18 febrero, 2017

Ante la ley

 Lo prohibido y la transgresión en este pequeño texto de Kafka. Una fábula que no es una fábula, la enseñanza se pierde cuando la puerta de la ley se cierra y nos quedamos con la sensación de que algo quedo del otro lado. De ese lado infinito, sin aristas, sin bordes y sin espacios para descansar. 
  ¿Acaso un gran señor podría mirar hacia el interior de la ley? ¿Acaso podría un rey comunicarse con aquella cosa insondable, infranqueable por la potencia de aquellos que la custodian? ¿Cuál es el problema, la finitud del hombre o su condición -en este caso puntual- de pobre hombre? Habrá sido conciente Kafka de que el patetismo del hombre que espera podría haber sido puesto allí por ejemplo con un hombre uniformado. Cuando sabemos como señalan Deleuze y Guattari la fascinación kafkiana por el uniforme, por el botón que destella, los pliegues de la ropa.  
 Sin embargo el hombre que espera es y no es un pobre hombre. La angustia kafkiana es tal que simplemente angustia al que lee. Si es el caso de un lector tal que descrea de la comedia. Al personaje no llega nunca esa angustia, no padece esa experiencia. ¿Pero hay en Ante la ley lo que podríamos llamar una transgresión? 
 En el final se da el mayor de los desconciertos. El guardián adopta una postura de un dinamismo inusitado hasta ese momento casi lo vemos sonreír pero es una risa sádica en cierta forma. Parece un regalo que no es un regalo un regalo que es un chasco pero sin carnaval, sin día de los inocentes sin la confianza necesaria que lo muestre como un Karl Rossman desamparado o un Gregorio Samsa que no distingue aún el sueño de la vigilia, así y todo la angustia no lo afecta. Ello, la máquina de escupir flujos de inconciente no amerita poder hacer una broma pesada. No se puede pensar el después de nada, no se puede indagar qué reacciones se suscitarán al cerrarse la puerta. Es entonces como dice K en El Proceso; cuando afirma que el guardián es injusto porque engaña al hombre, es una espera sin esperanza alguna. Pero el sacerdote dice no, para nada, el hombre siempre fue libre y eligió ser un empecinado a pesar de que se le explicaba una y otra vez de la imposibilidad de acceder a la ley. Delirar, chatear, discutir y apasionarse por la política. Todas las noches en el chateo el juego consiste en comerle la cabeza al otro, devorarlo primero que nada por la cabeza, quemársela con el habla desesperada del chat. K por los pasillos interminables, las escaleras inconducentes, las relaciones inútiles. K convenciéndose de que cada discusión es maravillosa, sensual y al mismo tiempo vana. El guardián y el hombre han estado siglos comiéndose la cabeza y según K lo que quema es el silencio indiferente y mortífero del guardián y según el sacerdote el que engulle es el hombre con su estrategia de paciencia y de soborno.    

14 febrero, 2017

Sobre un fierro

 Es una cosa. Es simplemente algo. Duro. Oxidado. Pintado después mucho después...
 Cuando llegué me dijeron que con ese fierro tremendo habían aplastado un gato. El armazón de fierro aquel había sido el tiro de gracia. La guillotina para el gato aquel, el disfrute inmenso para sus ejecutores. Y con eso lo terminamos de matar. Y señalaban... el fierro verde, estaba todo oxidado. Un fierro, su forma, su peso, su talla, su andar, prejuicios, descomposición, oposición, hablar de un fierro. En este caso era una parte de otra cosa quizás un vehículo a sangre, algo del campo. O el resto de una máquina. El fierro como estructura de hierro siempre había estado allí al parecer adoptando diferentes formas. Acompañando a todo lo que lo circundara. Siendo chatarra, asiento o guillotina. Y el hecho de ser estructura debe haber sido la causa de que se haya mostrado siempre maleable a los cambios a las adopciones de diferentes formas. Y también a la dificultad de describir su configuración o mucho menos siquiera su aspecto exterior. Algo tan sencillo como eso. Decir de qué está algo hecho, decir para qué algo ha sido hecho; su color, su textura, su posición. Bajo lluvias bajo soles bajo los diferentes polvos que lo cubrieron, el fierro prosperó, pues muchos que lo vieron que lo usaron que con él hicieron cosas aunque muchas veces ordinarias como apoyar una maceta, ya hoy no están o se murieron o se fueron y la historia los olvidó con justicia o sin ella. Algunas cosas tiene su momento Odradek así como algunas cosas tienen su momento de cruza. Lo desconcertante es que algo pueda tener historia y ninguna función determinada, ni siquiera un nombre propio o genérico. Tal vez al fierro le falte algo de la singularidad de un Odradek. Por empezar no tiene voz, ni risa. No se compone de muchas partes si bien él parece alguna vez haber sido la parte de algo mucho más ambicioso. Su mayor virtud es el peso y su modo regular de permanecer apoyado. Carece de ese arte de saber ocultarse de evadirse o de fluir sin que el observador se dé cuenta. Hablarle como a un niño no parece razonable cuando se sabe que ha servido para matar o aniquilar el último aliento de un ser inocente. Su dura persistencia parece tener el poder inexorable del silencio, la suavidad de una noche calma. Y sí parece remontar su historia hacia adelante pero en aquella dirección solo se vislumbra una indiferencia atroz.    

