02 noviembre, 2014

El cerro el cerrito ese y la danza

 El teatro era negro, alto y con cierta profundidad. Mientras esperábamos en la antesala alguien dijo que eso era una cagada. Dije que era asombroso y un teatro terrible, y repetí, asombroso. Pero es una manera irónica de hablar? Ay no estás... en la onda de lo que queremos decir. 
 Cuando después al final todo el elenco estaba sentado en sillas de color gris oscuro igual que las butacas recordé que los últimos días había estado planteándome algún modo de explicar eso que pasa cuando vemos, cuando estamos frente a una obra de arte de cierta magnitud. Algo acontece claro en el orden del pensamiento y del cuerpo.
 Tuve ganas de llorar; pero la mayor parte del tiempo reí a carcajadas, incluso, cuando algunas bailarinas me dijeron los piropos más lindos. 
 Los cordobeses primero se metieron con el lenguaje (acá), lo mascaban como un chicle, mejor dicho como cuando se tiene un chicle en la boca y no se lo aplasta, no se le deja a la goma dulce las marcas de los premolares. Chupada tras chupada, relamiendo una y otra vez las palabras y resoplando y repitiendo. Ahí mira papito ahí están las sierras y el dique de Santa Helena. Ahh... mira ahí mamita ahí están las sierras y el dique de Santa Helena. Miraaaa mirá mamita ves eso que está ahí es el dique de Santa Helena y todo todo lo que rodea al dique son las sierras. Mirá papito querido todo eso que está allí son las sierras y el dique de Santa Helena. Mamita mamita todo aquello que tenés frente tuyo son las sierras y más acá, apenitas más acá, abajito ahí es el dique de Santa Helena... Ahh sííí... ahh ahh síí papito síí cómo me gusta... las sierras y más acá el dique de Santa Helena. Tal vez no sea una casualidad que en el teatro los cordobeses se metieran a producir sobre el silencio, sobre el gesto, sobre esa jocosidad dulce que se pega y se hace amiga de esa lengua que cualquiera escucha y de la que se quiere hacer partícipe.
 A cada rato alguno se acercaba al micrófono y poblaba el escenario de noche y de revoloteo de rememoraciones que estaban ancladas en la añoranza del terruño, en las noches compartidas con los amigos, en los bailes y los tragos; los excesos de las pasiones, las fiestas y el baile.
 Siempre esa acumulación oscura en que nunca se sabe lo que puede una voluntad libre. Porque en definitiva cualquier cosa puede pasar cuando una voluntad libre se encuentra con otra y ambas deciden por ejemplo ir a desmadre. Sí mamita por más que los mire y los mire si quieren pegarse lo harán y si mamita no llega a tiempo piñas y piñas y más trompadas dejarán craters sobre la cabeza del pegador. Y si es de noche tanto peor, cuando una simple reverberación de luces opacas se sienta cerca ya es que se están matando. Se hace como un halo de polvo alrededor y el tiempo parece congelarse, los pibes parecen toros y una tierra sucia se volatiliza y sube para provocar más y más confusión y violencia. Por suerte a la vuelta pusieron un puesto de choripanes, de choripancitos y hacen ofertas a los que pasan, pasan y se las hacen a ellos mismos, las bajan y las suben, le ponen fernet o le ponen choripán, le sacan la coca y lo dan con fernando, con un fernandito. Venden todo muy rápido se venden todo porque se compran todo sin arrepentirse nunca. Después uno de ellos coloca un cajón en el centro del espacio las luces se quedan quietas. Le colocan otro cajón de manera que se forma una T pero dada vuelta. Y en el frente de la T dada vuelta se sienta el conductor, todos los demás se cargan atrás y quedan a la expectativa. No sé cómo lo hacen pero arrancan y el espacio de la sala se amplía porque si no no podrían avanzar, y doblan y trepan porque en Córdoba abundan los caminos sinuosos y las pendientes y las trepadas abruptas. Qué bárbaro lanzarse a la noche por un camino así, sin iluminación más que la del vehículo, se oyen abajo las piedras de formas aleatorias golpear contra el chasis, salir despedidas rodando rápido hacia un costado.Y salir despedidos, ellos, hacia otro pueblo del otro lado del cerro ese, pero que ninguno sabe si bordearlo, si subirlo y dejarse empujar del otro lado, si atravesarlo por el valle y dejarlo atrás, si cambiar de conductor, si bajarse y ponerse a bailar. 
   
