Todo el día estuve sintiendo que donde debían estar los gotones de la lluvia, que al final no fue, estuvieron los jirones de esa carta entregada por un padre encomendando a su hija querida para que la cuiden y la amen. Mientras tanto en todos los diarios la tinta rebosaba, inundaba hasta lo que no se puede inundar sobre las superficies impalpables digitales y diciendo que hay besos para todos los desvalidos, para los más desvalidos. Quiero una Iglesia pobre, un beso. Quiero una Iglesia pobre, una caricia.
Pero cada despojo de palabras del padre escritas y firmadas era terrible y penetraba el cuerpo como trompetas que clamaban sin resonar; tanto dolor... El peso del dolor es incomparable en el sentido de que es intangible en extremo y deja unas huellas que son como movimientos sísmicos. Como si un carnotaurio hubiese andado por ahí caminando hace miles de siglos y las marcas de las toneladas de las patas quedaron; así es el peso del dolor.
A todos los de mi generación los vuelve locos Star Wars. Cuando era chico sentía que mi experiencia estaba incompleta porque no había visto la saga entera. Me faltaba el Imperio contraataca. Cuando pude verla, no en el cine porque cuando el Imperio se estrenó yo era demasiado chico, cuando conseguí una videocasettera para poder alquilar la cinta vhs y verla, fue como un renacimiento. Mejor dicho fue como cerrar una etapa de la infancia. Me apoltroné solo en unos sillones de cuerina negros y puse play.
Esta película es archiconocida por todos y por lo tanto no tiene sentido decir de qué va. Pero quiero comentar una escena que es en sentido descriptivo el tanto dolor en algún aspecto muy superficial. Cuando Luke Skywalker se trenza en un duelo inolvidable con su papá Dark Vader. Muchas cosas se han dicho sobre esta escena memorable. El padre quiere tentar a Luke en relación al Lado Oscuro y Luke reniega de todo eso porque es un creyente de la luz. El Emperador hace todo para conmoverlo -pero esto no sucede en esta escena sino en otra parecida- al punto de que los espectadores contemporáneos, para quienes por supuesto la luz es una total patraña, desean en silencio que Luke finalmente deje de ser un creyente incondicional y abrace la corrupción de manera apasionada. Pero no. El jedi que ya aprendió un par de trucos de magia y puede mover las cosas invocando la fuerza se rebela contra los enemigos de la buena humanidad y le hace frente al ya semihumano del padre. Lamentablemente aún no está del todo preparado y sufre la amputación de su brazo a manos del rayo espada luminosa. Es fascinante cómo corta la carne la espada de los jedi. Es fascinante porque el corte siempre es un corte perfecto que quema de un modo abrazador, cuasidivino es el corte. Sin roturas, sin sangre, sin derramamiento de flujos inmundos. Pero desmembra los tejidos sin piedad. El pobre Luke debe ser rescatado con su cuerpo incompleto y sufriente pero felizmente una vez socorrido y entre amigos, es operado de manera incomparablemente cibernética y se le repone su miembro. No hay final más feliz que ese a mi gusto personal. Es una idea brillante, ingenua y utópica: el trozo de cuerpo perdido puede ser restituido. Nada está más lejos de la pura y cruda realidad. Nada es menos real que esa restitución de la carne. Como la muerte, la carne que es separada del cuerpo ya sea de modo brutal o quirúrjico se vuelve incomponible. Es como si ese trozo de carne, esa mano, ese antebrazo separado del cuerpo se tornase absolutamente amorfo; esa es la ley de lo real. De la muerte no se vuelve y del cuerpo que ha sido fragmentado no hay recomposición posible. El espíritu se evade de ese foco de dolor con una saña, con una velocidad que a lo sumo es ilustrada por el reguero de sangre que estalla como en los brazos amputados de los peronajes de Kill Bill de Tarantino. Una lluvia de sangre de dolor y de carcajadas ante el patetismo extremo de lo que significa que el cuerpo sea dividido sin retorno y casi por un capricho de las pasiones y el egoísmo de los hombres.
De todas maneras como la ciencia siempre desafía las leyes naturales no es increíble que el padre se presente diciendo que la niña podría haber salvado su brazo. Del mismo modo que lo hacen algunos improvisados y temerarios cuando tienen un accidente doméstico y al perder un pedacito de dedo de una cuchillada se lo restituyen aplicándose unas gotas de pegamento compuesto de cianocrilato. Así, algo de esperanza se habría podido vislumbrar. Pero ni siquiera eso. El brazo tenía que perderse entre los hierros entre los pastizales para que la desgracia pudiese quedar sellada. La desgracia es un giro que desfonda. La desgracia no tiene límite. Es basta es insondable de una espesura fría como la frialdad hipotética de las galaxias sin soles. Así es la desgracia.
La muchacha está parada en el pasillo y cuando sonríe las ventanas, las cortinas, las paredes escritas y las puertas altas se abollan y absorben a ellas mismas. Ahí está su brazo colgándole, la venda de muchas vueltas que rodea toda esa ausencia de brazo que remarca y remarca el vacío. Y en nada la chica se parece al jedi con su brazo amputado. Y en nada el padre pareciera destilar algo de oscuridad o de resentimiento cuando despliega la hoja donde él mismo ha escrito que la joven necesita un cuidado y una atención especial. Y todo está de más, todo lo que se pueda decir no alcanza a consolar nada. "Mi hija perdió un brazo en un accidente en la ruta. Lo que mi hija necesita es volver a hacer una vida normal..." Más o menos puedo imaginarme a qué se refiere el padre con vida normal, sería como decir que se inserte en un medio social que comparta con sus pares. El desafío y la pregunta es cómo vivir en medio de un desgarramiento semejante. Cuando veo la expresión desahuciada de la madre apoyada sobre una columna esperando al pie de una escalera la pregunta revuela con pesadez; cómo construir la vida desde ahí. Y la pregunta derridiana de si se puede aprender a vivir y de si se puede transmitir el conocimiento de lo que sería un vivir acertado, se disemina, como un gigantesco azulejo hecho trizas y cada trocito transmite sobre sus irregulares pantallitas esmeriladas secuencias de lo inconcebible.
23 abril, 2013
06 abril, 2013
Las palomas
Salgo a la mañana, no es tan temprano pero se siente en la piel ese frescor tan digno de la mañana. El asfalto avanzando es inexorable, tan quieto, tan fijado a sí mismo. Las bicisendas están arrebatadas de inmensos soretes de perro, ocres, simiblandos y tal vez aún tibios. Tres palomas están sobre el pavimento, lo husmean, fija su tonta pero atenta visión en derredor. Todo lo que se acerca lo desafían con una displicencia en extremo ingenua y luego no saben cómo escapar. Las palomas revolotean a mi alrededor, mueven su masa de carne grisácea que levanta un viento desproporcionado que inunda todo de olor a hospital. Vuelan mal. Las palomas vuelan mal. O son ellas las que están mal dormidas y malhumoradas. En la poesía de Alejandro Crotto Las palomas se dice que:
"después salimos a cazar palomas
con nuestro rifle de aire comprimido,
mi hermano y yo con menos de once años"(...)
El vuelo rasante y mal hecho queda atrás. Por la esquina pasa una caravana de autos tocándose bocina; los conductores inmóviles en sus butacas acolchonadas tienen todos la misma expresión.
Desde un paraíso observo junto a unos amigos de la cuadra los posibles blancos. Ya tenemos todo el equipo pero nos faltan los blancos. Qué decepción! Seguramente habremos subido a un paraíso porque son una fuente inagotable de diversión y recursos. Pues a nuestras gomeras fabricadas con ruleros y globos las cargamos con aquellas municiones demasiado buenas para ser obtenidas con tan poco esfuerzo. Los ramilletes verdes de bolitas de paraíso son perfectos, fáciles de alcanzar y como balines, insuperables. Los árboles se pelan muy rápido eso puede ser preocupante. De todos modos ahora cada uno tiene unas bolsas o unos frascos llenos, repletos de municiones verdes y no hay blanco a la vista.
"después salimos a cazar palomas
con nuestro rifle de aire comprimido,
mi hermano y yo con menos de once años"(...)
El vuelo rasante y mal hecho queda atrás. Por la esquina pasa una caravana de autos tocándose bocina; los conductores inmóviles en sus butacas acolchonadas tienen todos la misma expresión.
