Chavita está sentada frente a mí jugueteando con su pelo, negro, y sus ojos también negros redondos y profundos. Me cuenta que su papá está en Perú y que muy seguido no la llama. Intento distraerla, no exactamente distraerla sino que pienso lo maravilloso que debe ser... en fin, trato de que no lo tome como algo personal. Y Mayra, es peruana también, sabía Chavito? La chava está parada junto a su silla y la mesa cuadrada. Su figura estilizada va muy bien con una mesa para ella sola, Chavita y yo compartimos otra mesa inmediatamente arrimada. Junta los labios finos los comprime deja que esos labios rosados jueguen en su cara. Hace como que afirma que lo que dice Violeta es tal cual. Los tres empezamos a reír al unísono, no estoy seguro de que ellas rían por lo mismo que yo río, en verdad supongo que ellas se ríen de mí credulidad y yo me río del movimiento que ellas le imprimen al aire, a la vereda, a la sombra de los plátanos. Las Chavas son una especie de droga. Cuando no hablo con ellas estoy triste -esa es una frase que podría aparecer en una bitácora que nunca he escrito-. Entonces se miran y ríen. Ah ya entiendo! la Chava no es peruana bueno a mí queeé. Ellas por un momento se toman en serio lo que digo porque cortan en seco la risa como si dijeran ah cierto que esos chistes no le causan... En la Chava vi pero no sé si eso es ver fue como un brillo de los ojos, una fulguración, demasiado pasajera para ser un gesto, no comunicaba nada eso. Pero la Chava lanzó de alguna manera tan imperceptible como una interrogación, eso, claro, fue cuando todavía ella estaba parada, antes de tomar asiento. Me pregunto si se habrá tranquilizado o le habrá dado un empujón de confianza el hecho de que a mí me diera lo mismo que ella no fuera peruana.
El mesero se retira un poco impaciente porque ya ordenamos lo que queremos tomar menos la Chava que adelantó que tomaría un jugo pero después no se decidió. Me gusta estar sentado acá es que cuando un bar está así en una esquina tranquila por donde solo pasan autos y bicicletas y una de las calles es adoquinada aunque la otra no, sí, es una buena combinación que equilibra las cosas. La Chava mira un rato más la carta y luego se decide por un licuado multifrutal pero con agua. Chavita pidió una coca y yo una cerveza. La charla discurre por cuestiones fundamentales, acabo de preguntarle a la Chavita qué extraña de su país y me dice que la comida, eso extraña bastante. Aunque acá no pierde oportunidad de comer la comida de sus pagos. Chavita por favor me podría enseñar a cocinar algo peruano? La Chava dice que algunas veces la Chavita la invita a su casa a comer y todo es muy delicioso. Te acordás esa vez que preparaste ese pollo con esa salsa guau! estaba riquísimo. Ah sí, pero no sé Chavito qué le podría decir que se prepare... El verano pasado comí ceviche y me gustó bastante, pero lo preparó bien de qué lo hizo? de gatuzo, de ga qué! -la Chava lanza una risotada tras sacarse la pajita de la boca para volverselá a poner de inmediato-. Gatuzo nunca probé, usted tiene que probar lo que es el ceviche de pollo, de pollo? sí de pollo. Ni mamado como pollo crudo. No es crudo está cocinado en el jugo ay! siempre hay que estar repitiendo los mismo. Bueno está bien pero no sé me da cosa, no, si voy a su casa por favor hágame de otra cosa. Chavito no voy a discutir con usted, directamente le voy a traer el preparado de ceviche de pollo, cuánto me apuesta? que se va a chupar los dedos... Está bien pero ceviche ya conozco enséñeme algo fácil para empezar. Mmm atún frito eso podría ser. Tiene que hacerlo así, primero agarra tomate y lo pica y también pica una cebolla. Y necesita muy importante morrón en polvo ay no me acuerdo cómo se llama -se esfuerza por recordar- ay lo tengo pero no me sale cómo se llama Mayra el morrón en polvo? Pimentón decís? Eso! sí pimentón y una lata de atún. Agarra el tomate picado y lo pone a freír junto a la cebolla, agrega el pimentón. Después muy importante el escabeche. No sé qué es eso Chavita... Sí es como un tipo de ají pero no sé como le dicen acá yo le digo así "escabeche", Mayra vos sabés cómo le dicen acá? Ni idea. Ay cómo es que se le llama... Bueno después le digo mi mamá debe saber cómo se llama. Está bien Chavita no se preocupe cómo seguimos? Va el escabeche y se agrega el atún y se cocina un poco más y listo. Ah! por cada lata de atún, acuérdese, una cebolla y un tomate. Yo siempre me preparo atún frito cuando estoy sola. El mozo nos interrumpió para preguntarnos si queríamos pedir algo más le dijimos que mejor pagábamos porque nos teníamos que ir. Todavía no anochecía pero tampoco era temprano. Mientras el mozo nos daba el vuelto y retiraba algunas cosas de las mesas Chavita se puso a recordar sobre otro día que yo le había estado preguntando sobre comidas peruanas y habíamos hablado del ceviche y de las cosas que uno extraña mucho cuando está lejos de su país de origen. Chavita contó que después fue a su casa y a la noche conversó con su mamá de todo esto y su madre la escuchó con gravedad y finalmente le dijo -eso a Chavita le causaba una especial gracia- le dijo, vos -o sea justamente vos- les vas a enseñar a preparar ceviche?! En pocas palabras: voos, voos le vas a enseñar?!