09 febrero, 2017

Chubascos

 No sé por qué -y lo sé unos días después cuando nada más releo estos garabatos- toda la tarde estuvimos hablando de la muerte. Sobre el amor también y sobre ser románticos.Si lo éramos o no lo éramos. Si lo habíamos sido en algún momento de nuestra vida; nadie ya a esta altura se plantearía si lo iba a ser más adelante. Evitaba sobre todo preguntarle si sabía de qué hablaba porque en verdad presentía que todos teníamos una opinión tan heterogénea de lo que significaba ser romántico. Y heterogeneidad es quizás universos distantes y no tanto riqueza de sentidos diversos. Cómo soportar encima con el cuerpo ya cansado de tantos años esa especie de ignorancia o de duda. Todo el día, por otra parte, estuvo plagado de chubascos. El más potente fue uno en el que ya empezada la tarde se profundizó el tono gris del cielo, si bien, bueno fue, que no refrescase y se largó durante veinte minutos sin parar. Bastante más tarde le dije -era un poco yo diciendo- eso fue como una película de Kurosawa, y así intenté justificarme de mi poca cultura de películas clásicas o contemporáneas. 
 Hacía poco tiempo yo había sido romántico, enamoradizo, y se lo dije. Como que lo romántico era una corriente, algo que te arrastra por abajo. Un perfume que te trae recuerdos, una parri de la que se esperan muchas cosas cuando se pone a arder. Entonces también era una promesa. La ilusión de que algo iba a pasar porque la vida ante todo, por sobre todas las cosas no puede ser una monotonía, no puede ser un paisaje estático. Al romántico le pasan cosas pero qué clase de cosas. El padecer, el phatos. ¿Pero entonces ya los griegos eran unos románticos incurables? Bajamos a la playa y me dijiste que ahí justo ahí habían encontrado el cuerpo de una mujer mayor; enferma. Se había suicidado. Cuando la viste ya estaba embolsada. Morir ahogado... qué padecimiento que supera a otros... Y sin embargo, que a mano lo tenía esa mujer con el océano ahí... Tal vez lo que más esclarecería todo esto haya sido cuando hablamos de los perros virtuales. Esos que abundan, esos que son pateados, rechazados -y en tu caso- se transforman en flores amarillas, medio anaranjadas. Los perros virtuales son como los personajes de un video juego y me alegré mucho porque -te confesé- antes de salir... Estábamos que no podíamos más con la lluvia. Por la esquina dobló un amigo en bici y levantó su mano al cielo, hiciste lo propio, en la bici sobresalía hacia un lado ese soporte que usan los surfers para amarrar la tabla. La calle iba en pendiente y apretábamos los pasos sobre el lodazal que aumentaba, si bien por el medio la tierra se afirmaba, pero por los costados, a contramarcha, bajaban finos riachos de agua de un tono cobrizo. Empezaste y no terminaste tu confesión dijiste, es que me agarran como unos chuchos de frío pero son chiquitos y enseguida pasan. Estaba en casa antes de venir o sea justo antes de salir y daba vueltas y daba vueltas, buscaba cosas, pero la mochila al lado de la puerta lista no faltaba nada y las llaves que se apretujaban en la mano. Lo que enloquecía al pensamiento era no tirar al aire virtual contaminado o no contaminado ese perrazo que tal vez picara o no picara... ¿Y qué hay de romántico en eso? Habría que ver si no hay en ello una pura estrategia. El punto es que si los perros virtuales a los que se patea y que se transforman en flores a veces, por qué no, pueden transformarse en jarras de vino cabeceadas por Baco. Y últimamente se me apareció mucho Napoleón Bonaparte que algo de romántico habrá tenido. Estrategia. 
