Hoy debí mandar una nota de voz a una mujer que me contaba que estaba en un hotel aislada con covid. Fue la primera vez que tuve la certeza de hablar con alguien que tenía la enfermedad. Alguien me lo contaba y pronunciaba mi nombre. Me quedé tan suspenso mirando la pantalla del teléfono como si eso fuese todo el mundo. Cada palabra que iba a pronunciar iba a ser una palabra que podía llevar tranquilidad, indiferencia, afecto, preocupación, no sé. Todo era al mismo tiempo muy cotidiano y muy excepcional, irrepetible y nuevo. Sí, recuerdo que la voz que salía de un dispositivo electrónico era una voz mucho más humana, mucho más presente que otra veces. Intentaba imaginar el rostro, el cuerpo, la edad, el hotel, el barrio, la habitación, el aislamiento. Tiempos de dimensionar.
24 agosto, 2020
13 agosto, 2020
Morir solos o acompañados
En Argentina siempre vamos un poco retrasados con lo del Covid. Por eso nos preparamos y diseñamos nuestros protocolos y colchones o aguantes contra la enfermedad. Hoy escucho que en otra cosa los comités, en este caso de bioética, tienen la posibilidad de pensar y preparar a partir de la experiencia de otros países. Cuando en marzo alguien nos quería alertar sobre la gravedad de la situación nos decía que en España, Italia, Inglaterra y otros países muy afectados, la gente se moría sola. Te llaman y te avisan que ya se murió y vas a retirar una cajita donde están las cenizas de tu ser querido.
El duelo es y siempre fue importante. Es que la persona enferma en realidad ya no siente ni piensa en nada. Pero su soledad absoluta es la desolación y el arrasamiento del que espera que se cure o que se muera sin sufrir mucho. Por eso empiezan a hablar de esto de la muerte digna, un nuevo protocolo, en este caso para cómo nos merecemos morir. Ojalá pudiéramos hablar con los muertos, con todos nuestros muertos. Esa, sería, la gran consolación.
Ya pasaron las épocas en que la sociedad parece estar obsesionada con los fenómenos paranormales y los medium, como a finales del XIX y principios del XX. Algo que según puedo recordar retrata incomparablemente Thomas Mann en La Montaña mágica. Tiempos estos en que es mucho más fiable y certero retornar al paganismo. Hacer culto de los antepasados. Poner las velas y encender los inciensos. Las voces de los muertos dando vueltas por la casa, haciendo temblequear los objetos de la cotidianeidad. Trayendo el sociego. Los abuelos, los bisabuelos, los que se fueron prematuramente, esos que no podemos imaginar qué mueca nos lanzarían si les hablasemos de nuestro presente incierto. Pero qué necesario y sanador nos resultaría compartir nuestras penas con sus voces del más allá. El ensayo necrológico mirado desde otro lugar.
08 agosto, 2020
Como en el jardín de Derek
06 agosto, 2020
El Paul Gauguin en Charles Strikland
01 agosto, 2020
Huellas
31 julio, 2020
El diario y la vertical
23 julio, 2020
Vejez
15 julio, 2020
Las 1000 pinturas de la historia del arte
Quiero volver sobre esta pregunta, ¿qué uso hacen los artistas de sus diarios?
¿Qué relaciones pueden establecerse entre diarios de artistas de diferentes épocas o momentos de la historia del arte?
Y volviendo a la cuestión de la selección arbitraria de las 1000 pinturas, ante la inmediata réplica de que aquello se debe a que todo arte de la temprana Edad Media es anónimo y por eso no se podría incluir en un libro de estrellas de la pintura universal -esto es negado por Arnold Hauser en el clásico Historia Social de la Literatura y del Arte- se trataría de una invención o exageración de los estudios románticos.
10 julio, 2020
El diario del artista y las estrategias
Tal vez toda obra se nos aparece como una afirmación, siempre tendemos a creer que el artista nos está mostrando su verdad.
Al leer un pasaje de Jarman cuando cree que todo le está saliendo mal en The Garden creo que el diario aporta esa cuota de realidad antes de que se haya terminado la relización. Es solo un momento pero cristaliza.
También es cierto que el diario funciona como un persistente eje de militancia, de resistencia de la comunidad gay avasallada desde una materialidad tan elocuente como es el virus que él, Derek, tiene en su cuerpo. Y que todas las instituciones y políticos de su tiempo no hacen más que empoderar. Intenta a todas luces abrir los ojos de sus contemporáneos pero resulta una empresa titánica: «No pueden ver más allá del arte» (p.310) Se queja frustrado porque una exhibición que es un poco la previa llevada a cabo através de instalaciones y especies de happening con escenas de parejas gays y alambres de púas siempre presentes. Anticipándose a lo que será el relato central de The Garden y sintiéndose decepcionado de ese público atrofiado.