29 junio, 2014

Descanso de las imágenes

 Antes decían que la ley decía que antes no se podía considerar que algo que la ley no decía que era, omisión o equívoco. Pero después todo cambia y la ley se adapta. Las cosas hacen que la ley se vaya desenvolviendo de otro modo o la ley hace que las cosas se vayan desvaneciendo más aceleradamente. Antes, las imágenes no se tenían por estatuto de realidad. Hoy, no cabe en nuestras mentes que las imágenes no transporten un sentido que algo tiene que decir sobre lo real. Antes en los juicios nadie quería las imágenes por mentirosas por sospechosas, por toda clase de acechanzas. Después las imágenes son lo que son, muestras de lo que pasa y nada más. Después todos se olvidan que nadie quería las imágenes por ser mera apariencia y ya entonces no hay distinción alguna entre las imágenes y la realidad. Todo es apariencia o todo es imagen. La imagen de la adolescente que es violada por su médico psiquiatra. La imagen de lo que hacen los chicos cuando escriben sobre las mesas con líquido corrector, luego rocían con desodorante y encienden como una antorcha que hace brillar los nombres. Qué es esto es un juicio? Es una entrevista? Es un interrogatorio? Ale, el chico, pero no la mera imagen de un adolescente, a él dice él que los gendarmes lo pararon que lo revisaron y lo palparon, le pegaron y le robaron su celu y después se fue el chico y con una réplica de la que tenía fotos en su teléfono, le robó a otro, y las imágenes del fuego estaban todas allí. Y de la chica que fue violada por el médico psiquiatra en realidad eran solo imágenes, fílmico casero puesto por la chica para implicar y cagar alguna vez al médico corrupto que abusaba de ella desde que tenía doce años. Pero eso eran solo imágenes.  
 Esto hay que contarlo todo otra vez.
 Ale tiene un celu que dice haberse ganado, eso quiere decir que lo chorició por ahí con demasiada pompa, demasiados recursos. Tal vez se pueda economizar un poco todo el sistema este del choreo, para qué tanto? Moto, una réplica y compañeros también allí anclados en motos truchas que son demasiado violentas y visibles y los vecinos pegan hasta matarte como una especie de ejecución a pedradas espontánea, el velo se descorre y ahí está tarado con un arma que no es nada aunque diga que pesa y eso le fascina y aunque muestre esas fotos, en el celular que se ganó trabajando donde hasta su hermano menor se lo pasa por el pecho como un falo. Después de todo podría simplemente robar usando un par de manos rápidas, un elixir bressoniano; par nécessité, par désir des risques, par paresse... la moto, sí, tal vez sea necesaria para poder escapar... Ale deja todo esto porque todo esto va mal, estas imágenes no paran de no dejarlo a él, pasarse el fierro por el pecho, deseo de que se lo pase el pocho nomás, que se siga desternillando con sus tatuajes y sus fierros escritos sobre la piel sentado hace tiempo sobre la sacramental silla del Papa para que mil quinientos millones vean esas imágenes, pero bueno, mejor no grabar más esas imágenes si otros no quieren ser grabados o filmados. Si es un intento de que se haga justicia puede que parezca justo o que juntando todo ese material vaya a parecerle a alguien que se hará justicia con ello pero no se sabe hasta qué punto después todas esas grabaciones que sin permiso se pusieron a los otros se van a volver en contra, una contrajusticia, y todo eso que encima en la red social se sube y no se sabe cómo pero allí aparece de una vez y sin que lo quiera quién, se empieza a reproducir con esa malicia desesperada y mezquina de esos millones de voyeurs que indagan como tábanos lo real de las imágenes para picarlo sobre la placa de cocinar y lo dejan como carne picada con los dedos estrellados contra el teclado y ya ni las huellas digitales perviven al final por eso mejor no hacerlo. Mejor no remover más imágenes sin necesidad ni autorización y dejar que un plato grande tan grande como Platón, que se murió hace como tres mil años, porque, vale la pena decirlo, no hay alguien que haya querido decir más cosas sobre las imágenes que él, si es posible podrá... es improbable que pueda alguna vez descansar en paz.   

     

23 junio, 2014

Coming

 Observadores, acariciadores y sedentarios. Atrapados frente a góndolas inmensas de criadores de vinos y espirituosas, se frotaban y pasaban sus manitas temblorosas, blanconas como recién salidas de la crisálida. Todo esto tiene una meta que es la de saciar. Hay una chica y hay un viejo que se cruzan en medio del pasillo radiante de luz artificial. El viejo manipula cajas y sobres de sopas y se le cruza a la chica y le pregunta balanceando en sus manos un paquete de maruchan, quiere saber qué es esto. 
 En la parte del pasillo donde no hay luz están acostados y se tapan. Están los que necesitan un paliativo por la falta de sexo. Los que por la falta de sexo ni se mueven ni piensan. Los que por la falta de algo más pierden sus años gastando una silla y mirando por una ventana como miran los viejos cuando están en el geriátrico y terminado el té con leche ya no queda más nada que hacer. Y los que por tener sexo a desgano al menos no tienen esos sueños sudorosos y fríos de los otros, ni se sienten apesadumbrados por una amargura innecesaria. Se necesita agua para cocinar una maruchan pero el condimento ya lo trae incorporado, cómo, adentro lo trae. Es rico. La chica sigue recorriendo el pasillo y el viejo se queda leyendo prospectos de sopas en cajas y sobres y sus manos cubiertas de vello blanco acarician los reflejos que los paquetes emiten. Los que al acostarse -también esos están- desnudos abajo sienten por vez primera el miembro erecto y entonces se sienten, también, por primera vez vivos, sí, y tienen sueños toda la noche entera que les informan que algo viene.             