22 enero, 2014
07 enero, 2014
La noche que se alarga
En la esquina de Antonio Machado y Malvinas Argentinas estaba demasiado oscuro. Lo bueno es que había un cantero muy piola para estarse sentado y hasta tenía un enrejado que funcionaba muy bien como respaldo para descansar. A un lado, cruzando la calle, estaba el barco celestón del Hospital Naval; apagado y silencioso... pero vivo en su interior. Los semáforos, dispuestos en dos de las esquinas y un bulevar lindante con el parque eran la única iluminación cercana. Medían con sus cambios lumínicos la noche de fiesta. Más allá del semáforo que estaba en el bulevar había unos bancos de cemento y un tipo sentado que se mantenía inclinado mirando la pantalla de su teléfono como si esa fuera su única luz. Estas noches se ahuecan en su interior oscuro y aparentan ser eternas, como noches que nunca van a acabar. Son noches que se estiran intentando aplazar el alba pero al final se hace de día. Cuanto más se ahueca la noche más deseos de felicidad se le piden y la noche más traicionera se vuelve. En la película Felicidades, a un tipo se le ahueca la noche y la recorre, la alarga como un río que extiende sus aguas mansamente, recorre la noche que se cierne traicionera queriendo comprar un regalo a último momento; un regalo especial. Se respira la noche con esa profundidad llena de vida, llena de soledad. Cerca de los juegos había varias personas que salieron de sus casas, había niños, niñas, gente mayor, algunos encendían bengalas y otros preparaban un cohete que se dispararía en instantes de una botella de sidra que había sido recogida junto al cordón. Pero más acá el tipo que estaba solo y miraba su teléfono seguía en la misma. Esperaba una llamada de lejos? Se detuvo un coche frente al semáforo y esperó que corte pero no cortaba nunca debería haber arrancado igual, pasárselo en rojo, pero no, esperaba que corte y cuanto más desierto está todo -se sabe- más tarda el semáforo en cortar pero así es como deben ser las cosas y no hay nada que discutir. Al lado de las personas que estaban cerca de los juegos festejando con cohetes y fuegos de colores había otras personas que también preparaban botellas para lanzar al firmamento sus fuegos multicolores deslumbrantes. Más lejos, metidas y en cuclillas en la pista de skate que parecía una cueva a cielo abierto, una mujer y una niña se miraban, ¿estaban abrazadas o acurrucadas? Entornaron sus cabezas hacia arriba para admirar los fuegos multicolores. Casi en el medio de la calle otra botella de sidra ahí de pie, y de ella salía una bocanada de humo gris espeso que se afirmaba en el aire por el foco de alumbrado que le caía justo encima. Un perfume a pólvora que se expandía. No había dudas de que el calendario anual avanzaría uno más en unos instantes, ya. Pasaba justo por un lavadero de autos cuando eso sucedió. Había unos pibes allí, empleados que habrían dejado haciendo una especie de guardia y uno sentado en un cajón de manzanas que hacía un vaivén pendular con chirridos muy suaves esperaba a otro que se acercaba con un espumante. El que se acercaba muy decidido al otro con la botella sostenida del cuello inclinó muy levemente la cabeza y con naturalidad me gritó que tuviera, capo, un feliz año. Todo se detuvo en la cabeza de millones, estalló en las mismas cabezas de millones y se preparó para recomenzar.
03 enero, 2014
Quien habla
Quién es el autor de lo que ello dice? Tantunita me dice, es que lo dijiste mal, ah entonces!, -contesto-, eso justifica la pelotudez que Tío acaba de decir... Lo que yo dije -agrego- era intentar explicar la cantidad de jornadas sobre la nueva escuela secundaria que habrá el año próximo y Tío salta con cualquiera. Tantunita se lo piensa y hace como un chasquido con los ojos, muy convencida me espeta este; no, claro que no lo justifico para nada a Tío, es una pelotudez lo que dijo... -un silencio, evalúa, y agrega- es que lo decís mal. Se entiende, lo explicás mal, te expresás mal, no llegás al punto al que querés llegar, a buen puerto a algún puerto a ningún puerto, a puertas que finalmente no se abren. Alarmas que no suenan cuando deberían sonar, reproducciones que avanzan tan pero tan lentamente que cortan las palabras hasta que es imposible oír lo que se está diciendo y lo que se desenvuelve en las imágenes. Eso es lo que me dice la voz en la conciencia cuando ya me estoy levantando, cuando casi me estoy despertando. Multiplicación de autores: Dios, ello, Tantunita, ello, quién es el autor, qué es un autor, quién habla, quién me habla, quién me despierta y para qué?
Entre las sábanas calientes con la corriente tibia y pesada entrando por la ventana y los motores en la calle rugiendo sufrientes como últimos estertores de resignación ante la inmensidad del calor que los abraza. Todavía siento las voces en mi cabeza, me ofuscan, no sé de dónde vienen hacia dónde van hacia dónde me llevan... Después, leo, en una conferencia célebre que el autor, también célebre, toma prestada una línea de Beckett donde se dice que "No importa quién habla, dijo alguien, no importa quién habla".
Entre las sábanas calientes con la corriente tibia y pesada entrando por la ventana y los motores en la calle rugiendo sufrientes como últimos estertores de resignación ante la inmensidad del calor que los abraza. Todavía siento las voces en mi cabeza, me ofuscan, no sé de dónde vienen hacia dónde van hacia dónde me llevan... Después, leo, en una conferencia célebre que el autor, también célebre, toma prestada una línea de Beckett donde se dice que "No importa quién habla, dijo alguien, no importa quién habla".
28 diciembre, 2013
Cortes
Desde el resentimiento o la incomprensión me pregunto por qué las fuerzas son así. Por qué llevan y traen las fuerzas; acaso es un capricho lo que allí atrás subyace? Acaso sea, a lo Nietzsche, la tirada de dados... acaso el universo/el niño que juega con los destinos. La vida y la potencia siguen reglas y patrones extraños. La potencia, la duración, ese aferrarse silencioso está en lugares olvidados por todos y sobre todo por el deseo de querer que ello continúe allí. Pero a la vida qué puede importarle eso? Puede estar allí igual, sin intestinos o con órganos vitales todos agujereados donde ya no hay nada, ningún líquido que pueda correr escaparse con la vida a otro lugar. Y cuando todos esperan que la vida esté, no está. Solo la indiferencia de los signos maltrechos e inexplicables. Solo la persuasión de que nada puede hacerse y hay que esperar. Alcanza y es suficiente esperar. La vida omnisciente le da a unos muy poco a otros demasiado y eso enoja a los que juzgan que acá debe estar que acá debe no cortarse, aun. La vida es como las centrales de energía: Atucha I, II y III. Es inconclusa, es parcial, se corta y se distribuye con ineficacia, desparpajo, ante la menor variación, inclemencia, exceso, de temperatura, se funde y apaga.
01 diciembre, 2013
Pensar es un hecho revolucionario hecho signo
El Parque de la Memoria está emplazado en el Río, como debe ser, un recordatorio como ese no puede darle la espalda al Río como la Ciudad. Lo primero que nos gusta de este lugar es que está concebido para que el visitante lo recorra en bicicleta, grandes recorridos, inmensas estructuras, el arte que domina el espacio es un arte de dimensión descomunal en algunos casos y apática, sobria, de gris concreto y de concreta obligación la mayoría. La memoria gris. La memoria que funda. La memoria que todo lo puede. La memoria de la que se espera.