 Además me sorprendió bastante que me digas que no era tan anormal ser muy apasionado. Hace tiempo confirmé que eso era algo bastante ridículo pero después surgió este gran, gran dilema; ¿la experiencia y el romanticismo son cosas incompatibles? O sea ¿por qué el viejo no puede ser romántico? En la pura ignorancia de la cuestión. Pareciera que la experiencia hace ver... y Napoleón se aleja en su caballo... desaparece más allá del campo de batalla. Romántico como Guerra y Paz en un cuadro de Tolstoi, cuando el príncipe Andrés lo ve pasar a Napoleón en su caballo, blanco obviamente. ¿Qué es lo que le da a esa escena la pincelada romántica indiscutible? Hagamos la lista: la fuerza animal y su belleza/el genio y su figura/el magnetismo de la fuerza, la violencia, la sangre derramada a groso modo por amor/la muerte rondando lo muerto.        
 Y después, una imagen que es por definición romántica; el mar. Este mar es verde y frío. Solo frío y mucho verdor y transparencia. Estaba revuelto, por momentos furioso, potente no calmo como yo creía que iba a estar acá siempre. Trepamos por las piedras cuando ya anochecía. Soñando encontrar algo entre aquella bruma que se desparramaba por toda la costa. Entres las piedras inmensas con sus estrías, sus canaletas llenas de agua y anémonas y sus filos centenarios habría tal vez alguna sirena que nos apresaría con su romanticismo o al menos con su pasión caníbal. Hambre incontenible de esa naturaleza inhóspita... ¿robinsoneana? 
 En horas de sol nos salió el yo de dentro. Entonces me puse a mirar las algas flotando en el agua como se mira en una película de Tarkovski. Verde casi transparente, se podía ver el fondo, la turbulencia, la arena, todas las partículas ahí suspendidas y el agua verde como lo que más verde no podía ser hasta que al fin dejaba de serlo. En la transparencia se podía leer. Y las algas nadaban entre esas corrientes imperceptibles, las hojas con esa textura lisa nada más liso que sus estrías siempre abriéndose y cerrándose para moverse de un lado a otro sin lado alguno. O simplemente no moviéndose, la masa infinita. Entre verdes hojas con agujeritos, restos, otras más largas, retorcidas o más perfectamente recortadas. Rojizas, como quemadas por la radiación por otra especie de movimiento con hojitas y detalles en miniatura, sin perfectos mordiscos de caracoles. Entre todo eso lo heterogéneo, las cosas heterogéneas que iban encadenando el atardecer con la Luna y la raja entre los mundos. Todo anaranjado menos el cielo; pálido y tendiendo nubes como chopos al revés. Lo romántico emitiendo llamada y allí van estas tan odiadas inclinaciones del cuerpo envejecido pero joven no cambiaría mucho nada. Tal vez sí cambiaría todo. Acaso había encontrado lo romántico como algo que a raíz de lo heterogéneo une los reinos incomponibles. Y se acababa todo en este descubrimiento. ¿Cómo era posible haberse enamorado de heterogeneidades y nada más? No importaba que todos los individuos sean un mundo se suponía que siempre se encuentra lo que desea ese yo que es así llamado porque es algo de mínima idéntico... ¿pero a qué? ¿Un alga con agujeros que los caracoles han devorado con una ternura devastadora? Ups... ¿Qué romanticismo sería asequible?
 Cómo conectar todo esto con el hecho de que alguien parado en la orilla nos espera y nos dice, cuando salimos goteando salitre, románticamente afirma que romántico es entregarse a las causas inútiles.   

