qué la introducción no aclara en ningún momento esa decisión. Qué hay antes del siglo XII que no puede ser incluido tranquilamente en la selección magistral. Puedo suponer que antes está lo griego y lo romano, el cristianismo primitivo, los merovingios, los sacerdotes analfabetos, los íconos y demás. Pero me pregunto si es como para naturalizar semejante selección que abarca siglos de historia. Siglos de plasticidad, demasiadas imágenes.
Quiero volver sobre esta pregunta, ¿qué uso hacen los artistas de sus diarios?
¿Qué relaciones pueden establecerse entre diarios de artistas de diferentes épocas o momentos de la historia del arte?  
Y volviendo a la cuestión de la selección arbitraria de las 1000 pinturas, ante la inmediata réplica de que aquello se debe a que todo arte de la temprana Edad Media es anónimo y por eso no se podría incluir en un libro de estrellas de la pintura universal -esto es negado por Arnold Hauser en el clásico Historia Social de la Literatura y del Arte- se trataría de una invención o exageración de los estudios románticos. 

10 julio, 2020

El diario del artista y las estrategias

Las imágenes religiosas tienen un poder espectacular y especular. Las imágenes religiosas persisten y subsisten como pocas imágenes. 
Tal vez toda obra se nos aparece como una afirmación, siempre tendemos a creer que el artista nos está mostrando su verdad. 
Al leer un pasaje de Jarman cuando cree que todo le está saliendo mal en The Garden creo que el diario aporta esa cuota de realidad antes de que se haya terminado la relización. Es solo un momento pero cristaliza.
También es cierto que el diario funciona como un persistente eje de militancia, de resistencia de la comunidad gay avasallada desde una materialidad tan elocuente como es el virus que él, Derek, tiene en su cuerpo. Y que todas las instituciones y políticos de su tiempo no hacen más que empoderar. Intenta a todas luces abrir los ojos de sus contemporáneos pero resulta una empresa titánica: «No pueden ver más allá del arte» (p.310) Se queja frustrado porque una exhibición que es un poco la previa llevada a cabo através de instalaciones y especies de happening con escenas de parejas gays y alambres de púas siempre presentes. Anticipándose a lo que será el relato central de The Garden y sintiéndose decepcionado de ese público atrofiado. 

07 julio, 2020

Diarios de artistas

El año pasado, para ser exacto hace un año y dos días, fui hasta la casa de un desconocido en un bello pasaje del barrio de Versalles o Monte Castro. Y me entregó un libro de Vertov que creía inconseguible. Las páginas de ese diario me resultaron fascinantes, hacía mucho que no me sucedía aquello de quedar atrapado en aquella trama sencilla. Entiendo que el género diario debe ser una trama sencilla. Se mezcla cierta especulación, en este caso sobre la obra, Vertov era un cineasta, una mescolanza de cotidianeidad, y anexa cierta complejidad ensayística... El libro era ese típico caso de una edición antigua, dudo que se haya reeditado, databa de cuarenta y cinco años, Ediciones de la Flor que ya no existe. Conserva aún en sus páginas de amarillo apagado ese aroma a cosa vieja pero limpia. De hecho es también el caso típico del libro nunca leído. Se llama Artículos, Proyectos y Diarios de Trabajo. Me entusiasma una investigación sobre diarios de artistas, en particular pintores y cineastas; solo me falta puntualizar el problema. Pero el género ya me resulta atractivo. Si bien siempre le rehuí. Por ejemplo si había un escritor que me interesaba para acercarme a su obra no me parecía buena idea optar por sus diarios antes que sus novelas. Ahora, después de haber recorrido las intensas páginas panfletarias de Vertov y el diario de Derek Jarman lo encuentro sumamente interesante. Los artistas escriben sus diarios para que el lector o el espectador al aproximarse a esas páginas incorpore las generalizaciones ciegas, fugaces y enigmáticas que pueblan la obra ya se trate de lienzos, imágenes en movimiento o ficciones.

23 junio, 2020

Protocolos

El otro día llegué de noche, pero no era muy tarde. La cuadra es tan desabrida. El árbol más grande de la cuadra por suerte está en la puerta de mi casa; cuántos años tendrá? Es un fresno inmenso en otoño cuando pierde las hojas genera una cantidad de alfombras de hojas amarillas y de olores variables en muchos patios y veredas. Esa noche no había nadie en la calle, eran las 21.00 y estaba desierto. Domingo invernal y con cuarentena más no se puede. Y en la esquina un patrullero con sus luces de ese azul tan apropiadamente nocturno. Y además un coche bomba estacionado a mitad de cuadra, y frente al coche de bomberos una ambulancia subida a la vereda con sus luces verdes encendidas que rotaban sobre sí transmitiendo más tranquilidad que las del patrullero pero siempre más preocupación. Quería saber qué pasaba pero en la noche la mirada pierde tanta efectividad entre detalles que no tienen nada de importantes porque en la calle todo es un plano repetido donde es difícil que emerja un detalle, una diferencia. Y, podían decirme algo, más allá de que ellos están armados y uno está ahí esperando. Ahora en la cuarentena ellos son mucho más que antes la autoridad. Así que introduje la llave y entré. Al otro día quise preguntar qué había pasado pero ahora uno casi no se cruza con gente. Salvo en las avenidas. Y serán simplemente protocolos. Ahora todo es protocolo. Pero recuerdo que la primera vez que escuché la palabra "protocolo" estaba en una clase de seminario, fue hace como veinte años. En veinte años una palabra se puede dimensionar, se puede tornar más elástica, más política, puede ser un arma y formar parte de reclamos y demandas. Puede ser un término que usan técnicos que escriben documentos ministeriales. Las palabras cambian como fichas en un tablero, se mueven y son desaparecidas o engullidas como en juegos en que las fichas se comen y salen del tablero. Lo digo así porque hoy para mí la palabra protocolo tiene que ver con la regulación, una especie de biopolítica y una mirada desde la gobernanza. Y además, manejos que todos deben aplicar todo el tiempo para organizar todo otra vez en lo que llaman la nueva normalidad. 

