Nene malo Cabandié.
Cabandié nene malo.
Lo paran y le piden los papeles y no tiene los papeles del seguro o todo pago al día y las caras de las gentes no se gustan. Y le quieren retener el automóvil porque no cumple con la reglamentación vigente. Y entonces se enoja y dice, soy, sí, soy, hijo. Llama por celular y ni piensa ponerle paños fríos a la situación y una mujer lo consuela, una mujer lo lastima, una mujer le arrebata la paciencia, el buen nombre. Como un perro al que se acorrala como can al que va a buscar la perrera, herido pero no de muerte, sino cortado por el filo del acero cobarde que le hace lanzar improperios y un montón de palabras y verdades que danzan en la rabia que se desparrama por su maxilar inferior. Y todo se va mezclando en la discusión, las contestaciones, la espuma y las palabras como recortadas y pegadas una al lado de la otra pero alguna más derecha y otra más inclinada sobre la otra, otras como si se cayeran como si derraparan cuando se termina el camino de espuma. Un día en que voy a ver a la familia debería decirle al gendarme quién soy o quien soy. Y no lo hago. La familia siempre desaparece en el horizonte; en sueños, de niño, la familia no está y es una angustia creciente que cubre todo como una niebla densa. Sentado en su butaca sin los papeles al día, interpelado y caliente. Ese es el que yo soy; soy el legislador. ¿El que hace y castiga y aguanta porque hay mucho hijo de puta que te va comiendo por todos lados cuando querés hacer las cosas como un justo? El legislador es un justo, está en su despacho atiende el teléfono, hola! soy Dios. Difícil es el lugar del legislador tal como lo señala Jean Jacques Rousseau en el Contrato Social. No puede recurrir ni a la fuerza ni a la razón para persuadir al pueblo ignorante de los beneficios de colocarse el yugo de la carga pública. Y qué hará el legislador entonces: invocará al cielo, o sea intentará usar el teléfono para comunicarse con Dios.
Casi a mediodía en dirección al sur ya saliendo de la ciudad y entonces los gendarmes dicen con gestos de la itaca de las armas no de las manos sin usar la voz, dicen que pare. Y entones que vacíe la mochila, los bolsillos y todo esto porque es obvio que ahí, y señala ahí con las cejas con cierta tonada de la voz un poco para dentro y resoplando, ahí podés llevar un arma es por eso, pero esto que sigue no lo aclara; que es muy importante pararte y palpar bien las cosas y probarlas. Sí. Porque ese gendarme saca de la mochila o hace sacar -porque las cosas él no las toca solo las mira sintiendo en sus ojos el palpitar de las cosas-, el pez, recién llenado de pastillas-pez. Y entonces se mira en la cabeza en la punta del pez que es un simio que se llama marcel y esto qué es. Pastillitas, dice. Tuerce la boca y la cabecita de marcel y tira con cuidado y ahí están todas las pastillas acomodadas algunas más blancas que otras otras como de tonos lavados, una fila de arco iris, cierto perfume dulzón y artificial. Y él posa la puntita de su lengua para probar el azúcar ese y saber si no será alguna sustancia prohibida. Cierra el pez y me lo pasa y yo me fastidio por no decir quién soy. Y el pez se disuelve después de ser lamido se esfuma y las pastillas van cayendo a la vereda toda rota con esas baldositas cuadradas de veinte por veinte levantadas tan solo apoyadas en el suelo las típicas que salpican después de la lluvia. Vuelvo con mi padre en su viejo coche cierta noche del cine. A la salida comenzó a lloviznar y refrescó, entre un repiqueteo muy pausado sobre el amplio capot, la marcha lenta sobre el asfalto oscuro y el ruido fuerte del motor vamos comentando pormenores. Qué malo es el sonido en estos viejos cines del conurbano pero la película de ciencia ficción fue más que jugosa, compleja. Se llama Experimento Philadelphia y trata sobre una experiencia bélica que realiza la marina de EEUU en los años '40 utilizando cierta tecnología basada en energía nuclear. Resulta que algo sale mal, una anomalía, se produce como una especie de burbuja radioactiva y contamina, por no decir que baña, todo el barco donde se realiza la experiencia. Los dos marines protagonistas, a diferencia del resto de la tripulación, se lanzan al mar creyendo que así salvarán su vida. Pero en realidad la complican porque viajan en el tiempo al futuro y a partir de ahí todas las peripecias para reparar sus vidas que quedan dañadas de un modo mucho más severo que si se hubiesen quedado, entregado a la plena radioactividad de su barco... Tan distraídos estamos conversando que mi padre, sobre todo, no se da cuenta que un policía de tránsito le hace señas para que se detenga. No lo ve y sigue camino. Pero el policía lo sigue-persigue. Toca sirena, le cierra el paso. Frenada medio abrupta. Los papeles, la identificación, quién es el menor etc. Mi padre le explica que ni cuenta se dio y le dice quien soy. O sea le dice quien él es. La conversación-interrogatorio se extiende un poco más; siempre con ese tono cortante. En el momento oportuno un término que para los oídos de un agente produce el mismo efecto que empinar una copa de salentein 2010 con My Favorite Things de Coltrane al taco: chef, capo, boss; ese es quien yo soy. Puede continuar disculpe la molestia. Continuamos, pero todo está cortado por un frío que echa un humo gélido como el hielo seco. Cuando llego seguro que comienzo de modo atropellado a relatarle todo el film a mi madre. Mientras ponemos la mesa es como si de tan vertiginoso modo de escupir las palabras pudiese articular toda aquella trama incomprendida. Y volviendo, mi padre dice que estos te molestan durante un buen tiempo. De joven siempre te van a molestar. Es como un presagio de lo que ha de suceder unos años después en el momento en que las fuerzas de la vida llegan a su cenit: mundo adolescente. Después ya no te joden tanto. Y si se complica mucho dice... Ese se complica mucho se me ilustra en ojos colmados oscuridad, como una bola de luz negra parecida a la del Experimento Philadelphia cuando se produce la anomalía y cuando la densidad de la burbuja va cediendo y los relámpagos amarillentos y cobaltos bajan la tensión veo que no es más que alguien joven encapuchado y unos cuantos policías que le pegan hasta matarlo. Deciles que tu padre -esto es decirles quién soy sin que te lo pregunten siquiera que equivale a decir quien soy- trabaja para Presidenta de la Nación.
31 octubre, 2013
20 octubre, 2013
La casa dibujada
Hoy Alan dibujo su casa. Estábamos sentados juntos bastante pegados como si compartiéramos la silla, pero él estaba en su silla y nosotros en la nuestra. Abrió su mochila y de un folio arrugado empezó a sacar algunos retazos de papeles sin que estuviesen todavía hechos jirones. Los papeles tenían escrito su nombre con tinta azul de birome, con algún efecto de escorzo y hasta alguna letra tenía como una especie de rocalla que la enmarcaba. Me repitió varias veces que le gustaba escribir su nombre, en realidad quería decir que le fascinaba; y como también se daba cuenta de ello se avergonzaba muy sutilmente y lo demostraba por el tono modesto con que intentaba comunicar sus inclinaciones.
Enseguida contó que se quería ir que tenía mucho sueño que no había descansado. Contó que tenía hambre que no había podido almorzar porque se había quedado dormido, la familia había intentado despertarlo. Eso lo explicó porque le dijimos que cómo la familia no le avisaba que ya era mediodía y seguía durmiendo. Pero es que en verdad la casa no era la misma casa porque él dormía en lo que hacía muchos años cuando él era chico era una heladería. Un garage donde habían montado un comercio para hacer unos pesos extra y que después siguió siendo garage o depósito y finalmente el dormitorio de Alan. Pero que no estaba -a juzgar por el dibujo- comunicado con el resto de la casa. Tomó nuestra lapicera y comenzó con trazos convencidos ensimismándose en cada centímetro de trazo azul sobre el papel, mientras nos repetía que guacho de acá y de allá yo tengo mi propia entrada. Dibujó el frente de su casa. La puerta de entrada, al lado una ventana luego un primer piso y el techo que cerraba como una pirámide sin vértice. Allí se podía suponer que habría una especie de altillo. De un lado la ventana y del otro esa especie de portón que era a la calle la puerta de su dormitorio. Él siguió hablando de la novia que en el baile lo había dejado por ahí tirado y se había arrancado a otro, en el momento, como estaba re-loco, no le importó, pero ahora al contarlo la sonrisa muy levemente dejaba escapar desazón por una comisura de los labios que desaparecía a gran velocidad. Ese relato sin embargo no lo estábamos escuchando... Antes había mencionado que le tiraban agua para que reaccione, se apelotonaban por la pequeña abertura a un metro y medio del suelo y todas las cabezas parecían complotar juntas para molestarlo. Nos imaginábamos esa escena, cómo, al mediodía, cuando estaba durmiendo completamente aplastado en la cama su familia no lo podía despertar. Se cansaron de gritar y golpear la puerta con objetos contundentes. Alguno tomó uno de esos reyes momo tira agua que se usan en carnaval y comenzaron a tirarle agua apuntándole justo en el rostro. Él se retorcía en la cama pero no les hacía caso y de tanto en tanto les lanzaba algún rosario de insultos del tipo gato arrancá! volá de acá! Y los otros se revolvían de risa, la prima la Mica, la madre a la que también le dice mamá porque mamá en primer término es la abuela semiciega, el tío pero no el que anda en la política, el hermano menor de ese quizás, el que comparte fumatas, partidos pero no la comida, porque lo que el tío cocina ninguno de los sobrinos que tienen apenas unos cuantos años menos, lo quiere probar.