10 enero, 2017

Crema del cielo

 Los helados gigantes que preparaban en la heladería Get, eran así; llamaban a todo el mundo con sus cremas de colores y por más altos que fueran servidos con maestría nunca se iban a desplomar. Lo bueno es que te ponían una base medio cilíndrica medio cónica en la cual el cucurucho encajaba, era de plástico y eso permitía que si el helado chorreaba no te ensuciases las manos y te quedaran pegajosas. Siempre pedía crema del cielo... y no podía entender cómo de una idea tan buena como era ir a tomar un helado podía de pronto desparramarse esa desazón. Esa preocupación de que algo malo podía suceder en cualquier momento. Pero qué era lo malo que podía suceder en cualquier momento más bien ninguna cosa, solo un frío, un temblor un tomar el helado ya como ido y como queriendo que desaparezca que se funda. Después, lo que más... lo que más... era quedarse viendo cómo el helado iba cayendo sobre la vereda sobre las baldosas y el líquido se calentaba y se mezclaba. Siempre los helados se conectaban con esas cosas que terminaban siendo duras cosas, fosilizadas de frío en una noche que se ponía más ventosa de lo esperado y se vaciaba como un extraño fenómeno de estío. Había unos chicos en la heladería... -y como en sueños de pesadilla siempre decía lo mismo no quiero estar mirando atardeceres como los pibes bobos del cuento de Quiroga-. Porque el helado tenía que ver con la noche, con todos los fantasmas que salen a la oscuridad y las drogas. Ya que era evidente que esos tres pibes ahí sentados dentro de la heladería -llena de una luz blanca insoportable despojada de cualquier cosa cálida o natural- se bamboleababan uno encima del otro. Pero entonces la droga te pone así de bobo, así de enfermo, así de solo devastado; mirá esos chicos están drogados me dijo. Ante semejante cuadro de horror prefería quedarme en los sillones hamacándome y mirando las baldosas las uniones entre las baldosas y el helado derretido corriéndose de a poco y penetrando en los intersticios. Mi abuela me servía el helado y lo comíamos y siempre nos hacía el mismo comentario: qué frío que está! qué frío! Y yo me quedaba sorprendido la miraba y pensaba que claro en efecto sí es que las cosas son así y que era el frío lo que buscábamos algo que nos hiele que nos reactive y en un punto era cierto que siempre se repetía esta secuencia de deseo y de querer salir huyendo o de quedarse viendo todo aquello, cómo la tarde iba poniéndose pálida y desabrida pero refrescante. ¿Habían comido helado los pibes estos enfermos del cuento de Quiroga? ¿Les chorreaba el helado obscenamente por las piernas? ¿Se les pegaba la piel sudada de los muslos a la cuerina turquesa de las hamacas? ¿Se quedaban allí sentados mil horas con el local ya semivacío y tal vez abandonados u olvidados por los mayores? ¿Eran realmente idiotas o estaban más bien recontradrogados?            

18 octubre, 2016

LA DANZA … ¿QUÉ ES?


Mientras se ve a las bailarinas en el escenario, cuando es posible meterse en ese mundo de movimientos y quietud, se hacen patentes las singularidades y las búsquedas. Las separaciones y las uniones, eso parece que se repite siempre, como un péndulo bastante filosófico… dado que hay quienes opinan que la filosofía es un derrotero constante de intentar dar cuenta de esa comunicación, ese salto, ese hiato. Lo universal y lo particular, siglos y siglos explicando y desanudando el fundamento de esta relación. Lo uno y lo múltiple.
La danza nos muestra también que al parecer somos el único animal que se detiene en sus percepciones. Pero los animales juegan dice Paul Valéry y se pregunta si ciertos juegos animales que tienen un grado de sofisticación evidente no son ya anticipaciones de la danza. Pero Valéry no encuentra en el ámbito animal la inutilidad de los gestos, todo puede tener una explicación funcional, servir al instinto. En última instancia siempre podemos pensar que los animales obran con miras a la autoconservación; no pueden nunca salir de una relación meramente vital con su cuerpo.
Los bailarines en el escenario corren de un lado al otro, golpean con sus manos o con todo el cuerpo se frotan frenéticos contra las tablas y desaparecen para reaparecer. Y entre medio, al aire, esta pregunta acerca de qué vínculo hay entre danza y filosofía. Parece que los filósofos no lo han pensado y la historia de la filosofía muestra que todo lo que los filósofos no piensan tiene sus razones de carácter filosófico… ¿metafísico? Lo inútil parece apropiado para pensar una vinculación entre estos modos de hacer. Pues la danza está hecha de gestos sin finalidad y la filosofía encuentra desde sus inicios griegos un hacer su identidad en un tomar distancia de los fines prácticos de la vida. No sirve porque si sirve pierde su condición de pensar lo primero. Y la danza está gobernada por movimientos que no persiguen un objeto determinado sino que justamente el objeto de la danza es ella misma, envolviéndose en ella misma, pero además la danza no tiene fin. Dice en esta comunicación inmensa Paul Valéry: “Lo que da término a la danza son los sucesos ajenos; sus límites de tiempo no son intrínsecos a ella”(…)*Su límite está dado por un agotamiento más o menos previsible de las reservas del cuerpo danzante. Abordar ese centro autónomo de tiempo que se autogenera es seguramente lo más difícil, lo que más le importaría comprender a alguien con ambiciones filosóficas. Valéry dice también “es mucho más sencillo construir un universo que explicar cómo se sostiene un hombre sobre los pies”. La danza crea un tiempo. Aparece un acontecimiento único y por eso no hay parámetros para poder abordarlo, lo que la danza hace con el espacio y con el tiempo es tan atípico, tan instituyente... no hay un marco de referencia para entender. La bailarina está en otro mundo, un mundo sin afuera, sin finalidad sin resultados -todas expresiones magistrales robadas a Valéry-. Un mundo que tiene su propia necesidad y sus propias ataduras. Por lo demás, no existe en la danza la necesidad y la satisfacción de una necesidad, los medios no están claros ni los fines que esos medios procuran perseguir. Todo es un problema, una lucha sin fin. Si el mundo práctico se rige por una economía del gasto justo y necesario para obtener los objetos que el sujeto en cada caso requiere, la danza se regiría por una economía del derroche con la salvedad de que las reservas de fuerza siempre permanecen imprevisibles, en este sentido no tiene término, el término es un accidente exterior por ejemplo el sueño de los espectadores. O en última instancia el desfallecimiento oportuno de las fuerzas que sostienen la escalada de los cuerpos. En resumen, hay en la danza un funcionamiento único del tiempo y del espacio, Valéry habla de una poesía general de la acción. Sugiere que la danza comparte con todas las formas artísticas este proponerse y autogenerarse desde una lógica interna con sus propias reglas. La poesía haría danzar las palabras, la escultura la materia informe, y así sucesivamente. ¿Pero es casual que el arte que mayormente prescinde del concepto, de las palabras, y hasta de los sentidos, sea tan potente a la hora de generar esas otras duraciones, esas otras quietudes, balanceos, giros, torsiones, pliegues y virtualidades que con poca frecuencia han sido pensadas?  