Desde un paraíso observo junto a unos amigos de la cuadra los posibles blancos. Ya tenemos todo el equipo pero nos faltan los blancos. Qué decepción! Seguramente habremos subido a un paraíso porque son una fuente inagotable de diversión y recursos. Pues a nuestras gomeras fabricadas con ruleros y globos las cargamos con aquellas municiones demasiado buenas para ser obtenidas con tan poco esfuerzo. Los ramilletes verdes de bolitas de paraíso son perfectos, fáciles de alcanzar y como balines, insuperables. Los árboles se pelan muy rápido eso puede ser preocupante. De todos modos ahora cada uno tiene unas bolsas o unos frascos llenos, repletos de municiones verdes y no hay blanco a la vista.
02 abril, 2013
Bala
El pan y la manteca. La cópula. El pavimento y algo que sobre él se desliza, la explosión de una máquina o la tracción a sangre. La cópula. El cuchillo y la carne. La cópula. Hay cosas que están hechas para conectarse y no le preguntan a nadie si eso es bueno o malo. Hay cópulas naturales, obvias, otras que van por los márgenes, otras tienen un carácter social-histórico, como las calles de la ciudad y los automóviles. Hay cópulas dolorosas, innecesarias.
La bala y la carne que se atraen como el cuchillo y la carne y hacen bodas, bodas de sangre y amarga miel. Adentro de la carne la bala se ha detenido. Los médicos dijeron hay que esperar... qué hay que esperar? Ver, saber si va a tener un paro ahora mismo. Si la bala llega a la arteria se muere, aclararon los médicos. Esos minutos fueron eternos y la bala se detuvo justo ahí, encalló quitándose impulso abrazador tal vez por el propio coagulo denso que formó a su alrededor.
La bala haciendo la vuelta carnero entre los tejidos sanos, destrozando todo a su paso y deteniéndose justo antes de barrer una arteria elástica. Como si tocara la elasticidad y no pudiese extraer impulso de ningún otro lado y empujara la resistencia milagrosa de la arteria en la pierna que tiembla del miedo inaudito. La bala tiene que descansar, junto al cuerpo, rodeada de la carne que ha roto y que no la ha saciado aún. A su manera cada uno debe descansar, el cuerpo reza y espera que recen por él. La bala duerme y espera poder quedarse quieta sobre la arteria, la arteria la arropa y la convence de que quedarse quieta es lo mejor. La arteria y la bala entre la corriente de sangre que distribuye los nutrientes para cada célula. Una cópula innecesaria. Una señal que se desvía.
La bala y la carne que se atraen como el cuchillo y la carne y hacen bodas, bodas de sangre y amarga miel. Adentro de la carne la bala se ha detenido. Los médicos dijeron hay que esperar... qué hay que esperar? Ver, saber si va a tener un paro ahora mismo. Si la bala llega a la arteria se muere, aclararon los médicos. Esos minutos fueron eternos y la bala se detuvo justo ahí, encalló quitándose impulso abrazador tal vez por el propio coagulo denso que formó a su alrededor.
La bala haciendo la vuelta carnero entre los tejidos sanos, destrozando todo a su paso y deteniéndose justo antes de barrer una arteria elástica. Como si tocara la elasticidad y no pudiese extraer impulso de ningún otro lado y empujara la resistencia milagrosa de la arteria en la pierna que tiembla del miedo inaudito. La bala tiene que descansar, junto al cuerpo, rodeada de la carne que ha roto y que no la ha saciado aún. A su manera cada uno debe descansar, el cuerpo reza y espera que recen por él. La bala duerme y espera poder quedarse quieta sobre la arteria, la arteria la arropa y la convence de que quedarse quieta es lo mejor. La arteria y la bala entre la corriente de sangre que distribuye los nutrientes para cada célula. Una cópula innecesaria. Una señal que se desvía.
24 marzo, 2013
La raja entre los mundos
Los sueños brujos nos llenan de pavor muchas veces al despertarnos; siempre hay algo siniestro en esa clase de sueños. Pero a diferencia de otros sueños, y, más allá del placer que nos provoquen, los sueños brujos son interferencias que nos empujan, nos convocan y nos llevan a una cierta transformación. El día no puede ser un día cualquiera luego de tener un sueño brujo. En el mejor de los casos será todo un devenir.
En nuestro sueño brujo algo nos tendió la mano, las manecitas -mejor sería decir las garritas- la vista nerviosa, los movimientos trémulos y fugaces. En la otra orilla de la laicidad devastada o teatralizada... Aquí solo lagartijas, como aquellas que eran las brújulas cósmicas de Carlos Castaneda en Las Enseñanzas de don Juan. Andaban por ahí, simplemente andaban por ahí las lagartijas. Por el pasto por el campo. Una zona semiurbanizada como si dijéramos Cañuelas o Lobos. Apenas nos acercábamos un poco a ellas salían disparadas, se alejaban y desaparecían entre los pajonales que rodeaban las pocas casas. No se dejaban atrapar pero a la menor distracción ya estaban ahí como insistiendo. En el campo, en la calle desértica en la tierra se mostraban torpes, moviendo sus cuatro patas y su larga cola con dificultad. En el llano más se parecían a lagartos apesadumbrados, grises, pero apenas copaban el matorral se volvían atléticas y de tan rápidas parecía que se sambullían en colchones de yesca hasta desaparecer. Acaso habremos tardado tanto en interpretar los signos que las lagartijas lanzaban en todo el entorno de la calle desierta extendiéndolos sobre el horizonte cercano...? Porque más tarde una de ellas apareció clavada en un asador de campo. Estaba preparada para la faena, iba a ser devorada, ya no tenía cabeza, había sido abierta y despanzurrada, su carne anaranjada brillaba todavía aunque ya no había sol y atardecía.
Pero siempre volvían en el campo eran torpes y en los matorrales desaparecían rápido. Y se mostraban. Insistencia de las lagartijas, en general dos. Y lentitud sobrecargada de la interpretación. El dúo retornaba cuando oscurecía y parecía que se ponían a danzar entre las carpas. Si se les daba por subir por la pendiente bañada de rocío en los cubretechos anaranjados era extrañísimo observarlas. Daba la impresión de que se erguían y dúctiles y livianas caminaban hasta el vértice de las carpas desde donde se tiraban deslizándose sobre sus panzas que reverberaban con la claridad de la luna. Temíamos acercarnos demasiado y asustarlas. Preferíamos divisar con dificultad sus gestos hasta que pudiéramos adivinar que algo nos estaban diciendo. Cualquier movimiento podía tener un significado especial, si se alejaban hacia los matorrales o corrían hacia el sur. Si parecía que danzaban o se mantenían expectantes como presas, ellas mismas, de una visión repentina. Cualquier cosa podía pasar de un momento a otro; aunque no pasara nada. Atardecía y todo estaba en calma. Pero no podíamos distraernos! Como le había dicho Don Juan al aprendiz de brujo: "El crepúsculo: ¡allí está la rendija entre los mundos!".
En nuestro sueño brujo algo nos tendió la mano, las manecitas -mejor sería decir las garritas- la vista nerviosa, los movimientos trémulos y fugaces. En la otra orilla de la laicidad devastada o teatralizada... Aquí solo lagartijas, como aquellas que eran las brújulas cósmicas de Carlos Castaneda en Las Enseñanzas de don Juan. Andaban por ahí, simplemente andaban por ahí las lagartijas. Por el pasto por el campo. Una zona semiurbanizada como si dijéramos Cañuelas o Lobos. Apenas nos acercábamos un poco a ellas salían disparadas, se alejaban y desaparecían entre los pajonales que rodeaban las pocas casas. No se dejaban atrapar pero a la menor distracción ya estaban ahí como insistiendo. En el campo, en la calle desértica en la tierra se mostraban torpes, moviendo sus cuatro patas y su larga cola con dificultad. En el llano más se parecían a lagartos apesadumbrados, grises, pero apenas copaban el matorral se volvían atléticas y de tan rápidas parecía que se sambullían en colchones de yesca hasta desaparecer. Acaso habremos tardado tanto en interpretar los signos que las lagartijas lanzaban en todo el entorno de la calle desierta extendiéndolos sobre el horizonte cercano...? Porque más tarde una de ellas apareció clavada en un asador de campo. Estaba preparada para la faena, iba a ser devorada, ya no tenía cabeza, había sido abierta y despanzurrada, su carne anaranjada brillaba todavía aunque ya no había sol y atardecía.