Este es el pequeño dibujo que trazó de su casa, de su rancho. Podríamos decir que hizo un primer nivel de trazos, la base, como antes dijimos ahí quedó a la izquierda el rectángulo apaisado de la ventana. En el centro otro rectangulito para la puerta de entrada, en un lateral de ese rectángulito hizo como una marquita donde la tinta se colo en el papel dejando como un choricito retorcido que se interpretaba como el picaporte, unos trazos se corrieron un poco por accidente y parecía que la puerta delinease una luz que creaba la ilusión de que se abría. Algunas líneas tiradas al azar enmarcaban este conjunto como si fuesen detalles de la construcción del frente. Luego aplicó una herradura que se salía del contorno del dibujo y era en realidad una flecha que hizo cuando nos explicó que el garage no tenía comunicación con el resto de la casa sino saliendo a la calle y volviendo a entrar por la puerta principal. Allí claramente se veía la ventana, pequeña, como de baño, cuadrada, y al lado la puerta de su habitación. En el segundo nivel, la planta alta, hizo dos ventanas cuadradas a la izquierda que ocupaban justo la mitad. En la otra mitad dejó el blanco. Si se observaba detenidamente este segundo nivel se notaba que se afinaba con respecto al nivel inferior o primero. Luego un trapecio para rematar el techo en el que se limitó a escribir su nombre en vez de sombrear tejado. Su seudónimo en verdad. Esas cuatro letras que definían un soy.
Enseguida contó que se quería ir que tenía mucho sueño que no había descansado. Contó que tenía hambre que no había podido almorzar porque se había quedado dormido, la familia había intentado despertarlo. Eso lo explicó porque le dijimos que cómo la familia no le avisaba que ya era mediodía y seguía durmiendo. Pero es que en verdad la casa no era la misma casa porque él dormía en lo que hacía muchos años cuando él era chico era una heladería. Un garage donde habían montado un comercio para hacer unos pesos extra y que después siguió siendo garage o depósito y finalmente el dormitorio de Alan. Pero que no estaba -a juzgar por el dibujo- comunicado con el resto de la casa. Tomó nuestra lapicera y comenzó con trazos convencidos ensimismándose en cada centímetro de trazo azul sobre el papel, mientras nos repetía que guacho de acá y de allá yo tengo mi propia entrada. Dibujó el frente de su casa. La puerta de entrada, al lado una ventana luego un primer piso y el techo que cerraba como una pirámide sin vértice. Allí se podía suponer que habría una especie de altillo. De un lado la ventana y del otro esa especie de portón que era a la calle la puerta de su dormitorio. Él siguió hablando de la novia que en el baile lo había dejado por ahí tirado y se había arrancado a otro, en el momento, como estaba re-loco, no le importó, pero ahora al contarlo la sonrisa muy levemente dejaba escapar desazón por una comisura de los labios que desaparecía a gran velocidad. Ese relato sin embargo no lo estábamos escuchando... Antes había mencionado que le tiraban agua para que reaccione, se apelotonaban por la pequeña abertura a un metro y medio del suelo y todas las cabezas parecían complotar juntas para molestarlo. Nos imaginábamos esa escena, cómo, al mediodía, cuando estaba durmiendo completamente aplastado en la cama su familia no lo podía despertar. Se cansaron de gritar y golpear la puerta con objetos contundentes. Alguno tomó uno de esos reyes momo tira agua que se usan en carnaval y comenzaron a tirarle agua apuntándole justo en el rostro. Él se retorcía en la cama pero no les hacía caso y de tanto en tanto les lanzaba algún rosario de insultos del tipo gato arrancá! volá de acá! Y los otros se revolvían de risa, la prima la Mica, la madre a la que también le dice mamá porque mamá en primer término es la abuela semiciega, el tío pero no el que anda en la política, el hermano menor de ese quizás, el que comparte fumatas, partidos pero no la comida, porque lo que el tío cocina ninguno de los sobrinos que tienen apenas unos cuantos años menos, lo quiere probar.
Este es el pequeño dibujo que trazó de su casa, de su rancho. Podríamos decir que hizo un primer nivel de trazos, la base, como antes dijimos ahí quedó a la izquierda el rectángulo apaisado de la ventana. En el centro otro rectangulito para la puerta de entrada, en un lateral de ese rectángulito hizo como una marquita donde la tinta se colo en el papel dejando como un choricito retorcido que se interpretaba como el picaporte, unos trazos se corrieron un poco por accidente y parecía que la puerta delinease una luz que creaba la ilusión de que se abría. Algunas líneas tiradas al azar enmarcaban este conjunto como si fuesen detalles de la construcción del frente. Luego aplicó una herradura que se salía del contorno del dibujo y era en realidad una flecha que hizo cuando nos explicó que el garage no tenía comunicación con el resto de la casa sino saliendo a la calle y volviendo a entrar por la puerta principal. Allí claramente se veía la ventana, pequeña, como de baño, cuadrada, y al lado la puerta de su habitación. En el segundo nivel, la planta alta, hizo dos ventanas cuadradas a la izquierda que ocupaban justo la mitad. En la otra mitad dejó el blanco. Si se observaba detenidamente este segundo nivel se notaba que se afinaba con respecto al nivel inferior o primero. Luego un trapecio para rematar el techo en el que se limitó a escribir su nombre en vez de sombrear tejado. Su seudónimo en verdad. Esas cuatro letras que definían un soy.
14 octubre, 2013
Tocame y llamame
Un usuario de taringa cuenta que Marta Altesa es una joven
bajista española que supo promocionar su trabajo y su destreza musical al punto
de que los mismísimos Jamiroquai, o sus colaboradores, al descubrir sus videos la
contactaron para que realizara suplencias en la banda de funk-rock. Esto es
sorprendente. Es el sueño de cualquier fan o no fan, es el sueño de cualquiera.
Pero lo que es grande en Marta es cómo más allá de los resultados buscados o no
con sus videos logra una puesta en escena que la convierte en la reina pop del
encandilamiento. Y ella lo sabe. Grande Marta! Dice un comentarista y luego una
catarata de aprobaciones en todos los idiomas conocidos: Just fantastic, ძალიან მაგარი ხარ !!! :) ძალიან სუფთად და გრძნობით უკრავ :)
(podemos suponer que este de las cagaditas y gusanitos, como dice Adso de Melk a
fray Guillermo en un pasaje de El nombre de la rosa, también es aprobatorio por
el universal de la carita) muito linda tambem, complimenti veramente brava,
that's it - my future wife is gonna play bass. "Tocame y llamame Marta dale!" Dan ganas de decirlo solo por diversión pero sería un chiste barato y sin
justificativo alguno porque Marta es un vicio irresistible, una golosina que no
empalaga nunca los sentidos y los ojos no pueden dejar de recorrer la piel
tersa y el suave y preciso discurrir de las yemas de los dedos sobre el
diapasón. Master Blaster es más Master Blaster que nunca con Marta a la cabeza, y no sobrevive, ni la risa de marfil nonotemático de Steve Wonder ni ese teléfono con el que en un limbo de imágenes envejecidas intentaba llamar a su amante y decirle que la amaba.
12 octubre, 2013
Baila danza
Hoy encontré un material que ya me gustaba antes de que lo hubiese visto y escuchado. Esto porque hace mucho tiempo que escuchando a la banda de rock semielectrónico Radiohead postergo cierto deseo y cierto discurrir sobre sus derrames. Pero este tema Ingenue de Atoms For Peace, una especie de ramificación de hacer lo que se tiene ganas de hacer, de Thom Yorke, me hace detener unos momentos en montañas de expresión.