Poca gente recorre el parque. Eso agiganta la sensación desértica y aminora -diluye- los rayos solares. Más allá el río abraza para toda la eternidad todos los secretos de la historia del irremediable país. Un fotógrafo hace preguntas y proyecta tomar fotos a la pieza flotante, le decimos que esa obra debe ser bella a la noche cuando se encienden los cuatro reflectores que encuadran ese enigmático cuerpo erguido con su homogénea textura de gris metálico. El fotógrafo se aleja envuelto en una nube de entusiasmo.
De todas las obras la que más nos interesa es Torres de la Memoria. Una obra figurativa-abstracta que con su geometrismo abarrotado se asienta en el terreno desértico del parque como una bomba con dieciséis ojivas esperando conectarse con sueños carentes de sentido. Tiene también algo de antena, por la forma superior, por la posición a sesenta grados, por el gesto de radar que triunfa y se degrada al mismo tiempo que se impone y no para de inclinarse para besar la tierra. Un híbrido agresivo como todo lo que está pensado para sobrevivir en el desierto, para moverse sobre terrenos agrestes; máquina de muerte, dormida e inútil.
Alguien toma unos mates a la sombra de otra obra gigante. Una pareja recorre los muros grises donde se enlistan los nombres de los muertosnomuertos. Las cosas ya estaban feas antes de los 70 y en el 76 se suceden filas y más filas y más caminar de nóminas y en el 77 también son los años en los cuales la máquina de muerte levanta una temperatura infernal. Dato curioso: en el 83 hay un terrorismo de estado que mantiene una inercia vigente aunque el aparato ya esté desmembrado y débil, la inercia de las cosas que tienen un gran peso continúa empujando y destruyendo aun cuando la cosa ya parezca haberse detenido. Pero hacia dónde van las fuerzas demoníacas del estado cuando hace ya tanto tiempo que hablar de terrorismo de estado es un cliché?
Hoy día cuando se diseña y construye un parque se realiza la mimesis de una pista de skate; obstáculos, plaza seca, empalizadas y explanadas que se reproducen y diagraman la contención de los signos especiales. Porque el arte se pone en el desierto para plantar signos. En un centro de deportes alternativos que está justo al lado del parque de la memoria se avisa al visitante que está prohibido plantar árboles. Claro, eso es una decisión de estado. El monstruo, para decirlo a lo Nietzsche, se caga el el dictum libro-hijo-árbol. Los signos que se ponen en el desierto son decisión política y por tanto del Soberano.
Unas niñas que pasean solas por los muros grises con las nóminas de la shoá local lanzan carcajadas dignas de niñas bien niñas. Y Cantan:
el policía dijo,
por ahí
no se puede,
por ahí está prohibido,
el policía dijo, -más carcajadas, la potencia de la carcajada de las niñitas es como una varita que con leves movimientos transforma lo que toca-.
Y el policía diijooo, -elevan la voz y ríen un poco más-.
que,
dijo el policía
por ahí
no se puede
no se puede
no se pu e de
andar en bicicleta
Poca gente recorre el parque. Eso agiganta la sensación desértica y aminora -diluye- los rayos solares. Más allá el río abraza para toda la eternidad todos los secretos de la historia del irremediable país. Un fotógrafo hace preguntas y proyecta tomar fotos a la pieza flotante, le decimos que esa obra debe ser bella a la noche cuando se encienden los cuatro reflectores que encuadran ese enigmático cuerpo erguido con su homogénea textura de gris metálico. El fotógrafo se aleja envuelto en una nube de entusiasmo.
De todas las obras la que más nos interesa es Torres de la Memoria. Una obra figurativa-abstracta que con su geometrismo abarrotado se asienta en el terreno desértico del parque como una bomba con dieciséis ojivas esperando conectarse con sueños carentes de sentido. Tiene también algo de antena, por la forma superior, por la posición a sesenta grados, por el gesto de radar que triunfa y se degrada al mismo tiempo que se impone y no para de inclinarse para besar la tierra. Un híbrido agresivo como todo lo que está pensado para sobrevivir en el desierto, para moverse sobre terrenos agrestes; máquina de muerte, dormida e inútil.
Alguien toma unos mates a la sombra de otra obra gigante. Una pareja recorre los muros grises donde se enlistan los nombres de los muertosnomuertos. Las cosas ya estaban feas antes de los 70 y en el 76 se suceden filas y más filas y más caminar de nóminas y en el 77 también son los años en los cuales la máquina de muerte levanta una temperatura infernal. Dato curioso: en el 83 hay un terrorismo de estado que mantiene una inercia vigente aunque el aparato ya esté desmembrado y débil, la inercia de las cosas que tienen un gran peso continúa empujando y destruyendo aun cuando la cosa ya parezca haberse detenido. Pero hacia dónde van las fuerzas demoníacas del estado cuando hace ya tanto tiempo que hablar de terrorismo de estado es un cliché?
Hoy día cuando se diseña y construye un parque se realiza la mimesis de una pista de skate; obstáculos, plaza seca, empalizadas y explanadas que se reproducen y diagraman la contención de los signos especiales. Porque el arte se pone en el desierto para plantar signos. En un centro de deportes alternativos que está justo al lado del parque de la memoria se avisa al visitante que está prohibido plantar árboles. Claro, eso es una decisión de estado. El monstruo, para decirlo a lo Nietzsche, se caga el el dictum libro-hijo-árbol. Los signos que se ponen en el desierto son decisión política y por tanto del Soberano.
Unas niñas que pasean solas por los muros grises con las nóminas de la shoá local lanzan carcajadas dignas de niñas bien niñas. Y Cantan:
el policía dijo,
por ahí
no se puede,
por ahí está prohibido,
el policía dijo, -más carcajadas, la potencia de la carcajada de las niñitas es como una varita que con leves movimientos transforma lo que toca-.
Y el policía diijooo, -elevan la voz y ríen un poco más-.
que,
dijo el policía
por ahí
no se puede
no se puede
no se pu e de
andar en bicicleta
11 noviembre, 2013
Pollock y la realidad manual de la pintura
Intentaremos
hacer una descripción de la pintura de Jackson Pollock analizando tres escenas
de la película Pollock[1].