Pero siempre volvían en el campo eran torpes y en los matorrales desaparecían rápido. Y se mostraban. Insistencia de las lagartijas, en general dos. Y lentitud sobrecargada de la interpretación. El dúo retornaba cuando oscurecía y parecía que se ponían a danzar entre las carpas. Si se les daba por subir por la pendiente bañada de rocío en los cubretechos anaranjados era extrañísimo observarlas. Daba la impresión de que se erguían y dúctiles y livianas caminaban hasta el vértice de las carpas desde donde se tiraban deslizándose sobre sus panzas que reverberaban con la claridad de la luna. Temíamos acercarnos demasiado y asustarlas. Preferíamos divisar con dificultad sus gestos hasta que pudiéramos adivinar que algo nos estaban diciendo. Cualquier movimiento podía tener un significado especial, si se alejaban hacia los matorrales o corrían hacia el sur. Si parecía que danzaban o se mantenían expectantes como presas, ellas mismas, de una visión repentina. Cualquier cosa podía pasar de un momento a otro; aunque no pasara nada. Atardecía y todo estaba en calma. Pero no podíamos distraernos! Como le había dicho Don Juan al aprendiz de brujo: "El crepúsculo: ¡allí está la rendija entre los mundos!".
15 marzo, 2013
He olvidado mi paraguas otra vez
"He olvidado mi paraguas" esa frase de Nietzsche que aparece en los textos llamados postumos y que no se sabe bien si es una cita, un proyecto de escritura inconcluso, algo oído por Nietzsche en algún lugar y simplemente apuntado con una intención errática o con una dedicación inintencionada. Frase que al pasar del tiempo se entraña, se consolida, aunque eso es como algo bastante no querido por las fuerzas que devienen. "He olvidado mi paraguas" es una frase que no dice nada, no se sabe qué quiere decir o cómo debe ser interpretada, como no se cansa de decir Jacques Derrida en Espolones.
A la noche vamos caminando, está medio oscura la noche o es la ciudad la que está oscura -hay cortes de luz?- no es fácil de determinar eso en la ciudad. En el río, en la montaña, en el campo alguien que cruza la acequia jamás se plantearía un dilema tan tonto. En las veredas los soretitos se empequeñecen y se agrandan, en las esquinas paramos -el olor de ese bar al que aún nunca fuimos se siente cercano- y los autos pasan muy cerca de nosotros, los autos voraces siempre lo rozan todo. Las luces debilitadas bañan todo de un tono... cómo decirlo, como en un manual de poesía, no puede faltar la palabra mortecino. Cruzamos el asfalto recién arreglado pisando las bandas blancas por donde caminan algunos peatones. Hay todavía mucha gente en la calle. Y en la penumbra, la ochava se nos echa encima y nos muestra toda esa acumulación de paraguas muy quietos dentro de la paragüería. La paragüería ya cerrada con cortina metálica baja pero que permite ver hacia el interior las repisas con paraguas, las tarimas con paraguas abiertos, expuestos, las filas de paraguas colgados, cerrados, de colores pasteles, brillantes, a lunares, con motivos, otros más snobs o más pequeños o esos con punta más formales, más histéricos, más estilizados más hostiles. Estar dentro de una tienda de paraguas cerrada solos ahí entre medio de todos los paraguas quietos rodeándonos, marcando el espacio, diagramando la forma del espacio debe ser algo que del orden de lo siniestro no puede alejarse. He olvidado mi paraguas titanic. Un paraguas titanic que ya había sido olvidado en un recinto de una oficina pública. En un lugar público nada puede durar, la necesidad es como un terrón de azúcar sobre una mesada sudorosa asediada de hormigas. Una gota de agua que se desliza en la arena candente del desierto famélico. La cadena de los paraguas olvidados se reproduce sin producir absolutamente nada pero sin dejar de ser la máxima certeza de ser el olvido mayor, e irrebatible, en tanto verdad que se afirma en el día olvidado.
A la noche vamos caminando, está medio oscura la noche o es la ciudad la que está oscura -hay cortes de luz?- no es fácil de determinar eso en la ciudad. En el río, en la montaña, en el campo alguien que cruza la acequia jamás se plantearía un dilema tan tonto. En las veredas los soretitos se empequeñecen y se agrandan, en las esquinas paramos -el olor de ese bar al que aún nunca fuimos se siente cercano- y los autos pasan muy cerca de nosotros, los autos voraces siempre lo rozan todo. Las luces debilitadas bañan todo de un tono... cómo decirlo, como en un manual de poesía, no puede faltar la palabra mortecino. Cruzamos el asfalto recién arreglado pisando las bandas blancas por donde caminan algunos peatones. Hay todavía mucha gente en la calle. Y en la penumbra, la ochava se nos echa encima y nos muestra toda esa acumulación de paraguas muy quietos dentro de la paragüería. La paragüería ya cerrada con cortina metálica baja pero que permite ver hacia el interior las repisas con paraguas, las tarimas con paraguas abiertos, expuestos, las filas de paraguas colgados, cerrados, de colores pasteles, brillantes, a lunares, con motivos, otros más snobs o más pequeños o esos con punta más formales, más histéricos, más estilizados más hostiles. Estar dentro de una tienda de paraguas cerrada solos ahí entre medio de todos los paraguas quietos rodeándonos, marcando el espacio, diagramando la forma del espacio debe ser algo que del orden de lo siniestro no puede alejarse. He olvidado mi paraguas titanic. Un paraguas titanic que ya había sido olvidado en un recinto de una oficina pública. En un lugar público nada puede durar, la necesidad es como un terrón de azúcar sobre una mesada sudorosa asediada de hormigas. Una gota de agua que se desliza en la arena candente del desierto famélico. La cadena de los paraguas olvidados se reproduce sin producir absolutamente nada pero sin dejar de ser la máxima certeza de ser el olvido mayor, e irrebatible, en tanto verdad que se afirma en el día olvidado.
13 febrero, 2013
Humo
Es una gran conmoción no poder ya decir hasta mañana si Ratzinger quiere. Después de la conmoción empezaron a cruzarse las sospechas desde todos lados la noche se iluminaba como un gigantesco campo de batalla, esa iluminación, la voracidad de ese fuego que proviene seguramente de la cola de los cohetes que se reparten la materia en todas direcciones. Así viajaban las noticias, los dossier, todos los opinólogos profesionales y aficionados incorporaban sus chanzas y sus suspicacias al debate repetido. Qué hay detrás de la renuncia, qué hay detrás del montaje cosmetológico de la enfermedad, cómo es posible que Dios no le conceda un soplo de vida a quien es en la tierra su máximo representante. Para agrandar un tanto más el blablablá se dice horas después del anuncio que un rayo cayó sobre la torre principal del Vaticano; o sea, al Padre no le gustó nada la decisión del actual heredero de Pedro.
Penetrar esas salas fastuosas, esas cámaras secretas esos documentos, esas cuentas bancarias, las cartas, los expedientes, los pronunciamientos los acuerdos los negociados las políticas de la institución que decae a un ritmo vertiginoso desde hace siglos pero que posee, desde Silvestre I hasta Ratzinger, la técnica desarrollada, perfeccionada y pulimentada por siglos de transformar barro en oro. Como si poseyera la magia -palabra no cara a la Iglesia- de teledirigir los significantes hacia el lugar deseado. Penetrar esos secretos volvería a cualquiera más eufórico que Guillermo de Bakersvielle interpretado por Sean Connery en el momento en que logran éste y Adso de Melk, activar el mecanismo secreto para ingresar en la sala de los libros prohibidos.
