28 enero, 2013

Ser de barrio


  Leí una novela que se llama Lanús y su autor es Sergio Olguín. Inevitablemente me puse a pensar en mi barrio. 
 Pero sobre qué barrio, sobre qué territorio estaría tejido aquel universo de cosas buenas, dónde ensamblar las cosas malas, con qué segmento de barrio propio conectar los jirones bellos que aún sobreviven en la memoria o los feos, indiferentes, inolvidables y que han marcado a fuego la experiencia. Más bien me pareció que había todo un conjunto de capas que se superponían a lo largo de los años. Y, en cada capa, bien compactadas estaban todas las gentes vistas, los rostros, las voces, los llamados. Las calles puestas todas una encima de las otras con sus nombres que por momentos querían entremezclarse, pero no, eso no debía ocurrir. Cada subconjunto debía permanecer en su correspondiente encierro. En un paquete A) estaba Salta, Bouchard, Bustamante, Rodríguez, el Pasaje Gascón, Gaebelerd… Y luego más; F.M.Esquiú, Ituzaingo, Sitio de Montevideo, Tucumán, 9 de julio, Margarita Weild, Madariaga y Dupuy. Yerbal, Saenz Valiente, Basualdo, Pola, una Av. Rivadavia demasiado larga para que alguien pueda imaginar o mentar la misma avenida. La lista es larguísima; Combate de los Pozos, Humberto Primo, Carlos Calvo, Entre Ríos, Independencia y también Pte. Perón, Lambaré, Río de Janeiro, Yatay, Tres Sargentos, De la Serna, Lacarra, Caxaraville, Camino Gral Belgrano, Av. Mitre, San Lorenzo, Soler, Rivadavia, Arredondo, Italia, Berutti, Av. Belgrano, Alsina, 12 de octube, Guemes, Av. Montes de Oca, Av. Martín García, Uspallata… parece idiota continuar. Volviendo a la novela Lanús que en cierta forma habla de las calles y de los barrios como aquello que constituye lo nuclear de nuestra historia personal pero además esa historia parece exceder la historia personal en la medida en que hay llamadas, predestinaciones, viejos ritos que continúan operando aunque hayan sido olvidados y subvierten y modelan lo presente. El exceso está dado por el hecho de que la gran historia envuelve a la historia personal, la emborracha de pasado, de contenido originario y de una pureza que a la vuelta de cada esquina puede hacer que la yugular de quien carga con la pequeña historia individual, el protagonista llamado Adrián, la sienta perforada y su sangre drene con rapidez hacia las bocas oscuras del pasado reciente.
El barrio condensa como territorio singular el conjunto de ideas que mueven la historia y el encadenamiento de las épocas. Parece exagerado pero todo ello está o sale por boca de quienes testimonian sus experiencias fundantes en relación a su barrio. La idea de libertad, destino y determinación ronda en cada representación y posicionamiento frente a esta cuestión de lo barrial. Algunos siempre prefieren huir del barrio donde crecieron, otros siempre quieren volver o se aferran a él de manera silenciosa, incuestionada y permanecen toda la vida. Hace poco a través de un texto de Fabián Casas llamado “Rumble Fish: la cantinela eterna de los mitos” encontré en esta película esas ideas de liberación, dirección, sentido y determinación. Parece como si el barrio vectorizara la experiencia. Por ejemplo en Rumble fish está el vector ´chico de la moto´ con sentido de fundador, de aquel que recrea la experiencia a partir de sí mismo, él es un mito viviente. Pero la recrea, no la reproduce, porque si simplemente la reprodujera se quedaría en el barrio para encarnar su destino de mito viviente, es decir, sería el lider decadente de alguna pandilla por él comandada que vendría a intentar reestablecer, -fallando con seguridad-, ese tiempo ya enterrado de las pandillas que surcaban el barrio. Hacían la guerra, armaban sus alianzas y se distribuían el territorio barrial como si fuesen los políticos imperialistas de turno. Además el vector ´chico de la moto´ tiene una dirección de destino, y clásicamente el destino huele a muerte. Pero sentido y dirección no se contradicen sino que trabajan para unos efectos que son un bloque de sentido. Pues un verdadero mito no puede ser eternamente un mito viviente y además el chico de la moto, el hermano mayor en tanto recreador del espacio y del tiempo que vive provoca los desplazamientos necesarios para que su hermano menor se libere. El hermano menor, ´Rusty James´, tiene un sentido de reproductor y una dirección de encierro. El imaginario aprisiona al personaje de Rusty James quien anhela las viejas épocas, las edades de oro del barrio, donde las pandillas discurrirían por las calles como agua de manantiales que intersectando todos los vericuetos del valle escarpado no dejaban ningún resquicio virgen de humedad. El encierro en el imaginario es siempre una bomba de tiempo puede detonar cualquier día y desperdigar trozos de Rasty James por todas las paredes grafiteadas. Puede hundirse el piso y ser absorbido por una lenta depresión, un mar de alcohol y cosas de esa clase. De todas maneras no hay verdad definitiva en estos esquemas caseros. Como el humo blanco que prolifera en Rumble Fish todo queda bajo velos que no han de terminarse nunca. Demasiado esquema puede hacernos olvidar que como dice Casas: “Rumble Fish es un poema que infecta el cuerpo de una película para traernos noticias del mundo sumergido”.
El barrio es una desgracia. El barrio es una suerte. En el último subsuelo, al cual no es posible llegar porque aunque se llegase nada se vería, allí la oscuridad es total. Los materiales con los que la pequeña historia se ha ido autoformando, redimensionando y dilapidando, atravesando un sin número de cintas de pulido, subyacen en el fondo de una laguna interminable. En la infancia la llenó un diluvio de experiencia, y así quedó.         