*Nota: Valéry, P, "Filosofía de la Danza", Trad. Kena Bastien Van Der Meer

09 agosto, 2016

En los médanos

 Los pies se nos hundían sobre los médanos había una cantidad considerable de una especie de pastitos que no eran demasiado largos pero tendían a flamear con el viento. Imposible andar descalzos por el frío. La botella de cerveza estaba apoyada sobre la arena y toda su base tenía arena adherida por la humedad del vidrio negro. Tomé un trago bien bien largo y nos miramos y les dije bueno me voy. Dónde, no, me contestaron ustedes, ahora te vas... dentro de un rato se hace de noche después no vas a poder volver. Pero es que voy a usar, referencias, quiero ver quiero ir hacia Aguas Dulces quiero recorrer toda la playa vacía ir a los médanos, quiero buscar pruebas de la chica que mataron tiempo atrás. Resolver ese caso aportar algo concreto hasta ahora no descubierto que aporte ¿ee? un dato esclarecedor y lo resuelva. Ustedes se cagaron de la risa me desearon suerte y que prestara atención. Empecé a caminar. Para el lado de los médanos de Cabo Polonio nada ni una persona cerca de semejantes montañas de arena. Solo pasó alguien cabalgando a toda velocidad y dos perros atrás enardecidos con las patas del caballo. No podía creer que los perros pudieran alcanzar a un caballo como ese con tanta facilidad o a cualquier caballo que galope en la arena o en otra superficie. Los perros estaban cegados de furia y daban ganas de que el caballo lejos de desorbitar cada vez más sus ojos de pánico diera unas buenas patadas hacia esas bocas sedientas y sus dentaduras estallaran. El jinete daba la impresión de que tenía toda la intención de hacer algo pero no hacía nada y los perros acercaban sus dentelladas a las patas traseras en ese lado esbelto entre la pezuña y la pata que se afina y ahí rasgaban la carne del pobre caballo. Al fin el jinete hizo un ademán brusco tiró de las riendas, el caballo casi se paró en dos patas. El jinete hizo un gesto amenazante a los perros y disparó fustazos al aire como si espantara moscas. El lenguaje de los gestos es una comunicación certera para los perros se detuvieron como pensando que las consecuencias podían ser caras si persistían con su instinto asesino. Los perros se fueron hacia el norte y el caballo manando sangre de una de sus patas hacia el oeste. Me fui para el lado de los perros y caminé varios kilómetros a medida que me alejaba del centro del pueblo siempre por la playa abierta, inmensa, los ranchitos iban siendo más espaciados y más precarios. Por momentos se veían tan raquíticos y endebles que daban ganas de ir a tocarlos para convencerse de que no estaban dibujados o de que no se trataba de montajes escénicos que solo tenían frente y al darles la vuelta uno se encontraría con un armazón de utilería. Cuatro ranchos alineados más lejos dos ranchos alineados y uno un poco más atrás. Después una serie de esos ranchos que eran simplemente una piecita de tablas entreveradas oscurecidas por la intemperie y que era difícil saber si habría un morador dentro. Todo desértico salvo tres chicos que corrieron hacia el mar los vi de lejos y para cuando llegué donde ellos con una piel de acero se bañaban felices en ese mar helado, nada, enseguida desaparecieron. Un restallido seco fue aumentado desde atrás empezaba a tamborilear y se mezclaba con el bramido continuo del mar calmo de la bahía. Una ráfaga era el caballo que volvía lanzado y se alejaba otra vez llevaba su pata izquierda vendada con un paño blanco que se había desanudado y dejaba a los vientos un retazo y fue lo único que a pesar de la distancia todavía vibraba en la retina. Escalé un poco por los médanos para ganar altura y ver con más detalle la puesta del sol y también para tener una visión un poco más panorámica hasta dónde llegaban las casitas, sobre la playa cada vez eran más espaciadas, se repetían cada cien