En la primer
escena[2] Pollock
está pintando uno de sus típicos cuadros del llamado expresionismo abstracto y
Lee Krasner lo interroga acerca de lo que está haciendo, la temática, qué lo
motiva a pintar así. Pollock se muestra hermético. Lo interesante es ver cómo
se delínean las relaciones entre el ojo, la mano y el plan o intencionalidad
del artista. Mientras que Lee Krasner intenta identificar la fuente
–conceptual/teórica- de sentido de las figuras que aparecen en el lienzo,
Pollock pone de manifiesto con sus gestos –su manera de pararse y moverse
frente al lienzo- que en su pintura el ojo está completamente subordinado a la
mano; cuestión que va a ir describiendo una evolución y una profundización en
las técnicas que Pollock irá definiendo y precisando en el futuro. En este modo
de pintar de Pollock, si el diagrama no se encuentra, -eso es lo que
desconcierta a Lee Krasner-, es porque como dice el filósofo Gilles Deleuze; es
el ojo quien no puede encontrar el diagrama.[3] Si se
busca el diagrama con el ojo solo se ve caos, firuletes, líneas caprichosas y
motivos arbitrarios. Lo que hay que suponer es que la mano se ha rebelado
contra todo lo visual, contra todo lo figurativo, es decir que la coherencia de
esta pintura no se puede buscar en algo externo a ella que estaría
representando; el mundo de esta pintura comienza y termina en ella misma. Si
hay algo que es fascinante de ver pintar a Pollock es, no tanto detenerse en lo
que él pinta, si no contemplar cómo su mano lo pinta. Esto no pertenece a un
momento puntual de su obra. A lo largo de los años y cuando sus estrategias
pictóricas varíen se mantiene ese gesto –el movimiento, la tensión, la presión
de su mano- donde el pintor parece concentrar toda su fuerza creativa.
En la segunda
escena[4] se ve a
Pollock preparando el cuadro titulado El
Mural encargado por su “mecenas” artístico Peggy Guggenheim. En relación a
la primera escena la evolución que aquí encontramos de su pintura y su diagrama, para decirlo como Deleuze, es
una mayor liberación de la mano que se puede apreciar por la velocidad y la
radicalidad de los trazos que por momentos son estallidos o recias pinceladas
sobre el paño. Lo que se ve es que el contacto entre el pincel y el paño se va
reduciendo cada vez más porque por momentos el material se plasma directo sobre
la superficie del paño sin pasar antes por la pincelada. Otro alejamiento que
se observa en esta escena es el paulatino abandono del conjunto
caballete-pincel que en este caso está dado por el gran formato que es la
pintura mural. Tan explícito es el alejamiento del “caballete-ventana-figuración”
en este caso que Pollock se abre su propio espacio de trabajo a masasos para
poder adaptar las dimensiones de su taller a las dimensiones de la superficie a
pintar.
En la tercer
escena [01:05:00] encontramos un Pollock que suma todos los rasgos de su estilo pictórico
de forma acabada. El caballete desaparece totalmente. La obra se realiza sobre
el suelo, el artista interviene sobre la pieza con gestos de manos, brazos y
casi todo el cuerpo, se gira alrededor de la obra, se la aborda desde todos los
flancos. Aquí vemos de modo anecdótico cómo Pollock incursiona por vez primera
en esa especie de pintar salpicando, dejando que la pintura chorree sobre la
tela: dripping. El pincel tiende a
desaparecer y demás elementos convencionales. Se profundiza el carácter abstracto
de la obra en la medida en que ésta se compone de barridos de chorreos,
superposiciones de colores y manchas. Cierta crítica puede haber considerado
que esto exacerbaba el carácter caprichoso y espontáneo de la obra de Pollock.
Pero también podemos ver lo consecuente de su método y estilo. Y cómo alcanza
su objetivo de alejamiento absoluto de toda figuración. Pollock afirma: “Mi
pintura no nace sobre el caballete. Rara vez, antes de comenzar a pintar,
extiendo la tela. Prefiero fijarla sin armazón sobre la pared o colocarla sobre
la tierra. Tengo necesidad de una superficie dura y sobre el pavimento me
siento más a gusto, más cercano, formando parte del cuadro, porque puedo andar
alrededor, trabajar en el cuadro, estar, literalmente, dentro del cuadro. Cada
vez más abandono los utensilios clásicos de los pintores; prefiero la espátula,
los cuchillos, los colores fluidos y que gotean, o bien, una pasta compuesta
con arena, vidrio triturado y otros materiales inusitados. Mi pintura es
directa. El modo de pintar es la manifestación natural de una necesidad. Yo
quiero exprimir mis sentimientos más que ilustrarlos”.[5]
Si retomamos
aquel cuestionamiento que se ve en la primera escena cuando Lee Krasner intenta
interpretar el trabajo de Pollock a la luz de las escuelas y paradigmas de la
época, vemos que la experimentación ha llevado a Pollock a cristalizar un
“lenguaje” propio que rompe con cualquier
indicio que remita a una intención de transmitir ideas, representaciones,
contenidos. “Yo soy la naturaleza” dice Pollock para contrarrestar aquellos
argumentos que intentan adosar a sus cuadros ideas y contenidos que le son ajenos.
La fuerza del diagrama intenta pulverizar todo elemento que busque encerrar las
formas, determinarlas. De ahí que la línea de Pollock busque esa variable
autómata que no permite a la línea detenerse nunca y se vea forzada -pero sin fingir forzamiento alguno- a dar vueltas y describir innumerables vuelcos de silencioso desorden.
31 octubre, 2013
Del legislador
Nene malo Cabandié.
Cabandié nene malo.
Lo paran y le piden los papeles y no tiene los papeles del seguro o todo pago al día y las caras de las gentes no se gustan. Y le quieren retener el automóvil porque no cumple con la reglamentación vigente. Y entonces se enoja y dice, soy, sí, soy, hijo. Llama por celular y ni piensa ponerle paños fríos a la situación y una mujer lo consuela, una mujer lo lastima, una mujer le arrebata la paciencia, el buen nombre. Como un perro al que se acorrala como can al que va a buscar la perrera, herido pero no de muerte, sino cortado por el filo del acero cobarde que le hace lanzar improperios y un montón de palabras y verdades que danzan en la rabia que se desparrama por su maxilar inferior. Y todo se va mezclando en la discusión, las contestaciones, la espuma y las palabras como recortadas y pegadas una al lado de la otra pero alguna más derecha y otra más inclinada sobre la otra, otras como si se cayeran como si derraparan cuando se termina el camino de espuma. Un día en que voy a ver a la familia debería decirle al gendarme quién soy o quien soy. Y no lo hago. La familia siempre desaparece en el horizonte; en sueños, de niño, la familia no está y es una angustia creciente que cubre todo como una niebla densa. Sentado en su butaca sin los papeles al día, interpelado y caliente. Ese es el que yo soy; soy el legislador. ¿El que hace y castiga y aguanta porque hay mucho hijo de puta que te va comiendo por todos lados cuando querés hacer las cosas como un justo? El legislador es un justo, está en su despacho atiende el teléfono, hola! soy Dios. Difícil es el lugar del legislador tal como lo señala Jean Jacques Rousseau en el Contrato Social. No puede recurrir ni a la fuerza ni a la razón para persuadir al pueblo ignorante de los beneficios de colocarse el yugo de la carga pública. Y qué hará el legislador entonces: invocará al cielo, o sea intentará usar el teléfono para comunicarse con Dios.