11 enero, 2013

Un lugar en el mundo

 Me acosté. Me dormí rápido pero tuve un sueño entrecortado con constantes molestias, las ganas de orinar que no se aguantaban y tal vez, eran injustificadas. Una sensación como de que estaba lleno de mosquitos que revoloteaban constantemente por la habitación. En verdad se trataba de una sensación que parecía como si de pronto hubiesen germinado pulgas en el colchón pues la picazón insorportable nacía de abajo. Pero eso era imposible... Pulgas? No no tenía sentido. Los mosquitos a veces desarrollan un ataque silencioso y se vuelven diminutos y su picor es constante pero suave, no llega a sobresaltar el cuerpo y la carne permanece naturalmente adormecida en las altas horas. 
 Injerto de injerto. Qué sé yo cómo seguía esto... no importa. Después de que han pasado las navidades en el mundo y los fines de año pienso que sé cuál es el lugar donde quiero estar, cuál es la casa donde quiero estar. Algunas personas para mí más que respetables cuando se preguntan cuál es su lugar siempre dicen es una montaña o es una casita en una montaña, es una cabaña que se recuesta sobre un prado y que siempre huele a flores silvestres no importa si hay o no hay brisas que traigan el aroma de las florecillas, es campo puro, siempre. Otras, no se andan con lo puro, simplemente dame un depa a una o dos cuadras de Cabildo y Juramento y estoy. No conciben la vida lejos de Cabildo y Juramento. Eso lo dicen siempre en reuniones con amigos sin que siquiera sea necesario que un poco de alcohol remueva la colesterol de sus arterias. En ese sentido pensando justamente en los lugares que son el mundo de uno me digo que mi mundo está en las alturas; me convenzo de eso más que nada en esta época cuando el año es nuevo y en general no va a pasar nada. Enero no es como diciembre, en enero no pasa nada nunca. 
 Ese lugar está en las alturas, lo más alto que se pueda, no sé por qué ya en edad avanzada eso llega al punto de obsesionarme. Ver las luces, la inmensidad de cemento, todo ese recorte heterogéneo que es la ciudad desde una vista aérea. Los atardeceres y sobre todo las lunas. Guau! Las lunas desde semejante altura limpia digamos, son una fuente apelotonada maciza y bella de luz de rayos blanquecinos envolventes de litio como fuente de vida. Digo de litium en el sentido de esas cosas que nos atraen nos inyectan toda la energía que necesitamos para movernos; bueno sin ser máquinas, no es el litio lo que alimenta nuestra cotidianeidad? Es verdad podría haber dicho chocolate. 
 Soñé que te decía que lo que te iba a decir que había hecho era una locura, pero ya estaba hecho, no había podido evitarlo y lo había hecho. Le había estado dando vueltas al asunto pero no había podido evitarlo y ahí estaba la oportunidad y lo había hecho. Compré la casa de los abuelos. Ya está hecho. Era una oportunidad una casualidad que se entrelazaba con un milagro, el azar y la felicidad señalaban que eso se ponía frente a mí y tenía que decidir... lo quería o me largaba y cerraba todo como si nunca hubiese pasado nada. Pero lo hice. Sí compré la casa de los abuelos. Estaba ahí en oferta la vieja casa con jardín. Cuando era muy chico salíamos al jardín y mi abuela decía que ella siempre había tenido un irreprimible deseo de querer ser pájaro, volar, olvidarlo todo y volar. Mandarse a mudar volando, sobrevolandolo todo, las casas, el barrio, el riachuelo, el río, todas las casas con jardines y las terrazas, todo el sur. Decía siempre quise ser un pájaro. La miraba y no entendía ni jota. Me parecía absurdo que dijera eso. Si hubiese dicho la verdad en este momento dada la situación más que inestable, crítica, como solemos decir; de mierda, que se vive en este bendito país, lo que quiero es ser pájaro y mandarme a mudar, eso lo hubiese entendido mejor. Pero decía siempre quise ser pájaro, siempre. Esa idea de un inconformismo cuasi biológico me repugnaba y me quedaba mirándola con un sentimiento escéptico pero no le discutía. Pero no por pereza sino porque lo decía tan convencida y le ponía tanto sentimiento que no me parecía posible objetarle nada. Estábamos en el jardín y mi abuela siempre decía esas cosas en el jardín. Mientras las abejas hacían bodas con las margaritas y el gran jazmín lo dominaba todo desde el centro. El jardín rebosaba una geometría inexpugnable. Una población variada y jerárquica, todo estaba en su centro y no moriría mientras hubiese algún mínimo cuidado. El cedrón, la rosa china, el pino azul, la ruda, la enamorada del muro, el jarrón de los años ´50 0 '60 con los bulbos de Zephyranthes grandiflora. Digo no moriría en el sentido de que ya estaba lanzado a una vida prolongada y autónoma, que necesitaba de una preocupación constante y un acicalamiento más que frecuente no lo pongo en duda, pero ya había pasado esa etapa donde todo se puede apestar y morir en cualquier momento porque sí. 