13 junio, 2014

El resplandor

 Una noche que no se termina nunca, y un día que cuando llega no puede vencer el sin término de la noche. Esa noche pasaron un montón de cosas pero en realidad pasó tan poco. Esa noche estuvimos con ella, solo arrimados, en una casa de la que después nos tuvimos que ir en una escena armada por un padre que no sabía muy bien cómo echarnos de una casa, a la que no nos había invitado, sino simplemente encontrado. 
 Cuando la noche se pone pesada y el vino se entibia siempre está la policía que tiñe un poco más de azul la noche. En ese momento nos tenemos que ir, parece que en realidad no es buen momento para que nos vayamos pero es imperioso que nos vayamos, somos tres. El padre estratega. O nos vamos o no nos vamos, pero no tenemos opción. O caminamos para allá o caminamos para acá, pero no tenemos el hacia...  o mejor sí esperar, eso si tuviéramos opción, y no tenemos. O damos un rodeo o no se nos ocurre nunca hacer tal cosa, para el caso, nos explica el padre, que no va a pasar nada. Caminen. Nosotros vamos a ir caminando y no va a pasar nada porque el padre ya lo habló. Fue y desmalezó. 
 El objeto sobre el que estábamos era un sillón viejo y desvencijado y duro pero en ese paso junto a una escalera que conectaba a la planta baja a una gran cocina-comedor, estaba oscuro. Llegaba débil la luz de abajo y las voces de los otros que nos rodeaban, y después el deseo al oído, pero al otro día -cuando ya todo esto se rememora colectivamente- de que estuviésemos o de que hubiésemos estado, juntos. Remuerde. Otra estrategia, una microestrategia para que otros deseos se pudiesen sobrellevar o repercutir sobre otras relaciones nuevas, descubrimientos de algunas otras novedades. Y nosotros acurrucados en ese sillón, una especie de elástico de cama de plaza y media sin colchón siquiera, si bien algo blando estaba, pero las manos entrelazadas; firmes, y los cuerpos juntos; vacilantes, eso era lo que daba cierto muelle, la calidez, el aliento cercano. Algunos susurros y las bocas y las manos haciendo entre sí todo lo que lo demás no hacía.  
 Y afuera la luz azul dando vueltas por todas las paredes y por todas las cabezas de la vecindad. Caminen. Está más fresco, pero está todo bien, a nosotros los policías no nos van a decir nada porque el padre, estratega, ya habló con quien debía hablar y todo se aclaró. Es simplemente una noche que se alargó, una noche que debía haber ya concluido y como nunca se terminaba el padre hizo que encontrara un término; ciertamente ficticio pero no por ello menos situado en la realidad social. Ojalá ya la luz azul estuviese a nuestras espaldas y pudiésemos doblar la esquina y desaparecer. Pero todavía nos faltan unos cuantos pasos, damos trancos largos pero sin apuro, no nos atropeyamos. Atrás todavía el padre y una vecina se quedan en la puerta mirando distraidamente, el padre fuma. Las veredas son irregulares, tienen alturas diferentes como un plano amorfo y secuenciado. La luz azul baña nuestras miradas cuando pasamos junto a ella, junto al patrullero que la emite como una fuente de ser lumínica. Una panorámica mostraría que volvemos nuestras cabezas hacia la izquierda, inevitable, está ese pibe puesto contra la pared y alguien que puede ser la hermana mayor grita o antes el pibe se despega de la pared en pose de entrega y se desprende y sale a la disparada y ahí es que la hermana grita. 1)Él grita. 2)La policía grita primero y él contesta a los gritos y desafiando la vida y la muerte. 3) La hermana grita antes o después, o es u grito excesivamente largo. Está un poco más fresco, y está húmedo, tal vez hace un día llovió y no secó bien porque en el pedazo de pasto cortito de las veredas aledañas resbala el pibe ese y cae de bruces. Y el resplandor azul lo va atrayendo como una red que está por todos lados y de la que esa noche no se puede escapar. Nos vamos a la casa de uno de nosotros y nos quedamos todo lo poco que resta de la noche tomando cerveza y jugando a las cartas. Y apenas se hace de día sin lavarnos la cara salimos para la casa y pasamos por los mismos lugares. Es tan temprano que no hay comercios abiertos y por lo tanto ni una sola vieja con el changuito pretendiendo hacer las compras. En el cantero están las marcas de la patinada de ese pibe. Son largas las marcas como si alguien hubiese esquiado sobre el barro, como si se hubiese pasado los dedos por la superficie de una torta cubierta de crema y debajo está la cobertura de chocolate intacta. Sin pronunciar nada miramos todo con avidez como si buscáramos pruebas, manchas, restos, algo significativo. No hay nada más que esas marcas en el lugar donde el pibe cayó y unió la superficie de su cachete con la del pasto empapado. Cuando llegamos nos sentamos del lado de enfrente de la casa, en un gran escalón. Está fresca la mañana pero ya asoma el sol. Miramos la casa como si fuera alguna clase de templo sagrado del que saldrá algo espectacular. Sin impaciencia nos quedamos expectantes hasta que las chicas se levanten y salgan, para irnos, tal vez tranquilos.   