Tal vez el organismo se deprima porque recibe todo masticado como se lo dan; si el alimento es bueno lo aprovecha y si es malo sale completamente dañado. Pero, saliendo de dentro de él yuxtapuesto, superpuesto repitiendo al organismo y en esa doble apariencia siendo un resultado heterogéneo de sí mismo, está el cuerpo. El cuerpo no se pone triste al menos no del modo en que se pone triste el organismo. El organismo no está hecho para soportar la danza y la belleza de la piel; no puede alimentarse o tomar como combustible lo abstracto. El cuerpo, la danza y la poesía conforman una misma lengua o una misma exploración o para los no fanáticos de Radiohead, un mismo intento. Cuando Thom Yorke danza con la bailarina Fukiko Takase hay varios de los aspectos que siempre me han entusiasmado y atrapado de Radiohead.
Primero la ausencia de paisaje, esa especie de desierto que es el escenario, el silencio inexpresivo pero a la espera de lo que tiene que ocurrir, como dice Deleuze en sus clases sobre pintura: la catástrofe. Entonces todo se va poblando de movimientos y de música y todo el fondo blanco es ametrallado de abstracciones que van haciendo germinar sobre él el tiempo de una caricia o de dedos que señalan lugares. Torsiones y partos de contorsiones y juegos de simetrías entre los cuerpos que despiertan desde dentro de su reflejo y más tarde se van a dormir y a soñar adentro de su reflejo.
El frente vacío e iluminado de estrellas que son meros artificios pálidos. Atrás el blanco-gris del fondo liso que la electromúsica ametralla sin hacer visibles traspiés ni abolladuras. Sin cielo, y el piso es un lecho frío donde las manos de una mujer reverberan y acarician el desasosiego.
Tal vez el organismo se deprima porque recibe todo masticado como se lo dan; si el alimento es bueno lo aprovecha y si es malo sale completamente dañado. Pero, saliendo de dentro de él yuxtapuesto, superpuesto repitiendo al organismo y en esa doble apariencia siendo un resultado heterogéneo de sí mismo, está el cuerpo. El cuerpo no se pone triste al menos no del modo en que se pone triste el organismo. El organismo no está hecho para soportar la danza y la belleza de la piel; no puede alimentarse o tomar como combustible lo abstracto. El cuerpo, la danza y la poesía conforman una misma lengua o una misma exploración o para los no fanáticos de Radiohead, un mismo intento. Cuando Thom Yorke danza con la bailarina Fukiko Takase hay varios de los aspectos que siempre me han entusiasmado y atrapado de Radiohead.
Primero la ausencia de paisaje, esa especie de desierto que es el escenario, el silencio inexpresivo pero a la espera de lo que tiene que ocurrir, como dice Deleuze en sus clases sobre pintura: la catástrofe. Entonces todo se va poblando de movimientos y de música y todo el fondo blanco es ametrallado de abstracciones que van haciendo germinar sobre él el tiempo de una caricia o de dedos que señalan lugares. Torsiones y partos de contorsiones y juegos de simetrías entre los cuerpos que despiertan desde dentro de su reflejo y más tarde se van a dormir y a soñar adentro de su reflejo.
El frente vacío e iluminado de estrellas que son meros artificios pálidos. Atrás el blanco-gris del fondo liso que la electromúsica ametralla sin hacer visibles traspiés ni abolladuras. Sin cielo, y el piso es un lecho frío donde las manos de una mujer reverberan y acarician el desasosiego.
25 septiembre, 2013
La locura de la luz
Génesis
Al principio era el verbo. El verbo y la luz. Las pantallas y los teclados. Nuestras vidas y las imágenes de nuestras vidas y los prejuicios que nuestras vidas imaginadas despertarían y lo que de ellas, aunque fuera un vestigio de realidad, se celebraría.
La madre tiene la computadora portátil de la hija en brazos casi como si la arrobara. Esa nett toda decorada de stikers brillantes, alza su dedo como si fuese un dedo que funda y que nombra las cosas -en el segundo o tercer día de la creación-; las piedras, los riachuelos, los ríos, las montañas, los precipicios, las cuevas, los volcanes. Solo la madre tiene -como afirmará más abajo- la contraseña, porque después de mil idas y venidas, después de tantos desacuerdos y desaciertos y esperas y promesas dijo la madre que se usaría con su autorización y nada más y supervisando cada paso, cada clic. La pantalla parpadea hace pac y se apaga y está cerca detrás de la hija que puede desaparecer en la pantalla en cualquier momento y pasar el muro y ya no volver.
Multiplicaciones
Aquella vez yo te había dicho, dice la madre, que me parecía mal que vos aceptases gente así como así y después… (ojos que se desorbitan, pupilas que se dilatan). La amiga del mundo de acá dice que ella tiene novio en este mundo y que no busca nada en el mundo de la luz. Tratamos de seguir la conversación que por momentos se parece mucho a una indagatoria y no se escucha nada. Apoyamos la oreja en la boca de la madre y admiramos el dedo que se alza como si fuese el dedo de Deus en el fresco famoso de la Capilla Sixtina, seguimos las líneas del dedo que termina en una uña delicada y limpia y estudiamos sus arrugas que no son de vejez sino de los misterios de la carne. Es el ruido del ambiente y de las imágenes lo que no deja oír, de los mil amigos o de los cuatrocientos y tantos amigos desconocidos, son ellos, a los que dice la amiga de acá que en el mundo de la luz les habla y cuando se ceban un poco los corta pero que nunca llega a tener encuentros reales. Son como miles de naipes que danzan en nubes, que vuelan por los aires y en cada naipe una cara y un nombre que pasan a velocidad sideral. Las redes han sido inventadas parece para atrapar peces y personas, insectos en el caso de las arañas. Llanto de la madre al tomar conciencia de los peces agonizantes que salen de su boca. Isopado. Esperar los resultados. Ahí le hicieron también isopado. El isopado lo dirá. (Muestras que se toman a los damnificados a los sospechados de haber sido abusados). Bajo la uña sangre, un poco de sangre en la ropa. La madre lloriquea un poco más mientras intentan calmarla. El médico tiene puesta una de esas máscaras típicas que se usaban en el siglo XIV cuando la Peste Negra asoló Europa hasta reducirla. Es impresionante el porte de la máscara, no tiene los detalles de las máscaras venecianas que la hubieran endulzado un poco, ni un solo vivo color. Es a un solo tono bien mate el beige del cuero maciso. Por el centro superior del pico se ve una gruesa costura que recorre también lo que serían las comisuras del pico bien cerrado, está bien montada en la cara del médico la máscara como si fuese una natural extensión de su cuerpo. Se agarra a la cabeza por un par de tiras idénticas al material con que está hecha la máscara que están fuertemente unidas al cuerpo principal por remaches de bronce gastado. Las dos tiras se ajustan por sus extremos como un cinturón por la parte posterior de la cabeza, a su vez hay una tercera tira auxiliar que recorre la parte superior de la cabeza y que une las dos tiras con la parte frontal de la máscara asentando perfectamente todo el conjunto. Detrás de las dos aberturas con vidrio se ven los ojos del médico reales pero inexpresivos, claros y fríos. La madre recibe bien ese intento de consolarla, le dice a la amiga de acá que está bien que no se enoja con ella ni le hecha la culpa solo quería saber por qué aparecía el nombre de ella, o sea de la amiga de acá en la nett de la hija. La amiga de acá no tiene respuestas precisas solo sabe que la madre no quería que su amiga de acá saliera con un chico que había conocido en el mundo de la luz. Pero que su amiga de acá le había jurado que lo iba a seguir viendo costara lo que costase, sí, asentimiento de la madre, como si supiera o confirmara todo lo que la amiga confiesa como si esas confesiones fuesen frívolas. La amiga de acá se aleja sola entre las máscaras que se fugan alrededor suyo con su paso cansino se empequeñece en el pasillo larguísimo. Como viento visible alrededor suyo también pasan chicos y chicas con máscaras y maquillaje. Narices de payaso, máscaras venecianas la mayoría versiones de arlequines o pierrot, si no las ojeras bien negras los rostros completamente cubiertos de pinturas de diferentes colores. Pelucas como las que usan los otaku casi largas hasta la cintura y de tonalidades inverosímiles. Un chico está vestido de cowboy con una peluca de color rosa, lacia y con flequillo. Una chica tiene dibujada en su rostro una boca toda deforme y destrozada sangre chorrea de sus ojos negros que parecen dos agujeros. Otros están encapuchados y dejan ver rostros pálidos y enfermizos como el Emperador de Stars Wars que mandaba todo el Lado Oscuro. Otras chicas se maquillaron el rostro como ositas y se colocaron vinchas que mantienen a los lados de sus cabezas dos orejitas bien erguidas. Todo esto entre corridas y gritos y grupitos de disfrazados que bajan escaleras o suben escaleras porque se olvidaron algo para ultimar un detalle fundamental. Otra vez, por segunda vez le preguntamos a la madre si la chica está con ella y la madre levanta su brazo con su dedo extendido como Dios en la Capilla Sixtina y nos pide que esperemos casi sin mirarnos. Mientras el médico hace que su voz emane desde dentro del pico y su voz apagada pero potente -tétrica- le explica todo lo referido al lenguaje y cómo las palabras marcan a los hijos. El imperativo para el médico es que no le diga más que se parece al padre, a ese padre que no ha conocido. A ese padre embustero. Agujero negro que se está comiendo todo desde hace tiempo, ahora lo podemos sentir. El padre agujero negro que absorbe la materia, la deglute y la reabsorbe nuevamente como las estaciones que vuelven incesantemente, un proceso que se reactiva sin interrupción.
