14 octubre, 2013

Tocame y llamame

 Un usuario de taringa cuenta que Marta Altesa es una joven bajista española que supo promocionar su trabajo y su destreza musical al punto de que los mismísimos Jamiroquai, o sus colaboradores, al descubrir sus videos la contactaron para que realizara suplencias en la banda de funk-rock. Esto es sorprendente. Es el sueño de cualquier fan o no fan, es el sueño de cualquiera. Pero lo que es grande en Marta es cómo más allá de los resultados buscados o no con sus videos logra una puesta en escena que la convierte en la reina pop del encandilamiento. Y ella lo sabe. Grande Marta! Dice un comentarista y luego una catarata de aprobaciones en todos los idiomas conocidos: Just fantastic,  ძალიან მაგარი ხარ !!! :) ძალიან სუფთად და გრძნობით უკრავ :) (podemos suponer que este de las cagaditas y gusanitos, como dice Adso de Melk a fray Guillermo en un pasaje de El nombre de la rosa, también es aprobatorio por el universal de la carita) muito linda tambem, complimenti veramente brava, that's it - my future wife is gonna play bass. "Tocame y llamame Marta dale!" Dan ganas de decirlo solo por diversión pero sería un chiste barato y sin justificativo alguno porque Marta es un vicio irresistible, una golosina que no empalaga nunca los sentidos y los ojos no pueden dejar de recorrer la piel tersa y el suave y preciso discurrir de las yemas de los dedos sobre el diapasón. Master Blaster es más Master Blaster que nunca con Marta a la cabeza, y no sobrevive, ni la risa de marfil nonotemático de Steve Wonder ni ese teléfono con el que en un limbo de imágenes envejecidas intentaba llamar a su amante y decirle que la amaba.    

12 octubre, 2013

Baila danza

 Hoy encontré un material que ya me gustaba antes de que lo hubiese visto y escuchado. Esto porque hace mucho tiempo que escuchando a la banda de rock semielectrónico Radiohead postergo cierto deseo y cierto discurrir sobre sus derrames. Pero este tema Ingenue de Atoms For Peace, una especie de ramificación de hacer lo que se tiene ganas de hacer, de Thom Yorke, me hace detener unos momentos en montañas de expresión.
 Tal vez el organismo se deprima porque recibe todo masticado como se lo dan; si el alimento es bueno lo aprovecha y si es malo sale completamente dañado. Pero, saliendo de dentro de él yuxtapuesto, superpuesto repitiendo al organismo y en esa doble apariencia siendo un resultado heterogéneo de sí mismo, está el cuerpo. El cuerpo no se pone triste al menos no del modo en que se pone triste el organismo. El organismo no está hecho para soportar la danza y la belleza de la piel; no puede alimentarse o tomar como combustible lo abstracto. El cuerpo, la danza y la poesía conforman una misma lengua o una misma exploración o para los no fanáticos de Radiohead, un mismo intento. Cuando Thom Yorke danza con la bailarina Fukiko Takase hay varios de los aspectos que siempre me han entusiasmado y atrapado de Radiohead.   
 Primero la ausencia de paisaje, esa especie de desierto que es el escenario, el silencio inexpresivo pero a la espera de lo que tiene que ocurrir, como dice Deleuze en sus clases sobre pintura: la catástrofe. Entonces todo se va poblando de movimientos y de música y todo el fondo blanco es ametrallado de abstracciones que van haciendo germinar sobre él el tiempo de una caricia o de dedos que señalan lugares. Torsiones y partos de contorsiones y juegos de simetrías entre los cuerpos que despiertan desde dentro de su reflejo y más tarde se van a dormir y a soñar adentro de su reflejo.
 El frente vacío e iluminado de estrellas que son meros artificios pálidos. Atrás el blanco-gris del fondo liso que la electromúsica ametralla sin hacer visibles traspiés ni abolladuras. Sin cielo, y el piso es un lecho frío donde las manos de una mujer reverberan y acarician el desasosiego.
     