04 mayo, 2014

El amor. Y desasosiego

 Avenida Corrientes. Cierto bullicio. Es de noche. Vamos caminando con un amigo. Salimos del cine un día de semana. Estamos contentos porque ver una buena película nos pone así. Vamos caminando por Corrientes que tiene una energía especial. No sé debe ser por todo lo que nos contaron. Cruzamos Uruguay, cruzamos otra oscura y otra más vacía, porque es de semana y ya no hay mucha gente demorada. Casi al llegar a la siguiente avenida nos miramos, nosotros sí demoramos nuestras miradas. Solo el amor nos puede salvar.
 Toda la vida sufriendo por una mujer que ya no está o por una mujer que no estuvo nunca, pues así son las mujeres. Hay que ver también si esta ausencia extrema no hace que el significante ´mujer´ termine siendo un negro agujero del lenguaje que nos deja sin habla, sin escritura, sin cuerpo, sin sentimientos ni deseo. Pero no se puede estar tan mal mientras haya cierta identidad, como una lejana certeza de lo que uno es. Este sujeto que está aquí que mira que se mira con otros que es escuchado y sus palabras remiten circularmente; porque rodea desde la salida hasta la entrada y luego entra por donde antes había salido. Una película de David Linch, Island Empire, una escena sobre los desajustes del amor y el deseo, la angustia y la identidad jaqueada. Dice la protagonista, el sujeto perdido y quebrado. "No sé lo que estoy haciendo aquí, me encuentro jodidamente agobiada. Creo que comienzo a confundir las cosas. Apenas sé quién soy". Había ido penetrando las tinieblas la mujer. Venía de la calle y se internó en una edificación decadente subiendo por unas escaleras que crujían y sus pasos resonaban, imposible evitar que resonasen. La iluminación de los corredores amarillenta y horrible. Abrió una puerta, cualquier puerta que chirrió y adentro del departamento había un tipo con mirada muerta que la escucharía con una disposición natural y desprovista de todo interés. "Había un hombre que conocí una vez, su nombre era... Qué importa cuál era su nombre... Un montón de tipos cambian, cambian pero al final se revelan, con el tiempo revelan lo que son realmente, sabe lo que quiero decir?" También narra algo que es para una inmensa minoría del orden de lo cotidiano cuando dice: "Un hombre intentó violarme cuando tenía 15 años"(...) Después están los dos enfrentados en una pequeña y pobre mesa o paupérrima atmósfera familiar donde se respira un aire enfermo. Ella que viene a ser como la desdicha echa carne dice: "Aún nos queda algo de dinero". Habla con un tono afectado, apagado, muy nasal, como si estuviese resfriada o aguantando una gripe. "Oh así que somos ricos por eso bebo esta mierda de cerveza" Le responde sin llegar a gritarle, habla como se dice con la boca llena, qué es lo que le reprocha exactamente. "Estoy embarazada I 'm pregnant, I 'm pregnant! Muy graciosa". Le responde este tipo que es como uno de esos que se revelan. "Estoy embarazada". Repite ella. "Qué es esto?" Esa es una pregunta bisagra que descoloca, él descolocado hace una pregunta que descoloca. "No pareces muy feliz Buddy"(...) Y siguen los desencuentros.
 Para finalizar una escena que o no significa nada por su tono de ornamento o remite a los orígenes mismo del arte escénico. Una negra que danza medio extasiada y alrededor otras mujeres ya conocidas que van pasando a formar parte de un coro más secundario. Mientras tanto en medio de la -ορχήστρα- orchestra la negra protagonista continúa cantando acompañada de un grupo selecto y danzando con energía. De ahí que parezca olvidarse todo lo demás que nos mantuvo más de dos horas bajo un estado de concentración hipnótica y desesperanzada. Parece, en esta escena final, jugar un poco con los orígenes del teatro: danza, canto, carnaval y olvido en la vorágine de la indistinción entre lo real y lo ficcional.

03 mayo, 2014

Registro del otro

 Las chicas se pusieron a grabar una cinta una noche. Para ver si era cierto que tenía apneas de sueño. Y después cuando entraba sol por la ventana se pusieron a escuchar. No tenían miedo porque estaban juntas. Se oyó respirar. Se oyeron ronquidos, pronto cesaron. Como una especie de fatiga, un sonido como de viento, como una fricción. Pero las cintas que usaron las chicas eran digitales y silenciosas. Se oyó el ronquido de un motor grande como un camión recolector de residuos que pasara lejano y luego silencio. Sin luz, sin sombra, sin fin aparente. La cinta que las chicas habían grabado abarcaba una noche entera. Solo once minutos se atrevieron a escuchar y después la apagaron. La respiración se cortaba como si algo se pisara a sí mismo, se solapara, se recubriera entre las mantas con inquietud. De pronto se hacía respirable pero sin aviso se hacía irrespirable. Este juego parecía no tener fin. Y más allá de la noche que muy de vez en cuando traía esos sonidos lejanos de la calle o la avenida más próxima, sonidos como de motor o ladrido aislado, había algo más. Algo más que la simple respiración. Algo que agonizaba y sobre ese vacío más oscuro, las chicas querían pegar las orejas. Una de ellas dijo que eran ruidos como de hojas, como de un crujir, y la otra le preguntó si como el crujido de las hojas al ser pisadas en la vereda. Y la otra tal vez asintió. Pero a la otra más bien le pareció otra cosa.
 Lo cierto es que no se esperaban escuchar eso en aquella grabación realizada con el teléfono personal de una de ellas. Era como si al comenzar a escuchar la grabación se mirasen y no pudiesen creer, petrificadas, el alcance de aquello. Como una idea relativamente fácil de llevar a cabo, y después la sorpresa desagradable. Porque lo que estaba del otro lado estaba vivo al fin y al cabo pero en la profundidad de la noche, en el silencio, en lo que se ensimismaba y se escurría se había ido tornando irreconocible. ¿Inhumano?, preguntó una de ellas, la otra no le permitió terminar la frase le tapó la boca con la palma de la mano, luego le descubrió la boca, se besaron, se abrazaron, se contuvieron. Desearon que nunca nadie les preguntara por esa cinta, una quiso destruirla, la otra la convenció de que mejor era ocultarla, la otra no se dejo convencer pero no opuso demasiada resistencia. La otra entonces dijo que se encargaría, la otra estuvo de acuerdo con tal de que nunca más se hablara del tema. Se cubrieron juntas, con un poco de frío, porque empezaba ya a refrescar o porque ellas lo tenían en su estado de ánimo un tanto apesadumbrado, pero al menos se acompañaban y se guardaban la una en la otra.       

