22 febrero, 2014

Vaca una y chanchos cinco

 Nunca supe exactamente por qué, a veces, tenemos la necesidad de leer en voz alta. El verso es un tipo de escritura que parece totalmente dirigido a ese fin. Es decir, sabemos, no es lo mismo leer una poesía de manera silenciosa que en voz alta; eso, por supuesto, justifica que exista algo denominado recitales de poesía que, más allá de la postura del caso, está muy bien que exista. Y eso hicimos, disponernos en el silencio que la noche nos traía a leer en alta voz. De modo que tomamos ese ameno texto en que William Burroughs y Allen Ginsberg se escriben cartas entre 1953 y 1960: Las cartas del Yagé se llama el texto. Y dice: "El brujo empezó a canturrear un caso especial -- Era como dormirse por el éter dentro de los ojos de una cabeza reducida --"(...) Clap! Enseguida estábamos en la esquina, en esa esquina tan particular. Es una esquina abandonada, en el sentido de que no es la puerta de una casa, hay un escalón que ocupa toda la ochava y una persiana; perfecta para descansar la espalda. Un local abandonado siempre ha sido así. Estábamos Ale, Nico, Ferchu y después llegó Gerald caminando cansinamente, cancheramente. Tenía su pelo castaño recogido en un rodete por encima de la nuca con las puntas algo desgarbadas, estaba en musculosa de un azul lavado y unos short de fútbol negros que le quedaban grandes, como los que usan los boxeadores. El calzado eran unas ojotas compactas de esas que dejan ver los cinco dedos y recubren casi la totalidad del empeine, también le quedaban bastante grandes las ojotas pero eso no le dificultaba caminar. Tenía la piel curtida por el sol, nada de maquillaje, con cara de haberse levantado recién y lavarse la cara sin siquiera secarse con la toalla, su piel fibrosa relucía algo, sus piernas flacas y musculosas se arqueaban levemente en forma de herradura. Comentamos que estaba flaca, que este verano se había chupado bastante, que se debía haber aspirado todo. Reímos imaginando esa aspiración. Entonces empezamos a conversar sobre lo que habíamos hecho en las vacaciones en el verano que dentro de poco se terminaría. La verdad parecía que la mayoría no tenía demasiado para contar, los días se habían ido escurriendo en el barrio a paso agigantado como agua que se derrama en el pavimento siempre incandescente de enero y solo queda el recuerdo de los picos insoportables de calor y las tardes sin hacer nada demasiado interesante. Pero Nico dijo que se había ido al campo, a Santa Fe. Con quién. De qué manera. Cómo de qué manera. La casa del tío estaba rodeada de campo ahí Nico y los amigos pusieron la carpa cerca de la casa, entre dos árboles altos y viejos que mecían sus ramas a veces ruidosamente. Dijimos que todos los días se lo cogían a Nico en la carpa a la hora de la siesta. Y Nico intentaba defenderse o atacar pero no podía evitar reírse también. Dijimos también que se internaban en el campo para fumar marihuana tranquilos; es para lo único que emprendieron semejante viaje al campo, y también eso nos dio mucha risa. Pero después cada vez que se hacía un breve silencio, cada vez que Alejandro se quedaba callado sin señalar estupideces que avergonzaran a alguno de los presentes, Nico hacía gestos que lo hacían parecer más grande. Como si ese verano hubiese pegado un estirón, pero mental. Uh!, sí, cómo extraño eso, estar allá, sabés qué lugares. Qué hacían. Bueno nos levantábamos y después nos íbamos, si el tío de mi amigo no estaba entonces nos íbamos caminando, nos bañábamos en el río, otras veces íbamos a pescar. A veces nos íbamos al pueblo a dar una vuelta. Nos comimos cada asado! Y lo que pescaban también se lo comían? Sí, claro -y señaló con los ojos de un hombre experimentado hacia la esquina diagonal a la nuestra donde había un container rebosante de basura y otros montículos de desperdicios dispersos alrededor- como ese tacho que está acostado, uno de esos lleno una vez. Qué pescaban? Unos pescados, son re conocidos. Pirañas asesinas del Paraná... No me acuerdo el nombre -seguía tratando de recordar Nico mientras los demás acotábamos algo-. No me acuerdo. Corvinas. No. Palometas. No. Bagres. No. Y cómo era todo? La casa, el campo del tío, era grande mucha tierra muchos árboles. Faa sí sabés lo que era ese campo! Tenía de todo, hasta una vaca. Nos la comimos. 
 Qua! Se la... Sí toda. Y lo viste, como la mataban y todo eso? Sí, el tío trajo la escopeta pum! dos tiros en la cabeza y una cuchillada en el corazón. Y se murió al toque? No -a cada uno nos miró y sonrió pero para adentro para él mismo-. No se moría nunca. Al final cuando se murió... Tengo videos ah acá tengo una foto. En el teléfono nos mostró una foto de la vaca despanzurrada ya despellejada y descabezada, carente de extremidades colgando hacia abajo. La foto se veía algo borrosa como si se hubiese movido o como si el día estuviera nublado y ceniciento. Se notaba la textura lisa de la carne violácea y venosa. Le pedimos que mandara un buen video. Se detuvo unos instantes entre los quince o veinte videos del menú y le dio play. Estaba la vaca acostada en el piso con la panza hacia arriba, ya estaba abierta al medio y todo su interior parecía una mezcla roja de pintura espesa y arena. No se podía distinguir si la cabeza había sido ya separada del cuerpo o si algo con aspecto de yunque aplastado y abierto al medio era la misma cabeza. En el video alguien preguntó si aún la vaca respiraba y todos estallaron en carcajadas. Pero qué tipo pelotudo mira lo que pregunta, ese fuiste vos no Nico? Nico explicaba que en ese momento le estaban cortando las patas y se veía que con ganchos e instrumentos cortantes varios brazos manipulaban la masa de carne ya fuera enganchando por los extremos o cortando por los medios. No lo escuchábamos demasiado a Nico pues seguíamos haciendo chistes o más carcajadas que chistes. Y se la comieron toda cómo hicieron? Sí toda, va... era para un casamiento por eso, más cinco chanchos. No sabés lo que era la carne esa, se deshacía, era increíble, como que la tocabas con el cuchillo y ya la tenías cortada. En el video que se desenvolvía en esa atmósfera borrosa solo se veían los brazos de los hombres, alrededor de seis brazos que forcejeaban con las aperturas del animal. Más apagadamente se sentían voces de mujeres pero ni siquiera partes de su cuerpo aparecían en pantalla. Un pedazo de árbol, y la vaca entera colgando abierta al medio. Como una estrella de tan solo cuatro aristas, como una rosa de los vientos señalando con tensión en cuatro direcciones distintas, el horizonte detrás. En otra foto los cinco chanchos en fila como una rosada sombra de la cual no se podía extraer detalle alguno. Estos son los chanchos. Solo eso. Es probable que a nadie le interesase ni un video de la comilona casamentera en que se comieron a la vaca y a los chanchos. O de las largas horas en que todo se cocinó en un claro de una gran finca cercana.     
 Alguien se recostó contra la persiana de chapa acanalada que resonó con esa musicalidad fastidiosa y sensible. Todos estábamos sentados en el escalón y por tanto con la espalda más o menos apoyada en la persiana oxidada. Solo Gerald había permanecido todo el tiempo de pie medio apoyada en un ángulo de la pared, con sus pupilas típicamente dilatadas hizo un gesto de ya fue y se despidió sin decir "nos vemos". Y, pasas de año? Sí paso paso, de banco paso. Gerald que se alejaba con un cuaderno en la mano y las risas tontas que crecían a su espalda. Quién ya a esa altura podía acordarse de los chanchos alistados para ser llevados a su asador-crucifixión? Quién podía tener expectativas de pedirle a Nico que buscara videos en los que se viera el crepitar de las brazas recién encendidas, del incandescente quebracho reduciendo la carne del mediodía a la noche ya bien entrada. Cómo se desparramarían los jugos aquellos, cómo chirriaría la grasa al correr sobre los hierros casi al rojo y luego el vino llenando copas y copas y a veces ya medio vacías dejándolas manchadas de esa borra de color mora y negro que las esponjas no podrían borrar. Esas cosas, y los bailes y los excesos en el comer, el beber y el acercarse, el insinuarse y el dirigirse y el mirarse. Todo se iba desenvolviendo en los videos que Nico tenía, pero a nadie le importaba, el olvido se lo había comido todo, como a la tarde de final del verano.    