25 septiembre, 2013

La locura de la luz

Génesis

 Al principio era el verbo. El verbo y la luz. Las pantallas y los teclados. Nuestras vidas y las imágenes de nuestras vidas y los prejuicios que nuestras vidas imaginadas despertarían y lo que de ellas, aunque fuera un vestigio de realidad, se celebraría. 
 La madre tiene la computadora portátil de la hija en brazos casi como si la arrobara. Esa nett toda decorada de stikers brillantes, alza su dedo como si fuese un dedo que funda y que nombra las cosas -en el segundo o tercer día de la creación-; las piedras, los riachuelos, los ríos, las montañas, los precipicios, las cuevas, los volcanes. Solo la madre tiene -como afirmará más abajo- la contraseña, porque después de mil idas y venidas, después de tantos desacuerdos y desaciertos y esperas y promesas dijo la madre que se usaría con su autorización y nada más y supervisando cada paso, cada clic. La pantalla parpadea hace pac y se apaga y está cerca detrás de la hija que puede desaparecer en la pantalla en cualquier momento y pasar el muro y ya no volver. 
     
Multiplicaciones

 Aquella vez yo te había dicho, dice la madre, que me parecía mal que vos aceptases gente así como así y después… (ojos que se desorbitan, pupilas que se dilatan). La amiga del mundo de acá dice que ella tiene novio en este mundo y que no busca nada en el mundo de la luz. Tratamos de seguir la conversación que por momentos se parece mucho a una indagatoria y no se escucha nada. Apoyamos la oreja en la boca de la madre y admiramos el dedo que se alza como si fuese el dedo de Deus en el fresco famoso de la Capilla Sixtina, seguimos las líneas del dedo que termina en una uña delicada y limpia y estudiamos sus arrugas que no son de vejez sino de los misterios de la carne. Es el ruido del ambiente y de las imágenes lo que no deja oír, de los mil amigos o de los cuatrocientos y tantos amigos desconocidos, son ellos, a los que dice la amiga de acá que en el mundo de la luz les habla y cuando se ceban un poco los corta pero que nunca llega a tener encuentros reales. Son como miles de naipes que danzan en nubes, que vuelan por los aires y en cada naipe una cara y un nombre que pasan a velocidad sideral. Las redes han sido inventadas parece para atrapar peces y personas, insectos en el caso de las arañas. Llanto de la madre al tomar conciencia de los peces agonizantes que salen de su boca. Isopado. Esperar los resultados. Ahí le hicieron también isopado. El isopado lo dirá. (Muestras que se toman a los damnificados a los sospechados de haber sido abusados). Bajo la uña sangre, un poco de sangre en la ropa. La madre lloriquea un poco más mientras intentan calmarla. El médico tiene puesta una de esas máscaras típicas que se usaban en el siglo XIV cuando la Peste Negra asoló Europa hasta reducirla. Es impresionante el porte de la máscara, no tiene los detalles de las máscaras venecianas que la hubieran endulzado un poco, ni un solo vivo color. Es a un solo tono bien mate el beige del cuero maciso. Por el centro superior del pico se ve una gruesa costura que recorre también lo que serían las comisuras del pico bien cerrado, está bien montada en la cara del médico la máscara como si fuese una natural extensión de su cuerpo. Se agarra a la cabeza por un par de tiras idénticas al material con que está hecha la máscara que están fuertemente unidas al cuerpo principal por remaches de bronce gastado. Las dos tiras se ajustan por sus extremos como un cinturón por la parte posterior de la cabeza, a su vez hay una tercera tira auxiliar que recorre la parte superior de la cabeza y que une las dos tiras con la parte frontal de la máscara asentando perfectamente todo el conjunto. Detrás de las dos aberturas con vidrio se ven los ojos del médico reales pero inexpresivos, claros y fríos. La madre recibe bien ese intento de consolarla, le dice a la amiga de acá que está bien que no se enoja con ella ni le hecha la culpa solo quería saber por qué aparecía el nombre de ella, o sea de la amiga de acá en la nett de la hija. La amiga de acá no tiene respuestas precisas solo sabe que la madre no quería que su amiga