Ahora la madre investiga en las redes en el mismísimo mundo de la luz sobre la desaparición y reaparición de la hija en estado de semi-inconciencia en las inmediaciones de Parque Roca. Pero dice que no se hace ilusiones de encontrar pistas allí, si todo el tiempo que su hija estaba en el mundo de la luz lo hacía bajo su estricta supervisión, es más, enfatiza la madre, yo solo yo tengo la contraseña para ingresar. Ese dicho de la madre había más arriba provocado que la amiga de acá hiciese o mejor, dejase escapar, una cierta muequilla escéptica con los labios. Los otros que escuchaban se ensimismaron y se llamaron a silencio. Por qué la madre obviaba de ese modo que la hija multiplicaba sus identidades y cuentas en el mundo de la luz, donde la polimorfía la dominaba como a tantos otros. Sexos, géneros, gustos, perfiles, avatares, apodos y todo lo demás. Las últimas palabras del médico antes de retirarse fueron que el lenguaje tiene un poder que ella como madre debería bien-utilizar. Y que la cura de la hija sería larga y penosa pero factible.
El mundo de la luz asoma como un gran Amazonas, como un gran jardín imposible. El Edén solo se parece a éste porque allí es donde todo se origina. Alguna vez despertamos y vimos en derredor y descubrimos la maravilla que es el mundo; al otro día despertamos y descubrimos lo que había salido de dentro nuestro. El organismo, el cuerpo, la costilla, la mujer etc.
El otro/otra salió de las entrañas y ya fueron dos en el gran Jardín. Pero esta virginidad -la del mundo de la luz- es imposible porque es impenetrable, es tupida como ninguna otra selva real, es repelente y esquizofrénica como ninguna otra creación. Y por ello mismo es la máxima productora de espesura, de pétalos bajando, flotando, banboleándose sin sentido para donde los lleve la corriente a veces maldita, a veces benigna de todas las especies que pueblan el Jardín.
Al principio era el verbo. El verbo y la luz. Las pantallas y los teclados. Nuestras vidas y las imágenes de nuestras vidas y los prejuicios que nuestras vidas imaginadas despertarían y lo que de ellas, aunque fuera un vestigio de realidad, se celebraría.
La madre tiene la computadora portátil de la hija en brazos casi como si la arrobara. Esa nett toda decorada de stikers brillantes, alza su dedo como si fuese un dedo que funda y que nombra las cosas -en el segundo o tercer día de la creación-; las piedras, los riachuelos, los ríos, las montañas, los precipicios, las cuevas, los volcanes. Solo la madre tiene -como afirmará más abajo- la contraseña, porque después de mil idas y venidas, después de tantos desacuerdos y desaciertos y esperas y promesas dijo la madre que se usaría con su autorización y nada más y supervisando cada paso, cada clic. La pantalla parpadea hace pac y se apaga y está cerca detrás de la hija que puede desaparecer en la pantalla en cualquier momento y pasar el muro y ya no volver.
Multiplicaciones
Aquella vez yo te había dicho, dice la madre, que me parecía mal que vos aceptases gente así como así y después… (ojos que se desorbitan, pupilas que se dilatan). La amiga del mundo de acá dice que ella tiene novio en este mundo y que no busca nada en el mundo de la luz. Tratamos de seguir la conversación que por momentos se parece mucho a una indagatoria y no se escucha nada. Apoyamos la oreja en la boca de la madre y admiramos el dedo que se alza como si fuese el dedo de Deus en el fresco famoso de la Capilla Sixtina, seguimos las líneas del dedo que termina en una uña delicada y limpia y estudiamos sus arrugas que no son de vejez sino de los misterios de la carne. Es el ruido del ambiente y de las imágenes lo que no deja oír, de los mil amigos o de los cuatrocientos y tantos amigos desconocidos, son ellos, a los que dice la amiga de acá que en el mundo de la luz les habla y cuando se ceban un poco los corta pero que nunca llega a tener encuentros reales. Son como miles de naipes que danzan en nubes, que vuelan por los aires y en cada naipe una cara y un nombre que pasan a velocidad sideral. Las redes han sido inventadas parece para atrapar peces y personas, insectos en el caso de las arañas. Llanto de la madre al tomar conciencia de los peces agonizantes que salen de su boca. Isopado. Esperar los resultados. Ahí le hicieron también isopado. El isopado lo dirá. (Muestras que se toman a los damnificados a los sospechados de haber sido abusados). Bajo la uña sangre, un poco de sangre en la ropa. La madre lloriquea un poco más mientras intentan calmarla. El médico tiene puesta una de esas máscaras típicas que se usaban en el siglo XIV cuando la Peste Negra asoló Europa hasta reducirla. Es impresionante el porte de la máscara, no tiene los detalles de las máscaras venecianas que la hubieran endulzado un poco, ni un solo vivo color. Es a un solo tono bien mate el beige del cuero maciso. Por el centro superior del pico se ve una gruesa costura que recorre también lo que serían las comisuras del pico bien cerrado, está bien montada en la cara del médico la máscara como si fuese una natural extensión de su cuerpo. Se agarra a la cabeza por un par de tiras idénticas al material con que está hecha la máscara que están fuertemente unidas al cuerpo principal por remaches de bronce gastado. Las dos tiras se ajustan por sus extremos como un cinturón por la parte posterior de la cabeza, a su vez hay una tercera tira auxiliar que recorre la parte superior de la cabeza y que une las dos tiras con la parte frontal de la máscara asentando perfectamente todo el conjunto. Detrás de las dos aberturas con vidrio se ven los ojos del médico reales pero inexpresivos, claros y fríos. La madre recibe bien ese intento de consolarla, le dice a la amiga de acá que está bien que no se enoja con ella ni le hecha la culpa solo quería saber por qué aparecía el nombre de ella, o sea de la amiga de acá en la nett de la hija. La amiga de acá no tiene respuestas precisas solo sabe que la madre no quería que su amiga de acá saliera con un chico que había conocido en el mundo de la luz. Pero que su amiga de acá le había jurado que lo iba a seguir viendo costara lo que costase, sí, asentimiento de la madre, como si supiera o confirmara todo lo que la amiga confiesa como si esas confesiones fuesen frívolas. La amiga de acá se aleja sola entre las máscaras que se fugan alrededor suyo con su paso cansino se empequeñece en el pasillo larguísimo. Como viento visible alrededor suyo también pasan chicos y chicas con máscaras y maquillaje. Narices de payaso, máscaras venecianas la mayoría versiones de arlequines o pierrot, si no las ojeras bien negras los rostros completamente cubiertos de pinturas de diferentes colores. Pelucas como las que usan los otaku casi largas hasta la cintura y de tonalidades inverosímiles. Un chico está vestido de cowboy con una peluca de color rosa, lacia y con flequillo. Una chica tiene dibujada en su rostro una boca toda deforme y destrozada sangre chorrea de sus ojos negros que parecen dos agujeros. Otros están encapuchados y dejan ver rostros pálidos y enfermizos como el Emperador de Stars Wars que mandaba todo el Lado Oscuro. Otras chicas se maquillaron el rostro como ositas y se colocaron vinchas que mantienen a los lados de sus cabezas dos orejitas bien erguidas. Todo esto entre corridas y gritos y grupitos de disfrazados que bajan escaleras o suben escaleras porque se olvidaron algo para ultimar un detalle fundamental. Otra vez, por segunda vez le preguntamos a la madre si la chica está con ella y la madre levanta su brazo con su dedo extendido como Dios en la Capilla Sixtina y nos pide que esperemos casi sin mirarnos. Mientras el médico hace que su voz emane desde dentro del pico y su voz apagada pero potente -tétrica- le explica todo lo referido al lenguaje y cómo las palabras marcan a los hijos. El imperativo para el médico es que no le diga más que se parece al padre, a ese padre que no ha conocido. A ese padre embustero. Agujero negro que se está comiendo todo desde hace tiempo, ahora lo podemos sentir. El padre agujero negro que absorbe la materia, la deglute y la reabsorbe nuevamente como las estaciones que vuelven incesantemente, un proceso que se reactiva sin interrupción.