 Al cielo lo veo cruzado por distancias. Por un lado huyendo como pájaro y por otro contemplándolo todo desde alturas relativas. Últimamente leyendo una novela de Haruki Murakami encuentro esa misma problemática desarrollada a lo largo de casi 500 páginas. Pues eso es más o menos lo que le quita el sueño al personaje, lo bueno es que a partir de la pregunta y de ese interrogante que le pesa como un centro de oscuridad que se agiganta y se espesa, el personaje puede ir emprendiendo una serie de búsquedas simples que lo llevan a madurar un sentido para su vida. Pero la pregunta es siempre la misma; cuál es el lugar donde quiero estar, -tal vez hay algunas otras cosas más además de un simple querer- y la llamada encuentra su proveniencia desde un lugar determinado. Un viejo hotel fantasmagórico que llama que funciona como intermediario de múltiples llamadas que le dan la certeza, al protagonista, de que alguien llora por él. Así va recorriendo sucesivas experiencias presuponiendo siempre que hay lugares en los que nuestra subjetividad está de algún modo irremediablemente atrapada. Pero se trata de ser capaz de pegarse a esas paredes a esos aromas a esas tonalidades y absorber todo lo que se pueda para enterarse de los números que deben ser marcados, los cables que deben ser conectados; y tal vez estar más atento a todas las fronteras y combinaciones que nunca deberían cruzarse. El viejo hotel Delfín es la central de telecomunicaciones y allí como en una morada mezcla de ultratumba con surrealidad el operador telefónico señala los destinos, los modos y los sentidos posibles. A contracara del consumo medio-alto que se delínea en los viajes murakamianos -viajes en maserati, alojamientos en hoteles caros, largas vacaciones- o tal vez no sea nada de eso... Tal vez simplemente se trate del movimiento de derroche natural en la sociedad japonesa de los '80 donde alguien puede mudarse de Tokio a Saporo y tirar a la calle todos los muebles porque ya están un poco viejos o porque es mucho más práctico amueblar a nuevo la casa próxima. Sí, es probable que me cueste acostumbrarme a la perspectiva de consumo propia de una montaña rusa en una sociedad como esa y en una época como esa. Lo cierto es que al contrario, los precedimientos para viajar a la murakami son baratos y simples. Se viaja a través de los sueños, -dormido, despierto en estado de embotamiento o dispersión- con el inconciente que no para de producir tiempo y espacio y abrir brechas nuevas como si se multiplicasen las puertas a lo largo de un corredor larguísimo a medida que se lo a traviesa sin llegar nunca hasta el final, no porque carezca de fin, sino porque la oscuridad y el oxígeno parecen ser la misma cosa. Más rico se vuelve el procedimiento en la medida en que no aparece categorizado desde refritos psi o filosóficos. Son frescos e inocentes esos modos de viajar con el cuerpo y la conciencia. 
 Están íntimamente vinculados los lugares y los viajes, quién podría dudar de eso. Pero acaso los lugares existen? Están esperando en algún espacio-tiempo? Hay que emprender viajes reales para hallarlos? Hay que emprender viajes irreales para saturar todas las coordenadas y todos los parámetros y que de ese modo nuevos ámbitos tracen paralelismos insospechados y cruces de historias ya enterradas o seres que épocas acabadas han finiquitado sin pena ni gloria? La búsqueda de un lugar para vivir incorpora, como algo infaltable, como algo de lo que no puede prescindirse dentro de la mochila, la movilidad del viaje... Inevitablemente? También en una travesía pueden surgir seres salvadores, consejeros, acompañantes, maestros. En volverse pájaro para surcar los cielos a velocidades superlativas hasta que se desintegre casi la materia hay un deseo de dejar de sufrir, de hallar una liviandad y tal vez no llegar a ningún lugar, pero al menos, huir de más de un lugar. Algo de desligarse y religarse hay en todo ese movimiento. Tierra-cielo-viaje-religión. Pero queda claro que los auténticos y consecuentes viajes con o sin movilidad nunca pueden ser una mera receta. Hacer eso sería como sacar el bizcochuelo del horno cuando el horno apenas se ha puesto un poco más que tibio. Cuando un lugar aguarda por nosotros, nos cobija nos muestra su puesta de sol, nos extraña y anhela, nos fulmina con su haz de deseo inhumano que nos hace saber que alguien/algo llora por nosotros... Hay un lugar en el que queremos estar.
      