de acá saliera con un chico que había conocido en el mundo de la luz. Pero que su amiga de acá le había jurado que lo iba a seguir viendo costara lo que costase, sí, asentimiento de la madre, como si supiera o confirmara todo lo que la amiga confiesa como si esas confesiones fuesen frívolas. La amiga de acá se aleja sola entre las máscaras que se fugan alrededor suyo con su paso cansino se empequeñece en el pasillo larguísimo. Como viento visible alrededor suyo también pasan chicos y chicas con máscaras y maquillaje. Narices de payaso, máscaras venecianas la mayoría versiones de arlequines o pierrot, si no las ojeras bien negras los rostros completamente cubiertos de pinturas de diferentes colores. Pelucas como las que usan los otaku casi largas hasta la cintura y de tonalidades inverosímiles. Un chico está vestido de cowboy con una peluca de color rosa, lacia y con flequillo. Una chica tiene dibujada en su rostro una boca toda deforme y destrozada sangre chorrea de sus ojos negros que parecen dos agujeros. Otros están encapuchados y dejan ver rostros pálidos y enfermizos como el Emperador de Stars Wars que mandaba todo el Lado Oscuro. Otras chicas se maquillaron el rostro como ositas y se colocaron vinchas que mantienen a los lados de sus cabezas dos orejitas bien erguidas. Todo esto entre corridas y gritos y grupitos de disfrazados que bajan escaleras o suben escaleras porque se olvidaron algo para ultimar un detalle fundamental. Otra vez, por segunda vez le preguntamos a la madre si la chica está con ella y la madre levanta su brazo con su dedo extendido como Dios en la Capilla Sixtina y nos pide que esperemos casi sin mirarnos. Mientras el médico hace que su voz emane desde dentro del pico y su voz apagada pero potente -tétrica- le explica todo lo referido al lenguaje y cómo las palabras marcan a los hijos. El imperativo para el médico es que no le diga más que se parece al padre, a ese padre que no ha conocido. A ese padre embustero. Agujero negro que se está comiendo todo desde hace tiempo, ahora lo podemos sentir. El padre agujero negro que absorbe la materia, la deglute y la reabsorbe nuevamente como las estaciones que vuelven incesantemente, un proceso que se reactiva sin interrupción. 
 Ahora la madre investiga en las redes en el mismísimo mundo de la luz sobre la desaparición y reaparición de la hija en estado de semi-inconciencia en las inmediaciones de Parque Roca. Pero dice que no se hace ilusiones de encontrar pistas allí, si todo el tiempo que su hija estaba en el mundo de la luz lo hacía bajo su estricta supervisión, es más, enfatiza la madre, yo solo yo tengo la contraseña para ingresar. Ese dicho de la madre había más arriba provocado que la amiga de acá hiciese o mejor, dejase escapar, una cierta muequilla escéptica con los labios. Los otros que escuchaban se ensimismaron y se llamaron a silencio. Por qué la madre obviaba de ese modo que la hija multiplicaba sus identidades y cuentas en el mundo de la luz, donde la polimorfía la dominaba como a tantos otros. Sexos, géneros, gustos, perfiles, avatares, apodos y todo lo demás. Las últimas palabras del médico antes de retirarse fueron que el lenguaje tiene un poder que ella como madre debería bien-utilizar. Y que la cura de la hija sería larga y penosa pero factible.
 El mundo de la luz asoma como un gran Amazonas, como un gran jardín imposible. El Edén solo se parece a éste porque allí es donde todo se origina. Alguna vez despertamos y vimos en derredor y descubrimos la maravilla que es el mundo; al otro día despertamos y descubrimos lo que había salido de dentro nuestro. El organismo, el cuerpo, la costilla, la mujer etc. 
 El otro/otra salió de las entrañas y ya fueron dos en el gran Jardín. Pero esta virginidad -la del mundo de la luz- es imposible porque es impenetrable, es tupida como ninguna otra selva real, es repelente y esquizofrénica como ninguna otra creación. Y por ello mismo es la máxima productora de espesura, de pétalos bajando, flotando, banboleándose sin sentido para donde los lleve la corriente a veces maldita, a veces benigna de todas las especies que pueblan el Jardín.   