Casi a mediodía en dirección al sur ya saliendo de la ciudad y entonces los gendarmes dicen con gestos de la itaca de las armas no de las manos sin usar la voz, dicen que pare. Y entones que vacíe la mochila, los bolsillos y todo esto porque es obvio que ahí, y señala ahí con las cejas con cierta tonada de la voz un poco para dentro y resoplando, ahí podés llevar un arma es por eso, pero esto que sigue no lo aclara; que es muy importante pararte y palpar bien las cosas y probarlas. Sí. Porque ese gendarme saca de la mochila o hace sacar -porque las cosas él no las toca solo las mira sintiendo en sus ojos el palpitar de las cosas-, el pez, recién llenado de pastillas-pez. Y entonces se mira en la cabeza en la punta del pez que es un simio que se llama marcel y esto qué es. Pastillitas, dice. Tuerce la boca y la cabecita de marcel y tira con cuidado y ahí están todas las pastillas acomodadas algunas más blancas que otras otras como de tonos lavados, una fila de arco iris, cierto perfume dulzón y artificial. Y él posa la puntita de su lengua para probar el azúcar ese y saber si no será alguna sustancia prohibida. Cierra el pez y me lo pasa y yo me fastidio por no decir quién soy. Y el pez se disuelve después de ser lamido se esfuma y las pastillas van cayendo a la vereda toda rota con esas baldositas cuadradas de veinte por veinte levantadas tan solo apoyadas en el suelo las típicas que salpican después de la lluvia. Vuelvo con mi padre en su viejo coche cierta noche del cine. A la salida comenzó a lloviznar y refrescó, entre un repiqueteo muy pausado sobre el amplio capot, la marcha lenta sobre el asfalto oscuro y el ruido fuerte del motor vamos comentando pormenores. Qué malo es el sonido en estos viejos cines del conurbano pero la película de ciencia ficción fue más que jugosa, compleja. Se llama Experimento Philadelphia y trata sobre una experiencia bélica que realiza la marina de EEUU en los años '40 utilizando cierta tecnología basada en energía nuclear. Resulta que algo sale mal, una anomalía, se produce como una especie de burbuja radioactiva y contamina, por no decir que baña, todo el barco donde se realiza la experiencia. Los dos marines protagonistas, a diferencia del resto de la tripulación, se lanzan al mar creyendo que así salvarán su vida. Pero en realidad la complican porque viajan en el tiempo al futuro y a partir de ahí todas las peripecias para reparar sus vidas que quedan dañadas de un modo mucho más severo que si se hubiesen quedado, entregado a la plena radioactividad de su barco... Tan distraídos estamos conversando que mi padre, sobre todo, no se da cuenta que un policía de tránsito le hace señas para que se detenga. No lo ve y sigue camino. Pero el policía lo sigue-persigue. Toca sirena, le cierra el paso. Frenada medio abrupta. Los papeles, la identificación, quién es el menor etc. Mi padre le explica que ni cuenta se dio y le dice quien soy. O sea le dice quien él es. La conversación-interrogatorio se extiende un poco más; siempre con ese tono cortante. En el momento oportuno un término que para los oídos de un agente produce el mismo efecto que empinar una copa de salentein 2010 con My Favorite Things de Coltrane al taco: chef, capo, boss; ese es quien yo soy. Puede continuar disculpe la molestia. Continuamos, pero todo está cortado por un frío que echa un humo gélido como el hielo seco. Cuando llego seguro que comienzo de modo atropellado a relatarle todo el film a mi madre. Mientras ponemos la mesa es como si de tan vertiginoso modo de escupir las palabras pudiese articular toda aquella trama incomprendida. Y volviendo, mi padre dice que estos te molestan durante un buen tiempo. De joven siempre te van a molestar. Es como un presagio de lo que ha de suceder unos años después en el momento en que las fuerzas de la vida llegan a su cenit: mundo adolescente. Después ya no te joden tanto. Y si se complica mucho dice... Ese se complica mucho se me ilustra en ojos colmados oscuridad, como una bola de luz negra parecida a la del Experimento Philadelphia cuando se produce la anomalía y cuando la densidad de la burbuja va cediendo y los relámpagos amarillentos y cobaltos bajan la tensión veo que no es más que alguien joven encapuchado y unos cuantos policías que le pegan hasta matarlo. Deciles que tu padre -esto es decirles quién soy sin que te lo pregunten siquiera que equivale a decir quien soy- trabaja para Presidenta de la Nación.
Cabandié nene malo.
Lo paran y le piden los papeles y no tiene los papeles del seguro o todo pago al día y las caras de las gentes no se gustan. Y le quieren retener el automóvil porque no cumple con la reglamentación vigente. Y entonces se enoja y dice, soy, sí, soy, hijo. Llama por celular y ni piensa ponerle paños fríos a la situación y una mujer lo consuela, una mujer lo lastima, una mujer le arrebata la paciencia, el buen nombre. Como un perro al que se acorrala como can al que va a buscar la perrera, herido pero no de muerte, sino cortado por el filo del acero cobarde que le hace lanzar improperios y un montón de palabras y verdades que danzan en la rabia que se desparrama por su maxilar inferior. Y todo se va mezclando en la discusión, las contestaciones, la espuma y las palabras como recortadas y pegadas una al lado de la otra pero alguna más derecha y otra más inclinada sobre la otra, otras como si se cayeran como si derraparan cuando se termina el camino de espuma. Un día en que voy a ver a la familia debería decirle al gendarme quién soy o quien soy. Y no lo hago. La familia siempre desaparece en el horizonte; en sueños, de niño, la familia no está y es una angustia creciente que cubre todo como una niebla densa. Sentado en su butaca sin los papeles al día, interpelado y caliente. Ese es el que yo soy; soy el legislador. ¿El que hace y castiga y aguanta porque hay mucho hijo de puta que te va comiendo por todos lados cuando querés hacer las cosas como un justo? El legislador es un justo, está en su despacho atiende el teléfono, hola! soy Dios. Difícil es el lugar del legislador tal como lo señala Jean Jacques Rousseau en el Contrato Social. No puede recurrir ni a la fuerza ni a la razón para persuadir al pueblo ignorante de los beneficios de colocarse el yugo de la carga pública. Y qué hará el legislador entonces: invocará al cielo, o sea intentará usar el teléfono para comunicarse con Dios.