         
  





11 octubre, 2014

La dolce

 Un discípulo pregunta algo al maestro. Se escucha un batir de hojas como una cascada diáfana, suave, una cierta desolación. Una luz que va asomándose, una luz muy blanca, cegadora, como se pensó muchas veces que ha de ser la verdad. El desvelo, la pregunta, la frialdad. El desvelo, la indiferencia, la soledad. El sonido de ese batir de pequeñas hojas arremolinadas no cesa de crecer, de preparar el parto de las preguntas y de las posibles respuestas. Se dice. 
 Cierta vez un discípulo que observaba la luz, el aire, las ramas entrechocarse, escuchaba el sonido de la sencilla fricción de las hojas, le preguntó a su maestro; quién se está moviendo las hojas y las ramas o el viento... Ninguno de los dos se mueve -determinó el maestro-, sino solo tu mente y tu corazón.
 En la primera escena se ve al protagonista sentado en el bar del hotel en el piso más alto. Altas horas de la noche. Superficies impecables. El personal está cerrando la noche. Vienen a buscar a Sunwoo, una urgencia, abajo hombres del ambiente que no comprenden que han finalizado las negociaciones. Sunwoo engulle una cucharada más de su bombón, se puede sentir su boca inundándose de saliva por el sabor exquisito del chocolate y la mousse. ¿El chocolate es amargo o solo la saliva lo es? La expresión de Sunwoo se refleja en los inmensos ventanales del piso. Es la expresión de alguien que tiene algo que lo colma de desdicha y de responsabilidad. Pero cuando se pone de pie suena una música que avanza como una caballería y es el sonido de tropeles, de hojas, de ramas que se arquean sin llegar a partirse.De viento que empuja y mueve dedos que cuentan uno, y lo muestra la cámara, dos, y se tiende a enfatizar todavía más el gesto, tres, y este movimiento y de viento de la mano, viene acompañado de algo más conclusivo. Hay un poco de todo en la pelea. El golpe, la forma de pegar, también sirve para ver por qué cosas está cruzada la pobre gente diezmada por el capitalismo mundial. El gesto pétreo de un oriental, el golpe rápido de un skater que levanta una botella de 500cc como Maradona haciendo jueguito con cualquier cosita y paf a la cabeza del enemigo. Sunwoo siempre sabe encargarse de los asuntos dirá después el jefe. Pero, una sola cosa, un solo error puede hacer que todo se desmorone de repente, irremediablemente. 
 Volviendo al piso superior, ese cielo y ese infierno de Sunwoo, ese lugar donde se librarán las batallas, donde se derramara la sangre por el granito negro como chocolate caliente sobre fruta tibia. Sunwoo empuja la cucharita hacia abajo y en su boca trémula desaparece un trozo de bombón. Ganas divinas de que pudiera terminarlo todo. Se pone de pie, camina con la seguridad de alguien que sabe desde siempre lo que tiene que hacer, chasquea los dedos para que una camarera levante una servilleta que se ha caído como una estrella torpe sobre un firmamento de granito negro. Gestos orientales típicos; la mujer sumisa que se agacha, el hombre que va al frente avanzando como un ejército de un solo hombre. Una panorámica que mide esa barra de tragos vacía, impecable, donde un borracho sobraría. Arriba de la barra una etiqueta de firmes letras arrogantes que lanzan destellos enrojecidos a un horizonte que se agiganta y se acelera LA DOLCE VITA.              
 











25 julio, 2014

Diez momentos de las piedras

El olor de la madera que se está quemando despacio.
Saludarse con un desconocido. 
Sentir cerca el perfume suave de unas chicas que pasaban, una, reía mientras algo.
Elegir el lugar para sacarse una foto que sorprenda a alguien, la barranca. 
Descubrir esas inmensas rocas donde alguna vez encontrarse con un amor que sabe de la existencia de un piojo de piedra .
Sentir el viento frío de la piedra helada y parar para descansar y tomar unos tragos de licor.
La cámara de silencio de un bosque de pinos y el chirrido suave de rodados sobre la arenilla gruesa de los caminos.
Los descensos los ascensos, los recodos apilados, sorpresivos, el sonido del agua discurriendo sobre hierba mansa.
Las ilusiones, las piedras inmóviles, esa quietud primitiva, esa resignación inconfutable.