12 abril, 2014

Yerbalito y el rodeo

 Nunca pude ni quise volver a yerbalito, sabía que si alguna vez eso sucedía iba a ser como por pura casualidad; quizá un azar poco feliz. Bueno, cada uno tiene derecho en su imbecilidad a ir no ir a ciertos lugares y yo últimamente intenté no pasar por allí. Quería muchas veces pasar por allá por química oeste para comprar algunos artilugios que me permitiesen pasar bien los inviernos pero no. Lo resistía. Como dije antes cada cual con sus resistencias, aunque sean absurdas. Una vez casi estuve a punto de rodar hasta química oeste pero era imposible evitar yerbalito que estaba antes. Por otra parte ahí me di cuenta de que no era solo la plaza, la avenida, el chino, los morgan, lo de luisito el coiffeur, la casa de los catupecu, el sonido tan próximo del   sarmiento, y por supuesto esas moles deslucidas y agarrotadas que  eran y han de ser yerbalito. La idea de no querer pasar por allí se extendía a mucho más a química oeste y tal vez a Liniers y a las placitas del Santojani, donde a veces iba a hacer un pequeño entrenamiento. Y también, a las bellísima placita que no recuerdo el nombre pero que está limitada por las calles Founrouge, Av Larrazabal, Coccio y Caaguazú. 
 Una mañana nublada de marzo, húmeda, es la última vez que estoy en yerbalito. LLego antes que ellos, en el departamento doy vueltas, reviso, pero ya no hay nada más que revisar. Entro al baño y me echo un lionel digno por ser el último y justo cuando me estoy terminando de lavar las manos suena el timbre y bajo animado a abrir. Salgo del ascensor y los veo a través del blindex uno con campera gruesa y el otro con sobretodo; entonces hace frío pienso ahora... Entran al pallier, me saludan, Curtad no para de hablar o continúa una conversación que ya traía de fuera, ya estamos subiendo hasta el 14. Me confundo, es hasta el quince. El 14 era una parada necesaria, Lost Highiway, Blue Velvet y Muholland Drive. Nosotros vivíamos arriba de esa trilogía, justo arriba. Era heavy metal el 14. No eso exactamente, era del orden de lo siniestro o al menos así siempre me lo pareció. Curtad habló rápido de varios temas al mismo tiempo quedó claro que era el tipo de persona a la que le gusta hablar de sí misma a los extraños, y, como todo abogado se explayaba con facilidad. Pero es al mismo tiempo innegable que nos sedujo con sus insinuaciones de loco de enfermo psiquiátrico ambulatorio, un verdadero loco... de amor? Nunca lo sabremos pero entre él y Perre había una natural complicidad la elipsis era espontánea y con un sí o un no o una risa o un claro todo quedaba sobreentendido. Había allí un placard al que al entrar Curtad se avalanzó y lo admiró como si fuera, no sé, un lugar de fuerzas especiales. Dijo que él lo había hecho y deslizó la palma de su mano por su superficie lisa. Siempre había sentido una fuerza especial en ese lugar de la casa y me encantaba, usando la escalera que me había comprado en la ferretería abarrotada de la esquina, hurgar allí y acomodar algunas cosas. Había cierto misterio en aquel rincón que me atraía, estaba la fotografía puesta en marco rectangular gigante del viaje de egresados y de las vacaciones o la luna de miel de Curtad con su mujer blonde. A cada palabra de Curtad un intento de atar un cabo suelto. Pero era difícil. No era simple encontrar coherencia y consecuencia entre tanto misterio. Intercambiamos unas cuantas palabras, unas cuantas formalidades más, Curtad me dio una plata extra porque había cumplido con todo y Perre puso cara de satisfacción. Me sugirió Curtad que me llevara unos artículos de limpieza que habían quedado en el bajo-mesada y yo dije que no porque ese día me quería ir liviano, ya estaba, no había más nada que llevarse de ese lugar. En la calle nos dimos el último saludo mientras todavía resonaba ese misterioso acá las cosas se me salieron de quicio acá las cosas se me salieron del tiempo que expresó Curtad y teníamos inmensas ganas de pedirle que nos contara mejor pero ya estaba. Le espeté -con cariño- que yo allí había sido muy feliz para que sonara como un contraste perfecto y oportuno sin acechanzas, y Curtad lo aprobó. Luego me tomé el 96 que curiosamente vino muy rápido. Ya no había más nada para ver.
 Pero el rodeo siempre es el rodeo. Es algo que simplemente cae a mis pies sin frialdad ni estricta numerología, pero con cierta recurrencia y cierta obsesiva intención interpretativa. Algo que recurre algo que reinstala lo que aleja, lo que vuelve, lo que se quiere dejar atrás, a lo que se querría volver. Como me estoy por mudar visito unos cuantos anuncios on line de departamentos ofrecidos y a desgano un anuncio de uno luminoso a estrenar tiene unas cuantas fotos de su interior. Una foto me llama la atención y es como si me metiera dentro de ella. La foto toma la ventana que da a la calle es un primer piso y la lente se ha casi encandilado con la luz blanca que penetró en aquel instante el ambiente vacío. La luz viene del sur o sea que por su intensidad es de la mañana porque si no sería pura sombra. Le echamos un poco de zoom a lo que se ve, a ese afuera, la calle las formas de concreto que brillan grises, enfrente se dibuja borroso un enrejado y detrás grandes columnas también grises y brillantes. Del otro lado del enrejado es un playón donde hay dos autos curtidos por el sol y la lluvia, o sea que es la mañana de un día hábil. Después es inverosímil pero es lo que la foto anuncia. Ya comienza yerbalito, sus columnas rugosas sus formas que pierden la mirada entre una arquitectura deslucida. Es un cosmético esa pintura gris. Brilla por la luz. Hay acaso otro modo de brillar? 
  