 
                   

26 diciembre, 2012

Otra vez

 Me miro en el espejo, me reflejo, reboto y vuelvo para recomponerme. Otra vez, me miro, me reconozco, porque reboto y vuelvo en mí para ser el yo que se desdobla y se reconstituye en su unicidad originaria. Sobre la mesa hay un montón de libros desparramados hace mucho tiempo que están ahí. Los leo y me pregunto qué es lo que constantemente se inocula en mi deseo para querer leer eso ilegible y que mi fisiología rechaza. Bueno... no es exacto lo que digo el deseo siempre es el deseo; pero algo me pone frente a una experiencia constante de fracaso. Fracasar como lector es terrible, es tan terrible como fracasar como oyente de música; eso no me ha pasado aún. En fin, ante la metafísica, ante la posiblidad/imposibilidad de superación de la metafísica siempre resulta más atrayente escapar hacia otros territorios... De todos modos me preocupa muchísimo, ni siquiera, poder permanecer en una clara y exquisita explicación de Agamben sobre el Ereignis heideggeriano y una equiparación con lo absoluto en Hegel. 
 Me retiro, me regocijo, recorriendo mentalmente las líneas de una oración irlandesa que Stela me envió para navidad y que dice así:
  

Que la tierra se haga camino ante tus pasos,

que el viento sople siempre a tus espaldas,

que el sol brille cálido sobre tu cara,

que la lluvia caiga mansamente sobre tus campos,

y hasta tanto volvamos a encontrarnos,

Dios te guarde en la palma de su mano.


22 diciembre, 2012

Fábulas

 Nos sentamos a la mesa y el camarero nos trae la comida; en una mano todos los cubiertos juntos y en la otra los dos platos, luego en otro viaje la jarra de agua, los vasos, uno rojo para Ale uno verde para mí y la panera. Agradecemos. Ale además de agradecer hace reverencias y lanza una de esas frases que no se sabe si son irónicas o sinceras. Es un adulador espontáneo y magistral Ale. La charla del almuerzo comienza a fluir pero con platos super fuertes discutimos la cuestión de la absolución de los imputados por el caso de Marita Verón. Basta de ciencia ficción Ale, esto es corrupción y nada más, hay altas cúpulas policiales comprometidas que protegen, hay jueces temerosos de amenazas más o menos reales y también fácilmente sobornables. Qunes. Los jueces claro. Por momentos no me mira a los ojos y está como ido, no exactamente ido sino absorbido por algo que en la calle lo distrae, lo inquieta. No le doy demasiada importancia, ni le pregunto por qué constantemente mira para la esquina donde se juntan los pibes todas las tardes, todas las noches... 
  La discusión acerca de la trata de personas, cuáles son sus límites cómo exactamente se la define si la prostitución voluntaria es trata de personas, todo eso, puede quedar para más adelante pues con mucho menos a Ale se le enciende la lengua cuando le pregunto si alguna vez ha entrado al barrio. Mientas tanto por los ventanales sigue mirando para la esquina mientras se lleva a la boca un trozo de pollo con un poco de pure flojo y muestra el destello metálico de una corona que bordea como un hierro de encofrado uno de sus molares inferiores. Es una maravillosa sorpresa que me diga que nunca ha entrado que solo ha andado por la periferia. Inevitablemente todo se desliza hacia cuestiones como la delincuencia y el narcotráfico Ale cuenta que sabe muchas cosas de allí dentro pero que son como una gran fábula, aunque nada indica que uno no pueda considerarlas reales. Habla sobre dispositivos tecnológicos difíciles de describir pero que se puede presumir que existen, más allá de las chapas yuxtapuestas ad infinitum. Y, hablando de chapas, menciona al famoso Marcos que ha sido en algún tiempo buscado por interpol o alguna de esas agencias federales que siempre suenan con mucho bombo. Pero quién es ese Marcos es el Comandante Marcos? Ale hace una mueca entre escéptica y evasiva y dice que en realidad no está seguro. Lo cierto es que el tipo ha zafado montones de veces, nunca podían echarle mano. Alguien le ha contado hace unos años que existen adentro unos túneles que comunican con otros barrios más al sur, es más, el que ha contado la historia los ha visto con sus propios ojos según Ale y no tenía necesidad de andar mintiéndole. Supuestamente Marcos usaba esos túneles y por eso era capaz de desaparecer aunque las redadas de los grupos especiales fueran sorpresivas. Cómo serían esos túneles y dónde estarían ubicados; dentro de una casa, en un pasillo, bajo qué angulo bajo qué techo angosto como un desfiladero? Tal vez detrás de una puerta falsa que comunicaría con un pasillo contiguo tan angosto que las personas deberían atravesarlo de espaldas a la pared, como muestran en un informe colgado en ytube. La periodista sobreexitada, como sucede siempre en estos casos, dice que desde esos pasillos no se puede ver el cielo... Mientras la cámara avanza y se pierde entre bifurcaciones y más bifurcaciones de pasillos, escaleras y múltiples fascinaciones borgeanas. 
 Se zampa rápido los últimos restos que dejan limpio el plato sin que le pase el pan ni nada de eso y me pide que lo disculpe. No ha dejado de estar nervioso durante todo el almuerzo mirando hacia las ventanas y enfocándose en esa esquina que lo preocupa y lo inquieta que un tal Bran estuviese jugueteando con un bate de beisbol; tal vez están esperando a alguien, hipotetiza Ale. Me saluda me dice que después la seguimos y me deja pensando en vuelos de reconocimiento, en techos que no son solo techos en cosas imposibles de registrar en radares, en el google earth, en cómo todo se ve desde arriba en cómo todo se ve desde abajo, desde adentro desde un afuera. Hay un juego de fuerzas en el ambiente pero mientras que yo insisto en que la corrupción y las estructuras derruídas permiten la injusticia y la violencia de todo tipo Ale cree, que más allá de eso, existe un mal que no puede ser extirpado. Pero de qué modo se logra esa pervivencia?; por contactos con la política, por tecnologías electrónicas desconocidas por magia de la negra de la buena de la terrible? Hay que creer entonces que los techos apelotonados unos sobre otros configuran un centro de dinamismo desconocido que hace rebotar todas las señales; no eran solo chapas regalas por cualunques punteros políticos de turno?
 Me quedo solo terminando el almuerzo mirando a través de los ventanales hacia afuera, ese desfile de libertad agónica, de vida de repetición. Un gran desfile la calle como ver una película muda que desgarra la pantalla o mejor dicho la derrite. Imagino que Ale también desfila por ahí afuera vestido como un obispo porque el rey lo ha investido con un grado mayor de jerarquía. Eso hacían los reyes -cuando los había- con total desparpajo producían estatutos de realidad a través de sus meras palabras; nombraban, adjudicaban, elevaban, jerarquizaban la simple faz y el aliento inútil de cualquier hombre común. Bueno ellos también habían sido investidos de ese modo por la palabra pero también por la sangre. Y entonces pasa Ale con su vestido color violeta y en la cabeza el solideo también violeta y un báculo que agita en el aire con suavidad como si tanteara la espesura en la que se interna. Ale entra al barrio por primera vez. 
       