Ahora la madre investiga en las redes en el mismísimo mundo de la luz sobre la desaparición y reaparición de la hija en estado de semi-inconciencia en las inmediaciones de Parque Roca. Pero dice que no se hace ilusiones de encontrar pistas allí, si todo el tiempo que su hija estaba en el mundo de la luz lo hacía bajo su estricta supervisión, es más, enfatiza la madre, yo solo yo tengo la contraseña para ingresar. Ese dicho de la madre había más arriba provocado que la amiga de acá hiciese o mejor, dejase escapar, una cierta muequilla escéptica con los labios. Los otros que escuchaban se ensimismaron y se llamaron a silencio. Por qué la madre obviaba de ese modo que la hija multiplicaba sus identidades y cuentas en el mundo de la luz, donde la polimorfía la dominaba como a tantos otros. Sexos, géneros, gustos, perfiles, avatares, apodos y todo lo demás. Las últimas palabras del médico antes de retirarse fueron que el lenguaje tiene un poder que ella como madre debería bien-utilizar. Y que la cura de la hija sería larga y penosa pero factible.
El mundo de la luz asoma como un gran Amazonas, como un gran jardín imposible. El Edén solo se parece a éste porque allí es donde todo se origina. Alguna vez despertamos y vimos en derredor y descubrimos la maravilla que es el mundo; al otro día despertamos y descubrimos lo que había salido de dentro nuestro. El organismo, el cuerpo, la costilla, la mujer etc.
El otro/otra salió de las entrañas y ya fueron dos en el gran Jardín. Pero esta virginidad -la del mundo de la luz- es imposible porque es impenetrable, es tupida como ninguna otra selva real, es repelente y esquizofrénica como ninguna otra creación. Y por ello mismo es la máxima productora de espesura, de pétalos bajando, flotando, banboleándose sin sentido para donde los lleve la corriente a veces maldita, a veces benigna de todas las especies que pueblan el Jardín.
22 septiembre, 2013
Llantos de perros humanos
Hace unos minutos que abajo en el patio la perra está llorando porque está sola; los dueños han de estar visitando familia, o uno trabajando y el otro descansando con quien sabe quién. La perra llora.
Hace unas horas que abajo en el patio está llorando la perra, sí, no estoy seguro si son instantes u horas. Cuando me fijo en esos llantos prolongados con esa frecuencia de agudos que solo una perra triste puede lograr no estoy seguro si hace horas o días que convivo con ellos.
En los últimos días me sentí enfermo y casi no salí. Al fin tuve que hacerlo porque necesitaba comprar alimentos. Frutas, verduras y un poco de cerveza. Me senté en la mesa y bebí unos sorbos planificando la cena en relación a las cosas de que disponía. Sin darme cuenta me lancé a una pendiente vertiginosa de ilusiones apasionadas en las cuales rehacía mi vida y estaba sentado en la mesa de un bar. Una mujer frente a mí, unos ojos que se reposaban sobre mí compasivos, amorosos. Y me confesaba. Sin aviso me ponía a llorar, no podía parar de llorar. Quería explicarle pero el moqueo no me permitía hacer demasiado manejo de mis facciones y mis palabras. Ella paciente. Yo lloroso. Y, entonces, me desperté de ese sueño despierto, llenos los ojos de lágrimas, los brazos apoyados en la mesa poco después de preguntarme qué podía cenar... Y la perra abajo lastimosamente lloriqueando porque la dejaron sola todo el día. Me enjugué las lágrimas y las pupilas saturadas y lance unas cuantas carcajadas porque me pareció que todo estaba sintonizado como un gran concierto o como un cosmos.
Hace unas horas que abajo en el patio está llorando la perra, sí, no estoy seguro si son instantes u horas. Cuando me fijo en esos llantos prolongados con esa frecuencia de agudos que solo una perra triste puede lograr no estoy seguro si hace horas o días que convivo con ellos.
En los últimos días me sentí enfermo y casi no salí. Al fin tuve que hacerlo porque necesitaba comprar alimentos. Frutas, verduras y un poco de cerveza. Me senté en la mesa y bebí unos sorbos planificando la cena en relación a las cosas de que disponía. Sin darme cuenta me lancé a una pendiente vertiginosa de ilusiones apasionadas en las cuales rehacía mi vida y estaba sentado en la mesa de un bar. Una mujer frente a mí, unos ojos que se reposaban sobre mí compasivos, amorosos. Y me confesaba. Sin aviso me ponía a llorar, no podía parar de llorar. Quería explicarle pero el moqueo no me permitía hacer demasiado manejo de mis facciones y mis palabras. Ella paciente. Yo lloroso. Y, entonces, me desperté de ese sueño despierto, llenos los ojos de lágrimas, los brazos apoyados en la mesa poco después de preguntarme qué podía cenar... Y la perra abajo lastimosamente lloriqueando porque la dejaron sola todo el día. Me enjugué las lágrimas y las pupilas saturadas y lance unas cuantas carcajadas porque me pareció que todo estaba sintonizado como un gran concierto o como un cosmos.
14 septiembre, 2013
Los cuadros blancos
Subimos las escaleras mecánicas del museo. Los laterales de las escaleras mecánicas tenían pegados en una operación de supermarketing, esa sintomatología de la enfermedad de Kusama. Esos círculos rellenos que infectaban todo el museo. Los vidrios laterales de las escaleras estaban cubiertos de esos círculos de diferentes tamaños, sobre todo en sus versiones gigantes. Bien colorados e iguales entre sí. La gente que se pegaba en sus rostros y en sus pechos tales stikers de colores no parecía estar convencida de que aquello era como permitir que la obsesión infinita de Kusama se les trepara y adhiriera a la carne. En la planta alta se desembocaba en una pared blanca que presentaba en caracteres gigantes de tonos negros y grises, la muestra, con su título y el nombre del artista y también de los curadores con apellidos y nombres occidentales. A la izquierda una gran abertura con un telón grueso de color azul nocturno que todo el mundo corría con desparpajo y que hacía las veces de gesto de apertura a la muestra. Lo primero con que se topaba el espectador de frente era una pantalla sobre la que se proyectaban una serie de fotos. Una mujer, -trayecto de la vida privada de la artista?- vestida con un kimono de tonalidad rosada parada en una calle de suburbios. Llevaba un protector de sol típico que hacía pieza con el kimono. En otras fotos se veían también paisajes suburbanos, unas chimeneas, un conjunto de refinerías, unas calles vacías, luz. Al doblar, una primera sala de relevancia, una serie de cuadros dispuestos en ele. Una serie de abstracciones, algunas astronómicas. Temperas acrílicas de tonos parcos y rojos hacían sangrar los papeles y cuyas implosiones quedaban contenidas por los vidrios en que estaban enmarcadas. La mayoría de estas pinturas producidas en la década del `50. En la sala contigua, o mejor dicho en el espacio contiguo de la misma sala, había cuadros de mayor dimensión, los típicos formatos que pinta kusama en la actualidad. Por el centro, que funcionaba a decir verdad, como un simple paso, estaba el cuidador todo vestido de traje azul marino desaliñado y pulcro. Era un joven de frente muy amplia peinado a la gomina con rulos sedosos a la altura de la nuca y semicalvo en el centro de la cabeza. De tez muy blanca, daba la sensación de estar maquillado como un mimo pero al mirarlo con detenimiento se notaba que era natural el tono de su piel que refulgía por sobre lo azul de su traje. Se mantenía serio como conteniendo una risa de clown. Bebitaryu que estaba cerca nuestro no paraba de danzar cerca de los cuadros blancos de kusama y por unos instantes creímos que el cuidador le avisaría que se estaba acercando demasiado. Bebitaryu balanceaba su espalda casi rozando una de las aristas de más de un metro de longitud y a casi un metro del suelo. Los ojos frenéticos del cuidador brillaron sanguíneos sobre el fondo de los grandes cuadros minimales y blancos de kusama sin nadie viéndolos. O sea, la gente pasaba como si nada a unos pocos metros de los cuadros al acrílico blanco que eran cuatro portentosos cuadros y esto es completamente del orden de lo imaginativo, pero los cuadros, se ensanchaban aún más en el espacio blanco al no querer ser vistos por nadie como acrecentando, engrandeciendo, su condición mínima. Su carácter de mapeo, de registro, de huella, de diagrama vacío. Blanco sobre blanco; manchas pequeñas blancas sobre gran fondo blanco. En el espacio anterior se abarrotaban los visitantes y los clic de las máquinas para registrar las acuarelas abstractas, las nebulosas de colores y las noches rojas florecientes. Y aquí, en el centro blanco, vacío bajo cero del viento antártico abrazando la multiplicación de huellas de aves que caminaban por el fondo blanco que alguna vez olvidada fue fondo porque en el presente del cuadro el fondo se cubría por las figuras que eran un poco el fondo. Por el ejército de huellas que se entretocaban que no estaban ordenadas como un ejército ordenado y que eran de cerca las huellas de pequeños pinceles agarrados con devoción como cuando se ve a Kusama inclinarse sobre esos paneles gigantes como si le rezara a espíritus monocromáticos en su taller o en su templo.