     

06 abril, 2014

Arrepentimiento de las chicas

 Una chica que conocí una vez en cierta costa del Uruguay... estaba drogado y no veía. Estaba caliente. Después al amanecer no me gustó que la chica tenía granos en la cara y la despedí al rancho de color violeta donde ella se había hospedado. Otra vez estaba drogado en Gral. Belgrano y una chica me dijo, una chica buena y hermosa, una chica que sabía hablar me dijo, no voy a coger con vos porque mañana no te vas a acordar de mí. Otra vez en Uruguay una chica que era la más linda de la playa, una chica que si se rodeaba de tules y de aceites perfumados con sus ojos verdes de gato siamés parecía una reina egipcia, esa me dio un beso. Estaba tan drogado que fui y besé a una puta que andaba por ahí alegremente bailando, entonces vino el hermano de la chica más linda de la playa la de los ojos verdes de gato siamés, y me increpó. Me quiso pegar y menos mal que unos amigos lo calmaron, porque yo no podía justificar mis actos colmados de torpeza. Los amigos intervinieron para que no me pegara y yo pasara todavía más verguenza. Y otra vez estaba tan drogado que bajo la lluvia rodé con la hermana de un amigo y después, como a la otra semana, le dije a mi amigo que él me iba a querer matar y mi amigo me dijo que yo podía hacer lo que quisiera y lo que más me heló la sangre fue que él me hablaba como si no le importara y eso fue peor que todo lo demás que pudo haber pasado y no sucedió. Otra vez de vacaciones estaba tan drogado que la mujer con quien quería estar desde muy chico porque hacía mucho que la conocía me dijo después de que yo fallara al pretender ser su amante, que nadie podía obligarme a hacer algo que yo no quisiera y sentí mucha tristeza y pensé que ella era un gran amor que estaba dejando esfumar.  