   
          
               

22 septiembre, 2013

Llantos de perros humanos

 Hace unos minutos que abajo en el patio la perra está llorando porque está sola; los dueños han de estar visitando familia, o uno trabajando y el otro descansando con quien sabe quién. La perra llora.
 Hace unas horas que abajo en el patio está llorando la perra, sí, no estoy seguro si son instantes u horas. Cuando me fijo en esos llantos prolongados con esa frecuencia de agudos que solo una perra triste puede lograr no estoy seguro si hace horas o días que convivo con ellos. 
 En los últimos días me sentí enfermo y casi no salí. Al fin tuve que hacerlo porque necesitaba comprar alimentos. Frutas, verduras y un poco de cerveza. Me senté en la mesa y bebí unos sorbos planificando la cena en relación a las cosas de que disponía. Sin darme cuenta me lancé a una pendiente vertiginosa de ilusiones apasionadas en las cuales rehacía mi vida y estaba sentado en la mesa de un bar. Una mujer frente a mí, unos ojos que se reposaban sobre mí compasivos, amorosos. Y me confesaba. Sin aviso me ponía a llorar, no podía parar de llorar. Quería explicarle pero el moqueo no me permitía hacer demasiado manejo de mis facciones y mis palabras. Ella paciente. Yo lloroso. Y, entonces, me desperté de ese sueño despierto, llenos los ojos de lágrimas, los brazos apoyados en la mesa poco después de preguntarme qué podía cenar... Y la perra abajo lastimosamente lloriqueando porque la dejaron sola todo el día. Me enjugué las lágrimas y las pupilas saturadas y lance unas cuantas carcajadas porque me pareció que todo estaba sintonizado como un gran concierto o como un cosmos. 

14 septiembre, 2013

Los cuadros blancos

 Subimos las escaleras mecánicas del museo. Los laterales de las escaleras mecánicas tenían pegados en una operación de supermarketing, esa sintomatología de la enfermedad de Kusama. Esos círculos rellenos que infectaban todo el museo. Los vidrios laterales de las escaleras estaban cubiertos de esos círculos de diferentes tamaños, sobre todo en sus versiones gigantes. Bien colorados e iguales entre sí. La gente que se pegaba en sus rostros y en sus pechos tales stikers de colores no parecía estar convencida de que aquello era como permitir que la obsesión infinita de Kusama se les trepara y adhiriera a la carne. En la planta alta se desembocaba en una pared blanca que presentaba en caracteres gigantes de tonos negros y grises, la muestra, con su título y el nombre del artista y también de los curadores con apellidos y nombres occidentales. A la izquierda una gran abertura con un telón grueso de color azul nocturno que todo el mundo corría con desparpajo y que hacía las veces de gesto de apertura a la muestra. Lo primero con que se topaba el espectador de frente era una pantalla sobre la que se proyectaban una serie de fotos. Una mujer, -trayecto de la vida privada de la artista?- vestida con un kimono de tonalidad rosada parada en una calle de suburbios. Llevaba un protector de sol típico que hacía pieza con el kimono. En otras fotos se veían también paisajes suburbanos, unas chimeneas, un conjunto de refinerías, unas calles vacías, luz. Al doblar, una primera sala de relevancia, una serie de cuadros dispuestos en ele. Una serie de abstracciones, algunas astronómicas. Temperas acrílicas de tonos parcos y rojos hacían sangrar los papeles y cuyas implosiones quedaban contenidas por los vidrios en que estaban enmarcadas. La mayoría de estas pinturas producidas en la década del `50. En la sala contigua, o mejor dicho en el espacio contiguo de la misma sala, había cuadros de mayor dimensión, los típicos formatos que pinta kusama en la actualidad. Por el centro, que funcionaba a decir verdad, como un simple paso, estaba el cuidador todo vestido de traje azul marino desaliñado y pulcro. Era un joven de frente muy amplia peinado a la gomina con rulos sedosos a la altura de la nuca y semicalvo en el centro de la cabeza. De tez muy blanca, daba la sensación de estar maquillado como un mimo pero al mirarlo con detenimiento se notaba que era natural el tono de su piel que refulgía por sobre lo azul de su traje. Se mantenía serio como conteniendo una risa de clown. Bebitaryu que estaba cerca nuestro no paraba de danzar cerca de los cuadros blancos de kusama y por unos instantes creímos que el cuidador le avisaría que se estaba acercando demasiado. Bebitaryu balanceaba su espalda casi rozando una de las aristas de más de un metro de longitud y a casi un metro del suelo. Los ojos frenéticos del cuidador brillaron sanguíneos sobre el fondo de los grandes cuadros minimales y blancos de kusama sin nadie viéndolos. O sea, la gente pasaba como si nada a unos pocos metros de los cuadros al acrílico blanco que eran cuatro portentosos cuadros y esto es completamente del orden de lo imaginativo, pero los cuadros, se ensanchaban aún más en el espacio blanco al no querer ser vistos por nadie como acrecentando, engrandeciendo, su condición mínima. Su carácter de mapeo, de registro, de huella, de diagrama vacío. Blanco sobre blanco; manchas pequeñas blancas sobre gran fondo blanco. En el espacio anterior se abarrotaban los visitantes y los clic de las máquinas para registrar las acuarelas abstractas, las nebulosas de colores y las noches rojas florecientes. Y aquí, en el centro blanco, vacío bajo cero del viento antártico abrazando la multiplicación de huellas de aves que caminaban por el fondo blanco que alguna vez olvidada fue fondo porque en el presente del cuadro el fondo se cubría por las figuras que eran un poco el fondo. Por el ejército de huellas que se entretocaban que no estaban ordenadas como un ejército ordenado y que eran de cerca las huellas de pequeños pinceles agarrados con devoción como cuando se ve a Kusama inclinarse sobre esos paneles gigantes como si le rezara a espíritus monocromáticos en su taller o en su templo.   