Casi a mediodía en dirección al sur ya saliendo de la ciudad y entonces los gendarmes dicen con gestos de la itaca de las armas no de las manos sin usar la voz, dicen que pare. Y entones que vacíe la mochila, los bolsillos y todo esto porque es obvio que ahí, y señala ahí con las cejas con cierta tonada de la voz un poco para dentro y resoplando, ahí podés llevar un arma es por eso, pero esto que sigue no lo aclara; que es muy importante pararte y palpar bien las cosas y probarlas. Sí. Porque ese gendarme saca de la mochila o hace sacar -porque las cosas él no las toca solo las mira sintiendo en sus ojos el palpitar de las cosas-, el pez, recién llenado de pastillas-pez. Y entonces se mira en la cabeza en la punta del pez que es un simio que se llama marcel y esto qué es. Pastillitas, dice. Tuerce la boca y la cabecita de marcel y tira con cuidado y ahí están todas las pastillas acomodadas algunas más blancas que otras otras como de tonos lavados, una fila de arco iris, cierto perfume dulzón y artificial. Y él posa la puntita de su lengua para probar el azúcar ese y saber si no será alguna sustancia prohibida. Cierra el pez y me lo pasa y yo me fastidio por no decir quién soy. Y el pez se disuelve después de ser lamido se esfuma y las pastillas van cayendo a la vereda toda rota con esas baldositas cuadradas de veinte por veinte levantadas tan solo apoyadas en el suelo las típicas que salpican después de la lluvia. Vuelvo con mi padre en su viejo coche cierta noche del cine. A la salida comenzó a lloviznar y refrescó, entre un repiqueteo muy pausado sobre el amplio capot, la marcha lenta sobre el asfalto oscuro y el ruido fuerte del motor vamos comentando pormenores. Qué malo es el sonido en estos viejos cines del conurbano pero la película de ciencia ficción fue más que jugosa, compleja. Se llama Experimento Philadelphia y trata sobre una experiencia bélica que realiza la marina de EEUU en los años '40 utilizando cierta tecnología basada en energía nuclear. Resulta que algo sale mal, una anomalía, se produce como una especie de burbuja radioactiva y contamina, por no decir que baña, todo el barco donde se realiza la experiencia. Los dos marines protagonistas, a diferencia del resto de la tripulación, se lanzan al mar creyendo que así salvarán su vida. Pero en realidad la complican porque viajan en el tiempo al futuro y a partir de ahí todas las peripecias para reparar sus vidas que quedan dañadas de un modo mucho más severo que si se hubiesen quedado, entregado a la plena radioactividad de su barco... Tan distraídos estamos conversando que mi padre, sobre todo, no se da cuenta que un policía de tránsito le hace señas para que se detenga. No lo ve y sigue camino. Pero el policía lo sigue-persigue. Toca sirena, le cierra el paso. Frenada medio abrupta. Los papeles, la identificación, quién es el menor etc. Mi padre le explica que ni cuenta se dio y le dice quien soy. O sea le dice quien él es. La conversación-interrogatorio se extiende un poco más; siempre con ese tono cortante. En el momento oportuno un término que para los oídos de un agente produce el mismo efecto que empinar una copa de salentein 2010 con My Favorite Things de Coltrane al taco: chef, capo, boss; ese es quien yo soy. Puede continuar disculpe la molestia. Continuamos, pero todo está cortado por un frío que echa un humo gélido como el hielo seco. Cuando llego seguro que comienzo de modo atropellado a relatarle todo el film a mi madre. Mientras ponemos la mesa es como si de tan vertiginoso modo de escupir las palabras pudiese articular toda aquella trama incomprendida. Y volviendo, mi padre dice que estos te molestan durante un buen tiempo. De joven siempre te van a molestar. Es como un presagio de lo que ha de suceder unos años después en el momento en que las fuerzas de la vida llegan a su cenit: mundo adolescente. Después ya no te joden tanto. Y si se complica mucho dice... Ese se complica mucho se me ilustra en ojos colmados oscuridad, como una bola de luz negra parecida a la del Experimento Philadelphia cuando se produce la anomalía y cuando la densidad de la burbuja va cediendo y los relámpagos amarillentos y cobaltos bajan la tensión veo que no es más que alguien joven encapuchado y unos cuantos policías que le pegan hasta matarlo. Deciles que tu padre -esto es decirles quién soy sin que te lo pregunten siquiera que equivale a decir quien soy- trabaja para Presidenta de la Nación.
20 octubre, 2013
La casa dibujada
Hoy Alan dibujo su casa. Estábamos sentados juntos bastante pegados como si compartiéramos la silla, pero él estaba en su silla y nosotros en la nuestra. Abrió su mochila y de un folio arrugado empezó a sacar algunos retazos de papeles sin que estuviesen todavía hechos jirones. Los papeles tenían escrito su nombre con tinta azul de birome, con algún efecto de escorzo y hasta alguna letra tenía como una especie de rocalla que la enmarcaba. Me repitió varias veces que le gustaba escribir su nombre, en realidad quería decir que le fascinaba; y como también se daba cuenta de ello se avergonzaba muy sutilmente y lo demostraba por el tono modesto con que intentaba comunicar sus inclinaciones.