 

11 diciembre, 2012

Otras regresiones

 Me gustaría poder codificar en onomatopeyas el llanto del perro. Qué difícil es admitir que los signos reproducen aquello que en la tibia noche se enarbola entre los patios internos, las medianeras y la general disimetría de las edificaciones. Pero lo intentaré; uuee, uueyee. Cómo se lee eso lo ignoro. El perro no para de lanzar ese reclamo al firmamento desde hace semanas. De pronto, una iluminación. Está claro que para triunfar en la vida hay que creérsela. Siempre hay que creérsela. Hay que pararse, caminar hasta la heladera, después encender la nottbook, hablar por teléfono lo que sea no importa hay que creérsela... si no... nada funciona. Mientras sigue lanzando el quejumbroso lamento me convenzo más y más del significado profundo de lo que es la autocreencia. 
 Vamos caminando por Bolívar con la sensación de que vamos bajando por la vereda, esa angostísima, -caminar por una vereda así supone toda una destreza, un conocimiento de la ciudad y de las cosas que asoman a cada recodo, sorpresivamente- y le digo, a Ale, que el problema es que siento que se me acaba la nafta. Y me dice que eso es tan solo una sensación. De pronto se detiene y me avisa que nos despedimos porque allí en la puerta de ese garaje va a buscar su auto y sabe que se la cree cuando dice eso, pero me tranquiliza de inmediato porque después vamos a seguir discutiendo los pormenores. Sigo caminando solo hasta la esquina y cuando estoy esperando que el semáforo corte para poder enfilar directo a la boca del subte hago unos segundos de tiempo balanseándome sobre el cordón gris de duro adoquín. La diferencia de altura entre el cordón y la calle parece una distancia enorme que estremece como si jugara a caminar sobre un desfiladero. El sol pegándome en la cara; no me deja ver. Pienso, en ese instante, que dentro de muy muy poco estaré descendiendo por la escalera de la estación Bolívar y no creeré en nada.