31 marzo, 2014

La grúa

 Máquinas, máquinas por todas partes, en particular grúas. De varios tamaños pero todas respondían a un mismo diseño hipertecnológico. Todo era reluciente, nada rechinaba, las filas de grúas se alistaban para los trabajos en el gigantesco hangar donde estaban estacionadas. La pintura brillaba algunas eran blancas otras naranjas o marrón cremita. Estábamos atónitos viendo las partes de cada grúa, observando que tenían entre ellas leves diferencias, sobre todo si eran distintas, era por el tamaño; algunas un poco más voluminosas y altas que una camioneta utilitaria y otras parecían dinosaurios mecánicos e informatizados. La parte frontal apuntaba hacia adelante con la forma augusta de un caballo visto de frente o de costado, y algunos cables gruesos y mangueras flexibles que seguramente comunicaban al mando donde se ubicaba el operario, parecían configurar un gran sistema nervioso. De lejos esas mangueras, sobre todo mirando las grúas de costado, simulaban las riendas de un gran caballo mecánico que si hubiesen estado construidas con madera se habrían parecido bastante al soberbio caballo de Troya con que los griegos devastaron la famosa ciudad. En la base donde terminaba la cabeza de caballo se ubicaba la cabina desde donde el operario manejaba los comandos de la máquina luego continuaba una especie de prolongación como si se tratase de la parte posterior de un camión semi. Pero todo transmitía la idea de algo compacto, sólido y de un peso descomunal. Las ruedas se alineaban de a tríos, dos tríos de ruedas macisas en la parte delantera y otros dos pares de tríos en la parte trasera. Por lo demás para los trabajos de mucha fuerza cada grúa desplegaba hacia los costados unas patas mecánicas que se ajustaban al piso magistralmente, como si estuviesen dotadas de sopapas dignas de la succión de un octopus superdotado.
 Quien nos mostraba amablemente aquel estacionamiento de grúas era llamado Cacho por el resto del personal de la planta. Pero no llegábamos a darnos cuenta si Cacho tenía algún tipo de autoridad en el lugar. Nos explicaba las máquinas, nos señalaba sus partes para qué se usaba cada cosa.
 De pronto en la grúa más grande nos dimos cuenta de que el operario a cargo había pedido autorización para ponerla en marcha. Permiso concedido se ubicó en la cabina y encendió la inmensa máquina, que pese a su tamaño titánico en comparación con la figura del hombrecito dentro de la cabina, no hacía más que un zumbido. La cabina se separó del cuerpo principal del aparato, y comenzó a ascender a gran velocidad por unos rieles rígidos que la misma grúa tenía dispuestos e iba desplegando hacia arriba a medida que la cabina subía. Por tanto la cabina de mando quedó en suspenso como a cincuenta metros de altura. No se distinguían ya detalles de la persona que estaba allí arriba. Cacho no dijo nada como antes sí había hecho, cada vez que una grúa se había puesto en marcha nos había apuntado qué función cumplían las partes que se ponían en funcionamiento, para qué servían esas partes, sus nombres, lo imprescindible de cada pieza. Esta grúa en la parte frontal tenía un riel con un cable de acero y en el extremo inferior una maza en forma de herradura que calculamos, ya que Cacho mantenía mutismo, pesaría media tonelada. La herradura comenzó a bascular como un péndulo pero pegando aceleraciones repentinas, en verdad en aquel recinto que se parecía bastante a un estacionamiento techado no había lugar para que nada basculase. Con cierta opresión en el pecho corrimos la mirada hacia el costado en que estaba Cacho parado, pero Cacho no estaba. Lo buscamos con la mirada esforzando la visión entre tantos obstáculos que se desparramaban en el salón entre tantas plataformas, guías inmensas y aparatos clerk que iban y venían llevando pales repletos de bultos envueltos en papel film . La herradura impulsada y volando como un rayo dio contra una mesada de hierro que estaba justo a unos metros de nuestro punto de observación. La mesa quedó literalmente reducida a una bola de hierro retorcido y la herradura siguió fuera de control. Haciendo añicos todo lo que tocaba. Ninguno de esos choques erráticos hacía que su fuerza disminuyese un ápice. Cada segundo su efecto demoledor empeoraba o mejoraba. En la planta parecían haberse ido todos, no solo Cacho que simplemente se había esfumado. Era confuso, no se percibía exactamente si todos se habían ido pero lo cierto es que de repente habían cesado las tareas que se desarrollaban con normalidad un minuto antes. Por qué nadie avisaba que esa máquina estaba fuera de control? Por qué el operario permitía, si no se trataba de un psicópata, que esto sucediese? Para colmo, allí suspensa en la altura y con una polvareda que aumentaba y ascendía efectiva no se podía distinguir al responsable. ¿Tal vez el operario allí arriba intentaba en vano controlar el vaivén fulminante pero algo se lo impedía, un problema eléctrico, un problema mecánico, un problema del sofware que controlaba la máquina? Pero entonces por qué no pedía ayuda? Nos tiramos al piso con brusquedad porque vimos venir hacia nosotros la herradura, donde debía haber un gancho, a grandísima velocidad y creímos que nos arrancaría la cabeza. Antes se enganchó con el paragolpes de un montacargas que estaba cerca y arrastró el vehículo un buen trecho hasta que le arrancó el paragolpes entero que voló como una roca que se dispersa en el espacio sin sentido y hacia ningún lugar. Ahí estaba la gran grúa demoliéndolo todo sin piedad, con avance impasible y certero. Para dónde escapar hacia dónde ir? La vacilación y la intención de huír de repente parecían atraer como un imán o una vendetta a esa herradura que poco a poco iba desollando la edificación; y nada quedaba en pie. Nos acurrucamos bajo la armazón de unos andamios con ruedas creyendo con inocencia que la herradura demoledora allí no llegaría por estar aquellos en un costado recóndito. Pero llegaría... Nos dejamos invadir por pensamientos de despedida, antes de ser destrozados.       
      