En otro registro con un tono más local se plantea un llamado. Esto es un llamado algo tenemos que hacer. No estamos abandonados como se dice a la buena de Dios somos nosotros los que hemos abandonado a Dios. Por ejemplo tenemos un país riquísimo tenemos minerales tenemos tierras y somos pocos, esto no es China esto no es la India somos pocos y tenemos mucho, mucho para disfrutar. Sin embargo nuestros niños se mueren de hambre... Y otra aberración es que haya en nuestro país niños desnutridos cuando sabemos que esa desnutrición provoca daños cerebrales irreversibles. Tenemos un inmenso territorio y sin embargo la gente vive hacinada en villas de emergencia. Esto tiene que acabarse. Existen las democracias y sin embargo las democracias no son buenas por sí mismas vivimos engañados a ese respecto. Hubo un gran asesino que todos conocen, su nombre; Adolf Hitler, pero él no llego solo al poder fue elegido por el pueblo la gente lo puso en ese lugar de poder. El pueblo se había equivocado se sentía perdido porque no tenía fe. Eso es lo que debemos pensar que sí, queremos la democracia, pero no queremos democracia sin fe. Basta. Hay que obedecer a la voluntad de Dios, todos hemos nacido pecadores, todos estamos igualados y en deuda frente a Él. Es hora de decir basta y comenzar a obedecer. Es hora de tomar conciencia que nuestras democracias ateas nos llevan a la ruina, nos pierden para toda la eternidad.
Todo eso andaba dando vueltas... "No podeís servir a dos amos, a Dios y al Dinero". (Mateo 6:24, Lucas 16:13) "Tenemos que obedecer a Dios como gobernante más que a los hombres" (Hechos de los Apóstoles) Todo esto fue visto con clarividencia y militancia política por los valdenses en el siglo XII. Y por otras sectas que tal vez tuvieron menos paciencia que los valdenses.
En Roma, cuando comienza a salir el humillo blanco por los purpúreos tejados en señal de que un nuevo Papa ha sido elegido, todos los dulcinos y todos los hermanos se retuercen bajo la tierra o vibran, como partículas furiosas en las aguas cenicientas de los ríos y arroyos donde han sido confinados, y gritan: penitentia agite! el cuerpo debe ser castigado! En el Evangelio de José Saramago hay una lista interminable de todo ese clamor, de todo ese derrame de pasión; de una justicia que si alguna vez se hiciese efectiva el universo entero se replegaría sobre sí, como una sábana perfumada que se va plegando a cuatro manos, se autoabsorbería y no habría más luz ni oscuridad. No ha sido el genocidio más grande de la historia, pero, ha sido duro. Dios le dice al Hijo en este Evangelio que la lista de muertos y torturados es interminable o sea... Interminable. El Hijo se empecina. Dios cede y comienza: Para empezar con alguien a quien conoces y amas, el pescador Simón, a quien llamarás Pedro, será, como tú, crucificado, pero cabeza abajo(...) Y el último pero que no es el último: Wilgeforte, o Liberata, o Eutropía, virgen, barbada, crucificada(...)Era una lider valdense.
Penetrar esas salas fastuosas, esas cámaras secretas esos documentos, esas cuentas bancarias, las cartas, los expedientes, los pronunciamientos los acuerdos los negociados las políticas de la institución que decae a un ritmo vertiginoso desde hace siglos pero que posee, desde Silvestre I hasta Ratzinger, la técnica desarrollada, perfeccionada y pulimentada por siglos de transformar barro en oro. Como si poseyera la magia -palabra no cara a la Iglesia- de teledirigir los significantes hacia el lugar deseado. Penetrar esos secretos volvería a cualquiera más eufórico que Guillermo de Bakersvielle interpretado por Sean Connery en el momento en que logran éste y Adso de Melk, activar el mecanismo secreto para ingresar en la sala de los libros prohibidos.
En otro registro con un tono más local se plantea un llamado. Esto es un llamado algo tenemos que hacer. No estamos abandonados como se dice a la buena de Dios somos nosotros los que hemos abandonado a Dios. Por ejemplo tenemos un país riquísimo tenemos minerales tenemos tierras y somos pocos, esto no es China esto no es la India somos pocos y tenemos mucho, mucho para disfrutar. Sin embargo nuestros niños se mueren de hambre... Y otra aberración es que haya en nuestro país niños desnutridos cuando sabemos que esa desnutrición provoca daños cerebrales irreversibles. Tenemos un inmenso territorio y sin embargo la gente vive hacinada en villas de emergencia. Esto tiene que acabarse. Existen las democracias y sin embargo las democracias no son buenas por sí mismas vivimos engañados a ese respecto. Hubo un gran asesino que todos conocen, su nombre; Adolf Hitler, pero él no llego solo al poder fue elegido por el pueblo la gente lo puso en ese lugar de poder. El pueblo se había equivocado se sentía perdido porque no tenía fe. Eso es lo que debemos pensar que sí, queremos la democracia, pero no queremos democracia sin fe. Basta. Hay que obedecer a la voluntad de Dios, todos hemos nacido pecadores, todos estamos igualados y en deuda frente a Él. Es hora de decir basta y comenzar a obedecer. Es hora de tomar conciencia que nuestras democracias ateas nos llevan a la ruina, nos pierden para toda la eternidad.
Todo eso andaba dando vueltas... "No podeís servir a dos amos, a Dios y al Dinero". (Mateo 6:24, Lucas 16:13) "Tenemos que obedecer a Dios como gobernante más que a los hombres" (Hechos de los Apóstoles) Todo esto fue visto con clarividencia y militancia política por los valdenses en el siglo XII. Y por otras sectas que tal vez tuvieron menos paciencia que los valdenses.
En Roma, cuando comienza a salir el humillo blanco por los purpúreos tejados en señal de que un nuevo Papa ha sido elegido, todos los dulcinos y todos los hermanos se retuercen bajo la tierra o vibran, como partículas furiosas en las aguas cenicientas de los ríos y arroyos donde han sido confinados, y gritan: penitentia agite! el cuerpo debe ser castigado! En el Evangelio de José Saramago hay una lista interminable de todo ese clamor, de todo ese derrame de pasión; de una justicia que si alguna vez se hiciese efectiva el universo entero se replegaría sobre sí, como una sábana perfumada que se va plegando a cuatro manos, se autoabsorbería y no habría más luz ni oscuridad. No ha sido el genocidio más grande de la historia, pero, ha sido duro. Dios le dice al Hijo en este Evangelio que la lista de muertos y torturados es interminable o sea... Interminable. El Hijo se empecina. Dios cede y comienza: Para empezar con alguien a quien conoces y amas, el pescador Simón, a quien llamarás Pedro, será, como tú, crucificado, pero cabeza abajo(...) Y el último pero que no es el último: Wilgeforte, o Liberata, o Eutropía, virgen, barbada, crucificada(...)Era una lider valdense.
10 febrero, 2013
Mudanzas
Este filme de Win Wenders debe ser la primera vez de muchas cosas. En el curso del tiempo. En yotube se habla de la primera vez que un actor se planta un pino frente a la cámara! Quién discutiría eso.
No sé si para Deleuze-Guattari habrá sido la primera vez de algo, pero como modo de viaje y experimentación ellos lo ponen como uno de los paradigmas de su forma de viajar favorita. El viaje desértico, el viaje inmóvil, el viaje sin cambiar de lugar, el viaje de autoconocimiento carente de terapias, de búsquedas de vacaciones y de seudo esperas. La música, ya que hablamos de movimientos, es como un pozo de agua, rebosante, cristalino, fresco, al lado del camino, como un jacuzzi despojado olvidado y virgen que el sol ilumina y se ve el fondo diáfano. En Mil Mesetas (1980) el filósofo y el psicoanalista se refieren a En el curso del tiempo echando mano de sus nociones de lo liso y lo estriado. Al parecer Wenders logra algo singular: establecer un desarrollo que consiste en la distribución de una variación continua. Pero, al contrario de lo que se esperaría, no es la homogeneidad de la imagen lo que se busca. Lo liso es amorfo e informal. Como dicen Deleuze-Guattari, uno de los personajes no tiene historia. El otro tiene demasiada; dice ser -me refiero a Robert- el pediatra de la lengua, en una interpretación posible al menos. El viaje liso es aquel que parece haber derretido el pasado. Todo lo que va quedando atrás, una nube de cascote polvoriento y pesado parece ser comido, absorbido -hacia- por el interior de la tierra. Cinematográficamente es como si el camino se desbarrancara, se despedazara detrás, inmediatamente detrás de los pasos que continúan avanzando. Al contrario, el viaje estriado es un viaje desesperado, ansioso por reencontrarse con el pasado; siempre tiene que saldar cuentas con una jornada anterior. Aquel que entre estrías se va moviendo siempre, se nota, ha pasado los últimos meses, los últimos años rumiando. En soledad tal vez, en diversidad de trayectos que lo han llevado hacia otros derroteros ha estado preparando su calculada venganza. El padre es un lugar común que acecha, la madre es un lugar común que quiere carcomer como tábano enceguecido. Siempre hay cosas para vociferarle a la madre siempre hay un monólogo que es como una especie de tributo contradictorio pues busca defenestrar al padre. En un caso la segmentación y en otro caso la circularidad. Bruno podría retornar mil veces por los mismos lugares, tal vez lo ha hecho, cada retorno es una repetición colmada de heterogeneidad pues aunque vuelve a pasar por los mismos lugares, mismos pueblos inexistentes, mismas ausencias, misma sequedad, la circularidad y la renovación van de la mano con la ajenidad de la evocación.