29 junio, 2014

Descanso de las imágenes

 Antes decían que la ley decía que antes no se podía considerar que algo que la ley no decía que era, omisión o equívoco. Pero después todo cambia y la ley se adapta. Las cosas hacen que la ley se vaya desenvolviendo de otro modo o la ley hace que las cosas se vayan desvaneciendo más aceleradamente. Antes, las imágenes no se tenían por estatuto de realidad. Hoy, no cabe en nuestras mentes que las imágenes no transporten un sentido que algo tiene que decir sobre lo real. Antes en los juicios nadie quería las imágenes por mentirosas por sospechosas, por toda clase de acechanzas. Después las imágenes son lo que son, muestras de lo que pasa y nada más. Después todos se olvidan que nadie quería las imágenes por ser mera apariencia y ya entonces no hay distinción alguna entre las imágenes y la realidad. Todo es apariencia o todo es imagen. La imagen de la adolescente que es violada por su médico psiquiatra. La imagen de lo que hacen los chicos cuando escriben sobre las mesas con líquido corrector, luego rocían con desodorante y encienden como una antorcha que hace brillar los nombres. Qué es esto es un juicio? Es una entrevista? Es un interrogatorio? Ale, el chico, pero no la mera imagen de un adolescente, a él dice él que los gendarmes lo pararon que lo revisaron y lo palparon, le pegaron y le robaron su celu y después se fue el chico y con una réplica de la que tenía fotos en su teléfono, le robó a otro, y las imágenes del fuego estaban todas allí. Y de la chica que fue violada por el médico psiquiatra en realidad eran solo imágenes, fílmico casero puesto por la chica para implicar y cagar alguna vez al médico corrupto que abusaba de ella desde que tenía doce años. Pero eso eran solo imágenes.  
 Esto hay que contarlo todo otra vez.
 Ale tiene un celu que dice haberse ganado, eso quiere decir que lo chorició por ahí con demasiada pompa, demasiados recursos. Tal vez se pueda economizar un poco todo el sistema este del choreo, para qué tanto? Moto, una réplica y compañeros también allí anclados en motos truchas que son demasiado violentas y visibles y los vecinos pegan hasta matarte como una especie de ejecución a pedradas espontánea, el velo se descorre y ahí está tarado con un arma que no es nada aunque diga que pesa y eso le fascina y aunque muestre esas fotos, en el celular que se ganó trabajando donde hasta su hermano menor se lo pasa por el pecho como un falo. Después de todo podría simplemente robar usando un par de manos rápidas, un elixir bressoniano; par nécessité, par désir des risques, par paresse... la moto, sí, tal vez sea necesaria para poder escapar... Ale deja todo esto porque todo esto va mal, estas imágenes no paran de no dejarlo a él, pasarse el fierro por el pecho, deseo de que se lo pase el pocho nomás, que se siga desternillando con sus tatuajes y sus fierros escritos sobre la piel sentado hace tiempo sobre la sacramental silla del Papa para que mil quinientos millones vean esas imágenes, pero bueno, mejor no grabar más esas imágenes si otros no quieren ser grabados o filmados. Si es un intento de que se haga justicia puede que parezca justo o que juntando todo ese material vaya a parecerle a alguien que se hará justicia con ello pero no se sabe hasta qué punto después todas esas grabaciones que sin permiso se pusieron a los otros se van a volver en contra, una contrajusticia, y todo eso que encima en la red social se sube y no se sabe cómo pero allí aparece de una vez y sin que lo quiera quién, se empieza a reproducir con esa malicia desesperada y mezquina de esos millones de voyeurs que indagan como tábanos lo real de las imágenes para picarlo sobre la placa de cocinar y lo dejan como carne picada con los dedos estrellados contra el teclado y ya ni las huellas digitales perviven al final por eso mejor no hacerlo. Mejor no remover más imágenes sin necesidad ni autorización y dejar que un plato grande tan grande como Platón, que se murió hace como tres mil años, porque, vale la pena decirlo, no hay alguien que haya querido decir más cosas sobre las imágenes que él, si es posible podrá... es improbable que pueda alguna vez descansar en paz.   