09 marzo, 2014

Ni vos ni voto, dice la voz

 Una estaba sentada en su cuarto haciendo su guardia y otro cerca de ella esperando su guardia o lo que ella iba a decirle cuando lo mirase y le diera algo de aliento. Entonces uno le pregunta a una que estaba sentada cerca también de su silla con las manos apoyadas sobre su cabeza y sus pelos dóciles que iban de a poco encaneciendo. O era que sobre sus cabellos tenía un soplo de ceniza pero si ese hubiese sido el caso de dónde hubiese venido ese soplido, ¿acaso de la divinidad? El dios del pasillo. El dios del pasillo larguísimo, como los romanos que ponían dioses en todo su derredor de su vida cotidiana tumultuosa y ciudadana y guerrera. Uno entonces no esperó que lo mirase y le preguntó que si se iba a adherir o mejor dicho que si lo había hecho, porque era algo que ya había sucedido antes. Dijo que no lo había hecho que no lo había hecho porque no estaba segura porque lo había pensado pero ante la duda y el desconocimiento no estuvo segura de hacer tal cosa que no significaba después de todo tanto. No terminaba de entender ni de convencerse en medio de las habladurías o de lo que en el pasillo se decía y ante la falta de información decidió no hacerlo porque después de todo qué se pierde o qué se gana si ya todo está escrito al final del pasillo. Pero en conclusión, dijo, no entiendo qué, hacia dónde, cómo, cuándo, dónde. No. Bueno, le dijo, si te parece podría contarte como un cuento de las luchas de la pujas y tal vez eso te ayudaría después a decidir. ah ah me encantan ahh las obras maestras del relato breve le dijo a uno que estaba cerca de ella sentado también y al que luego le iba a decir que estaba sola en su cuarto y que lo esperaba para que la penetrase de partículas amorfas que tal vez luego adquirirían esa tonalidad cenicienta que era en definitiva la que cubría sus cabellos y hasta ahora, además, parecía que estaba perfumada de viento de montaña de roca y sal. Hay, o mejor dicho, comenzó, había una vez. Había un montón de esclavos que trabajaban un montón como buenos esclavos que eran, claro, pero bueno, lo que eran en realidad no era esclavos pero es para mostrar que estaban adiestrados para serlo si querían y bien por esa actividad el estado, el empleador, el monstruo -para decírselo uno a lo Nietsche-, el rey momo el que puede adoptar todas las formas les lanzaba un jornal a la cara. Cada vez que se podía digamos una vez al año pero los malditos esclavos, histrionisaba uno, querían que fuera un poco más seguido, se juntan o se juntaban o se juntaron o lo hacen y conversan y discuten con funcionarios para que aumenten los jornales de los esclavos. No lo hacen directo con los esclavos. No. Es que son muchos, son demasiados e impetuosos. Los ejércitos de esclavos tienen representantes que van y arman toda una gigantesca fantochada de que se enojan y amenazan que si los grandes administradores no largan unas monedas para los esclavos puedan comer mejor entonces la máquina se para, y se para. Eso hacen los representantes, pero por abajo ellos siempre hacen acuerdos que indignan a los esclavos que también empiezan a empujar de manera impredecible o predecible o manejable, maleable, moldeable. Los representantes toman la lente esa que usan los tasadores de joyas y evalúan a ver como está el sector. Los administradores a su vez evalúan a ver hasta qué punto las pantomimas de los representantes son lo que son o la apariencia de lo que no son ni será nunca. A veces los representantes se ven atrapados en horribles disyuntivas como cuando bailan a dos puntas temiendo ser destrozados como dionisio en un rito o bacanal. Con los esclavos se jode o no se jode. Los representantes, todos, algunos, la aman a Daenerys a la princesa la lamen la soban la engordan hasta que estalla ¿de furia? de algo, y llueve dorado eyacula, oro. Quieren o no quieren los representantes no quieren separarse del amor hacia la princesa pero si se quedan demasiado quietos pueden ser aplastados por los tiempos del destiempo, de ir. Sentados los dos en sus escritorios correspondientes, amplios como son los escritorios de una oficina pública. Se miraron los unos a los otros y una sonrió al que acababa de contarle para informarle o deformarle lo real que los esperaba a la vuelta de una asamblea en la que estaban ausentes.  