11 junio, 2020

Las curtiembres

¿Por qué muchas veces somos atraídos hacia un lugar? No sabemos que somos atraídos, solo después lo reconstruimos. Muchas veces hemos visto en el cine como el héroe es atraído hacia un lugar fatídico. ¿No decimos acaso pero para qué fue ahí, ahí, donde estúpidamente una bala le atraviesa la nuca? Claro, el director aprovecha y nos muestra el mar, acantilados, la noche, ráfagas y soledad. Pero en definitiva todo va a indicar esa atracción, imantación, inevitable en que ese tenía que morir. Nos molesta esa arbitrariedad o plena convicción de que no podía ser de otro modo; más, aún fastidia, a los niños. 
Pues, en la infancia olor a curtiembres, barrios bajos de esos que pasan muchos años y siempre son iguales pues nunca serán zonificados. Hace muchos años escribimos un texto donde decíamos sobre estas cosas de los territorios que habitamos en la infancia una cantidad de observaciones. Impresiones y palabras magnéticas. 

04 junio, 2020

Un lugar

4 de junio


Muchas veces me puse a pensar... o me pregunté por qué estoy acá... entonces yo miraba algo a mi alrededor... creo que no tan dado vuelta a la manera de Naked Lunch; alguien se queda horas mirando la punta del zapato y dice qué estoy haciendo acá. No de ese modo. Un modo tranquilo y natural. Uno no puede creer que la casa que habita es algo casual, el barrio que habita, la ciudad donde vive , la Nación donde ha decidido que se resigna a pasar el resto de sus días. No quiero ponerme esencial con los lugares, como cuando Don Juan le dice a Carlos Castaneda que busque su lugar, que encontrar ese lugar es algo sin lo cual no podemos, si no nos ponemos a pensar en ello después no podemos mirarnos al espejo. 
Hoy salí al patio de mi casa y se me ocurrió que me daba, de pronto cuenta por qué estoy en mi casa, en mi barrio, en esta ciudad, aunque nunca entendí por qué no me fui de este país. 

03 junio, 2020

Rudas

3 de junio

Ya vamos por la semana número once o doce de la cuarentena. Algún día cuando ya no estemos ninguno de los que la vivimos estaremos en los anales de aquel tiempo lejano, futuro donde las pantallas serán como los jardines ahora, algo clásico. Cómo recordaran la pandemia del covid 19? Todo lo que digamos es profético y angurriento, charlatán y periodístico, conformista y red-socialero. 
Hoy acompañé a Momo hasta su casa, íbamos con bolsas de las compras. En realidad yo iba con mochila cargada de vino, latas de cerveza, levadura, harina y alfajores baratos. Despedí a Momo casi cuando llegamos a la autopista. Le puse la cara y me besó en la mejilla, nunca sentí sus labios porque hace tiempo que estar sin tapaboca en la calle provoca esa sensación propia de los imaginarios que no permiten que entre lo que no puede entrar; sería como querer salir a caminar en pelotas y sorprenderse porque todo el mundo te mira.
Crucé la avenida ya montado en mi bicicleta. En esa esquina no hay semáforo. Me distraje un poco. Una fiorino blanca, vi, se acercaba sin que lo hubiese anticipado y yo medio con esa pata de medio-palo que tengo me arrastraba. El asfalto me pareció interminable. Otras veces me pareció impenetrable. En el pasado siempre escribía que lo veía azul. El de la fiorino más que esperarme para que cruce , creo, aceleraba. Sentí miedo, y me apuré. Creo que el miedo es porque hace unos meses me rompí la tercera parte del cuerpo contra el pavimento andando en moto. O, tal vez es porque cualquiera que lleva barbijo se transforma en un ser temeroso, calculador, desconfiado y vaticinador de desgracias.  Cuando llegué al local de las plantas miré unos segundos y me decidí por las rudas. 
Las olí un poco. Después volví a tener miedo; y si ahora tenía toda la punta de la nariz llena de virus? Esas rudas y su olor fuerte me transportaron inmediatemente al pasado.
Estos últimos días anduve dudando si poner en mi perfil de wsp una frase de Stalker (Tarkovski, 1979) donde se dice: "(...)cuando un hombre piensa en el pasado se vuelve más bueno".

02 junio, 2020

Temas

2 de junio

Sigo preocupado porque no encuentro un tema de investigación. Busqué el tema de Sebald y los jardines y aparecieron un montón de cosas. Podría preguntar si es un tema interesante, no explotado, no trabajado. Podría escribir sobre esta preocupación como afianzando la idea de que escribir es una terapia y toda buena terapia produce una develación. No sé cuando ni cómo metí esa idea en mi cabeza. Acaso fue Franz Kafka quien me inoculo esa dependencia, esa culpa, esa devastación. Es recurrente, me acuerdo, Derek Jarman en sus diarios diciendose hoy no escribí. Ese martirio. La escritura martirio. La máquina kafkiana de la colonia penitenciaria tallando la carne. Pero Kafka y Jarman le aportan alegría a mi vida.