Enseguida contó que se quería ir que tenía mucho sueño que no había descansado. Contó que tenía hambre que no había podido almorzar porque se había quedado dormido, la familia había intentado despertarlo. Eso lo explicó porque le dijimos que cómo la familia no le avisaba que ya era mediodía y seguía durmiendo. Pero es que en verdad la casa no era la misma casa porque él dormía en lo que hacía muchos años cuando él era chico era una heladería. Un garage donde habían montado un comercio para hacer unos pesos extra y que después siguió siendo garage o depósito y finalmente el dormitorio de Alan. Pero que no estaba -a juzgar por el dibujo- comunicado con el resto de la casa. Tomó nuestra lapicera y comenzó con trazos convencidos ensimismándose en cada centímetro de trazo azul sobre el papel, mientras nos repetía que guacho de acá y de allá yo tengo mi propia entrada. Dibujó el frente de su casa. La puerta de entrada, al lado una ventana luego un primer piso y el techo que cerraba como una pirámide sin vértice. Allí se podía suponer que habría una especie de altillo. De un lado la ventana y del otro esa especie de portón que era a la calle la puerta de su dormitorio. Él siguió hablando de la novia que en el baile lo había dejado por ahí tirado y se había arrancado a otro, en el momento, como estaba re-loco, no le importó, pero ahora al contarlo la sonrisa muy levemente dejaba escapar desazón por una comisura de los labios que desaparecía a gran velocidad. Ese relato sin embargo no lo estábamos escuchando... Antes había mencionado que le tiraban agua para que reaccione, se apelotonaban por la pequeña abertura a un metro y medio del suelo y todas las cabezas parecían complotar juntas para molestarlo. Nos imaginábamos esa escena, cómo, al mediodía, cuando estaba durmiendo completamente aplastado en la cama su familia no lo podía despertar. Se cansaron de gritar y golpear la puerta con objetos contundentes. Alguno tomó uno de esos reyes momo tira agua que se usan en carnaval y comenzaron a tirarle agua apuntándole justo en el rostro. Él se retorcía en la cama pero no les hacía caso y de tanto en tanto les lanzaba algún rosario de insultos del tipo gato arrancá! volá de acá! Y los otros se revolvían de risa, la prima la Mica, la madre a la que también le dice mamá porque mamá en primer término es la abuela semiciega, el tío pero no el que anda en la política, el hermano menor de ese quizás, el que comparte fumatas, partidos pero no la comida, porque lo que el tío cocina ninguno de los sobrinos que tienen apenas unos cuantos años menos, lo quiere probar.
Este es el pequeño dibujo que trazó de su casa, de su rancho. Podríamos decir que hizo un primer nivel de trazos, la base, como antes dijimos ahí quedó a la izquierda el rectángulo apaisado de la ventana. En el centro otro rectangulito para la puerta de entrada, en un lateral de ese rectángulito hizo como una marquita donde la tinta se colo en el papel dejando como un choricito retorcido que se interpretaba como el picaporte, unos trazos se corrieron un poco por accidente y parecía que la puerta delinease una luz que creaba la ilusión de que se abría. Algunas líneas tiradas al azar enmarcaban este conjunto como si fuesen detalles de la construcción del frente. Luego aplicó una herradura que se salía del contorno del dibujo y era en realidad una flecha que hizo cuando nos explicó que el garage no tenía comunicación con el resto de la casa sino saliendo a la calle y volviendo a entrar por la puerta principal. Allí claramente se veía la ventana, pequeña, como de baño, cuadrada, y al lado la puerta de su habitación. En el segundo nivel, la planta alta, hizo dos ventanas cuadradas a la izquierda que ocupaban justo la mitad. En la otra mitad dejó el blanco. Si se observaba detenidamente este segundo nivel se notaba que se afinaba con respecto al nivel inferior o primero. Luego un trapecio para rematar el techo en el que se limitó a escribir su nombre en vez de sombrear tejado. Su seudónimo en verdad. Esas cuatro letras que definían un soy.
Enseguida contó que se quería ir que tenía mucho sueño que no había descansado. Contó que tenía hambre que no había podido almorzar porque se había quedado dormido, la familia había intentado despertarlo. Eso lo explicó porque le dijimos que cómo la familia no le avisaba que ya era mediodía y seguía durmiendo. Pero es que en verdad la casa no era la misma casa porque él dormía en lo que hacía muchos años cuando él era chico era una heladería. Un garage donde habían montado un comercio para hacer unos pesos extra y que después siguió siendo garage o depósito y finalmente el dormitorio de Alan. Pero que no estaba -a juzgar por el dibujo- comunicado con el resto de la casa. Tomó nuestra lapicera y comenzó con trazos convencidos ensimismándose en cada centímetro de trazo azul sobre el papel, mientras nos repetía que guacho de acá y de allá yo tengo mi propia entrada. Dibujó el frente de su casa. La puerta de entrada, al lado una ventana luego un primer piso y el techo que cerraba como una pirámide sin vértice. Allí se podía suponer que habría una especie de altillo. De un lado la ventana y del otro esa especie de portón que era a la calle la puerta de su dormitorio. Él siguió hablando de la novia que en el baile lo había dejado por ahí tirado y se había arrancado a otro, en el momento, como estaba re-loco, no le importó, pero ahora al contarlo la sonrisa muy levemente dejaba escapar desazón por una comisura de los labios que desaparecía a gran velocidad. Ese relato sin embargo no lo estábamos escuchando... Antes había mencionado que le tiraban agua para que reaccione, se apelotonaban por la pequeña abertura a un metro y medio del suelo y todas las cabezas parecían complotar juntas para molestarlo. Nos imaginábamos esa escena, cómo, al mediodía, cuando estaba durmiendo completamente aplastado en la cama su familia no lo podía despertar. Se cansaron de gritar y golpear la puerta con objetos contundentes. Alguno tomó uno de esos reyes momo tira agua que se usan en carnaval y comenzaron a tirarle agua apuntándole justo en el rostro. Él se retorcía en la cama pero no les hacía caso y de tanto en tanto les lanzaba algún rosario de insultos del tipo gato arrancá! volá de acá! Y los otros se revolvían de risa, la prima la Mica, la madre a la que también le dice mamá porque mamá en primer término es la abuela semiciega, el tío pero no el que anda en la política, el hermano menor de ese quizás, el que comparte fumatas, partidos pero no la comida, porque lo que el tío cocina ninguno de los sobrinos que tienen apenas unos cuantos años menos, lo quiere probar.