05 febrero, 2014

Encuentros

 Chava es boliviana y Chavita es peruana. Son dos amigas que conocí una tarde de otoño. Tal vez esa misma tarde ya Chava que aún no era Chava sino solo Chambi, me aviso que el siete cumplía años, para que me preparase. Después hasta que llegó el siete me lo recordó sin descanso unas ciento veinte veces. Cuando me encontraba con la Chava y la Chavita algo en el aire cambiaba. Pasiones alegres, para decirlo a lo Spinoza. Los dientes atolondrados y muy blancos de la Chavita y ese cuerpo estilizado de una altura llamativa y hasta ciertamente solemne de la Chava, hacían que el aire se pusiese a vibrar como si miles de libélulas invisibles aletearan sin cansarse.
 El comedor es magnífico. Me senté y miré el plato rebosante de ravioles con mucho tuco y por encima del tuco abundante queso en hebras de tono blancuzco. Agradecí a la mano dadivosa del cocinero que había echado el queso con su diestra de manera indiferente y me lancé sobre los ravioles que sonaban apetitosos en mi boca. Mientras, me distraía mirando por los ventanales que daban a la calle. Es formidable la dimensión del comedor, la luz natural, como si el mentor hubiese dicho; esto es el comedor! acá han de comer! quiénes? los otros!, sí. Un raviol y una echada al costado inevitable, ver desfilar las cosas que pasan por ese afuera. Paqueros que sobrevuelan como chimangos fantasmales un pequeño territorio. La carne fibrosa de unos adolescentes con los cueros a la intemperie. Una pelea, un palo, una botella que despegará o se quedará en solo amenazas. Un niño semidesnudo que juega con una manguera abierta en la puerta de su casa. Una máquina retroexcavadora. La máquina puede estarse un buen rato tomando con sus manazas mecánicas la basura acumulada sobre la vereda y la calle, los límites se confunden. Carga panzadas de basura, cada vez que carga una tanda y la alza por el aire pueden verse algunos retazos de mierdas que se desprenden y caen antes de ser echadas en el camión volcador que está junto a la máquina. El operario allí bajo el sol maneja las palancas, como quince palanquines que en el extremo superior tienen forma de esferita, parecen suaves al contacto de la mano. El tipo casi las acaricia, las comisuras de su rostro ajado no manifiestan esfuerzo, pero el brazo electromecánico con sus mangueras es como si transpirara líquidos espesos, refrigerantes que se escurren por todos lados. Una y otra vez la boca mecánica se abre a más de 90º para retener un cúmulo de detalles irreconstruíbles. Un raviol en boca. De fondo el ruido de la calle y de la máquina es como cuando un helicóptero pasa lejos, ese zumbido ese batir peculiar. Por qué el sonido monótono de esa máquina me fascina, teje algo en derredor mío; será que todavía dura en mí la impresión aquella de ver las máquinas urbanizando cierto trozo de mi infancia; mi abuelo me llevaba sentado sobre sus hombros a ver esos trabajos. En medio de tales cavilaciones que son como un rodillo que cubre con cada pasada más y más mi cosa interior de un blanco pertinaz...Qué tal Chavito cómo anda! Bien y ustedes? Acá, yo bien, la Chavita no tanto... La Chavita mira para abajo como si escondiese su rostro, me parece que me están haciendo una broma, pero no, parece que la Chavita no está bien. Qué hacemos acá Chavo por qué no estamos en la esquina, en el bar? Lo siento Chava hoy estoy muy ocupado... Sí nosotras estamos más que nada de pasada.Con más razón Chavita compartí eso que te pone mal. La Chavita niega con la cabeza y permanece observando por las ventanas como lo hacía yo instantes antes de que ellas llegaran. Chava no querés contar vos? La Chava sin mirarme hace un gesto evasivo y se queda jugueteando con la pantalla de su teléfono, me lo pasa para que vea unas fotos dice que son de su sobrina. Ay, qué linda Chava no sabía que tenías más hermanos... Sí una hermana mayor que yo, y como trabaja yo muchas veces la cuido, es hermosa no? Asiento con la cabeza y frunciendo un tanto las cejas y la frente le señalo a la Chavita que permanece callada. Que le cuente Chavo que le cuente! Que le cuente la Chava no tengo ganas de hablar. Uf Chavo... Daale! Es que debería contarlo ella... Bueno pero si Mayra te lo pide... La Chavita sale de su ensimismamiento, de su enojo volátil y también de una especie de letargo, gira la cabeza hacia la Chava y dice, dale Mayra contale. La Chava no me mira ni a mí ni a la Chavita sus dedos largos y sus uñas del mismo color que el nombre de su amiga continúan en un paseo que ordena infatigablemente álbunes de fotos y carpetas y más fotos. Pasa... pasa que la Chavita está preocupada por su mamá, su mamá tiene problemas, la Chavita viajó para verla y ahora la extraña. No sabía Chavita que ya no vivían juntas qué pasó; por qué tuvo que viajar tan de repente hasta cuándo vas a estar sola? Es que la Chavita no sabe cuándo va a volver y por eso tiene que estar viajando seguido para poder visitarla. Ah pero entonces ya la fuiste a ver varias veces, y es muy lejos? Un poco, es en Santa Fe donde está su mámá. Es por trabajo Chavita que tuvo que viajar? Ahora la mámá de la Chavita no va a volver por un tiempo y se va a quedar allá. Allá, dónde es allá? La cárcel Chavito su mamá está presa. Sí pero mi mamá es una buena persona mi mámá no hizo nada... hizo algo pero no sabía, no es responsable! Está bien Chavita no te pongas mal. La abogada dijo que va a salir pero que por ahora no. Y cómo sigue esto entonces sale o no sale? Va a salir pero que por ahora no. La encontraron con sustancias o cosas de ese estilo? Noo Chavito qué te piensas tú mi mamá no es delincuente, nada que ver, es por unas tarjetas por eso la agarraron porque hizo compras, de teléfonos, muchos, con unas tarjetas pero no sabía que las tarjetas no se podían usar... Claro Chavito que le quede claro que las tarjetas no sabía su mamá que no las podía usar. Y quién te acompaña entonces, quién te ayuda quién te pasa plata para lo que necesitan vos y tu hermana chiquita? Ellos. Ellos? Sí los amigos de mi mamá, vaa... no son amigos amigos y además son responsables por culpa de ellos mi mamá terminó presa así que tienen que hacer algo. Se tienen que hacer cargo Chavito eso es lo que le quiere decir. Chavita de dónde salió esa gente... qué bueno sería que tu papá venga para quedarse un tiempo con ustedes hasta que todo se resuelva. Bueno pero está mi tía y ella nos sabe cuidar. Eso es tranquilizador aunque me sorprende que de repente aparezca una tía de la que antes jamás hablaste, de todas formas más me preocupan esos tipos que saben que estás sola, no sé, sos joven viste las cosas que pasan con las chicas... No pasa nada. Sí Chavito para qué la asusta a la pobrecita así son las cosas por más sorpresivas que usted las encuentre. Un silencio. Los tres nos miramos y explotamos de risa, hasta la Chava deja el teléfono para reír y vernos reír. Uh Violeta nos tenemos que ir, la Chava se pone de pie como si algo interno le mandara alistarse. La Chavita también reacciona un poco más relajada. Bueno Chavito la seguimos otro día. Seguro, ah todavía no averiguaste cómo voy a conseguir esos ajíes. Aeah? que qué... La receta. Aha el atún frito sí. No te hagas problema si te acordás cuando la veas.        