     

23 junio, 2014

Coming

 Observadores, acariciadores y sedentarios. Atrapados frente a góndolas inmensas de criadores de vinos y espirituosas, se frotaban y pasaban sus manitas temblorosas, blanconas como recién salidas de la crisálida. Todo esto tiene una meta que es la de saciar. Hay una chica y hay un viejo que se cruzan en medio del pasillo radiante de luz artificial. El viejo manipula cajas y sobres de sopas y se le cruza a la chica y le pregunta balanceando en sus manos un paquete de maruchan, quiere saber qué es esto. 
 En la parte del pasillo donde no hay luz están acostados y se tapan. Están los que necesitan un paliativo por la falta de sexo. Los que por la falta de sexo ni se mueven ni piensan. Los que por la falta de algo más pierden sus años gastando una silla y mirando por una ventana como miran los viejos cuando están en el geriátrico y terminado el té con leche ya no queda más nada que hacer. Y los que por tener sexo a desgano al menos no tienen esos sueños sudorosos y fríos de los otros, ni se sienten apesadumbrados por una amargura innecesaria. Se necesita agua para cocinar una maruchan pero el condimento ya lo trae incorporado, cómo, adentro lo trae. Es rico. La chica sigue recorriendo el pasillo y el viejo se queda leyendo prospectos de sopas en cajas y sobres y sus manos cubiertas de vello blanco acarician los reflejos que los paquetes emiten. Los que al acostarse -también esos están- desnudos abajo sienten por vez primera el miembro erecto y entonces se sienten, también, por primera vez vivos, sí, y tienen sueños toda la noche entera que les informan que algo viene.             