o ciento cincuenta metros. En eso no sé de donde un perro me divisó a lo lejos y ladró vino hacia mí con el segundo ladrido se sumaron de más lejos otros dos y tres más. Las piernas se me van solas pero en la playa ya los perros no se muestran tan agresivos me persiguieron un rato y cuando me di vuelta nada; solo esa bruma que venía del mar y que ni se movía porque había poco viento. Todo estaba blanco y rosado como si el aire tuviera una coloración. Caminé unos quinientos metros más. Cuántos kilómetros habría caminado hasta ese momento. En Aguas Dulces sin que me haya podido dar cuenta se fueron multiplicando aglomeraciones de luces que desde la soledad en la que me hallaba creaban la ilusión de una ciudad muy grande. Hace ya un rato que quedó atrás el último endeble ranchito monoambiente y los médanos se volvieron como más bajos y más llanos. Es imperceptible el instante en que la noche llegó. En realidad es tan gradual que no se puede decir ahora pasamos a la noche, ya entramos, no, es todo una mezcla de lo que se abandona y de lo que llega del esfuerzo por ver un poco más allá y aferrar el último resquicio que no se va nunca pero que ya es inútil. Más lejos de la costa cuando se terminaban estos médanos se veía mucha vegetación una zona boscosa un poco más lejos, será acá donde encontraron el cuerpo de la chica enterrado... En verdad estaba como semi enterrado más bien disimulado con lo único que se podía hacer pasar que era arena. Posiblemente esa noche fue ventosa y entonces a la mañana alguien paso y vio un resto asomando, algo que le llamó la atención, una forma, el reflejo de una uña. Como esas cosas negras que asoman cerca de la costa y de lejos uno no sabe si es un pedazo de barco antiquísimo, un animal inmóvil o una roca oscura. Me quedé un rato revolviendo con las zapatillas como haciendo gestos de buscar, como si las puntas del calzado fueran capaces de husmear. Las tinieblas me iban envolviendo y ahí parado no hacía nada ni siquiera podía tomar fotos porque la cámara tenía poca batería. Emprendí el regreso.               
    

01 agosto, 2016

Todo lo que es gratis es bueno

 Todos salieron a la noche y respiraron el aire yodado, el aire del mar. Jajaja qué mar acá no hay y el río está lejos. Después enloquecieron.
 Solos enloquecieron en mitad de la noche se despertaban empapados temblando. Ni siquiera era mitad de la noche pero para ellos era así. Era apenas la madrugada, recién. 
 Parece que el aire tenía algo y lo habían respirado, claro si el aire es gratis. Cada uno lo respiró y después cada uno enloqueció solo y así sin saber a quién reclamarle. Porque les daba casi vergüenza decir; por qué lo hice, por qué por qué por qué... por qué respiré.
 Todos habían salido y habían dicho qué rico esto no es la mezcla de siempre la que nos venden siempre la hecha de caca de perro y hojas medio podridas y humedad mucha, no nada de eso. Pero si es gratis qué dicen! Pero si hay lo suficiente nada es distinto esta noche es la ciudad de siempre la húmeda la pesada la que se baja la que te aplana la que te pesa y te pasa todo rápido. 
 En fin, todos enloquecieron al irse a dormir apenas un rato pasó y se levantaron como locos de atar transpirando a gota gorda con frío con frazadas que eran un horror. Sueños solo sueños de locos. Tal vez si toda esa pesadilla y ese padecimiento se hubiese podido conectar y sabido todos que por el aire era por el aire que habían tomado pero no cada uno solo lo padecía y se preguntaba para qué respiré tanto tan profundamente. Si bien recordaban los excesos de la noche todos lo hacían porque habían escrito y mandado a los otros que estaba rico muy rico el aire esa noche. Se arrepintieron. Fueron, encima no juntos sino que cada uno por separado llamó o se presento -o mandó un msj que era una aberración- en el lugar destinado para tal fin a pedir que ya no lo regalen.