01 diciembre, 2012

Transferencia

 A horas diferentes las cosas que pasan en la calle son diferentes, debe ser porque en definitiva la calle es como una especie de ecosistema muy perverso con cinturones de paranoia que lo rodean y cinturones de gendarmería y de prefectura. Pero a esta hora cuando ya los comerciantes van cerrando sus persianas porque todos de manera sincronizada ponen sus cadenas, sus candados, sus barras y hierros hiperduros quiere decir que la noche se va haciendo de noche pero para cerrarse la jornada. Es lindo cuando la noche está fresca y hay un viento que se va levantando y se hamaca como una bisagra olvidada, suelta ahí en ese límite de la noche que cada vez es más noche pero que se detiene un poco en este momento de la jornada donde todo de a poco se va cerrando y yo con mis bolsas de compras estoy por llegar a mi casa. Todos están por llegar a su casa por eso brillan un poco más, menos los que no tienen casa que se quedan sentados mirando a los que refractan un poco más la luz porque están por llegar. Cerca de mi casa hay un local que -al contrario de todos los otros- siempre está cerrado a la calle, es decir para ser un comercio carece de algo esencial que es estar vuelto hacia lo que pasa. Sencillamente tiene apariencia de estar cerrado. Es evidente que no lo está; hay vida comercial en su interior, se realizan desconocidas transacciones o servicios gratos ya que otras veces cuando los transeúntes van hacia el sur o hacia el norte sobre la angostísima -fastidiosa- vereda revuelan (escapan) de dentro voces, risotadas, aprobaciones que se diluyen en el poco entendimiento de quienes se llevan engarzado del oído algún hilo de voz. Pero cuando, ahora, paso con las bolsas los jóvenes agrupados en la puerta me miran. Están fuera es raro. Un poco recostados en los asientos de sus motos y en sus bicicletas bike con cambios shimano y frenos a disco. Ahí a través de los vidrios del negocio se ve un gran resplandor violeta y las puertas están abiertas... liberaron al helecho bioluminicente, lo mostraron al exterior, tal vez porque la noche permite esas cosas, ciertas pequeñas transgresiones. Lo primero que le preguntaría a los muchachos es por qué siempre en vigilia están encerrados, puertas adentro, en lo que debe ser con seguridad un pequeño recinto iluminado con luz artificial. El helecho bioluminicente ahí emanando esa luz particular, inconfundible, algo sagrado hay en esa luz algo orgiástico y salvaje. Y los jóvenes parecen rendirle culto. Otras veces imagino una logia donde las palabras mesuradas pesan y cada afirmación se calcula y sopesa. Las conclusiones pueden fluctuar a veces pero todo es pausado porque cotiza. Lo raro es que el resplandor violeta esta noche fresca se escapa puertas afuera y se expande hacia la calle hacia el tráfico de automóviles pues lo retienen todas las tardes oculto sin que nunca se pueda saber nada. Solo sus motos y sus bicicletas estacionadas casi apelotonadas en la vereda insignificante a la espera de algo ignorado por todos en las cincunmediaciones. Acaso allí dentro están hablando de cómo se educa, de por qué se educa, de si es necesario pagarle a la gente joven para que se eduque mejor, más felizmente. ¿Acaso hay que motivar a las personas para que no falten a sus obligaciones y descontarles de su cuenta en el banco ciudad cuando faltan al bien, cuando no cumplen, cuando no hacen lo que se espera? Pero también es cierto que crecer creyendo que siempre a uno se le debe dar cash sonante por cada cosa buena y esperable no es bueno o no es lo más deseable. Pues, se dirían mirándose a los ojos, porque siempre hay que mirar a los ojos cuando se habla del bien, hay que hacer lo que se debe hacer porque sí y la recompensa va a llegar, va a llegar pero mañana... cuando dicen mañana es un mañana lejano tan lejano que es lo menos cash que pueda imaginarse. 
 Antes de encarar la cuadra con las bolsas he estado hablando de todo esto en la terapia. Fue la última sesión con la doctora porque hice que todo estallara al preguntarle si quería acostarse conmigo. Durante algunos meses había estado concurriendo al hospital de psicología. En una primera entrevista la doctora me dijo, después de escucharme hablar de corrido durante aproximados cinco minutos, que bueno, que sí, que parece que algún tipo de conflicto hay... Ya en la segunda y tercer entrevista le molestaron algunas cosas. Le molestó que hablara de manera abstracta que intentara dirigir las potencias discursivas hacia cosas que no fueran yo mismo; por ejemplo mi gran fascinación por el helecho bioluminicente. Eso, dijo, era una barrera que ella se encargaría de disolver o mejor dicho de proveerme las herramientas para que yo mismo lo disolviera. Y después de tantos meses de escucharme tanto ella como yo y de ir notando esa evolución en que se vivencia que todo el sentido y la significacia emerge porque hay alguien allí que escucha, que acota, que pregunta; alguien allí que se supone que sabe. Entonces esta tarde sentí como un mareo mezclado con un frenesí, no pude ni quise pararlo y le pregunté a la doctora, mujer madura de unos sesenta años, si quería acostarse conmigo. Que modo estúpido de dinamitarmitar el proceso de cura. Cuando la semana próxima vuelva al hospital ya sé perfectamente que tendré otro profesional para que siga mi caso.   