22 febrero, 2014

Vaca una y chanchos cinco

 Nunca supe exactamente por qué, a veces, tenemos la necesidad de leer en voz alta. El verso es un tipo de escritura que parece totalmente dirigido a ese fin. Es decir, sabemos, no es lo mismo leer una poesía de manera silenciosa que en voz alta; eso, por supuesto, justifica que exista algo denominado recitales de poesía que, más allá de la postura del caso, está muy bien que exista. Y eso hicimos, disponernos en el silencio que la noche nos traía a leer en alta voz. De modo que tomamos ese ameno texto en que William Burroughs y Allen Ginsberg se escriben cartas entre 1953 y 1960: Las cartas del Yagé se llama el texto. Y dice: "El brujo empezó a canturrear un caso especial -- Era como dormirse por el éter dentro de los ojos de una cabeza reducida --"(...) Clap! Enseguida estábamos en la esquina, en esa esquina tan particular. Es una esquina abandonada, en el sentido de que no es la puerta de una casa, hay un escalón que ocupa toda la ochava y una persiana; perfecta para descansar la espalda. Un local abandonado siempre ha sido así. Estábamos Ale, Nico, Ferchu y después llegó Gerald caminando cansinamente, cancheramente. Tenía su pelo castaño recogido en un rodete por encima de la nuca con las puntas algo desgarbadas, estaba en musculosa de un azul lavado y unos short de fútbol negros que le quedaban grandes, como los que usan los boxeadores. El calzado eran unas ojotas compactas de esas que dejan ver los cinco dedos y recubren casi la totalidad del empeine, también le quedaban bastante grandes las ojotas pero eso no le dificultaba caminar. Tenía la piel curtida por el sol, nada de maquillaje, con cara de haberse levantado recién y lavarse la cara sin siquiera secarse con la toalla, su piel fibrosa relucía algo, sus piernas flacas y musculosas se arqueaban levemente en forma de herradura. Comentamos que estaba flaca, que este verano se había chupado bastante, que se debía haber aspirado todo. Reímos imaginando esa aspiración. Entonces empezamos a conversar sobre lo que habíamos hecho en las vacaciones en el verano que dentro de poco se terminaría. La verdad parecía que la mayoría no tenía demasiado para contar, los días se habían ido escurriendo en el barrio a paso agigantado como agua que se derrama en el pavimento siempre incandescente de enero y solo queda el recuerdo de los picos insoportables de calor y las tardes sin hacer nada demasiado interesante. Pero Nico dijo que se había ido al campo, a Santa Fe. Con quién. De qué manera. Cómo de qué manera. La casa del tío estaba rodeada de campo ahí Nico y los amigos pusieron la carpa cerca de la casa, entre dos árboles altos y viejos que mecían sus ramas a veces ruidosamente. Dijimos que todos los días se lo cogían a Nico en la carpa a la hora de la siesta. Y Nico intentaba defenderse o atacar pero no podía evitar reírse también. Dijimos también que se internaban en el campo para fumar marihuana tranquilos; es para lo único que emprendieron semejante viaje al campo, y también eso nos dio mucha risa. Pero después cada vez que se hacía un breve silencio, cada vez que Alejandro se quedaba callado sin señalar estupideces que avergonzaran a alguno de los presentes, Nico hacía gestos que lo hacían parecer más grande. Como si ese verano hubiese pegado un estirón, pero mental. Uh!, sí, cómo extraño eso, estar allá, sabés qué lugares. Qué hacían. Bueno nos levantábamos y después nos íbamos, si el tío de mi amigo no estaba entonces nos íbamos caminando, nos bañábamos en el río, otras veces íbamos a pescar. A veces nos íbamos al pueblo a dar una vuelta. Nos comimos cada asado! Y lo que pescaban también se lo comían? Sí, claro -y señaló con los ojos de un hombre experimentado hacia la esquina diagonal a la nuestra donde había un container rebosante de basura y otros montículos de desperdicios dispersos alrededor- como ese tacho que está acostado, uno de esos lleno una vez. Qué pescaban? Unos pescados, son re conocidos. Pirañas asesinas del Paraná... No me acuerdo el nombre -seguía tratando de recordar Nico mientras los demás acotábamos algo-. No me acuerdo. Corvinas. No. Palometas. No. Bagres. No. Y cómo era todo? La casa, el campo del tío, era grande mucha tierra muchos árboles. Faa sí sabés lo que era ese campo! Tenía de todo, hasta una vaca. Nos la comimos. 
 Qua! Se la... Sí toda. Y lo viste, como la mataban y todo eso? Sí, el tío trajo la escopeta pum! dos tiros en la cabeza y una cuchillada en el corazón. Y se murió al toque? No -a cada uno nos miró y sonrió pero para adentro para él mismo-. No se moría nunca. Al final cuando se murió... Tengo videos ah acá tengo una foto. En el teléfono nos mostró una foto de la vaca despanzurrada ya despellejada y descabezada, carente de extremidades colgando hacia abajo. La foto se veía algo borrosa como si se hubiese movido o como si el día estuviera nublado y ceniciento. Se notaba la textura lisa de la carne violácea y venosa. Le pedimos que mandara un buen video. Se detuvo unos instantes entre los quince o veinte videos del menú y le dio play. Estaba la vaca acostada en el piso con la panza hacia arriba, ya estaba abierta al medio y todo su interior parecía una mezcla roja de pintura espesa y arena. No se podía distinguir si la cabeza había sido ya separada del cuerpo o si algo con aspecto de yunque aplastado y abierto al medio era la misma cabeza. En el video alguien preguntó si aún la vaca respiraba y todos estallaron en carcajadas. Pero qué tipo pelotudo mira lo que pregunta, ese fuiste vos no Nico? Nico explicaba que en ese momento le estaban cortando las patas y se veía que con ganchos e instrumentos cortantes varios brazos manipulaban la masa de carne ya fuera enganchando por los extremos o cortando por los medios. No lo escuchábamos demasiado a Nico pues seguíamos haciendo chistes o más carcajadas que chistes. Y se la comieron toda cómo hicieron? Sí toda, va... era para un casamiento por eso, más cinco chanchos. No sabés lo que era la carne esa, se deshacía, era increíble, como que la tocabas con el cuchillo y ya la tenías cortada. En el video que se desenvolvía en esa atmósfera borrosa solo se veían los brazos de los hombres, alrededor de seis brazos que forcejeaban con las aperturas del animal. Más apagadamente se sentían voces de mujeres pero ni siquiera partes de su cuerpo aparecían en pantalla. Un pedazo de árbol, y la vaca entera colgando abierta al medio. Como una estrella de tan solo cuatro aristas, como una rosa de los vientos señalando con tensión en cuatro direcciones distintas, el horizonte detrás. En otra foto los cinco chanchos en fila como una rosada sombra de la cual no se podía extraer detalle alguno. Estos son los chanchos. Solo eso. Es probable que a nadie le interesase ni un video de la comilona casamentera en que se comieron a la vaca y a los chanchos. O de las largas horas en que todo se cocinó en un claro de una gran finca cercana.     
 Alguien se recostó contra la persiana de chapa acanalada que resonó con esa musicalidad fastidiosa y sensible. Todos estábamos sentados en el escalón y por tanto con la espalda más o menos apoyada en la persiana oxidada. Solo Gerald había permanecido todo el tiempo de pie medio apoyada en un ángulo de la pared, con sus pupilas típicamente dilatadas hizo un gesto de ya fue y se despidió sin decir "nos vemos". Y, pasas de año? Sí paso paso, de banco paso. Gerald que se alejaba con un cuaderno en la mano y las risas tontas que crecían a su espalda. Quién ya a esa altura podía acordarse de los chanchos alistados para ser llevados a su asador-crucifixión? Quién podía tener expectativas de pedirle a Nico que buscara videos en los que se viera el crepitar de las brazas recién encendidas, del incandescente quebracho reduciendo la carne del mediodía a la noche ya bien entrada. Cómo se desparramarían los jugos aquellos, cómo chirriaría la grasa al correr sobre los hierros casi al rojo y luego el vino llenando copas y copas y a veces ya medio vacías dejándolas manchadas de esa borra de color mora y negro que las esponjas no podrían borrar. Esas cosas, y los bailes y los excesos en el comer, el beber y el acercarse, el insinuarse y el dirigirse y el mirarse. Todo se iba desenvolviendo en los videos que Nico tenía, pero a nadie le importaba, el olvido se lo había comido todo, como a la tarde de final del verano.