11 septiembre, 2013
El carretel de tía
Cuando me siento muy muy triste -dijo- es porque una oscuridad está creciendo dentro de mí. Carraspeó, y pidió disculpas, quise decir cuando un carretel de tía Iris está creciendo dentro de mí. Quiero hablarles sobre un cuento publicado en el año 1978 escrito por Marta Giménez Pastor.
En el auditorio nadie le iba a decir nada, en ese ambiente de intelectuales, algunos académicos consagrados, poetas y escritores y estudiantes que conformaban en este tipo de eventos al pueblo, a la muchedumbre que avivaba la instalación y lubricaba el decorado semiamargo. Cuando el poeta empieza a leer empieza a parlotear las palabras, las palabras bailan de un modo inexorable en su boca. Su boca tiembla eso se ve. El poeta no puede ya decir algo sin que unas ganas de llorar imposibles se desaten y va a llorar va a llorar. Autorreferencia, doblar el dicurso y que las palabras como un alambre y la sombra proyectada de un alambre se junten y casi se toquen. Llorará e inundará el auditorio al hablar del carretel que tía sacó.
Y cuando tía sacó el carretel primero comenzó siendo una madeja y luego un hilo de agua. Después un grueso hilo de agua y después el resto de un riacho que crecía y de repente toda la casa estaba inundada. Los chicos como locos, apenas la vieron entrar sospecharon que algo se traía entre manos. Tía siempre los sorprendía. Tía inundó la casa. Tía los hizo navegar en el cajón de una cómoda y hasta la nena pescaba y el nene comandaba el bote. Todo estaba lleno de ese agua mágica que parecía que no mojaba pero que sin embargo llenaba todo el espacio y hacía que todo se viese como un mar; por arriba divertido y simpático con la espuma pero por abajo las corrientes los podían arrastrar hacia adentro levantando todas las sospechas de lo que no se puede ver. Detrás de la dulzura de tía, de la felicidad de los chicos porque los padres salían y tía se quedaba a cuidarlos había una zozobra. En aquel exceso del agua del carretel difícil de controlar, ese carretel que el gato había puesto fuera de control dándole uno de esos manotazos esponjosos y superveloces que dan los gatos a las cosas con las que juegan. La angustia de algo que se iba de las manos y que desconcertaba; cómo tía se mantenía indiferente ante el exceso y la posibilidad de abrir el infinito sin más. Y los niños totalmente jocosos idos en el puro entretenimiento. Pero como es un cuento para niños tiene final feliz.
El expositor hizo un silencio prolongado, pidió de nuevo disculpas y se sonó la nariz, miró la botella de agua mineral, miró sus papeles y sin mirar otra vez la botella la tomó con una mano y bebió dos tragos cortos. Y continuó.
Supongo que tía al fin descubre un extremo de la madeja y enrrolla todo otra vez y cada vuelta de hilo es como si se absorbiera el agua en un piletón lleno al que se le quita de pronto el tapón, cada tirón absorbe un tramo, un cause de hilo. Solo falta un gran remolino de agua que haga girar todo de una buena y violenta vez, pero aquí no se oculta ninguna catástrofe.
Y aquí, en el recinto, donde todos atentamente escuchan a los expositores no era que iba a llorar que lloraría y lo llenaría todo? Va a llorar y lo va a inundar todo de un modo tan patético que deberán evacuar la sala de conferencias. La alfombra impecable de tono celestito se echará a perder con el río de lágrimas y las sillas tal vez por ser de plástico floten. Al principio cuando el agua les cubra los zapatos se pondrán de pie sin entender, luego cuando el agua provoque un cortocircuito de luces y sonido alguien se asustará. Al primer grito sobrevendrá el pánico, los tropiezos algún empujón, porque la puerta no es tan ancha para que salgan por ella muchos cuerpos a la vez. Sin importar si son intelectuales o gente de la calle, como se suele decir, quedará bien evidenciado que todos son muy torpes y relentos a la hora de evacuar una sala.
En el auditorio nadie le iba a decir nada, en ese ambiente de intelectuales, algunos académicos consagrados, poetas y escritores y estudiantes que conformaban en este tipo de eventos al pueblo, a la muchedumbre que avivaba la instalación y lubricaba el decorado semiamargo. Cuando el poeta empieza a leer empieza a parlotear las palabras, las palabras bailan de un modo inexorable en su boca. Su boca tiembla eso se ve. El poeta no puede ya decir algo sin que unas ganas de llorar imposibles se desaten y va a llorar va a llorar. Autorreferencia, doblar el dicurso y que las palabras como un alambre y la sombra proyectada de un alambre se junten y casi se toquen. Llorará e inundará el auditorio al hablar del carretel que tía sacó.
Y cuando tía sacó el carretel primero comenzó siendo una madeja y luego un hilo de agua. Después un grueso hilo de agua y después el resto de un riacho que crecía y de repente toda la casa estaba inundada. Los chicos como locos, apenas la vieron entrar sospecharon que algo se traía entre manos. Tía siempre los sorprendía. Tía inundó la casa. Tía los hizo navegar en el cajón de una cómoda y hasta la nena pescaba y el nene comandaba el bote. Todo estaba lleno de ese agua mágica que parecía que no mojaba pero que sin embargo llenaba todo el espacio y hacía que todo se viese como un mar; por arriba divertido y simpático con la espuma pero por abajo las corrientes los podían arrastrar hacia adentro levantando todas las sospechas de lo que no se puede ver. Detrás de la dulzura de tía, de la felicidad de los chicos porque los padres salían y tía se quedaba a cuidarlos había una zozobra. En aquel exceso del agua del carretel difícil de controlar, ese carretel que el gato había puesto fuera de control dándole uno de esos manotazos esponjosos y superveloces que dan los gatos a las cosas con las que juegan. La angustia de algo que se iba de las manos y que desconcertaba; cómo tía se mantenía indiferente ante el exceso y la posibilidad de abrir el infinito sin más. Y los niños totalmente jocosos idos en el puro entretenimiento. Pero como es un cuento para niños tiene final feliz.
El expositor hizo un silencio prolongado, pidió de nuevo disculpas y se sonó la nariz, miró la botella de agua mineral, miró sus papeles y sin mirar otra vez la botella la tomó con una mano y bebió dos tragos cortos. Y continuó.
Supongo que tía al fin descubre un extremo de la madeja y enrrolla todo otra vez y cada vuelta de hilo es como si se absorbiera el agua en un piletón lleno al que se le quita de pronto el tapón, cada tirón absorbe un tramo, un cause de hilo. Solo falta un gran remolino de agua que haga girar todo de una buena y violenta vez, pero aquí no se oculta ninguna catástrofe.
Y aquí, en el recinto, donde todos atentamente escuchan a los expositores no era que iba a llorar que lloraría y lo llenaría todo? Va a llorar y lo va a inundar todo de un modo tan patético que deberán evacuar la sala de conferencias. La alfombra impecable de tono celestito se echará a perder con el río de lágrimas y las sillas tal vez por ser de plástico floten. Al principio cuando el agua les cubra los zapatos se pondrán de pie sin entender, luego cuando el agua provoque un cortocircuito de luces y sonido alguien se asustará. Al primer grito sobrevendrá el pánico, los tropiezos algún empujón, porque la puerta no es tan ancha para que salgan por ella muchos cuerpos a la vez. Sin importar si son intelectuales o gente de la calle, como se suele decir, quedará bien evidenciado que todos son muy torpes y relentos a la hora de evacuar una sala.
24 agosto, 2013
Lagarto
En un estado de energía puro me dijo, rompió el aire al decírmelo, que yo era un lagarto y no debía meterme. Y vos qué te metés lagaartoo!! Todo porque yo transitaba un interminable pasillo hecho cenizas y me había atrevido a decir al aire con soltura que alguien, un amigo, la ayudaba.