24 noviembre, 2012

Drones

 Iba con mi bicicleta por las calles de la ciudad a la tarde con el calor pesando en el cuerpo. Avanzaba en la bicicleta y los autos siempre me pasaban cerca, siempre quedaba más atrás pero seguía cruzando calles y bocacalles que veía por primera vez o como por primera vez. Cuando me acercaba a la autopista la sombra comenzó a crecer pero aunque el cemento dejaba de brillar porque el sol quedaba totalmente oculto entre un sinnúmero de ángulos de cemento hierro y perfiles espejados, las altas temperaturas hacían que se hiciese más y más difícil respirar. El aire se iba cargando con una humareda casi transparente. Cuando ya estaba debajo de la autopista no pude más. Bajé de la bici porque sentía que me bandeaba para un lado y para el otro. Casi la dejé caer sola y me senté en el cordón grasiento viendo cómo una de las ruedas seguía girando suspendida en el aire y los rayos cruzando la circunferencia dibujaban formas centrífugas, sin detenerse, dejándose estar como efectos de fuerzas inertes. 
 Justo debajo de la autopista donde todo era semioscuridad, donde a los costados había personas durmiendo una siesta inactual me costaba mucho respirar y pensé que eso era como un refugio de los drones que zurcaban el cielo con esa inhumanidad fulminante. Los drones para un lado y para el otro inspeccionando el territorio de la Franja de Gaza o lanzando misiles superveloces que pueden dirigir un bombardeo desde 200 km de distancia y acertar en un objetivo preprogramado. Un pavor irresistible me fue invadiendo de a poco pues ser perseguido por drones inteligentes y devastadores solo lo había visto en las increíbles películas de Swarggeneger en los 80. Pero ser perseguido y quemado vivo por un robot es terrible. Un humano asesino que va haciendo una escalada persecutoria y diezma poblaciones a cualquier hora es aberrante pero los drones cuando hacen que la manpostería estalle en miles de fragmentos fundidos y carbonizan la carne que tocan da más miedo aún, aunque el resultado en definitiva sea el mismo. 
 Sobrevuelan los drones, sobrevuelan todo el tiempo. No hay alertas ya, porque al principio eran como zumbidos que bajaban desde el cielo y todas las personas corrían a refugiarse pero cuando su número comenzó a crecer en forma desmesurada ese zumbido se prolongó tanto que pareció como si una máquina gigantesca -algo parecido a una usina- hubiese quedado encendida, olvidada. La vibración ahora acompaña las horas de las calles desiertas y la ciudad silenciosa como un gran artificio que pareciera quebrarse de un momento a otro, es un gran escenario que se descompone y se muestra como aquello que no está hecho para estar así. Así humeante así solitario, languideciente.

14 noviembre, 2012

Los gatos radioactivos de Skoglund

 Estábamos suspensos en una de esas increíbles imágenes de Sandy Skoglund sobre todo la que muestra una habitación donde hay unas personas, aunque sería mejor decir cuerpos sentados y todo está revestido como de unas larvas impresionantes de un tono salmón apagado en una atmósfera surreal pero que no deja de hacer llegar el sonido de la naturaleza produciendo de manera subterránea... haciendo un sonido estremecedor que tiene que ver con la vida y con la muerte; con el consumir y extender las fuerzas hasta donde se pueda y con el destruir otros organismos hasta donde se pueda también. Todo por abajo está chillando atrozmente en un grito de dolor natural que carece de injusticia. Todo está limpio y contaminado todo brilla pero se marchita, todo jadea una baba que purifica la mugre que toca, como los gatos que se limpian con su saliva, como las cucarachas que nunca andan cerca de la mierda y las telas de las arañas que al contacto con la piel herida la curan, la cauterizan. Mientras mirábamos las imágenes de Skoglund el veterinario que había entrado en el recinto explicaba de pie cerca de la mesa pálida, estas cosas; las propiedades hipercicatrizantes de las telas y desinfectantes también. Mientras hacía girar en su mano el frasco plástico de curabichero -que debía entregarle a un colega como muestra o regalo- y explicaba que cuando se aplica sobre las heridas del animal los gusanos se mueren y hay que sacarlos de a uno. Una vez a un caballo le sacaron medio balde de gusanos muertos, de otro modo caerían solos para continuar sus fases de desarrollo, por ejemplo la fase llamada pupa que es la última antes de que se transforme en mosca verde para continuar el ciclo de vida. Más tarde a la sombra de un ficus en el patio seco alguien se detiene a saludarnos y como nos ve leyendo nos pregunta sobre ese libro que no conoce. Le mostramos la tapa de Extension du domaine de la lutte y quiere saber algo sobre el autor. Quién no va a querer saber algo sobre el autor si al mirar la tapa azul cielo-artificial los gatos verdes fluo empiezan a moverse para todos lados, parece que hicieran gimnasia con sus colas cada uno gesticula y a su vez tiene dobles que reproducen el gesto de colarse, de inmiscuirse y contaminarlo todo. Que a quién se parece la primera star litteraire desde Jean Paul -como dice la contratapa-. Y se parecerá a un reventado... Lo cierto es que una pregunta no difícil de responder sería esta: por qué los libros de Houellebecq suelen emparejarse con las fotografías de Skoglund? 