30 enero, 2014

Mi cuñado

Esto sucedió un día de verano a la tarde, a la hora de la siesta cuando todo es silencio y no se mueve ni una hoja, lejos de Oriente:

 Limpiaba la casa. En cada cuarto un ventilador encendido para que corriese aire a raudales y las habitaciones se enfriasen un poco. Nos habíamos ido acostumbrando a la sofocación de los últimos días. De paso la ventilación de los ambientes hacía que los pisos se secasen más rápido después de barrerlos para sacar las pelusas más grandes y los restos que casi se podían juntar con la mano, apliqué líquido desinfectante a todo el mosaico y lo fregué un buen rato. Cuando estuvo seco volví a barrer para retirar polvillo y algún resto que pudiese haber quedado disimulado en la pata de alguna silla o junto a mesas o sillones. Cuando eso estuvo terminado me dispuse a quitar la grasa y la suciedad de los vidrios de los ventanales que dan al norte. Elegí un buen trapo de deshecho pero que estuviera limpio y no dejara pelusas adheridas y rocié con líquido recomendado para limpiar vidrio toda la superficie. Cuando me disponía a frotar una de las grandes ventanas me llevé una sorpresa al ver sobre la medianera, a unos pocos metros de distancia de la ventana y a unos seis metros de altura, parado allí, como piedra trémula, estaba el señor Yoshitsugu, el vecino. 
 Estaba vestido con unas zapatillas deportivas, unos pantalones de jean hechos bermudas y una remera donde se podía leer claramente la palabra Okinawa, si bien el dibujo por estar la prenda bastante usada ya no tenía colores vivos y tan solo dejaba que se adivinaran las palmeras, la playa, y el mar azul. Bajo el sol el señor Yoshitsugu parecía preocupado o más bien angustiado como si de un momento a otro se fuera a arrancar sus cabellos blanco nube lacios y sedosos. Lo saludé acercándome lo más que pude a la ventana y él levantó levemente su mano, mientras de pie ahí en el techo de su casa miraba hacia abajo a los patios donde habitan los Dejuaco que son los vecinos malos. Con el pie más hábil daba pequeños golpeteos sobre la pared medianera y decía con insistencia y clavándome la vista para darle mayor gravedad a su pesar, "la pared, me rompieron toda la pared. Quiénes" -pregunté mostrando máximo interés-. Yoshitsugu no pronunció nombres, simplemente arqueó sus cejas de tal forma que supe que se refería a los Dejuaco. Explicó que habían realizado algún tipo de trabajo pero no sabía exactamente por qué habían necesitado agujerear y golpear la pared medianera, en consecuencia detrás del machimbre de su propia pared el reboque fino se había estropeado por completo. "bakataré, bakataré" -se descargaba murmurando convencido y dolido-. "Uno no quiere tener problemas con nadie pero mi pared quedó estropeada". Para consolarlo le dije que estaba sorprendido pero que no podía darle demasiados detalles ya que en los últimos días no había visto ni gente trabajando ni escuchado ruidos de máquinas. Ambos inclinamos la cabeza hacia abajo y observamos el patio de los Dejuaco, todo estaba quieto y sin voces. Sobre la pared que compartían con el señor Yoshitsugu solo se veían unos ganchos amurados con tacos que iban de un extremo al otro del patio y que les servían a las o los bakataré -como había dicho Yoshitsugu- para colgar ropa. Y luego la parrilla que era formidablemente grande pero que casi nunca utilizaban porque no habían hecho el tiraje en regla. Yoshitsugu se quedó viéndola largo rato, le explique que casi nunca la usaban, él intentaba tramar una hipótesis que explicara por qué habían necesitado dar golpes tan enérgicos a la pared. Yo me esforzaba también viendo cómo la frente calva de Yoshitsugu se fruncía por el esfuerzo inquisidor. Antes de darme las gracias y despedirse Yoshitsugu quiso que le confirmara si allí abajo aún vivían las personas que él recordaba como niños, pero que en la actualidad ya no lo eran. Me habló de la señora mayor que yo no había conocido pero no ignoraba su existencia, abuela de los Dejuaco y antigua propietaria de la finca. "Si son ellos... si son los mismos... los conozco, Germán se llamaba el chico... Son los mismos" -lo interrumpí-. 