13 junio, 2014

El resplandor

 Una noche que no se termina nunca, y un día que cuando llega no puede vencer el sin término de la noche. Esa noche pasaron un montón de cosas pero en realidad pasó tan poco. Esa noche estuvimos con ella, solo arrimados, en una casa de la que después nos tuvimos que ir en una escena armada por un padre que no sabía muy bien cómo echarnos de una casa, a la que no nos había invitado, sino simplemente encontrado. 
 Cuando la noche se pone pesada y el vino se entibia siempre está la policía que tiñe un poco más de azul la noche. En ese momento nos tenemos que ir, parece que en realidad no es buen momento para que nos vayamos pero es imperioso que nos vayamos, somos tres. El padre estratega. O nos vamos o no nos vamos, pero no tenemos opción. O caminamos para allá o caminamos para acá, pero no tenemos el hacia...  o mejor sí esperar, eso si tuviéramos opción, y no tenemos. O damos un rodeo o no se nos ocurre nunca hacer tal cosa, para el caso, nos explica el padre, que no va a pasar nada. Caminen. Nosotros vamos a ir caminando y no va a pasar nada porque el padre ya lo habló. Fue y desmalezó. 
 El objeto sobre el que estábamos era un sillón viejo y desvencijado y duro pero en ese paso junto a una escalera que conectaba a la planta baja a una gran cocina-comedor, estaba oscuro. Llegaba débil la luz de abajo y las voces de los otros que nos rodeaban, y después el deseo al oído, pero al otro día -cuando ya todo esto se rememora colectivamente- de que estuviésemos o de que hubiésemos estado, juntos. Remuerde. Otra estrategia, una microestrategia para que otros deseos se pudiesen sobrellevar o repercutir sobre otras relaciones nuevas, descubrimientos de algunas otras novedades. Y nosotros acurrucados en ese sillón, una especie de elástico de cama de plaza y media sin colchón siquiera, si bien algo blando estaba, pero las manos entrelazadas; firmes, y los cuerpos juntos; vacilantes, eso era lo que daba cierto muelle, la calidez, el aliento cercano. Algunos susurros y las bocas y las manos haciendo entre sí todo lo que lo demás no hacía.  
 Y afuera la luz azul dando vueltas por todas las paredes y por todas las cabezas de la vecindad. Caminen. Está más fresco, pero está todo bien, a nosotros los policías no nos van a decir nada porque el padre, estratega, ya habló con quien debía hablar y todo se aclaró. Es simplemente una noche que se alargó, una noche que debía haber ya concluido y como nunca se terminaba el padre hizo que encontrara un término; ciertamente ficticio pero no por ello menos situado en la realidad social. Ojalá ya la luz azul estuviese a nuestras espaldas y pudiésemos doblar la esquina y desaparecer. Pero todavía nos faltan unos cuantos pasos, damos trancos largos pero sin apuro, no nos atropeyamos. Atrás todavía el padre y una vecina se quedan en la puerta mirando distraidamente, el padre fuma. Las veredas son irregulares, tienen alturas diferentes como un plano amorfo y secuenciado. La luz azul baña nuestras miradas cuando pasamos junto a ella, junto al patrullero que la emite como una fuente de ser lumínica. Una panorámica mostraría que volvemos nuestras cabezas hacia la izquierda, inevitable, está ese pibe puesto contra la pared y alguien que puede ser la hermana mayor grita o antes el pibe se despega de la pared en pose de entrega y se desprende y sale a la disparada y ahí es que la hermana grita. 1)Él grita. 2)La policía grita primero y él contesta a los gritos y desafiando la vida y la muerte. 3) La hermana grita antes o después, o es u grito excesivamente largo. Está un poco más fresco, y está húmedo, tal vez hace un día llovió y no secó bien porque en el pedazo de pasto cortito de las veredas aledañas resbala el pibe ese y cae de bruces. Y el resplandor azul lo va atrayendo como una red que está por todos lados y de la que esa noche no se puede escapar. Nos vamos a la casa de uno de nosotros y nos quedamos todo lo poco que resta de la noche tomando cerveza y jugando a las cartas. Y apenas se hace de día sin lavarnos la cara salimos para la casa y pasamos por los mismos lugares. Es tan temprano que no hay comercios abiertos y por lo tanto ni una sola vieja con el changuito pretendiendo hacer las compras. En el cantero están las marcas de la patinada de ese pibe. Son largas las marcas como si alguien hubiese esquiado sobre el barro, como si se hubiese pasado los dedos por la superficie de una torta cubierta de crema y debajo está la cobertura de chocolate intacta. Sin pronunciar nada miramos todo con avidez como si buscáramos pruebas, manchas, restos, algo significativo. No hay nada más que esas marcas en el lugar donde el pibe cayó y unió la superficie de su cachete con la del pasto empapado. Cuando llegamos nos sentamos del lado de enfrente de la casa, en un gran escalón. Está fresca la mañana pero ya asoma el sol. Miramos la casa como si fuera alguna clase de templo sagrado del que saldrá algo espectacular. Sin impaciencia nos quedamos expectantes hasta que las chicas se levanten y salgan, para irnos, tal vez tranquilos.   