16 julio, 2016

Los deseos

 Nos despertamos pensando en pedir tres deseos. Un deseo estaba apuntado sin lugar a dudas hacia el perrito blanco que había salido como una flecha. Otro deseo estaba apuntado hacia la posibilidad del primer amor. Y por encima de todo eso o sosteniendo todo aquello el pedido era que se cumplan los otros dos deseos. 
 El deseo de que el perrito blanco estuviera bien. 
 Porque cuando nos muramos vamos a verlo al perrito blanco saliendo como una flecha hacia la calle, disparado porque sí de puro contento, escapado, creyendo que está burlando alguna ley física. Ya no podemos pasar por esa calle, la evitamos, qué calle qué nombre de calle siempre por aquí nos han parecido difíciles de retener los nombres de las calles.
 Las cosas determinantes, las duras las difíciles de asimilar, las calientes las muy frías las despojadas, las solas cosas, siempre pasan sobre el pavimento, el azul. Allí vemos las cosas solas vulnerables, lo que se disuelve lo que no resiste la embestida lo que es rápido pero al fin lento la reacción de aquello que no ve que no ve que viene algo, sobre sí, sobre lo frágil de la carne a la que se dice siempre amar en el momento ese donde todo ya está terminado. Y entonces apagaron las luces, antes ya habían encendido las velas, sacamos el papelito todo hecho un bollo, leímos cada deseo y soplamos como soplan los niños con esa preparación con que soplan los niños evidenciando que han estado practicando. Ese aire que no surge espontáneo sino como una enseñanza que se luce y muestra a los costados. El perrito blanco esté bien, el primer amor, y el que sostiene a los otros dos que ambos deseos se cumplan. 
 Después ya no pudimos seguir manejando y era como un cuarto que se inundaba sin retorno, el agua subía el nivel faltaba poco para que la velocidad alrededor de las cosas nos ahogara. La tristeza no detiene el mundo. 
 Si es así había que seguir. Pero no podíamos entrar a ese agujero de amable rutina unas pequeñas escalinatas donde teníamos que entrar y trabajar. Nos sentamos a esperar y a llorar como si aquello fuese un altar para pedir algo, no era esa la forma.
 Entonces creímos que en ese día que era ante todo un día señalado por los rayos fulminantes de una mezcla de verdad y locura o por una indiscernible bola de verdad y locura, supimos que habíamos abandonado a lo más amado, a lo más cuidado y todo se iba desluciendo inaprensible como una repetida imagen grabada en una cámara de seguridad. Siempre mostraba lo mismo siempre ese mismo circulo aborrecible en rojo claro mostrando el perrito blanco como una flecha. Lo más amado siempre lo más amado. Ahí, la dejaba, la abandonaba porque en sueños ese perrito blanco era ella otra, una perra, amada, era ella seguro era ella. No haber cuidado lo único que debía cuidar, dejar que las cosas aquellas, un remordimiento sin fondo; nada comparable.     