 Algunas semanas después mi mujer me pidió que llevara algunas prendas a la tintorería. Mi pullover preferido, un ambo y tres o cuatro tapados de ella. Era sábado a la mañana. Durante un buen rato estuve buscando una bolsa o un bolsón lo suficientemente grande como para cargar todas las prendas. Encontré por fin una bolsa tamaño gigante en una cajonera donde mi mujer suele meter bolsas de regalos y envoltorios de obsequios. Cargué todo y salí. El lugar estaba con la persiana baja y parecía semiabandonado. Todas las tintorerías son mas o menos igual de kafkianas. La estética sobria es lo que en ellas domina. Poca luz natural y artificial menos que lo justo. Un gran mostrador de madera macisa, pocos adornos o ninguno rara vez un crucifijo o imagen de santos o patronos del trabajo. Pero el olor del solvente es seguramente más seductor que el vinagre de los locales de sushi. Asomé mi cabeza hasta donde pude, vi macetas con plantas que jamás en mi vida había visto, tal vez el señor Yoshitsugu las había traído en unos de sus últimos viajes a Japón. El lugar estaba desierto, en un costado de la neblinosa puerta-vidriera con una tinta que se había desteñido, tal vez con una lluvia torrencial, había un cartelito que decía "tocar timbre al lado". Señalaba con una flecha y los tres números exactos de la dirección que no llegaban a distinguirse del todo, solo un 8. De todos modos fue fácil encontrar la vieja puerta de dos hojas, una fija y la otra móvil, altísima y angosta como suelen tener las casas con balcón francés. Toqué timbre y retrocedí hasta la persiana de la tintorería. En efecto, apareció una mujer nipona de unos cincuenta y tantos o cuarenta y tantos? sesenta y tantos? Entre 40 y 60 no cabía posibilidad de equivocarse. Me miró con cierto recelo antes de abrir el candado pero de inmediato me sonrió y me hizo pasar. Apoyé la bolsa sobre el mostrador y le pregunté si el señor era su marido. Creí que ella primero dudaría y mirándome a los ojos me preguntaría "qué señor"? Pero no, su contestación mientras acomodaba algunas cosas dispersas sobre el mostrador fue "es mi cuñado". Por frases y comentarios posteriores me dio toda la impresión de que allí el señor Yoshitsugu era como el distribuidor de sentido a la manera de la carta robada en el cuento de Poe según la famosa interpretación de Lacan. Yoshitsugu ausente-presente. No entiende que esta casa es ya muy vieja. Mi cuñado tiene diez hermanos. Mi cuñado es el que organiza eventos en el Centro Okinawense de Argentina. Esas son cosas de mi cuñado. Le dije que el señor estaba preocupado por la pared que según él los vecinos... A lo que ella movía la cabeza negando mientras preparaba una boleta de retiro escribiendo sobre un talonario y repitiendo siempre como si meciera las palabras antes de dejarlas salir "es mi cuñado, es mi cuñado".       