A veces en estas experiencias es difícil encontrar eso que se llama la historia de amor. Pero en Im Lauf der Zeit hay una de esas historias. Siempre he sentido una atracción irresistible por el efecto que la historia de amor tiene sobre el cuerpo, mucho antes de existir. Muchas veces a tantunita le dije que la había visto, desde mucho antes de conocerla, erráticamente. En un colectivo por la calle Entre Ríos, en la 347 de la facultad con su sueter tejido a mano de vivos colores atoñales; pardos, verdes, amarillos y negruzcos encendidos y otros destellos. Esos recuerdos luego han quedado bastante soldados a mí pero no dejan de ser retazos, visiones del más allá sin ser, claro, un más allá en sentido técnico. En fin, Bruno está parado armándose un cigarro o algo así, está en una feria o parque de diversiones del lado de adentro de la pista de los autitos chocadores, tranquilo, apoyado sobre la baranda. Una chica le pide fuego para encender al "fürer" (chiste local) y Bruno se queda prendido y embobado de esos ojos medio siberianos, dulces ojos, riquísimos. Dan vueltas, vueltas mentales, hay esperas, inútiles y dilataciones; que es en definitiva lo que hace a una historia de amor ser deseable, emocionante y de vuelta deseable. Están en el cine donde la encargada suplente Pauline ha citado a Bruno. Bruno hace las preguntas de rigor: no te diste cuenta que la imagen tiembla, no te diste cuenta que está fuera de foco, no te diste cuenta no te diste cuenta? Ningún operador de cine ve nada, parece que se quisiera prescindir de los técnicos y la intervención humana y dejar que todo discurra solo. Pero las manos de Bruno demuestran que el péndulo se detiene sin cierta perfectibilidad de que es capaz solamente un buen técnico, solo así la máquina puede producir magia: la magia de la Cruz de Malta.
Esa noche después de ajustar la imagen pueden suceder muchas cosas; debe suceder la historia de amor. La historia de amor será siempre historia de amor y de pasión si se queda en esos momentos previos donde el pudor es una especie de velo superpoderoso que cae sobre los cuerpos, los aprisiona, los embellece y los abre a un porvenir incierto. Esa noche -primera y última?- no habrá sexo entre Pauline y Bruno, no habrá besos ni demasiadas caricias ni extenuantes charlas, no habrá promesas ni confidencias, no desahogos ni desilusión ni éxito. Pero sabemos que tiene el sello de una gran historia de amor, en los gestos, una lágrima que se desliza sobre el rostro terso y se guarda... para siempre. Es que las historias de amor son siempre imperecederas.
No sé si para Deleuze-Guattari habrá sido la primera vez de algo, pero como modo de viaje y experimentación ellos lo ponen como uno de los paradigmas de su forma de viajar favorita. El viaje desértico, el viaje inmóvil, el viaje sin cambiar de lugar, el viaje de autoconocimiento carente de terapias, de búsquedas de vacaciones y de seudo esperas. La música, ya que hablamos de movimientos, es como un pozo de agua, rebosante, cristalino, fresco, al lado del camino, como un jacuzzi despojado olvidado y virgen que el sol ilumina y se ve el fondo diáfano. En Mil Mesetas (1980) el filósofo y el psicoanalista se refieren a En el curso del tiempo echando mano de sus nociones de lo liso y lo estriado. Al parecer Wenders logra algo singular: establecer un desarrollo que consiste en la distribución de una variación continua. Pero, al contrario de lo que se esperaría, no es la homogeneidad de la imagen lo que se busca. Lo liso es amorfo e informal. Como dicen Deleuze-Guattari, uno de los personajes no tiene historia. El otro tiene demasiada; dice ser -me refiero a Robert- el pediatra de la lengua, en una interpretación posible al menos. El viaje liso es aquel que parece haber derretido el pasado. Todo lo que va quedando atrás, una nube de cascote polvoriento y pesado parece ser comido, absorbido -hacia- por el interior de la tierra. Cinematográficamente es como si el camino se desbarrancara, se despedazara detrás, inmediatamente detrás de los pasos que continúan avanzando. Al contrario, el viaje estriado es un viaje desesperado, ansioso por reencontrarse con el pasado; siempre tiene que saldar cuentas con una jornada anterior. Aquel que entre estrías se va moviendo siempre, se nota, ha pasado los últimos meses, los últimos años rumiando. En soledad tal vez, en diversidad de trayectos que lo han llevado hacia otros derroteros ha estado preparando su calculada venganza. El padre es un lugar común que acecha, la madre es un lugar común que quiere carcomer como tábano enceguecido. Siempre hay cosas para vociferarle a la madre siempre hay un monólogo que es como una especie de tributo contradictorio pues busca defenestrar al padre. En un caso la segmentación y en otro caso la circularidad. Bruno podría retornar mil veces por los mismos lugares, tal vez lo ha hecho, cada retorno es una repetición colmada de heterogeneidad pues aunque vuelve a pasar por los mismos lugares, mismos pueblos inexistentes, mismas ausencias, misma sequedad, la circularidad y la renovación van de la mano con la ajenidad de la evocación.
A veces en estas experiencias es difícil encontrar eso que se llama la historia de amor. Pero en Im Lauf der Zeit hay una de esas historias. Siempre he sentido una atracción irresistible por el efecto que la historia de amor tiene sobre el cuerpo, mucho antes de existir. Muchas veces a tantunita le dije que la había visto, desde mucho antes de conocerla, erráticamente. En un colectivo por la calle Entre Ríos, en la 347 de la facultad con su sueter tejido a mano de vivos colores atoñales; pardos, verdes, amarillos y negruzcos encendidos y otros destellos. Esos recuerdos luego han quedado bastante soldados a mí pero no dejan de ser retazos, visiones del más allá sin ser, claro, un más allá en sentido técnico. En fin, Bruno está parado armándose un cigarro o algo así, está en una feria o parque de diversiones del lado de adentro de la pista de los autitos chocadores, tranquilo, apoyado sobre la baranda. Una chica le pide fuego para encender al "fürer" (chiste local) y Bruno se queda prendido y embobado de esos ojos medio siberianos, dulces ojos, riquísimos. Dan vueltas, vueltas mentales, hay esperas, inútiles y dilataciones; que es en definitiva lo que hace a una historia de amor ser deseable, emocionante y de vuelta deseable. Están en el cine donde la encargada suplente Pauline ha citado a Bruno. Bruno hace las preguntas de rigor: no te diste cuenta que la imagen tiembla, no te diste cuenta que está fuera de foco, no te diste cuenta no te diste cuenta? Ningún operador de cine ve nada, parece que se quisiera prescindir de los técnicos y la intervención humana y dejar que todo discurra solo. Pero las manos de Bruno demuestran que el péndulo se detiene sin cierta perfectibilidad de que es capaz solamente un buen técnico, solo así la máquina puede producir magia: la magia de la Cruz de Malta.
Esa noche después de ajustar la imagen pueden suceder muchas cosas; debe suceder la historia de amor. La historia de amor será siempre historia de amor y de pasión si se queda en esos momentos previos donde el pudor es una especie de velo superpoderoso que cae sobre los cuerpos, los aprisiona, los embellece y los abre a un porvenir incierto. Esa noche -primera y última?- no habrá sexo entre Pauline y Bruno, no habrá besos ni demasiadas caricias ni extenuantes charlas, no habrá promesas ni confidencias, no desahogos ni desilusión ni éxito. Pero sabemos que tiene el sello de una gran historia de amor, en los gestos, una lágrima que se desliza sobre el rostro terso y se guarda... para siempre. Es que las historias de amor son siempre imperecederas.
28 enero, 2013
Ser de barrio
Leí una novela que se llama Lanús y su autor es Sergio Olguín. Inevitablemente me puse a pensar en mi barrio.