04 mayo, 2014

El amor. Y desasosiego

 Avenida Corrientes. Cierto bullicio. Es de noche. Vamos caminando con un amigo. Salimos del cine un día de semana. Estamos contentos porque ver una buena película nos pone así. Vamos caminando por Corrientes que tiene una energía especial. No sé debe ser por todo lo que nos contaron. Cruzamos Uruguay, cruzamos otra oscura y otra más vacía, porque es de semana y ya no hay mucha gente demorada. Casi al llegar a la siguiente avenida nos miramos, nosotros sí demoramos nuestras miradas. Solo el amor nos puede salvar.
 Toda la vida sufriendo por una mujer que ya no está o por una mujer que no estuvo nunca, pues así son las mujeres. Hay que ver también si esta ausencia extrema no hace que el significante ´mujer´ termine siendo un negro agujero del lenguaje que nos deja sin habla, sin escritura, sin cuerpo, sin sentimientos ni deseo. Pero no se puede estar tan mal mientras haya cierta identidad, como una lejana certeza de lo que uno es. Este sujeto que está aquí que mira que se mira con otros que es escuchado y sus palabras remiten circularmente; porque rodea desde la salida hasta la entrada y luego entra por donde antes había salido. Una película de David Linch, Island Empire, una escena sobre los desajustes del amor y el deseo, la angustia y la identidad jaqueada. Dice la protagonista, el sujeto perdido y quebrado. "No sé lo que estoy haciendo aquí, me encuentro jodidamente agobiada. Creo que comienzo a confundir las cosas. Apenas sé quién soy". Había ido penetrando las tinieblas la mujer. Venía de la calle y se internó en una edificación decadente subiendo por unas escaleras que crujían y sus pasos resonaban, imposible evitar que resonasen. La iluminación de los corredores amarillenta y horrible. Abrió una puerta, cualquier puerta que chirrió y adentro del departamento había un tipo con mirada muerta que la escucharía con una disposición natural y desprovista de todo interés. "Había un hombre que conocí una vez, su nombre era... Qué importa cuál era su nombre... Un montón de tipos cambian, cambian pero al final se revelan, con el tiempo revelan lo que son realmente, sabe lo que quiero decir?" También narra algo que es para una inmensa minoría del orden de lo cotidiano cuando dice: "Un hombre intentó violarme cuando tenía 15 años"(...) Después están los dos enfrentados en una pequeña y pobre mesa o paupérrima atmósfera familiar donde se respira un aire enfermo. Ella que viene a ser como la desdicha echa carne dice: "Aún nos queda algo de dinero". Habla con un tono afectado, apagado, muy nasal, como si estuviese resfriada o aguantando una gripe. "Oh así que somos ricos por eso bebo esta mierda de cerveza" Le responde sin llegar a gritarle, habla como se dice con la boca llena, qué es lo que le reprocha exactamente. "Estoy embarazada I 'm pregnant, I 'm pregnant! Muy graciosa". Le responde este tipo que es como uno de esos que se revelan. "Estoy embarazada". Repite ella. "Qué es esto?" Esa es una pregunta bisagra que descoloca, él descolocado hace una pregunta que descoloca. "No pareces muy feliz Buddy"(...) Y siguen los desencuentros.
 Para finalizar una escena que o no significa nada por su tono de ornamento o remite a los orígenes mismo del arte escénico. Una negra que danza medio extasiada y alrededor otras mujeres ya conocidas que van pasando a formar parte de un coro más secundario. Mientras tanto en medio de la -ορχήστρα- orchestra la negra protagonista continúa cantando acompañada de un grupo selecto y danzando con energía. De ahí que parezca olvidarse todo lo demás que nos mantuvo más de dos horas bajo un estado de concentración hipnótica y desesperanzada. Parece, en esta escena final, jugar un poco con los orígenes del teatro: danza, canto, carnaval y olvido en la vorágine de la indistinción entre lo real y lo ficcional.

03 mayo, 2014

Registro del otro

 Las chicas se pusieron a grabar una cinta una noche. Para ver si era cierto que tenía apneas de sueño. Y después cuando entraba sol por la ventana se pusieron a escuchar. No tenían miedo porque estaban juntas. Se oyó respirar. Se oyeron ronquidos, pronto cesaron. Como una especie de fatiga, un sonido como de viento, como una fricción. Pero las cintas que usaron las chicas eran digitales y silenciosas. Se oyó el ronquido de un motor grande como un camión recolector de residuos que pasara lejano y luego silencio. Sin luz, sin sombra, sin fin aparente. La cinta que las chicas habían grabado abarcaba una noche entera. Solo once minutos se atrevieron a escuchar y después la apagaron. La respiración se cortaba como si algo se pisara a sí mismo, se solapara, se recubriera entre las mantas con inquietud. De pronto se hacía respirable pero sin aviso se hacía irrespirable. Este juego parecía no tener fin. Y más allá de la noche que muy de vez en cuando traía esos sonidos lejanos de la calle o la avenida más próxima, sonidos como de motor o ladrido aislado, había algo más. Algo más que la simple respiración. Algo que agonizaba y sobre ese vacío más oscuro, las chicas querían pegar las orejas. Una de ellas dijo que eran ruidos como de hojas, como de un crujir, y la otra le preguntó si como el crujido de las hojas al ser pisadas en la vereda. Y la otra tal vez asintió. Pero a la otra más bien le pareció otra cosa.
 Lo cierto es que no se esperaban escuchar eso en aquella grabación realizada con el teléfono personal de una de ellas. Era como si al comenzar a escuchar la grabación se mirasen y no pudiesen creer, petrificadas, el alcance de aquello. Como una idea relativamente fácil de llevar a cabo, y después la sorpresa desagradable. Porque lo que estaba del otro lado estaba vivo al fin y al cabo pero en la profundidad de la noche, en el silencio, en lo que se ensimismaba y se escurría se había ido tornando irreconocible. ¿Inhumano?, preguntó una de ellas, la otra no le permitió terminar la frase le tapó la boca con la palma de la mano, luego le descubrió la boca, se besaron, se abrazaron, se contuvieron. Desearon que nunca nadie les preguntara por esa cinta, una quiso destruirla, la otra la convenció de que mejor era ocultarla, la otra no se dejo convencer pero no opuso demasiada resistencia. La otra entonces dijo que se encargaría, la otra estuvo de acuerdo con tal de que nunca más se hablara del tema. Se cubrieron juntas, con un poco de frío, porque empezaba ya a refrescar o porque ellas lo tenían en su estado de ánimo un tanto apesadumbrado, pero al menos se acompañaban y se guardaban la una en la otra.       