22 enero, 2014

Escabeche

 Chavita está sentada frente a mí jugueteando con su pelonegro, y sus ojos también negros redondos y profundos. Me cuenta que su papá está en Perú y que muy seguido no la llama. Intento distraerla, no exactamente distraerla sino que pienso lo maravilloso que debe ser... en fin, trato de que no lo tome como algo personal. Y Mayra, es peruana también, sabía Chavito? La chava está parada junto a su silla y la mesa cuadrada. Su figura estilizada va muy bien con una mesa para ella sola, Chavita y yo compartimos otra mesa inmediatamente arrimada. Junta los labios finos los comprime deja que esos labios rosados jueguen en su cara. Hace como que afirma que lo que dice Violeta es tal cual. Los tres empezamos a reír al unísono, no estoy seguro de que ellas rían por lo mismo que yo río, en verdad supongo que ellas se ríen de mí credulidad y yo me río del movimiento que ellas le imprimen al aire, a la vereda, a la sombra de los plátanos. Las Chavas son una especie de droga. Cuando no hablo con ellas estoy triste -esa es una frase que podría aparecer en una bitácora que nunca he escrito-. Entonces se miran y ríen. Ah ya entiendo! la Chava no es peruana bueno a mí queeé. Ellas por un momento se toman en serio lo que digo porque cortan en seco la risa como si dijeran ah cierto que esos chistes no le causan... En la Chava vi pero no sé si eso es ver fue como un brillo de los ojos, una fulguración, demasiado pasajera para ser un gesto, no comunicaba nada eso. Pero la Chava lanzó de alguna manera tan imperceptible como una interrogación, eso, claro, fue cuando todavía ella estaba parada, antes de tomar asiento. Me pregunto si se habrá tranquilizado o le habrá dado un empujón de confianza el hecho de que a mí me diera lo mismo que ella no fuera peruana.
 El mesero se retira un poco impaciente porque ya ordenamos lo que queremos tomar menos la Chava que adelantó que tomaría un jugo pero después no se decidió. Me gusta estar sentado acá es que cuando un bar está así en una esquina tranquila por donde solo pasan autos y bicicletas y una de las calles es adoquinada aunque la otra no, sí, es una buena combinación que equilibra las cosas. La Chava mira un rato más la carta y luego se decide por un licuado multifrutal pero con agua. Chavita pidió una coca y yo una cerveza. La charla discurre por cuestiones fundamentales, acabo de preguntarle a la Chavita qué extraña de su país y me dice que la comida, eso extraña bastante. Aunque acá no pierde oportunidad de comer la comida de sus pagos. Chavita por favor me podría enseñar a cocinar algo peruano? La Chava dice que algunas veces la Chavita la invita a su casa a comer y todo es muy delicioso. Te acordás esa vez que preparaste ese pollo con esa salsa guau! estaba riquísimo. Ah sí, pero no sé Chavito qué le podría decir que se prepare... El verano pasado comí ceviche y me gustó bastante, pero lo preparó bien de qué lo hizo? de gatuzo, de ga qué! -la Chava lanza una risotada tras sacarse la pajita de la boca para volverselá a poner de inmediato-. Gatuzo nunca probé, usted tiene que probar lo que es el ceviche de pollo, de pollo? sí de pollo. Ni mamado como pollo crudo. No es crudo está cocinado en el jugo ay! siempre hay que estar repitiendo los mismo. Bueno está bien pero no sé me da cosa, no, si voy a su casa por favor hágame de otra cosa. Chavito no voy a discutir con usted, directamente le voy a traer el preparado de ceviche de pollo, cuánto me apuesta? que se va a chupar los dedos... Está bien pero ceviche ya conozco enséñeme algo fácil para empezar. Mmm atún frito eso podría ser. Tiene que hacerlo así, primero agarra tomate y lo pica y también pica una cebolla. Y necesita muy importante morrón en polvo ay no me acuerdo cómo se llama -se esfuerza por recordar- ay lo tengo pero no me sale cómo se llama Mayra el morrón en polvo? Pimentón decís? Eso! sí pimentón y una lata de atún. Agarra el tomate picado y lo pone a freír junto a la cebolla, agrega el pimentón. Después muy importante el escabeche. No sé qué es eso Chavita... Sí es como un tipo de ají pero no sé como le dicen acá yo le digo así "escabeche", Mayra vos sabés cómo le dicen acá? Ni idea. Ay cómo es que se le llama... Bueno después le digo mi mamá debe saber cómo se llama. Está bien Chavita no se preocupe cómo seguimos? Va el escabeche y se agrega el atún y se cocina un poco más y listo. Ah! por cada lata de atún, acuérdese, una cebolla y un tomate. Yo siempre me preparo atún frito cuando estoy sola. El mozo nos interrumpió para preguntarnos si queríamos pedir algo más le dijimos que mejor pagábamos porque nos teníamos que ir. Todavía no anochecía pero tampoco era temprano. Mientras el mozo nos daba el vuelto y retiraba algunas cosas de las mesas Chavita se puso a recordar sobre otro día que yo le había estado preguntando sobre comidas peruanas y habíamos hablado del ceviche y de las cosas que uno extraña mucho cuando está lejos de su país de origen. Chavita contó que después fue a su casa y a la noche conversó con su mamá de todo esto y su madre la escuchó con gravedad y finalmente le dijo -eso a Chavita le causaba una especial gracia- le dijo, vos -o sea justamente vos- les vas a enseñar a preparar ceviche?! En pocas palabras: voos, voos le vas a enseñar?!
     

07 enero, 2014

La noche que se alarga

 En la esquina de Antonio Machado y Malvinas Argentinas estaba demasiado oscuro. Lo bueno es que había un cantero muy piola para estarse sentado y hasta tenía un enrejado que funcionaba muy bien como respaldo para descansar. A un lado, cruzando la calle, estaba el barco celestón del Hospital Naval; apagado y silencioso... pero vivo en su interior. Los semáforos, dispuestos en dos de las esquinas y un bulevar lindante con el parque eran la única iluminación cercana. Medían con sus cambios lumínicos la noche de fiesta. Más allá del semáforo que estaba en el bulevar había unos bancos de cemento y un tipo sentado que se mantenía inclinado mirando la pantalla de su teléfono como si esa fuera su única luz. Estas noches se ahuecan en su interior oscuro y aparentan ser eternas, como noches que nunca van a acabar. Son noches que se estiran intentando aplazar el alba pero al final se hace de día. Cuanto más se ahueca la noche más deseos de felicidad se le piden y la noche más traicionera se vuelve. En la película Felicidades, a un tipo se le ahueca la noche y la recorre, la alarga como un río que extiende sus aguas mansamente, recorre la noche que se cierne traicionera queriendo comprar un regalo a último momento; un regalo especial. Se respira la noche con esa profundidad llena de vida, llena de soledad. Cerca de los juegos había varias personas que salieron de sus casas, había niños, niñas, gente mayor, algunos encendían bengalas y otros preparaban un cohete que se dispararía en instantes de una botella de sidra que había sido recogida junto al cordón. Pero más acá el tipo que estaba solo y miraba su teléfono seguía en la misma. Esperaba una llamada de lejos? Se detuvo un coche frente al semáforo y esperó que corte pero no cortaba nunca debería haber arrancado igual, pasárselo en rojo, pero no, esperaba que corte y cuanto más desierto está todo -se sabe- más tarda el semáforo en cortar pero así es como deben ser las cosas y no hay nada que discutir. Al lado de las personas que estaban cerca de los juegos festejando con cohetes y fuegos de colores había otras personas que también preparaban botellas para lanzar al firmamento sus fuegos multicolores deslumbrantes. Más lejos, metidas y en cuclillas en la pista de skate que parecía una cueva a cielo abierto, una mujer y una niña se miraban, ¿estaban abrazadas o acurrucadas? Entornaron sus cabezas hacia arriba para admirar los fuegos multicolores. Casi en el medio de la calle otra botella de sidra ahí de pie, y de ella salía una bocanada de humo gris espeso que se afirmaba en el aire por el foco de alumbrado que le caía justo encima. Un perfume a pólvora que se expandía. No había dudas de que el calendario anual avanzaría uno más en unos instantes, ya. Pasaba justo por un lavadero de autos cuando eso sucedió. Había unos pibes allí, empleados que habrían dejado haciendo una especie de guardia y uno sentado en un cajón de manzanas que hacía un vaivén pendular con chirridos muy suaves esperaba a otro que se acercaba con un espumante. El que se acercaba muy decidido al otro con la botella sostenida del cuello inclinó muy levemente la cabeza y con naturalidad me gritó que tuviera, capo, un feliz año. Todo se detuvo en la cabeza de millones, estalló en las mismas cabezas de millones y se preparó para recomenzar.