Eso fue después. Algunos días antes estábamos en muy buenos términos con Maruchi. Comenzaron a lloverle las preguntas como en una entrevista donde ella estuviese dando un informe detallado de la situación social. Una puesta de las políticas de reproducción tan candentes, tan desconcertantes de lo que se vive, de lo que no se entiende o de lo que se entiende mal. Pero había sido ella la que había abierto el clima de máxima tensión del problema social: para qué nos… y hacia dónde nos… reproducimos. Su tesis, si oí bien, era que todos quedan preñados.
Todos quedan preñados, sí, todos quedan preñados –cabeza gacha, fiebre, frío, temor disimulado por la afirmación- , todos, o sea todos quedan preñados. No duda. ¿Distingue géneros habla de todas o de todos? ¿Se lo aplica a un todos abstracto o a un ellas muy concreto? Inclina su cabeza hasta que no puede más, parece que no quisiera o no pudiera mirarme. Más tarde concluyo que es la fiebre de aquel día la que le da ese rapto dulce de sociabilidad inexplicable. Pero todo tiene límites. Por eso no me mira a los ojos y casi pega su frente contra la campera inflable ajustada al cuerpo fibroso de color negro mate, la campera.
Pero uno puede elegir qué hacer a cada momento, podés elegir esperar podés decidir si lo vas a hacer ahora o lo vas a hacer más tarde. Podés crecer y educarte ver qué cosas te interesan más y compartir con tus amigos. Ayudar a tu familia y esforzarte para que las personas te amen y te tengan más confianza. No -dice-. T o d o s quedan preñados -agrega-. Todos -continúa- los hermanos y todas las hermanas quedan. Cada uno de sus no es como un cuchillo inoxidable de hoja tibia y mi discurso como un pan de manteca expuesto al acero. La palabra todos es un gran problema, no logro entender qué dice cuando la pronuncia, para colmo si le pido que pronuncie con cuidado se puede enojar y no dirigirme la palabra durante horas. La conversación aquella quedaría patas arriba o patas cortadas, al igual que si se le arrancaran de un tirón fuerte las piernitas a un pollo. Y los funcionarios que trabajan en el lugar cortan y redefinen la obra interminable, obra inservible. Amarilla, sospechosa y reluciente por donde se la mire. Cortan caños con una moladora. Cada vez que el sonido ensordecedor de las máquinas cesa uno o dos minutos aprovecho para que Maruchi me repita esa parte que no entiendo porque como ella tiene la cabeza hundida en el pecho es imposible leerle la boca carnosa morena y aleonada. Los labios pegados a la campera negra vuelven a pronunciar esa parte que se parece y no se parece a un todos. En fin, que quedan preñados eso está claro. Sus palabras me causan un gran desasociego no sé decirle hacia dónde va el mundo, porque parece que nos movemos en algún sentido parece que vertiginosamente vamos hacia algún lugar, Maruchi lo percibe y eso hasta le genera cierta angustia (inconfesable). Han cesado por fin los ruidos de los funcionarios que realizan lo irrealizado o irrealizan lo postergado y quizá añorado. Maldigo el momento en que todo ha callado o mi falta de inspiración en estos momentos en que debería saber tocar el resorte correcto que haga emerger el iceberg del asunto social. El pasillo está desierto es, de pronto, como un gran faro que da vueltas e ilumina un trecho por instantes y evita que nos perdamos. Ese instante es el que me concede para que pueda comprender rápido dónde estoy parado. Pero cuando el gran foco que da giros completos haya desaparecido para nosotros ya no habrá tiempo; para mí y para mis preguntas. ¿Maruchi no te parece que… No no no. Me parece que todos quedan preñados todos! Solo eso! Cabeza agachada, mentón apoyado en el pecho sobre la tela sintética de la campera negra y brillante, las manos bajo los muslos sobre la silla en la que está sentada. Decir que su expresión es seria puede sonar serio y formal pero deforma su realidad; su cara es un ojete grande, unas ganas de estar así, una energía derrochada en estar enojada, como si se regocijara en eso. Yo no puedo decirle cómo deben ser las cosas, no le puedo decir hacia dónde debemos ir más allá de que tampoco yo lo sé más allá de que ella tal vez ni siquiera se pregunta eso. Algo a ella le molesta y me señala que es un estar preñado tal vez transgenéricamente; como un trueno en la oreja en la sordera transgenérica que me toma la oreja, el cuerpo la vida entera.
Eso fue después. Algunos días antes estábamos en muy buenos términos con Maruchi. Comenzaron a lloverle las preguntas como en una entrevista donde ella estuviese dando un informe detallado de la situación social. Una puesta de las políticas de reproducción tan candentes, tan desconcertantes de lo que se vive, de lo que no se entiende o de lo que se entiende mal. Pero había sido ella la que había abierto el clima de máxima tensión del problema social: para qué nos… y hacia dónde nos… reproducimos. Su tesis, si oí bien, era que todos quedan preñados.
Todos quedan preñados, sí, todos quedan preñados –cabeza gacha, fiebre, frío, temor disimulado por la afirmación- , todos, o sea todos quedan preñados. No duda. ¿Distingue géneros habla de todas o de todos? ¿Se lo aplica a un todos abstracto o a un ellas muy concreto? Inclina su cabeza hasta que no puede más, parece que no quisiera o no pudiera mirarme. Más tarde concluyo que es la fiebre de aquel día la que le da ese rapto dulce de sociabilidad inexplicable. Pero todo tiene límites. Por eso no me mira a los ojos y casi pega su frente contra la campera inflable ajustada al cuerpo fibroso de color negro mate, la campera.
Pero uno puede elegir qué hacer a cada momento, podés elegir esperar podés decidir si lo vas a hacer ahora o lo vas a hacer más tarde. Podés crecer y educarte ver qué cosas te interesan más y compartir con tus amigos. Ayudar a tu familia y esforzarte para que las personas te amen y te tengan más confianza. No -dice-. T o d o s quedan preñados -agrega-. Todos -continúa- los hermanos y todas las hermanas quedan. Cada uno de sus no es como un cuchillo inoxidable de hoja tibia y mi discurso como un pan de manteca expuesto al acero. La palabra todos es un gran problema, no logro entender qué dice cuando la pronuncia, para colmo si le pido que pronuncie con cuidado se puede enojar y no dirigirme la palabra durante horas. La conversación aquella quedaría patas arriba o patas cortadas, al igual que si se le arrancaran de un tirón fuerte las piernitas a un pollo. Y los funcionarios que trabajan en el lugar cortan y redefinen la obra interminable, obra inservible. Amarilla, sospechosa y reluciente por donde se la mire. Cortan caños con una moladora. Cada vez que el sonido ensordecedor de las máquinas cesa uno o dos minutos aprovecho para que Maruchi me repita esa parte que no entiendo porque como ella tiene la cabeza hundida en el pecho es imposible leerle la boca carnosa morena y aleonada. Los labios pegados a la campera negra vuelven a pronunciar esa parte que se parece y no se parece a un todos. En fin, que quedan preñados eso está claro. Sus palabras me causan un gran desasociego no sé decirle hacia dónde va el mundo, porque parece que nos movemos en algún sentido parece que vertiginosamente vamos hacia algún lugar, Maruchi lo percibe y eso hasta le genera cierta angustia (inconfesable). Han cesado por fin los ruidos de los funcionarios que realizan lo irrealizado o irrealizan lo postergado y quizá añorado. Maldigo el momento en que todo ha callado o mi falta de inspiración en estos momentos en que debería saber tocar el resorte correcto que haga emerger el iceberg del asunto social. El pasillo está desierto es, de pronto, como un gran faro que da vueltas e ilumina un trecho por instantes y evita que nos perdamos. Ese instante es el que me concede para que pueda comprender rápido dónde estoy parado. Pero cuando el gran foco que da giros completos haya desaparecido para nosotros ya no habrá tiempo; para mí y para mis preguntas. ¿Maruchi no te parece que… No no no. Me parece que todos quedan preñados todos! Solo eso! Cabeza agachada, mentón apoyado en el pecho sobre la tela sintética de la campera negra y brillante, las manos bajo los muslos sobre la silla en la que está sentada. Decir que su expresión es seria puede sonar serio y formal pero deforma su realidad; su cara es un ojete grande, unas ganas de estar así, una energía derrochada en estar enojada, como si se regocijara en eso. Yo no puedo decirle cómo deben ser las cosas, no le puedo decir hacia dónde debemos ir más allá de que tampoco yo lo sé más allá de que ella tal vez ni siquiera se pregunta eso. Algo a ella le molesta y me señala que es un estar preñado tal vez transgenéricamente; como un trueno en la oreja en la sordera transgenérica que me toma la oreja, el cuerpo la vida entera.