11 septiembre, 2013

El carretel de tía

 Cuando me siento muy muy triste -dijo- es porque una oscuridad está creciendo dentro de mí. Carraspeó, y pidió disculpas, quise decir cuando un carretel de tía Iris está creciendo dentro de mí. Quiero hablarles sobre un cuento publicado en el año 1978 escrito por Marta Giménez Pastor.
 En el auditorio nadie le iba a decir nada, en ese ambiente de intelectuales, algunos académicos consagrados, poetas y escritores y estudiantes que conformaban en este tipo de eventos al pueblo, a la muchedumbre que avivaba la instalación y lubricaba el decorado semiamargo. Cuando el poeta empieza a leer empieza a parlotear las palabras, las palabras bailan de un modo inexorable en su boca. Su boca tiembla eso se ve. El poeta no puede ya decir algo sin que unas ganas de llorar imposibles se desaten y va a llorar va a llorar. Autorreferencia, doblar el dicurso y que las palabras como un alambre y la sombra proyectada de un alambre se junten y casi se toquen. Llorará e inundará el auditorio al hablar del carretel que tía sacó. 
 Y cuando tía sacó el carretel primero comenzó siendo una madeja y luego un hilo de agua. Después un grueso hilo de agua y después el resto de un riacho que crecía y de repente toda la casa estaba inundada. Los chicos como locos, apenas la vieron entrar sospecharon que algo se traía entre manos. Tía siempre los sorprendía. Tía inundó la casa. Tía los hizo navegar en el cajón de una cómoda y hasta la nena pescaba y el nene comandaba el bote. Todo estaba lleno de ese agua mágica que parecía que no mojaba pero que sin embargo llenaba todo el espacio y hacía que todo se viese como un mar; por arriba divertido y simpático con la espuma pero por abajo las corrientes los podían arrastrar hacia adentro levantando todas las sospechas de lo que no se puede ver. Detrás de la dulzura de tía, de la felicidad de los chicos porque los padres salían y tía se quedaba a cuidarlos había una zozobra. En aquel exceso del agua del carretel difícil de controlar, ese carretel que el gato había puesto fuera de control dándole uno de esos manotazos esponjosos y superveloces que dan los gatos a las cosas con las que juegan. La angustia de algo que se iba de las manos y que desconcertaba; cómo tía se mantenía indiferente ante el exceso y la posibilidad de abrir el infinito sin más. Y los niños totalmente jocosos idos en el puro entretenimiento. Pero como es un cuento para niños tiene final feliz. 
 El expositor hizo un silencio prolongado, pidió de nuevo disculpas y se sonó la nariz, miró la botella de agua mineral, miró sus papeles y sin mirar otra vez la botella la tomó con una mano y bebió dos tragos cortos. Y continuó. 
 Supongo que tía al fin descubre un extremo de la madeja y enrrolla todo otra vez y cada vuelta de hilo es como si se absorbiera el agua en un piletón lleno al que se le quita de pronto el tapón, cada tirón absorbe un tramo, un cause de hilo. Solo falta un gran remolino de agua que haga girar todo de una buena y violenta vez, pero aquí no se oculta ninguna catástrofe. 
 Y aquí, en el recinto, donde todos atentamente escuchan a los expositores no era que iba a llorar que lloraría y lo llenaría todo? Va a llorar y lo va a inundar todo de un modo tan patético que deberán evacuar la sala de conferencias. La alfombra impecable de tono celestito se echará a perder con el río de lágrimas y las sillas tal vez por ser de plástico floten. Al principio cuando el agua les cubra los zapatos se pondrán de pie sin entender, luego cuando el agua provoque un cortocircuito de luces y sonido alguien se asustará. Al primer grito sobrevendrá el pánico, los tropiezos algún empujón, porque la puerta no es tan ancha para que salgan por ella muchos cuerpos a la vez. Sin importar si son intelectuales o gente de la calle, como se suele decir, quedará bien evidenciado que todos son muy torpes y relentos a la hora de evacuar una sala.         
    