Este es el pequeño dibujo que trazó de su casa, de su rancho. Podríamos decir que hizo un primer nivel de trazos, la base, como antes dijimos ahí quedó a la izquierda el rectángulo apaisado de la ventana. En el centro otro rectangulito para la puerta de entrada, en un lateral de ese rectángulito hizo como una marquita donde la tinta se colo en el papel dejando como un choricito retorcido que se interpretaba como el picaporte, unos trazos se corrieron un poco por accidente y parecía que la puerta delinease una luz que creaba la ilusión de que se abría. Algunas líneas tiradas al azar enmarcaban este conjunto como si fuesen detalles de la construcción del frente. Luego aplicó una herradura que se salía del contorno del dibujo y era en realidad una flecha que hizo cuando nos explicó que el garage no tenía comunicación con el resto de la casa sino saliendo a la calle y volviendo a entrar por la puerta principal. Allí claramente se veía la ventana, pequeña, como de baño, cuadrada, y al lado la puerta de su habitación. En el segundo nivel, la planta alta, hizo dos ventanas cuadradas a la izquierda que ocupaban justo la mitad. En la otra mitad dejó el blanco. Si se observaba detenidamente este segundo nivel se notaba que se afinaba con respecto al nivel inferior o primero. Luego un trapecio para rematar el techo en el que se limitó a escribir su nombre en vez de sombrear tejado. Su seudónimo en verdad. Esas cuatro letras que definían un soy.
14 octubre, 2013
Tocame y llamame
Un usuario de taringa cuenta que Marta Altesa es una joven
bajista española que supo promocionar su trabajo y su destreza musical al punto
de que los mismísimos Jamiroquai, o sus colaboradores, al descubrir sus videos la
contactaron para que realizara suplencias en la banda de funk-rock. Esto es
sorprendente. Es el sueño de cualquier fan o no fan, es el sueño de cualquiera.
Pero lo que es grande en Marta es cómo más allá de los resultados buscados o no
con sus videos logra una puesta en escena que la convierte en la reina pop del
encandilamiento. Y ella lo sabe. Grande Marta! Dice un comentarista y luego una
catarata de aprobaciones en todos los idiomas conocidos: Just fantastic, ძალიან მაგარი ხარ !!! :) ძალიან სუფთად და გრძნობით უკრავ :)
(podemos suponer que este de las cagaditas y gusanitos, como dice Adso de Melk a
fray Guillermo en un pasaje de El nombre de la rosa, también es aprobatorio por
el universal de la carita) muito linda tambem, complimenti veramente brava,
that's it - my future wife is gonna play bass. "Tocame y llamame Marta dale!" Dan ganas de decirlo solo por diversión pero sería un chiste barato y sin
justificativo alguno porque Marta es un vicio irresistible, una golosina que no
empalaga nunca los sentidos y los ojos no pueden dejar de recorrer la piel
tersa y el suave y preciso discurrir de las yemas de los dedos sobre el
diapasón. Master Blaster es más Master Blaster que nunca con Marta a la cabeza, y no sobrevive, ni la risa de marfil nonotemático de Steve Wonder ni ese teléfono con el que en un limbo de imágenes envejecidas intentaba llamar a su amante y decirle que la amaba.
12 octubre, 2013
Baila danza
Hoy encontré un material que ya me gustaba antes de que lo hubiese visto y escuchado. Esto porque hace mucho tiempo que escuchando a la banda de rock semielectrónico Radiohead postergo cierto deseo y cierto discurrir sobre sus derrames. Pero este tema Ingenue de Atoms For Peace, una especie de ramificación de hacer lo que se tiene ganas de hacer, de Thom Yorke, me hace detener unos momentos en montañas de expresión.
Tal vez el organismo se deprima porque recibe todo masticado como se lo dan; si el alimento es bueno lo aprovecha y si es malo sale completamente dañado. Pero, saliendo de dentro de él yuxtapuesto, superpuesto repitiendo al organismo y en esa doble apariencia siendo un resultado heterogéneo de sí mismo, está el cuerpo. El cuerpo no se pone triste al menos no del modo en que se pone triste el organismo. El organismo no está hecho para soportar la danza y la belleza de la piel; no puede alimentarse o tomar como combustible lo abstracto. El cuerpo, la danza y la poesía conforman una misma lengua o una misma exploración o para los no fanáticos de Radiohead, un mismo intento. Cuando Thom Yorke danza con la bailarina Fukiko Takase hay varios de los aspectos que siempre me han entusiasmado y atrapado de Radiohead.
Primero la ausencia de paisaje, esa especie de desierto que es el escenario, el silencio inexpresivo pero a la espera de lo que tiene que ocurrir, como dice Deleuze en sus clases sobre pintura: la catástrofe. Entonces todo se va poblando de movimientos y de música y todo el fondo blanco es ametrallado de abstracciones que van haciendo germinar sobre él el tiempo de una caricia o de dedos que señalan lugares. Torsiones y partos de contorsiones y juegos de simetrías entre los cuerpos que despiertan desde dentro de su reflejo y más tarde se van a dormir y a soñar adentro de su reflejo.
El frente vacío e iluminado de estrellas que son meros artificios pálidos. Atrás el blanco-gris del fondo liso que la electromúsica ametralla sin hacer visibles traspiés ni abolladuras. Sin cielo, y el piso es un lecho frío donde las manos de una mujer reverberan y acarician el desasosiego.
Tal vez el organismo se deprima porque recibe todo masticado como se lo dan; si el alimento es bueno lo aprovecha y si es malo sale completamente dañado. Pero, saliendo de dentro de él yuxtapuesto, superpuesto repitiendo al organismo y en esa doble apariencia siendo un resultado heterogéneo de sí mismo, está el cuerpo. El cuerpo no se pone triste al menos no del modo en que se pone triste el organismo. El organismo no está hecho para soportar la danza y la belleza de la piel; no puede alimentarse o tomar como combustible lo abstracto. El cuerpo, la danza y la poesía conforman una misma lengua o una misma exploración o para los no fanáticos de Radiohead, un mismo intento. Cuando Thom Yorke danza con la bailarina Fukiko Takase hay varios de los aspectos que siempre me han entusiasmado y atrapado de Radiohead.
Primero la ausencia de paisaje, esa especie de desierto que es el escenario, el silencio inexpresivo pero a la espera de lo que tiene que ocurrir, como dice Deleuze en sus clases sobre pintura: la catástrofe. Entonces todo se va poblando de movimientos y de música y todo el fondo blanco es ametrallado de abstracciones que van haciendo germinar sobre él el tiempo de una caricia o de dedos que señalan lugares. Torsiones y partos de contorsiones y juegos de simetrías entre los cuerpos que despiertan desde dentro de su reflejo y más tarde se van a dormir y a soñar adentro de su reflejo.
El frente vacío e iluminado de estrellas que son meros artificios pálidos. Atrás el blanco-gris del fondo liso que la electromúsica ametralla sin hacer visibles traspiés ni abolladuras. Sin cielo, y el piso es un lecho frío donde las manos de una mujer reverberan y acarician el desasosiego.
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