Pero sobre qué barrio, sobre qué territorio estaría tejido aquel universo de cosas buenas, dónde ensamblar las cosas malas, con qué segmento de barrio propio conectar los jirones bellos que aún sobreviven en la memoria o los feos, indiferentes, inolvidables y que han marcado a fuego la experiencia. Más bien me pareció que había todo un conjunto de capas que se superponían a lo largo de los años. Y, en cada capa, bien compactadas estaban todas las gentes vistas, los rostros, las voces, los llamados. Las calles puestas todas una encima de las otras con sus nombres que por momentos querían entremezclarse, pero no, eso no debía ocurrir. Cada subconjunto debía permanecer en su correspondiente encierro. En un paquete A) estaba Salta, Bouchard, Bustamante, Rodríguez, el Pasaje Gascón, Gaebelerd… Y luego más; F.M.Esquiú, Ituzaingo, Sitio de Montevideo, Tucumán, 9 de julio, Margarita Weild, Madariaga y Dupuy. Yerbal, Saenz Valiente, Basualdo, Pola, una Av. Rivadavia demasiado larga para que alguien pueda imaginar o mentar la misma avenida. La lista es larguísima; Combate de los Pozos, Humberto Primo, Carlos Calvo, Entre Ríos, Independencia y también Pte. Perón, Lambaré, Río de Janeiro, Yatay, Tres Sargentos, De la Serna, Lacarra, Caxaraville, Camino Gral Belgrano, Av. Mitre, San Lorenzo, Soler, Rivadavia, Arredondo, Italia, Berutti, Av. Belgrano, Alsina, 12 de octube, Guemes, Av. Montes de Oca, Av. Martín García, Uspallata… parece idiota continuar. Volviendo a la novela Lanús que en cierta forma habla de las calles y de los barrios como aquello que constituye lo nuclear de nuestra historia personal pero además esa historia parece exceder la historia personal en la medida en que hay llamadas, predestinaciones, viejos ritos que continúan operando aunque hayan sido olvidados y subvierten y modelan lo presente. El exceso está dado por el hecho de que la gran historia envuelve a la historia personal, la emborracha de pasado, de contenido originario y de una pureza que a la vuelta de cada esquina puede hacer que la yugular de quien carga con la pequeña historia individual, el protagonista llamado Adrián, la sienta perforada y su sangre drene con rapidez hacia las bocas oscuras del pasado reciente.
El barrio condensa
como territorio singular el conjunto de ideas que mueven la historia y el
encadenamiento de las épocas. Parece exagerado pero todo ello está o sale por
boca de quienes testimonian sus experiencias fundantes en relación a su barrio.
La idea de libertad, destino y determinación ronda en cada representación y
posicionamiento frente a esta cuestión de lo barrial. Algunos siempre prefieren
huir del barrio donde crecieron, otros siempre quieren volver o se aferran a él
de manera silenciosa, incuestionada y permanecen toda la vida. Hace poco a
través de un texto de Fabián Casas llamado “Rumble Fish: la cantinela eterna de
los mitos” encontré en esta película esas ideas de liberación,
dirección, sentido y determinación. Parece como si el barrio vectorizara la
experiencia. Por ejemplo en Rumble fish
está el vector ´chico de la moto´ con sentido de fundador, de aquel que recrea
la experiencia a partir de sí mismo, él es un mito viviente. Pero la recrea, no
la reproduce, porque si simplemente la reprodujera se quedaría en el barrio
para encarnar su destino de mito viviente, es decir, sería el lider decadente
de alguna pandilla por él comandada que vendría a intentar reestablecer, -fallando
con seguridad-, ese tiempo ya enterrado de las pandillas que surcaban el barrio.
Hacían la guerra, armaban sus alianzas y se distribuían el territorio barrial
como si fuesen los políticos imperialistas de turno. Además el vector ´chico de
la moto´ tiene una dirección de destino, y clásicamente el destino huele a
muerte. Pero sentido y dirección no se contradicen sino que trabajan para unos
efectos que son un bloque de sentido. Pues un verdadero mito no puede ser
eternamente un mito viviente y además el chico de la moto, el hermano mayor en
tanto recreador del espacio y del tiempo que vive provoca los desplazamientos
necesarios para que su hermano menor se libere. El hermano menor, ´Rusty James´,
tiene un sentido de reproductor y una dirección de encierro. El imaginario aprisiona
al personaje de Rusty James quien anhela las viejas épocas, las edades de oro
del barrio, donde las pandillas discurrirían por las calles como agua de
manantiales que intersectando todos los vericuetos del valle escarpado no
dejaban ningún resquicio virgen de humedad. El encierro en el imaginario es
siempre una bomba de tiempo puede detonar cualquier día y desperdigar trozos de
Rasty James por todas las paredes grafiteadas. Puede hundirse el piso y ser
absorbido por una lenta depresión, un mar de alcohol y cosas de esa clase. De
todas maneras no hay verdad definitiva en estos esquemas caseros. Como el humo
blanco que prolifera en Rumble Fish
todo queda bajo velos que no han de terminarse nunca. Demasiado esquema puede
hacernos olvidar que como dice Casas: “Rumble Fish es un poema que infecta el
cuerpo de una película para traernos noticias del mundo sumergido”.
El barrio es una
desgracia. El barrio es una suerte. En el último subsuelo, al cual no es
posible llegar porque aunque se llegase nada se vería, allí la oscuridad es
total. Los materiales con los que la pequeña historia se ha ido autoformando,
redimensionando y dilapidando, atravesando un sin número de cintas de pulido,
subyacen en el fondo de una laguna interminable. En la infancia la llenó un
diluvio de experiencia, y así quedó.
11 enero, 2013
Un lugar en el mundo
Me acosté. Me dormí rápido pero tuve un sueño entrecortado con constantes molestias, las ganas de orinar que no se aguantaban y tal vez, eran injustificadas. Una sensación como de que estaba lleno de mosquitos que revoloteaban constantemente por la habitación. En verdad se trataba de una sensación que parecía como si de pronto hubiesen germinado pulgas en el colchón pues la picazón insorportable nacía de abajo. Pero eso era imposible... Pulgas? No no tenía sentido. Los mosquitos a veces desarrollan un ataque silencioso y se vuelven diminutos y su picor es constante pero suave, no llega a sobresaltar el cuerpo y la carne permanece naturalmente adormecida en las altas horas.
Injerto de injerto. Qué sé yo cómo seguía esto... no importa. Después de que han pasado las navidades en el mundo y los fines de año pienso que sé cuál es el lugar donde quiero estar, cuál es la casa donde quiero estar. Algunas personas para mí más que respetables cuando se preguntan cuál es su lugar siempre dicen es una montaña o es una casita en una montaña, es una cabaña que se recuesta sobre un prado y que siempre huele a flores silvestres no importa si hay o no hay brisas que traigan el aroma de las florecillas, es campo puro, siempre. Otras, no se andan con lo puro, simplemente dame un depa a una o dos cuadras de Cabildo y Juramento y estoy. No conciben la vida lejos de Cabildo y Juramento. Eso lo dicen siempre en reuniones con amigos sin que siquiera sea necesario que un poco de alcohol remueva la colesterol de sus arterias. En ese sentido pensando justamente en los lugares que son el mundo de uno me digo que mi mundo está en las alturas; me convenzo de eso más que nada en esta época cuando el año es nuevo y en general no va a pasar nada. Enero no es como diciembre, en enero no pasa nada nunca.
Ese lugar está en las alturas, lo más alto que se pueda, no sé por qué ya en edad avanzada eso llega al punto de obsesionarme. Ver las luces, la inmensidad de cemento, todo ese recorte heterogéneo que es la ciudad desde una vista aérea. Los atardeceres y sobre todo las lunas. Guau! Las lunas desde semejante altura limpia digamos, son una fuente apelotonada maciza y bella de luz de rayos blanquecinos envolventes de litio como fuente de vida. Digo de litium en el sentido de esas cosas que nos atraen nos inyectan toda la energía que necesitamos para movernos; bueno sin ser máquinas, no es el litio lo que alimenta nuestra cotidianeidad? Es verdad podría haber dicho chocolate.