24 agosto, 2013

Lagarto

 En un estado de energía puro me dijo, rompió el aire al decírmelo, que yo era un lagarto y no debía meterme. Y vos qué te metés lagaartoo!! Todo porque yo transitaba un interminable pasillo hecho cenizas y me había atrevido a decir al aire con soltura que alguien, un amigo, la ayudaba. 
 Eso fue después. Algunos días antes estábamos en muy buenos términos con Maruchi. Comenzaron a lloverle las preguntas como en una entrevista donde ella estuviese dando un informe detallado de la situación social. Una puesta de las políticas de reproducción tan candentes, tan desconcertantes de lo que se vive, de lo que no se entiende o de lo que se entiende mal. Pero había sido ella la que había abierto el clima de máxima tensión del problema social: para qué nos… y hacia dónde nos… reproducimos. Su tesis, si oí bien, era que todos quedan preñados.
 Todos quedan preñados, sí, todos quedan preñados –cabeza gacha, fiebre, frío, temor disimulado por la afirmación- , todos, o sea todos quedan preñados. No duda.  ¿Distingue géneros habla de todas o de todos? ¿Se lo aplica a un todos abstracto o a un ellas muy concreto? Inclina su cabeza hasta que no puede más, parece que no quisiera o no pudiera mirarme. Más tarde concluyo que es la fiebre de aquel día la que le da ese rapto dulce de sociabilidad inexplicable. Pero todo tiene límites. Por eso no me mira a los ojos y casi pega su frente contra la campera inflable ajustada al cuerpo fibroso de color negro mate, la campera.
 Pero uno puede elegir qué hacer a cada momento, podés elegir esperar podés decidir si lo vas a hacer ahora o lo vas a hacer más tarde. Podés crecer y educarte ver qué cosas te interesan más y compartir con tus amigos. Ayudar a tu familia y esforzarte para que las personas te amen y te tengan más confianza. No -dice-. T o d o s quedan preñados -agrega-. Todos -continúa- los hermanos y todas las hermanas quedan. Cada uno de sus no es como un cuchillo inoxidable de hoja tibia y mi discurso como un pan de manteca expuesto al acero. La palabra todos es un gran problema, no logro entender qué dice cuando la pronuncia, para colmo si le pido que pronuncie con cuidado se puede enojar y no dirigirme la palabra durante horas. La conversación aquella quedaría patas arriba o patas cortadas, al igual que si se le arrancaran de un tirón fuerte las piernitas a un pollo. Y los funcionarios que trabajan en el lugar cortan y redefinen la obra interminable, obra inservible.  Amarilla, sospechosa y reluciente por donde se la mire. Cortan caños con una moladora. Cada vez que el sonido ensordecedor de las máquinas cesa uno o dos minutos aprovecho para que Maruchi me repita esa parte que no entiendo porque como ella tiene la cabeza hundida en el pecho es imposible leerle la boca carnosa morena y aleonada. Los labios pegados a la campera negra vuelven a pronunciar esa parte que se parece y no se parece a un todos. En fin, que quedan preñados eso está claro. Sus palabras me causan un gran desasociego no sé decirle hacia dónde va el mundo, porque parece que nos movemos en algún sentido parece que vertiginosamente vamos hacia algún lugar, Maruchi lo percibe y eso hasta le genera cierta angustia (inconfesable). Han cesado por fin los ruidos de los funcionarios que realizan lo irrealizado o irrealizan lo postergado y quizá añorado. Maldigo el momento en que todo ha callado o mi falta de inspiración en estos momentos en que debería saber tocar el resorte correcto que haga emerger el iceberg del asunto social.  El pasillo está desierto es, de pronto, como un gran faro que da vueltas e ilumina un trecho por instantes y evita que nos perdamos. Ese instante es el que me concede para que pueda comprender rápido dónde estoy parado. Pero cuando el gran foco que da giros completos haya desaparecido para nosotros ya no habrá tiempo; para mí y para mis preguntas. ¿Maruchi no te parece que… No no no. Me parece que todos quedan preñados todos! Solo eso! Cabeza agachada, mentón apoyado en el pecho sobre la tela sintética de la campera negra y brillante, las manos bajo los muslos sobre la silla en la que está sentada. Decir que su expresión es seria puede sonar serio y formal pero deforma su realidad; su cara es un ojete grande, unas ganas de estar así, una energía derrochada en estar enojada, como si se regocijara en eso. Yo no  puedo decirle cómo deben ser las cosas, no le puedo decir hacia dónde debemos ir más allá de que tampoco yo lo sé más allá de que ella tal vez ni siquiera se pregunta eso. Algo a ella le molesta y me señala que es un estar preñado tal vez transgenéricamente; como un trueno en la oreja en la sordera transgenérica que me toma la oreja, el cuerpo la vida entera.     
                                                   