 

10 noviembre, 2012

La pintura de Duchamp

  Al otro día no podría mirarla al rostro, a los ojos francos. -Igual lo hice sin poder evitar que un frío me recorriese desde abajo y hasta la nuca-. La noche anterior había soñado con ella. Entre relámpagos y cierta asficcia los destellos azulados de la tormenta bañaban todo el interior de la habitación. Y nos abrazábamos y la amaba pero cada vez que me acercaba se transformaba en la pintura de Duchamp, solo que en sueños no lo sabía. Solo después, muchas horas después, me di cuenta de que se trataba de Étant donnés. Estaba congelada con su carne rígida con ese tono rosado un poco lavado y penetrante. Todo ese pedazo de carne amputada y esas terribles ¿heridas? cauterizadas. Era horrible; era hermoso y horrible. Siempre me había preguntado sobre esa pintura de Duchamp. Siempre había escuchado hablar sobre el mingitorio famoso, que el mingitorio esto que el artefacto lo otro que R mutt de acá y de allá, que la crítica a las instituciones y demás. Pero qué había en aquella vulva encantadoramente siniestra; en aquellos miembros amputados en aquel deseo irrefrenable de producirle dolor a la mirada, una eterna comezón como si tuviese que pagar tributo por haber querido estar ahí ¿dentro? frente al cuerpo ¿contemplando? lamiendo ¿mimando? o minandoÉtant donnés era la carne joven que se transforma en piedra y en todo lo que se hace piedra siempre hay algo de magia negra -como en los cuentos clásicos infantiles- y de violencia inapelable. Era el apetito que se quiere conjurar aplicándole ese golpe maestro que hiela la mirada de los arrepentidos. Y había una contaminación del cuerpo y una expulsión de toda posibilidad de goce pues como un objeto mudo, pétreo, abandonado en la intemperie de olvidados jardines se le iban engarzando las pestes de la naturaleza descontrolada. No sé si así puedo explicarme aquella extraña metamorfosis sufrida por el cuerpo de Anne cada vez que me acercaba. Flashes como apagones y alumbramientos reiterados que más y más me apesadumbraban. El destello azul desde todos lados y luego como si la pantalla de la conciencia se desgarrara y brotara el agua por todas partes y otra vez todo Anne o lo que tan solo había quedado de ella en el gesto perverso del deseo, su vulva para ser amada. Otra vez se había transformado en la pintura de Duchamp.     
 

31 octubre, 2012

Libro devuelto a la biblioteca

 De aquel texto de Oé nos quedó sobre todo algunos modos de describir al hombre obeso, al estanque de los osos y la conversación con la madre. Había más cosas, estaba el olor.... con seguridad a agua o pescado podrido; cómo podía ser tan intenso el olor en aquel frío que casi había matado al hombre obeso, al casi caerse al estanque de los osos. Seguramente no se hubiese ahogado pero sí se habría congelado en ese témpano artificial.
 Aquello contrastaba con el verano y las tardes tranquilas en que leíamos a Oé en el fondo de la casa. En el silencio de las tardes y de las largas vacaciones con las perras descansando cerca nuestro y los árboles proporcionando buena sombra mientras disfrutábamos ese buen regalo de tía. Aquel año tía nos sorprendió con ese texto de relatos de lectura envolvente pero difícil de asimilar. En años anteriores habían desfilado Kawabata y Mishima. La traducción de Oé parecía esmerada y sin saber nada del original se podía percibir que el tono del autor no moría o se echaba a perder en el trasvasammiento a la lengua occidental, como pasa tan a menudo y que da por resultado unos textos semimuertos que ningún lector puede remontar ni en la más bien predispuesta lectura; paciente y benévola.
 Actualmente ese libro de Oé reposa en una de las bibliotecas de tantu y cuando nos acordamos de ese primer gran relato que abre el libro quisimos hojeralo y releerlo. Después del tercer o cuarto americano ya no lo pensamos más, al verano aquel lleno de proyectos del pasado, y corrimos en la semioscuridad y regresamos con el libro de hojas amarillentas pero firmes. 
 El libro cerrado aún reposa sobre nuestras piernas cruzadas, lo tomamos con una mano y luego la otra mano para comenzar a releerlo, antes repasamos el nombre del traductor, son dos, una señora con nombre nippon, la otra no. Vamos a comenzar. Pero las huellas de huellas sin origen deben estar revoloteando de manera insoportable, acediándolo todo allí dentro en ningún lugar. Y el inconciente no reprime nada, el inconciente repite y repite. Por eso cuando notamos que todo ha sido delineado por la misma monotonía por el mismo automatismo deseante nos queremos salir. Pero hacia dónde correr; por dónde huir? El libro de Oé vuelve a ocupar la misma disposición en los estantes de la biblioteca y dejamos que la noche avance sola envueltos -todos así estamos con seguridad- presos, aunque desdeñoso sea decirlo, de imborrables huellas atávicas de las que no logramos desembarazarnos.