10 agosto, 2013
Un día de sol
A la mañana la habitación se puso de repente brillosa, ocupada por un blanco ceniciento agradable. Pero mucho más agradable era seguir durmiento aunque el día llamaba. Últimamente el pequeño lugar geográfico que nos ha sido destinado carece bastante de las caricias de Helios. No quería que llegara el mediodía y estar todavía echado entre frazadas, de modo que me senté en la cama en menos de treinta segundo estaba vestido. Oriné sin tirar la cadena. No me lavé la cara puse agua a calentar y subí la persiana de la sala de estar para que entrara la luz natural muy intensa a aquellas horas.
Levantarse de un modo antinatural significa encontrarse tirado sobre una avenida cuyo nombre se desconoce, atardece, anochece. Quién soy dónde estoy a dónde quiero ir... me desmayo, me descompongo. Todo es sumamente hostil, el pasar a gran velocidad de los rodados zumbando frenéticamente sobre el pavimento. Alguien anónimo se detiene y me mira, me pregunta si estoy bien, si me siento bien si puedo andar solo. Le pregunto qué día es hoy. Qué día es hoy anónimo? Solo sé que se está haciendo de noche, le pregunto cuál es mi nombre sabiendo que es absurdo preguntarle eso a un anónimo.
Tomo un termo de mate disfrutando del sol agradable que entra por la ventana y no va a durar mucho mientras pelotudeo en internet. Revisó el correo, escucho unos temas de Norah Jones en youtube y busco cosas absurdas en mercado libre. Estoy en el cementerio vacío con sol. Si salgo voy a estar en el cementerio vacío con sol que dura poco. Si me quedo ya no hay sol, no hay más se ocultó rápido tras alguna medianera altísima que nos rodea a todos. Y pasó rápido el mediodía porque me levanté tarde. Pero no hay que ser sumiso con los horarios o al menos tanto, porque es domingo. Preparo el almuerzo promediando la tarde. Unos bifecitos que compré en el supermercado, de mala gana, embandejados y enfilmados con sangre adentro de la bandeja que se movía como uno de esos niveles acuosos que usan los albañiles no sé si se llaman niveles de agua en vez de plomadas. Tiernos después de todo, sellados a fuego bien fuerte con abundante ajo picado, como dice siempre mi madre que le gustaba a mi abuelo. Luego sumo lo que hay por ahí dando vueltas. Unas cebollas crudas cortadas finas, media palta que había sobrado, un tomate que tardó como quince días en madurar y que lo logró lastimosamente, desarrollando con aptitud biológica inapelable una gangrena en el centro superior. Monto todo eso en unos panes tostados -pienso con la pasión de un enfermo mental que el sandwich es una invención lograda, de fondo- huelen bien, con mucha mayonesa para que se una todo como si fuese papel y boligoma, un americano barato con el último resto de soda y me lo zampo todo. Niam!
Después hago una siesta breve, innecesaria. La obertura es en la silla estilo de oficina con un hilo de baba que amenaza con trazar una profesía sobre la superficie de la madera de la mesa castigada de escrituras heterogéneas. Como un caminante nocturno sin conciencia, sin alma, algo animado informe me pongo de pie y me echo. Vuelvo a la avenida sobre los escalones, grandes mansiones dominan el entorno, los tonos blancos predominan. Desde el sueño golpeo hago que las cosas retumben que la sangre y el corazón golpeteen como tambores en mi cabeza cerca de mis sienes. Comienzo a despertarme yo mismo me despierto a mí mismo desde dentro, desde fuera, desde el sueño y la disolución y la desilusión que provoca siempre entender que las imágenes son solo fantasmas olvidables de las sombras de lo que tememos y deseamos.
Anochece y no hice nada. Es una mierda que piense algo que ya pensaba cuando era adolescente y comprendía que pensarlo no tenía sentido; que los domingos son bosta. Pero las excusas se pegan siempre a la piel como hormigas. Un sueño me saca de acá. Los depresivos se van a dormir porque el sueño los lleva a un lugar donde mueren o renacen despojados de sus viejas úlceras. Dios no quiere que nos vayamos del mundo por eso hace que olvidemos los sueños, si no los olvidáramos nos iríamos felices al desierto. Podría en este preciso momento detallar la hermosa arquitectura de las mansiones blancas y las avenidas curvas sin nadie pero de tráfico vertiginoso. Podría describir esas balaustradas blancas cuyo resplandor aún me aquieta. Dios hace que olvidemos los sueños para que solo él pueda pensarlos, recrearlos, y al olvidarlos nosotros el mundo o lo así entendido como real se siga moviendo.
Levantarse de un modo antinatural significa encontrarse tirado sobre una avenida cuyo nombre se desconoce, atardece, anochece. Quién soy dónde estoy a dónde quiero ir... me desmayo, me descompongo. Todo es sumamente hostil, el pasar a gran velocidad de los rodados zumbando frenéticamente sobre el pavimento. Alguien anónimo se detiene y me mira, me pregunta si estoy bien, si me siento bien si puedo andar solo. Le pregunto qué día es hoy. Qué día es hoy anónimo? Solo sé que se está haciendo de noche, le pregunto cuál es mi nombre sabiendo que es absurdo preguntarle eso a un anónimo.
Tomo un termo de mate disfrutando del sol agradable que entra por la ventana y no va a durar mucho mientras pelotudeo en internet. Revisó el correo, escucho unos temas de Norah Jones en youtube y busco cosas absurdas en mercado libre. Estoy en el cementerio vacío con sol. Si salgo voy a estar en el cementerio vacío con sol que dura poco. Si me quedo ya no hay sol, no hay más se ocultó rápido tras alguna medianera altísima que nos rodea a todos. Y pasó rápido el mediodía porque me levanté tarde. Pero no hay que ser sumiso con los horarios o al menos tanto, porque es domingo. Preparo el almuerzo promediando la tarde. Unos bifecitos que compré en el supermercado, de mala gana, embandejados y enfilmados con sangre adentro de la bandeja que se movía como uno de esos niveles acuosos que usan los albañiles no sé si se llaman niveles de agua en vez de plomadas. Tiernos después de todo, sellados a fuego bien fuerte con abundante ajo picado, como dice siempre mi madre que le gustaba a mi abuelo. Luego sumo lo que hay por ahí dando vueltas. Unas cebollas crudas cortadas finas, media palta que había sobrado, un tomate que tardó como quince días en madurar y que lo logró lastimosamente, desarrollando con aptitud biológica inapelable una gangrena en el centro superior. Monto todo eso en unos panes tostados -pienso con la pasión de un enfermo mental que el sandwich es una invención lograda, de fondo- huelen bien, con mucha mayonesa para que se una todo como si fuese papel y boligoma, un americano barato con el último resto de soda y me lo zampo todo. Niam!
Después hago una siesta breve, innecesaria. La obertura es en la silla estilo de oficina con un hilo de baba que amenaza con trazar una profesía sobre la superficie de la madera de la mesa castigada de escrituras heterogéneas. Como un caminante nocturno sin conciencia, sin alma, algo animado informe me pongo de pie y me echo. Vuelvo a la avenida sobre los escalones, grandes mansiones dominan el entorno, los tonos blancos predominan. Desde el sueño golpeo hago que las cosas retumben que la sangre y el corazón golpeteen como tambores en mi cabeza cerca de mis sienes. Comienzo a despertarme yo mismo me despierto a mí mismo desde dentro, desde fuera, desde el sueño y la disolución y la desilusión que provoca siempre entender que las imágenes son solo fantasmas olvidables de las sombras de lo que tememos y deseamos.
Anochece y no hice nada. Es una mierda que piense algo que ya pensaba cuando era adolescente y comprendía que pensarlo no tenía sentido; que los domingos son bosta. Pero las excusas se pegan siempre a la piel como hormigas. Un sueño me saca de acá. Los depresivos se van a dormir porque el sueño los lleva a un lugar donde mueren o renacen despojados de sus viejas úlceras. Dios no quiere que nos vayamos del mundo por eso hace que olvidemos los sueños, si no los olvidáramos nos iríamos felices al desierto. Podría en este preciso momento detallar la hermosa arquitectura de las mansiones blancas y las avenidas curvas sin nadie pero de tráfico vertiginoso. Podría describir esas balaustradas blancas cuyo resplandor aún me aquieta. Dios hace que olvidemos los sueños para que solo él pueda pensarlos, recrearlos, y al olvidarlos nosotros el mundo o lo así entendido como real se siga moviendo.
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