10 agosto, 2013

Un día de sol

 A la mañana la habitación se puso de repente brillosa, ocupada por un blanco ceniciento agradable. Pero mucho más agradable era seguir durmiento aunque el día llamaba. Últimamente el pequeño lugar geográfico que nos ha sido destinado carece bastante de las caricias de Helios. No quería que llegara el mediodía y estar todavía echado entre frazadas, de modo que me senté en la cama en menos de treinta segundo estaba vestido. Oriné sin tirar la cadena. No me lavé la cara puse agua a calentar y subí la persiana de la sala de estar para que entrara la luz natural muy intensa a aquellas horas. 
 Levantarse de un modo antinatural significa encontrarse tirado sobre una avenida cuyo nombre se desconoce, atardece, anochece. Quién soy dónde estoy a dónde quiero ir... me desmayo, me descompongo. Todo es sumamente hostil, el pasar a gran velocidad de los rodados zumbando frenéticamente sobre el pavimento. Alguien anónimo se detiene y me mira, me pregunta si estoy bien, si me siento bien si puedo andar solo. Le pregunto qué día es hoy. Qué día es hoy anónimo? Solo sé que se está haciendo de noche, le pregunto cuál es mi nombre sabiendo que es absurdo preguntarle eso a un anónimo.
 Tomo un termo de mate disfrutando del sol agradable que entra por la ventana y no va a durar mucho mientras pelotudeo en internet. Revisó el correo, escucho unos temas de Norah Jones en youtube y busco cosas absurdas en mercado libre. Estoy en el cementerio vacío con sol. Si salgo voy a estar en el cementerio vacío con sol que dura poco. Si me quedo ya no hay sol, no hay más se ocultó rápido tras alguna medianera altísima que nos rodea a todos. Y pasó rápido el mediodía porque me levanté tarde. Pero no hay que ser sumiso con los horarios o al menos tanto, porque es domingo. Preparo el almuerzo promediando la tarde. Unos bifecitos que compré en el supermercado, de mala gana, embandejados y enfilmados con sangre adentro de la bandeja que se movía como uno de esos niveles acuosos que usan los albañiles no sé si se llaman niveles de agua en vez de plomadas. Tiernos después de todo, sellados a fuego bien fuerte con abundante ajo picado, como dice siempre mi madre que le gustaba a mi abuelo. Luego sumo lo que hay por ahí dando vueltas. Unas cebollas crudas cortadas finas, media palta que había sobrado, un tomate que tardó como quince días en madurar y que lo logró lastimosamente, desarrollando con aptitud biológica inapelable una gangrena en el centro superior. Monto todo eso en unos panes tostados -pienso con la pasión de un enfermo mental que el sandwich es una invención lograda, de fondo- huelen bien, con mucha mayonesa para que se una todo como si fuese papel y boligoma, un americano barato con el último resto de soda y me lo zampo todo. Niam!
 Después hago una siesta breve, innecesaria. La obertura es en la silla estilo de oficina con un hilo de baba que amenaza con trazar una profesía sobre la superficie de la madera de la mesa castigada de escrituras heterogéneas. Como un caminante nocturno sin conciencia, sin alma, algo animado informe me pongo de pie y me echo. Vuelvo a la avenida sobre los escalones, grandes mansiones dominan el entorno, los tonos blancos predominan. Desde el sueño golpeo hago que las cosas retumben que la sangre y el corazón golpeteen como tambores en mi cabeza cerca de mis sienes. Comienzo a despertarme yo mismo me despierto a mí mismo desde dentro, desde fuera, desde el sueño y la disolución y la desilusión que provoca siempre entender que las imágenes son solo fantasmas olvidables de las sombras de lo que tememos y deseamos. 
 Anochece y no hice nada. Es una mierda que piense algo que ya pensaba cuando era adolescente y comprendía que pensarlo no tenía sentido; que los domingos son bosta. Pero las excusas se pegan siempre a la piel como hormigas. Un sueño me saca de acá. Los depresivos se van a dormir porque el sueño los lleva a un lugar donde mueren o renacen despojados de sus viejas úlceras. Dios no quiere que nos vayamos del mundo por eso hace que olvidemos los sueños, si no los olvidáramos nos iríamos felices al desierto. Podría en este preciso momento detallar la hermosa arquitectura de las mansiones blancas y las avenidas curvas sin nadie pero de tráfico vertiginoso. Podría describir esas balaustradas blancas cuyo resplandor aún me aquieta. Dios hace que olvidemos los sueños para que solo él pueda pensarlos, recrearlos, y al olvidarlos nosotros el mundo o lo así entendido como real se siga moviendo.             