03 enero, 2014

Quien habla

 Quién es el autor de lo que ello dice? Tantunita me dice, es que lo dijiste mal, ah entonces!, -contesto-, eso justifica la pelotudez que Tío acaba de decir... Lo que yo dije -agrego- era intentar explicar la cantidad de jornadas sobre la nueva escuela secundaria que habrá el año próximo y Tío salta con cualquiera. Tantunita se lo piensa y hace como un chasquido con los ojos, muy convencida me espeta este; no, claro que no lo justifico para nada a Tío, es una pelotudez lo que dijo... -un silencio, evalúa, y agrega- es que lo decís mal. Se entiende, lo explicás mal, te expresás mal, no llegás al punto al que querés llegar, a buen puerto a algún puerto a ningún puerto, a puertas que finalmente no se abren. Alarmas que no suenan cuando deberían sonar, reproducciones que avanzan tan pero tan lentamente que cortan las palabras hasta que es imposible oír lo que se está diciendo y lo que se desenvuelve en las imágenes. Eso es lo que me dice la voz en la conciencia cuando ya me estoy levantando, cuando casi me estoy despertando. Multiplicación de autores: Dios, ello, Tantunita, ello, quién es el autor, qué es un autor, quién habla, quién me habla, quién me despierta y para qué?
 Entre las sábanas calientes con la corriente tibia y pesada entrando por la ventana y los motores en la calle rugiendo sufrientes como últimos estertores de resignación ante la inmensidad del calor que los abraza. Todavía siento las voces en mi cabeza, me ofuscan, no sé de dónde vienen hacia dónde van hacia dónde me llevan... Después, leo, en una conferencia célebre que el autor, también célebre, toma prestada una línea de Beckett donde se dice que "No importa quién habla, dijo alguien, no importa quién habla". 
 
        

28 diciembre, 2013

Cortes

 Desde el resentimiento o la incomprensión me pregunto por qué las fuerzas son así. Por qué llevan y traen las fuerzas; acaso es un capricho lo que allí atrás subyace? Acaso sea, a lo Nietzsche, la tirada de dados... acaso el universo/el niño que juega con los destinos. La vida y la potencia siguen reglas y patrones extraños. La potencia, la duración, ese aferrarse silencioso está en lugares olvidados por todos y sobre todo por el deseo de querer que ello continúe allí. Pero a la vida qué puede importarle eso? Puede estar allí igual, sin intestinos o con órganos vitales todos agujereados donde ya no hay nada, ningún líquido que pueda correr escaparse con la vida a otro lugar. Y cuando todos esperan que la vida esté, no está. Solo la indiferencia de los signos maltrechos e inexplicables. Solo la persuasión de que nada puede hacerse y hay que esperar. Alcanza y es suficiente esperar. La vida omnisciente le da a unos muy poco a otros demasiado y eso enoja a los que juzgan que acá debe estar que acá debe no cortarse, aun. La vida es como las centrales de energía: Atucha I, II y III. Es inconclusa, es parcial, se corta y se distribuye con ineficacia, desparpajo, ante la menor variación, inclemencia, exceso, de temperatura, se funde y apaga.    

01 diciembre, 2013

Pensar es un hecho revolucionario hecho signo

 El Parque de la Memoria está emplazado en el Río, como debe ser, un recordatorio como ese no puede darle la espalda al Río como la Ciudad. Lo primero que nos gusta de este lugar es que está concebido para que el visitante lo recorra en bicicleta, grandes recorridos, inmensas estructuras, el arte que domina el espacio es un arte de dimensión descomunal en algunos casos y apática, sobria, de gris concreto y de concreta obligación la mayoría. La memoria gris. La memoria que funda. La memoria que todo lo puede. La memoria de la que se espera. 
 Poca gente recorre el parque. Eso agiganta la sensación desértica y aminora -diluye- los rayos solares. Más allá el río abraza para toda la eternidad todos los secretos de la historia del irremediable país. Un fotógrafo hace preguntas y proyecta tomar fotos a la pieza flotante, le decimos que esa obra debe ser bella a la noche cuando se encienden los cuatro reflectores que encuadran ese enigmático cuerpo erguido con su homogénea textura de gris metálico. El fotógrafo se aleja envuelto en una nube de entusiasmo. 
 De todas las obras la que más nos interesa es Torres de la Memoria. Una obra figurativa-abstracta que con su geometrismo abarrotado se asienta en el terreno desértico del parque como una bomba con dieciséis ojivas esperando conectarse con sueños carentes de sentido. Tiene también algo de antena, por la forma superior, por la posición a sesenta grados, por el gesto de radar que triunfa y se degrada al mismo tiempo que se impone y no para de inclinarse para besar la tierra. Un híbrido agresivo como todo lo que está pensado para sobrevivir en el desierto, para moverse sobre terrenos agrestes; máquina de muerte, dormida e inútil. 
 Alguien toma unos mates a la sombra de otra obra gigante. Una pareja recorre los muros grises donde se enlistan los nombres de los muertosnomuertos. Las cosas ya estaban feas antes de los 70 y en el 76 se suceden filas y más filas y más caminar de nóminas y en el 77 también son los años en los cuales la máquina de muerte levanta una temperatura infernal. Dato curioso: en el 83 hay un terrorismo de estado que mantiene una inercia vigente aunque el aparato ya esté desmembrado y débil, la inercia de las cosas que tienen un gran peso continúa empujando y destruyendo aun cuando la cosa ya parezca haberse detenido. Pero hacia dónde van las fuerzas demoníacas del estado cuando hace ya tanto tiempo que hablar de terrorismo de estado es un cliché?  
 Hoy día cuando se diseña y construye un parque se realiza la mimesis de una pista de skate; obstáculos, plaza seca, empalizadas y explanadas que se reproducen y diagraman la contención de los signos especiales. Porque el arte se pone en el desierto para plantar signos. En un centro de deportes alternativos que está justo al lado del parque de la memoria se avisa al visitante que está prohibido plantar árboles. Claro, eso es una decisión de estado. El monstruo, para decirlo a lo Nietzsche, se caga el el dictum libro-hijo-árbol. Los signos que se ponen en el desierto son decisión política y por tanto del Soberano. 
 Unas niñas que pasean solas por los muros grises con las nóminas de la shoá local lanzan carcajadas dignas de niñas bien niñas. Y Cantan: 
el policía dijo, 
por ahí 
no se puede, 
por ahí está prohibido, 
el policía dijo, -más carcajadas, la potencia de la carcajada de las niñitas es como una varita que con leves movimientos transforma lo que toca-. 
Y el policía diijooo, -elevan la voz y ríen un poco más-. 
que, 
dijo el policía
por ahí 
no se puede 
no se puede
no se pu e de
andar en bicicleta