29 junio, 2016

Bajo la autopista

 Los autos doblaban a gran velocidad casi parecía que podían resbalar por la humedad del pavimento. En eso un perrito blanco se cuela a cruzar solo, mis ojos se lanzan se desbocan se salen de sus órbitas pero está bastante lejos. Voy a terminar dándole de comer a perritos blancos en la noche, atravesando el frío, la niebla, todo cargado de abrigo, perritos blancos por todos lados hacia mí. Socorro. Soy el socorro, arrastro sobre la avenida el cuerpo de un perrito blanco estallado por la indiferencia atroz de las máquinas, qué lugar tan común! La carne es tibia, la respiración es vital. Las máquinas son frías, su funcionamiento es indiscernible, indistinguible del tiempo. 
 Pero aún eso no sucede y bajo la autopista es evidente que de vez en cuando aún intentan los autos esquivar lo que se pone delante de ellos, lo que quiere cruzar hacia allí si bien esos perritos blancos tal vez no sepan para qué cruzar lo que quieren cruzar y cuando entran a la curva ésta comienza a ensancharse cada vez más. Ahí es cuando yo abro la boca tan grande me corto en lo que vengo diciendo, en lo que le estaba diciendo en lo que te estaba diciendo. Y no te das cuenta no se da cuenta de que hago algo que es como viajar como viajar sin moverme del metro cuadrado que me tiene prisionero porque me siento precisamente prisionero de esa distancia que me impide salvarlo... estoy seguro de que debería salvarlo antes de que esa fuerza de hierro, fría y ciega, lo despedace. Ve que me voy pero como que no hace caso como si no lo creyera por lo menos ahora no lo cree; quién se iría por algo tan ordinario por algo tan insignificante como un animalito así haciendo zig zag por una gran curva que es casi una impresionante circunferencia y muchas calles, avenidas, conectadas a decir verdad que van para un lado y para otro pero todo lo que digo sucede bajo la autopista. Frío y sombra. Bien húmedo y medio helado. El perrito blanco esta vez escapa en una huida que no se sabe que nunca sabré si es suerte o alguna clase de destreza o una milagrosa hazaña, ese roce ese evitar el golpe la lapidación el salto al vacío a las cosas duras y frías. Saludo. Te doy un beso que es como un repaso de todo lo que estuvimos hablando y riendo. De todo esto se desprende se desprendería que un texto de autoayuda sirve se vuelve legible, soportable, digno para la polémica, para lecturas frescas para ojos que quieren algo distinto o no leer nada más en su puta ocasión. Decía -después miré para donde vos estabas en esa parada por si acaso- cruzo la calle corriendo para meterme en la estación creo que estoy contento porque todo salió bien me interpongo delante de los autos, calculo el tiempo justo para pasar delante de uno le calculo tan justo que paso abrupto como un velocista de piedra delante y me bocinea me insulta me tienta a la pelea y subo en fin lo de siempre, seguir.    
    

04 junio, 2016

Trillizos

 Íbamos por la costanera a toda velocidad y nos abrazaba se apretaba contra nosotros como si fuésemos algo que la protegería por siempre. Anochecía. El río estaba gris y calmo. En sentido contrario zumbaban varios autos que tal vez se dirigían a Aeroparque o salían hacia Retiro. Fuimos disminuyendo la velocidad y suavemente descendimos para besarnos y abrazarnos. Y después fuimos a un hotelcito que encontramos un poco más lejos. No nos cuidamos, y después, nos enteramos que iban a ser trillizos; lloramos toda la mañana esa, había que trabajar pero no podíamos trabajar, los jefes lo entendieron, así no se podía trabajar tampoco nos dejaron ir por miedo a que en la soledad con la lluvia el mal tiempo nos matáramos. Pero por qué llora por qué llora se preguntaban todos, y nosotros ahí tendidos sobre un escritorio en la oficina de los jefes ensuciando un poco todo con moco medio aguado. Tragando una galletita con moco, sorbiendo un mate con moco. Vino otro jefe y nos miró y nos dijo, no podés estar llorando por esto y le decíamos que lo entendíamos que no era para llorar que era para alegrarse pero que últimamente se nos daba por llorar. Uno de los jefes se distraía viendo algo en nuestro cuello como que algo brillaba y ese destello le molestaba en los ojos claros, entonces se acercó. De todos modos el cielo estaba blanco o sea que no había reflejo y destello posible. Y fue este jefe de todos modos y cerró la ventana pesada y medio ministerial con esas hojas de madera macisa que bajan como una guillotina, porque salpicaba un poco de agua de lluvia cerca de la mesita donde estaba ubicado el teléfono. Es por los trillizos entonces que estás así... Sí sí es por los trillizos que estamos así no sé qué haremos no podemos parar de llorar nos da mucha vergüenza esto, no podemos más que lamentar este desastre... cómo nos puede pasar esto a nosotros Dios mío... y así en sollozos todavía un buen rato. Entonces el jefe que estaba del lado de la puerta todavía, el último que había aparecido y que es más jefe que los otros dos -de los cuales en verdad uno es jefe y el otro subjefe- dijo inclinando un poco el cuerpo y parpadeando con sus ojos claros. Vergüenza... dijiste vergüenza... dijo vergüenza -y continuó- qué es eso que tenés en el cuello ese adornito, esa... ¿medallita? ¿te la hiciste provista de una cinta? ¿Es para la envidia o la suerte? Caminamos cuesta arriba, del puente para el otro lado. En la esquina nos detuvimos y husmeamos después en el cordón dejamos que nuestros cuerpos se derrumben y queden allí un buen rato deshaciéndose entre las migajas del perrito blanco. Escarbamos sobre su cuello aplastado y seco, entre pelos pegados que eran una masa todavía suave al tacto. La peor escena, el peor desenlace. La medallita con su nombre y su dirección todavía se aferraba adherida al pavimento. Llevamos la medallita a la casa para mirarla a trasluz después más tarde la colgamos del cuello como una pasión.