Soñé que te decía que lo que te iba a decir que había hecho era una locura, pero ya estaba hecho, no había podido evitarlo y lo había hecho. Le había estado dando vueltas al asunto pero no había podido evitarlo y ahí estaba la oportunidad y lo había hecho. Compré la casa de los abuelos. Ya está hecho. Era una oportunidad una casualidad que se entrelazaba con un milagro, el azar y la felicidad señalaban que eso se ponía frente a mí y tenía que decidir... lo quería o me largaba y cerraba todo como si nunca hubiese pasado nada. Pero lo hice. Sí compré la casa de los abuelos. Estaba ahí en oferta la vieja casa con jardín. Cuando era muy chico salíamos al jardín y mi abuela decía que ella siempre había tenido un irreprimible deseo de querer ser pájaro, volar, olvidarlo todo y volar. Mandarse a mudar volando, sobrevolandolo todo, las casas, el barrio, el riachuelo, el río, todas las casas con jardines y las terrazas, todo el sur. Decía siempre quise ser un pájaro. La miraba y no entendía ni jota. Me parecía absurdo que dijera eso. Si hubiese dicho la verdad en este momento dada la situación más que inestable, crítica, como solemos decir; de mierda, que se vive en este bendito país, lo que quiero es ser pájaro y mandarme a mudar, eso lo hubiese entendido mejor. Pero decía siempre quise ser pájaro, siempre. Esa idea de un inconformismo cuasi biológico me repugnaba y me quedaba mirándola con un sentimiento escéptico pero no le discutía. Pero no por pereza sino porque lo decía tan convencida y le ponía tanto sentimiento que no me parecía posible objetarle nada. Estábamos en el jardín y mi abuela siempre decía esas cosas en el jardín. Mientras las abejas hacían bodas con las margaritas y el gran jazmín lo dominaba todo desde el centro. El jardín rebosaba una geometría inexpugnable. Una población variada y jerárquica, todo estaba en su centro y no moriría mientras hubiese algún mínimo cuidado. El cedrón, la rosa china, el pino azul, la ruda, la enamorada del muro, el jarrón de los años ´50 0 '60 con los bulbos de Zephyranthes grandiflora. Digo no moriría en el sentido de que ya estaba lanzado a una vida prolongada y autónoma, que necesitaba de una preocupación constante y un acicalamiento más que frecuente no lo pongo en duda, pero ya había pasado esa etapa donde todo se puede apestar y morir en cualquier momento porque sí.
Al cielo lo veo cruzado por distancias. Por un lado huyendo como pájaro y por otro contemplándolo todo desde alturas relativas. Últimamente leyendo una novela de Haruki Murakami encuentro esa misma problemática desarrollada a lo largo de casi 500 páginas. Pues eso es más o menos lo que le quita el sueño al personaje, lo bueno es que a partir de la pregunta y de ese interrogante que le pesa como un centro de oscuridad que se agiganta y se espesa, el personaje puede ir emprendiendo una serie de búsquedas simples que lo llevan a madurar un sentido para su vida. Pero la pregunta es siempre la misma; cuál es el lugar donde quiero estar, -tal vez hay algunas otras cosas más además de un simple querer- y la llamada encuentra su proveniencia desde un lugar determinado. Un viejo hotel fantasmagórico que llama que funciona como intermediario de múltiples llamadas que le dan la certeza, al protagonista, de que alguien llora por él. Así va recorriendo sucesivas experiencias presuponiendo siempre que hay lugares en los que nuestra subjetividad está de algún modo irremediablemente atrapada. Pero se trata de ser capaz de pegarse a esas paredes a esos aromas a esas tonalidades y absorber todo lo que se pueda para enterarse de los números que deben ser marcados, los cables que deben ser conectados; y tal vez estar más atento a todas las fronteras y combinaciones que nunca deberían cruzarse. El viejo hotel Delfín es la central de telecomunicaciones y allí como en una morada mezcla de ultratumba con surrealidad el operador telefónico señala los destinos, los modos y los sentidos posibles. A contracara del consumo medio-alto que se delínea en los viajes murakamianos -viajes en maserati, alojamientos en hoteles caros, largas vacaciones- o tal vez no sea nada de eso... Tal vez simplemente se trate del movimiento de derroche natural en la sociedad japonesa de los '80 donde alguien puede mudarse de Tokio a Saporo y tirar a la calle todos los muebles porque ya están un poco viejos o porque es mucho más práctico amueblar a nuevo la casa próxima. Sí, es probable que me cueste acostumbrarme a la perspectiva de consumo propia de una montaña rusa en una sociedad como esa y en una época como esa. Lo cierto es que al contrario, los precedimientos para viajar a la murakami son baratos y simples. Se viaja a través de los sueños, -dormido, despierto en estado de embotamiento o dispersión- con el inconciente que no para de producir tiempo y espacio y abrir brechas nuevas como si se multiplicasen las puertas a lo largo de un corredor larguísimo a medida que se lo a traviesa sin llegar nunca hasta el final, no porque carezca de fin, sino porque la oscuridad y el oxígeno parecen ser la misma cosa. Más rico se vuelve el procedimiento en la medida en que no aparece categorizado desde refritos psi o filosóficos. Son frescos e inocentes esos modos de viajar con el cuerpo y la conciencia.
Están íntimamente vinculados los lugares y los viajes, quién podría dudar de eso. Pero acaso los lugares existen? Están esperando en algún espacio-tiempo? Hay que emprender viajes reales para hallarlos? Hay que emprender viajes irreales para saturar todas las coordenadas y todos los parámetros y que de ese modo nuevos ámbitos tracen paralelismos insospechados y cruces de historias ya enterradas o seres que épocas acabadas han finiquitado sin pena ni gloria? La búsqueda de un lugar para vivir incorpora, como algo infaltable, como algo de lo que no puede prescindirse dentro de la mochila, la movilidad del viaje... Inevitablemente? También en una travesía pueden surgir seres salvadores, consejeros, acompañantes, maestros. En volverse pájaro para surcar los cielos a velocidades superlativas hasta que se desintegre casi la materia hay un deseo de dejar de sufrir, de hallar una liviandad y tal vez no llegar a ningún lugar, pero al menos, huir de más de un lugar. Algo de desligarse y religarse hay en todo ese movimiento. Tierra-cielo-viaje-religión. Pero queda claro que los auténticos y consecuentes viajes con o sin movilidad nunca pueden ser una mera receta. Hacer eso sería como sacar el bizcochuelo del horno cuando el horno apenas se ha puesto un poco más que tibio. Cuando un lugar aguarda por nosotros, nos cobija nos muestra su puesta de sol, nos extraña y anhela, nos fulmina con su haz de deseo inhumano que nos hace saber que alguien/algo llora por nosotros... Hay un lugar en el que queremos estar.
Injerto de injerto. Qué sé yo cómo seguía esto... no importa. Después de que han pasado las navidades en el mundo y los fines de año pienso que sé cuál es el lugar donde quiero estar, cuál es la casa donde quiero estar. Algunas personas para mí más que respetables cuando se preguntan cuál es su lugar siempre dicen es una montaña o es una casita en una montaña, es una cabaña que se recuesta sobre un prado y que siempre huele a flores silvestres no importa si hay o no hay brisas que traigan el aroma de las florecillas, es campo puro, siempre. Otras, no se andan con lo puro, simplemente dame un depa a una o dos cuadras de Cabildo y Juramento y estoy. No conciben la vida lejos de Cabildo y Juramento. Eso lo dicen siempre en reuniones con amigos sin que siquiera sea necesario que un poco de alcohol remueva la colesterol de sus arterias. En ese sentido pensando justamente en los lugares que son el mundo de uno me digo que mi mundo está en las alturas; me convenzo de eso más que nada en esta época cuando el año es nuevo y en general no va a pasar nada. Enero no es como diciembre, en enero no pasa nada nunca.
Ese lugar está en las alturas, lo más alto que se pueda, no sé por qué ya en edad avanzada eso llega al punto de obsesionarme. Ver las luces, la inmensidad de cemento, todo ese recorte heterogéneo que es la ciudad desde una vista aérea. Los atardeceres y sobre todo las lunas. Guau! Las lunas desde semejante altura limpia digamos, son una fuente apelotonada maciza y bella de luz de rayos blanquecinos envolventes de litio como fuente de vida. Digo de litium en el sentido de esas cosas que nos atraen nos inyectan toda la energía que necesitamos para movernos; bueno sin ser máquinas, no es el litio lo que alimenta nuestra cotidianeidad? Es verdad podría haber dicho chocolate.