11 noviembre, 2013

Pollock y la realidad manual de la pintura


Intentaremos hacer una descripción de la pintura de Jackson Pollock analizando tres escenas de la película Pollock[1].
En la primer escena[2] Pollock está pintando uno de sus típicos cuadros del llamado expresionismo abstracto y Lee Krasner lo interroga acerca de lo que está haciendo, la temática, qué lo motiva a pintar así. Pollock se muestra hermético. Lo interesante es ver cómo se delínean las relaciones entre el ojo, la mano y el plan o intencionalidad del artista. Mientras que Lee Krasner intenta identificar la fuente –conceptual/teórica- de sentido de las figuras que aparecen en el lienzo, Pollock pone de manifiesto con sus gestos –su manera de pararse y moverse frente al lienzo- que en su pintura el ojo está completamente subordinado a la mano; cuestión que va a ir describiendo una evolución y una profundización en las técnicas que Pollock irá definiendo y precisando en el futuro. En este modo de pintar de Pollock, si el diagrama no se encuentra, -eso es lo que desconcierta a Lee Krasner-, es porque como dice el filósofo Gilles Deleuze; es el ojo quien no puede encontrar el diagrama.[3] Si se busca el diagrama con el ojo solo se ve caos, firuletes, líneas caprichosas y motivos arbitrarios. Lo que hay que suponer es que la mano se ha rebelado contra todo lo visual, contra todo lo figurativo, es decir que la coherencia de esta pintura no se puede buscar en algo externo a ella que estaría representando; el mundo de esta pintura comienza y termina en ella misma. Si hay algo que es fascinante de ver pintar a Pollock es, no tanto detenerse en lo que él pinta, si no contemplar cómo su mano lo pinta. Esto no pertenece a un momento puntual de su obra. A lo largo de los años y cuando sus estrategias pictóricas varíen se mantiene ese gesto –el movimiento, la tensión, la presión de su mano- donde el pintor parece concentrar toda su fuerza creativa.
En la segunda escena[4] se ve a Pollock preparando el cuadro titulado El Mural encargado por su “mecenas” artístico Peggy Guggenheim. En relación a la primera escena la evolución que aquí encontramos de su pintura y su diagrama, para decirlo como Deleuze, es una mayor liberación de la mano que se puede apreciar por la velocidad y la radicalidad de los trazos que por momentos son estallidos o recias pinceladas sobre el paño. Lo que se ve es que el contacto entre el pincel y el paño se va reduciendo cada vez más porque por momentos el material se plasma directo sobre la superficie del paño sin pasar antes por la pincelada. Otro alejamiento que se observa en esta escena es el paulatino abandono del conjunto caballete-pincel que en este caso está dado por el gran formato que es la pintura mural. Tan explícito es el alejamiento del “caballete-ventana-figuración” en este caso que Pollock se abre su propio espacio de trabajo a masasos para poder adaptar las dimensiones de su taller a las dimensiones de la superficie a pintar.  
En la tercer escena [01:05:00] encontramos un Pollock que suma todos los rasgos de su estilo pictórico de forma acabada. El caballete desaparece totalmente. La obra se realiza sobre el suelo, el artista interviene sobre la pieza con gestos de manos, brazos y casi todo el cuerpo, se gira alrededor de la obra, se la aborda desde todos los flancos. Aquí vemos de modo anecdótico cómo Pollock incursiona por vez primera en esa especie de pintar salpicando, dejando que la pintura chorree sobre la tela: dripping. El pincel tiende a desaparecer y demás elementos convencionales. Se profundiza el carácter abstracto de la obra en la medida en que ésta se compone de barridos de chorreos, superposiciones de colores y manchas. Cierta crítica puede haber considerado que esto exacerbaba el carácter caprichoso y espontáneo de la obra de Pollock. Pero también podemos ver lo consecuente de su método y estilo. Y cómo alcanza su objetivo de alejamiento absoluto de toda figuración. Pollock afirma: “Mi pintura no nace sobre el caballete. Rara vez, antes de comenzar a pintar, extiendo la tela. Prefiero fijarla sin armazón sobre la pared o colocarla sobre la tierra. Tengo necesidad de una superficie dura y sobre el pavimento me siento más a gusto, más cercano, formando parte del cuadro, porque puedo andar alrededor, trabajar en el cuadro, estar, literalmente, dentro del cuadro. Cada vez más abandono los utensilios clásicos de los pintores; prefiero la espátula, los cuchillos, los colores fluidos y que gotean, o bien, una pasta compuesta con arena, vidrio triturado y otros materiales inusitados. Mi pintura es directa. El modo de pintar es la manifestación natural de una necesidad. Yo quiero exprimir mis sentimientos más que ilustrarlos”.[5]
Si retomamos aquel cuestionamiento que se ve en la primera escena cuando Lee Krasner intenta interpretar el trabajo de Pollock a la luz de las escuelas y paradigmas de la época, vemos que la experimentación ha llevado a Pollock a cristalizar un “lenguaje” propio que rompe con  cualquier indicio que remita a una intención de transmitir ideas, representaciones, contenidos. “Yo soy la naturaleza” dice Pollock para contrarrestar aquellos argumentos que intentan adosar a sus cuadros ideas y contenidos que le son ajenos. La fuerza del diagrama intenta pulverizar todo elemento que busque encerrar las formas, determinarlas. De ahí que la línea de Pollock busque esa variable autómata que no permite a la línea detenerse nunca y se vea forzada -pero sin fingir forzamiento alguno- a dar vueltas y describir innumerables vuelcos de silencioso desorden.  






[1] Pollock, 2000, Dir. Ed Harris, EEUU, 122’ .
[2] 00:22:00
[3] DELEUZE, G, Pintura. El concepto de diagrama. Cactus, Bs As 2008, Trad. Editorial Cactus, p. 93.
[4] 00:31:00
[5] Gran biblioteca Sarpe, Los Genios de la Pintura, Madrid 1979, p. 13. 