12 abril, 2014

Yerbalito y el rodeo

 Nunca pude ni quise volver a yerbalito, sabía que si alguna vez eso sucedía iba a ser como por pura casualidad; quizá un azar poco feliz. Bueno, cada uno tiene derecho en su imbecilidad a ir no ir a ciertos lugares y yo últimamente intenté no pasar por allí. Quería muchas veces pasar por allá por química oeste para comprar algunos artilugios que me permitiesen pasar bien los inviernos pero no. Lo resistía. Como dije antes cada cual con sus resistencias, aunque sean absurdas. Una vez casi estuve a punto de rodar hasta química oeste pero era imposible evitar yerbalito que estaba antes. Por otra parte ahí me di cuenta de que no era solo la plaza, la avenida, el chino, los morgan, lo de luisito el coiffeur, la casa de los catupecu, el sonido tan próximo del   sarmiento, y por supuesto esas moles deslucidas y agarrotadas que  eran y han de ser yerbalito. La idea de no querer pasar por allí se extendía a mucho más a química oeste y tal vez a Liniers y a las placitas del Santojani, donde a veces iba a hacer un pequeño entrenamiento. Y también, a las bellísima placita que no recuerdo el nombre pero que está limitada por las calles Founrouge, Av Larrazabal, Coccio y Caaguazú. 
 Una mañana nublada de marzo, húmeda, es la última vez que estoy en yerbalito. LLego antes que ellos, en el departamento doy vueltas, reviso, pero ya no hay nada más que revisar. Entro al baño y me echo un lionel digno por ser el último y justo cuando me estoy terminando de lavar las manos suena el timbre y bajo animado a abrir. Salgo del ascensor y los veo a través del blindex uno con campera gruesa y el otro con sobretodo; entonces hace frío pienso ahora... Entran al pallier, me saludan, Curtad no para de hablar o continúa una conversación que ya traía de fuera, ya estamos subiendo hasta el 14. Me confundo, es hasta el quince. El 14 era una parada necesaria, Lost Highiway, Blue Velvet y Muholland Drive. Nosotros vivíamos arriba de esa trilogía, justo arriba. Era heavy metal el 14. No eso exactamente, era del orden de lo siniestro o al menos así siempre me lo pareció. Curtad habló rápido de varios temas al mismo tiempo quedó claro que era el tipo de persona a la que le gusta hablar de sí misma a los extraños, y, como todo abogado se explayaba con facilidad. Pero es al mismo tiempo innegable que nos sedujo con sus insinuaciones de loco de enfermo psiquiátrico ambulatorio, un verdadero loco... de amor? Nunca lo sabremos pero entre él y Perre había una natural complicidad la elipsis era espontánea y con un sí o un no o una risa o un claro todo quedaba sobreentendido. Había allí un placard al que al entrar Curtad se avalanzó y lo admiró como si fuera, no sé, un lugar de fuerzas especiales. Dijo que él lo había hecho y deslizó la palma de su mano por su superficie lisa. Siempre había sentido una fuerza especial en ese lugar de la casa y me encantaba, usando la escalera que me había comprado en la ferretería abarrotada de la esquina, hurgar allí y acomodar algunas cosas. Había cierto misterio en aquel rincón que me atraía, estaba la fotografía puesta en marco rectangular gigante del viaje de egresados y de las vacaciones o la luna de miel de Curtad con su mujer blonde. A cada palabra de Curtad un intento de atar un cabo suelto. Pero era difícil. No era simple encontrar coherencia y consecuencia entre tanto misterio. Intercambiamos unas cuantas palabras, unas cuantas formalidades más, Curtad me dio una plata extra porque había cumplido con todo y Perre puso cara de satisfacción. Me sugirió Curtad que me llevara unos artículos de limpieza que habían quedado en el bajo-mesada y yo dije que no porque ese día me quería ir liviano, ya estaba, no había más nada que llevarse de ese lugar. En la calle nos dimos el último saludo mientras todavía resonaba ese misterioso acá las cosas se me salieron de quicio acá las cosas se me salieron del tiempo que expresó Curtad y teníamos inmensas ganas de pedirle que nos contara mejor pero ya estaba. Le espeté -con cariño- que yo allí había sido muy feliz para que sonara como un contraste perfecto y oportuno sin acechanzas, y Curtad lo aprobó. Luego me tomé el 96 que curiosamente vino muy rápido. Ya no había más nada para ver.
 Pero el rodeo siempre es el rodeo. Es algo que simplemente cae a mis pies sin frialdad ni estricta numerología, pero con cierta recurrencia y cierta obsesiva intención interpretativa. Algo que recurre algo que reinstala lo que aleja, lo que vuelve, lo que se quiere dejar atrás, a lo que se querría volver. Como me estoy por mudar visito unos cuantos anuncios on line de departamentos ofrecidos y a desgano un anuncio de uno luminoso a estrenar tiene unas cuantas fotos de su interior. Una foto me llama la atención y es como si me metiera dentro de ella. La foto toma la ventana que da a la calle es un primer piso y la lente se ha casi encandilado con la luz blanca que penetró en aquel instante el ambiente vacío. La luz viene del sur o sea que por su intensidad es de la mañana porque si no sería pura sombra. Le echamos un poco de zoom a lo que se ve, a ese afuera, la calle las formas de concreto que brillan grises, enfrente se dibuja borroso un enrejado y detrás grandes columnas también grises y brillantes. Del otro lado del enrejado es un playón donde hay dos autos curtidos por el sol y la lluvia, o sea que es la mañana de un día hábil. Después es inverosímil pero es lo que la foto anuncia. Ya comienza yerbalito, sus columnas rugosas sus formas que pierden la mirada entre una arquitectura deslucida. Es un cosmético esa pintura gris. Brilla por la luz. Hay acaso otro modo de brillar? 
  