Soñé que te decía que lo que te iba a decir que había hecho era una locura, pero ya estaba hecho, no había podido evitarlo y lo había hecho. Le había estado dando vueltas al asunto pero no había podido evitarlo y ahí estaba la oportunidad y lo había hecho. Compré la casa de los abuelos. Ya está hecho. Era una oportunidad una casualidad que se entrelazaba con un milagro, el azar y la felicidad señalaban que eso se ponía frente a mí y tenía que decidir... lo quería o me largaba y cerraba todo como si nunca hubiese pasado nada. Pero lo hice. Sí compré la casa de los abuelos. Estaba ahí en oferta la vieja casa con jardín. Cuando era muy chico salíamos al jardín y mi abuela decía que ella siempre había tenido un irreprimible deseo de querer ser pájaro, volar, olvidarlo todo y volar. Mandarse a mudar volando, sobrevolandolo todo, las casas, el barrio, el riachuelo, el río, todas las casas con jardines y las terrazas, todo el sur. Decía siempre quise ser un pájaro. La miraba y no entendía ni jota. Me parecía absurdo que dijera eso. Si hubiese dicho la verdad en este momento dada la situación más que inestable, crítica, como solemos decir; de mierda, que se vive en este bendito país, lo que quiero es ser pájaro y mandarme a mudar, eso lo hubiese entendido mejor. Pero decía siempre quise ser pájaro, siempre. Esa idea de un inconformismo cuasi biológico me repugnaba y me quedaba mirándola con un sentimiento escéptico pero no le discutía. Pero no por pereza sino porque lo decía tan convencida y le ponía tanto sentimiento que no me parecía posible objetarle nada. Estábamos en el jardín y mi abuela siempre decía esas cosas en el jardín. Mientras las abejas hacían bodas con las margaritas y el gran jazmín lo dominaba todo desde el centro. El jardín rebosaba una geometría inexpugnable. Una población variada y jerárquica, todo estaba en su centro y no moriría mientras hubiese algún mínimo cuidado. El cedrón, la rosa china, el pino azul, la ruda, la enamorada del muro, el jarrón de los años ´50 0 '60 con los bulbos de Zephyranthes grandiflora. Digo no moriría en el sentido de que ya estaba lanzado a una vida prolongada y autónoma, que necesitaba de una preocupación constante y un acicalamiento más que frecuente no lo pongo en duda, pero ya había pasado esa etapa donde todo se puede apestar y morir en cualquier momento porque sí.
Al cielo lo veo cruzado por distancias. Por un lado huyendo como pájaro y por otro contemplándolo todo desde alturas relativas. Últimamente leyendo una novela de Haruki Murakami encuentro esa misma problemática desarrollada a lo largo de casi 500 páginas. Pues eso es más o menos lo que le quita el sueño al personaje, lo bueno es que a partir de la pregunta y de ese interrogante que le pesa como un centro de oscuridad que se agiganta y se espesa, el personaje puede ir emprendiendo una serie de búsquedas simples que lo llevan a madurar un sentido para su vida. Pero la pregunta es siempre la misma; cuál es el lugar donde quiero estar, -tal vez hay algunas otras cosas más además de un simple querer- y la llamada encuentra su proveniencia desde un lugar determinado. Un viejo hotel fantasmagórico que llama que funciona como intermediario de múltiples llamadas que le dan la certeza, al protagonista, de que alguien llora por él. Así va recorriendo sucesivas experiencias presuponiendo siempre que hay lugares en los que nuestra subjetividad está de algún modo irremediablemente atrapada. Pero se trata de ser capaz de pegarse a esas paredes a esos aromas a esas tonalidades y absorber todo lo que se pueda para enterarse de los números que deben ser marcados, los cables que deben ser conectados; y tal vez estar más atento a todas las fronteras y combinaciones que nunca deberían cruzarse. El viejo hotel Delfín es la central de telecomunicaciones y allí como en una morada mezcla de ultratumba con surrealidad el operador telefónico señala los destinos, los modos y los sentidos posibles. A contracara del consumo medio-alto que se delínea en los viajes murakamianos -viajes en maserati, alojamientos en hoteles caros, largas vacaciones- o tal vez no sea nada de eso... Tal vez simplemente se trate del movimiento de derroche natural en la sociedad japonesa de los '80 donde alguien puede mudarse de Tokio a Saporo y tirar a la calle todos los muebles porque ya están un poco viejos o porque es mucho más práctico amueblar a nuevo la casa próxima. Sí, es probable que me cueste acostumbrarme a la perspectiva de consumo propia de una montaña rusa en una sociedad como esa y en una época como esa. Lo cierto es que al contrario, los precedimientos para viajar a la murakami son baratos y simples. Se viaja a través de los sueños, -dormido, despierto en estado de embotamiento o dispersión- con el inconciente que no para de producir tiempo y espacio y abrir brechas nuevas como si se multiplicasen las puertas a lo largo de un corredor larguísimo a medida que se lo a traviesa sin llegar nunca hasta el final, no porque carezca de fin, sino porque la oscuridad y el oxígeno parecen ser la misma cosa. Más rico se vuelve el procedimiento en la medida en que no aparece categorizado desde refritos psi o filosóficos. Son frescos e inocentes esos modos de viajar con el cuerpo y la conciencia.
Están íntimamente vinculados los lugares y los viajes, quién podría dudar de eso. Pero acaso los lugares existen? Están esperando en algún espacio-tiempo? Hay que emprender viajes reales para hallarlos? Hay que emprender viajes irreales para saturar todas las coordenadas y todos los parámetros y que de ese modo nuevos ámbitos tracen paralelismos insospechados y cruces de historias ya enterradas o seres que épocas acabadas han finiquitado sin pena ni gloria? La búsqueda de un lugar para vivir incorpora, como algo infaltable, como algo de lo que no puede prescindirse dentro de la mochila, la movilidad del viaje... Inevitablemente? También en una travesía pueden surgir seres salvadores, consejeros, acompañantes, maestros. En volverse pájaro para surcar los cielos a velocidades superlativas hasta que se desintegre casi la materia hay un deseo de dejar de sufrir, de hallar una liviandad y tal vez no llegar a ningún lugar, pero al menos, huir de más de un lugar. Algo de desligarse y religarse hay en todo ese movimiento. Tierra-cielo-viaje-religión. Pero queda claro que los auténticos y consecuentes viajes con o sin movilidad nunca pueden ser una mera receta. Hacer eso sería como sacar el bizcochuelo del horno cuando el horno apenas se ha puesto un poco más que tibio. Cuando un lugar aguarda por nosotros, nos cobija nos muestra su puesta de sol, nos extraña y anhela, nos fulmina con su haz de deseo inhumano que nos hace saber que alguien/algo llora por nosotros... Hay un lugar en el que queremos estar.
26 diciembre, 2012
Otra vez
Me miro en el espejo, me reflejo, reboto y vuelvo para recomponerme. Otra vez, me miro, me reconozco, porque reboto y vuelvo en mí para ser el yo que se desdobla y se reconstituye en su unicidad originaria. Sobre la mesa hay un montón de libros desparramados hace mucho tiempo que están ahí. Los leo y me pregunto qué es lo que constantemente se inocula en mi deseo para querer leer eso ilegible y que mi fisiología rechaza. Bueno... no es exacto lo que digo el deseo siempre es el deseo; pero algo me pone frente a una experiencia constante de fracaso. Fracasar como lector es terrible, es tan terrible como fracasar como oyente de música; eso no me ha pasado aún. En fin, ante la metafísica, ante la posiblidad/imposibilidad de superación de la metafísica siempre resulta más atrayente escapar hacia otros territorios... De todos modos me preocupa muchísimo, ni siquiera, poder permanecer en una clara y exquisita explicación de Agamben sobre el Ereignis heideggeriano y una equiparación con lo absoluto en Hegel.
Me retiro, me regocijo, recorriendo mentalmente las líneas de una oración irlandesa que Stela me envió para navidad y que dice así:
Me retiro, me regocijo, recorriendo mentalmente las líneas de una oración irlandesa que Stela me envió para navidad y que dice así:
Que la tierra se haga camino ante tus pasos,
que el viento sople siempre a tus espaldas,
que el sol brille cálido sobre tu cara,
que la lluvia caiga mansamente sobre tus campos,
y hasta tanto volvamos a encontrarnos,
Dios te guarde en la palma de su mano.
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