31 octubre, 2013

Del legislador

 Nene malo Cabandié. 
 Cabandié nene malo. 
 Lo paran y le piden los papeles y no tiene los papeles del seguro o todo pago al día y las caras de las gentes no se gustan. Y le quieren retener el automóvil porque no cumple con la reglamentación vigente. Y entonces se enoja y dice, soy, sí, soy, hijo. Llama por celular y ni piensa ponerle paños fríos a la situación y una mujer lo consuela, una mujer lo lastima, una mujer le arrebata la paciencia, el buen nombre. Como un perro al que se acorrala como can al que va a buscar la perrera, herido pero no de muerte, sino cortado por el filo del acero cobarde que le hace lanzar improperios y un montón de palabras y verdades que danzan en la rabia que se desparrama por su maxilar inferior. Y todo se va mezclando en la discusión, las contestaciones, la espuma y las palabras como recortadas y pegadas una al lado de la otra pero alguna más derecha y otra más inclinada sobre la otra, otras como si se cayeran como si derraparan cuando se termina el camino de espuma. Un día en que voy a ver a la familia debería decirle al gendarme quién soy o quien soy. Y no lo hago. La familia siempre desaparece en el horizonte; en sueños, de niño, la familia no está y es una angustia creciente que cubre todo como una niebla densa. Sentado en su butaca sin los papeles al día, interpelado y caliente. Ese es el que yo soy; soy el legislador. ¿El que hace y castiga y aguanta porque hay mucho hijo de puta que te va comiendo por todos lados cuando querés hacer las cosas como un justo? El legislador es un justo, está en su despacho atiende el teléfono, hola! soy Dios. Difícil es el lugar del legislador tal como lo señala Jean Jacques Rousseau en el Contrato Social. No puede recurrir ni a la fuerza ni a la razón para persuadir al pueblo ignorante de los beneficios de colocarse el yugo de la carga pública. Y qué hará el legislador entonces: invocará al cielo, o sea intentará usar el teléfono para comunicarse con Dios. 
 Casi a mediodía en dirección al sur ya saliendo de la ciudad y entonces los gendarmes dicen con gestos de la itaca de las armas no de las manos sin usar la voz, dicen que pare. Y entones que vacíe la mochila, los bolsillos y todo esto porque es obvio que ahí, y señala ahí con las cejas con cierta tonada de la voz un poco para dentro y resoplando, ahí podés llevar un arma es por eso, pero esto que sigue no lo aclara; que es muy importante pararte y palpar bien las cosas y probarlas. Sí. Porque ese gendarme saca de la mochila o hace sacar -porque las cosas él no las toca solo las mira sintiendo en sus ojos el palpitar de las cosas-, el pez, recién llenado de pastillas-pez. Y entonces se mira en la cabeza en la punta del pez que es un simio que se llama marcel y esto qué es. Pastillitas, dice. Tuerce la boca y la cabecita de marcel y tira con cuidado y ahí están todas las pastillas acomodadas algunas más blancas que otras otras como de tonos lavados, una fila de arco iris, cierto perfume dulzón y artificial. Y él posa la puntita de su lengua para probar el azúcar ese y saber si no será alguna sustancia prohibida. Cierra el pez y me lo pasa y yo me fastidio por no decir quién soy. Y el pez se disuelve después de ser lamido se esfuma y las pastillas van cayendo a la vereda toda rota con esas baldositas cuadradas de veinte por veinte levantadas tan solo apoyadas en el suelo las típicas que salpican después de la lluvia. Vuelvo con mi padre en su viejo coche cierta noche del cine. A la salida comenzó a lloviznar y refrescó, entre un repiqueteo muy pausado sobre el amplio capot, la marcha lenta sobre el asfalto oscuro y el ruido fuerte del motor vamos comentando pormenores. Qué malo es el sonido en estos viejos cines del conurbano pero la película de ciencia ficción fue más que jugosa, compleja. Se llama Experimento Philadelphia y trata sobre una experiencia bélica que realiza la marina de EEUU en los años '40 utilizando cierta tecnología basada en energía nuclear. Resulta que algo sale mal, una anomalía, se produce como una especie de burbuja radioactiva y contamina, por no decir que baña, todo el barco donde se realiza la experiencia. Los dos marines protagonistas, a diferencia del resto de la tripulación, se lanzan al mar creyendo que así salvarán su vida. Pero en realidad la complican porque viajan en el tiempo al futuro y a partir de ahí todas las peripecias para reparar sus vidas que quedan dañadas de un modo mucho más severo que si se hubiesen quedado, entregado a la plena radioactividad de su barco... Tan distraídos estamos conversando que mi padre, sobre todo, no se da cuenta que un policía de tránsito le hace señas para que se detenga. No lo ve y sigue camino. Pero el policía lo sigue-persigue. Toca sirena, le cierra el paso. Frenada medio abrupta. Los papeles, la identificación, quién es el menor etc. Mi padre le explica que ni cuenta se dio y le dice quien soy. O sea le dice quien él es. La conversación-interrogatorio se extiende un poco más; siempre con ese tono cortante. En el momento oportuno un término que para los oídos de un agente produce el mismo efecto que empinar una copa de salentein 2010 con My Favorite Things de Coltrane al taco: chef, capo, boss; ese es quien yo soy. Puede continuar disculpe la molestia. Continuamos, pero todo está cortado por un frío que echa un humo gélido como el hielo seco. Cuando llego seguro que comienzo de modo atropellado a relatarle todo el film a mi madre. Mientras ponemos la mesa es como si de tan vertiginoso modo de escupir las palabras pudiese articular toda aquella trama incomprendida. Y volviendo, mi padre dice que estos te molestan durante un buen tiempo. De joven siempre te van a molestar. Es como un presagio de lo que ha de suceder unos años después en el momento en que las fuerzas de la vida llegan a su cenit: mundo adolescente. Después ya no te joden tanto. Y si se complica mucho dice... Ese se complica mucho se me ilustra en ojos colmados oscuridad, como una bola de luz negra parecida a la del Experimento Philadelphia cuando se produce la anomalía y cuando la densidad de la burbuja va cediendo y los relámpagos amarillentos y cobaltos bajan la tensión veo que no es más que alguien joven encapuchado y unos cuantos policías que le pegan hasta matarlo. Deciles que tu padre -esto es decirles quién soy sin que te lo pregunten siquiera que equivale a decir quien soy- trabaja para Presidenta de la Nación.