     

06 abril, 2014

Arrepentimiento de las chicas

 Una chica que conocí una vez en cierta costa del Uruguay... estaba drogado y no veía. Estaba caliente. Después al amanecer no me gustó que la chica tenía granos en la cara y la despedí al rancho de color violeta donde ella se había hospedado. Otra vez estaba drogado en Gral. Belgrano y una chica me dijo, una chica buena y hermosa, una chica que sabía hablar me dijo, no voy a coger con vos porque mañana no te vas a acordar de mí. Otra vez en Uruguay una chica que era la más linda de la playa, una chica que si se rodeaba de tules y de aceites perfumados con sus ojos verdes de gato siamés parecía una reina egipcia, esa me dio un beso. Estaba tan drogado que fui y besé a una puta que andaba por ahí alegremente bailando, entonces vino el hermano de la chica más linda de la playa la de los ojos verdes de gato siamés, y me increpó. Me quiso pegar y menos mal que unos amigos lo calmaron, porque yo no podía justificar mis actos colmados de torpeza. Los amigos intervinieron para que no me pegara y yo pasara todavía más verguenza. Y otra vez estaba tan drogado que bajo la lluvia rodé con la hermana de un amigo y después, como a la otra semana, le dije a mi amigo que él me iba a querer matar y mi amigo me dijo que yo podía hacer lo que quisiera y lo que más me heló la sangre fue que él me hablaba como si no le importara y eso fue peor que todo lo demás que pudo haber pasado y no sucedió. Otra vez de vacaciones estaba tan drogado que la mujer con quien quería estar desde muy chico porque hacía mucho que la conocía me dijo después de que yo fallara al pretender ser su amante, que nadie podía obligarme a hacer algo que yo no quisiera y sentí mucha tristeza y pensé que ella era un gran amor que estaba dejando esfumar.