28 julio, 2013

La espuma en un vaso de cerveza

 La madre parecía mujer de pocas palabras. Ese anochecer prematuro por ser aún invierno fue la segunda y última vez que la vi, a la madre. Todavía conservaba cierta belleza, al punto de estar en pareja -pese a tener su carne ya un tanto ajada- con un hombre veinte años más joven. Sacó un vaso de la alacena, un vaso transparente de boca ancha y no muy alto, lo apoyó sobre la mesa de fórmica anaranjada. La casa estaba limpia. Era una casa sencilla en el conurbano con algunas avenidas raquíticas asfaltadas y muchas calles interiores de tierra, pocos árboles, casas de material que se habían terminado con lo justo. Su casa carecía de estilo, sin decoración interior, parecía cómoda. Parecía vacía. 
 Creo que esa tarde cuando la acompañé a hacer las compras para merendar el almacenero la miró pícaro y le preguntó cuándo se iba a casar... Ella le mostró la amplitud nácar de sus dientes de su boca roja de su mirada evasiva y provocadora de cierva joven y bella.   
 Se sintió el tin prolongado y metálico del envase de cerveza chocando sobre el borde de los vasos y el líquido ambarino llenándolos con convicción. El primero para Eduardo que estaba seguramente echado en la cama mirando tele en el cuarto de la madre que cuando ellos dos no estaban se cerraba con llave. Otro vaso para ella misma otro para mí otro para la hija. Todo esto lo hizo, la madre, al mismo tiempo que preguntaba si nosotros queríamos. No me dirigía mucho la palabra pero me invitaba a tomar cerveza en su propia casa y casi no me conocía. O ya creía conocerme y eso le gustaba. Un rato antes yo había estado a oscuras en la habitación de su hija intentando desnudarla y fallando. Apenas había logrado lamer sus pechos con una desesperación casi ridícula mientras se escuchaba la tele en el living y ella riendo de un modo que me exitaba más aún dialogaba con su abuela de una habitación a la otra. La abuela no sabía. Pero el líquido sí había entrado en el vaso. La sustancia con su delicia ambarina llenaba el vaso y una capa de espuma ascendía y se asentaba casi sobrepasando el borde. Eso hacía la madre; eso hace una madre cuando vislumbra. El silencio era atravesado por lo que vertía en el vaso. El silencio se llenaba de líquido que subía como una fuente que se iba llenando y arriba florecía la espuma y las ganas de abalanzarse se podían contener porque era agosto y lo que calentaba no hacía urgir el hambre y la sed. Ella daba vueltas a mi alrededor pero en el momento en que la madre apoyaba la Quilmes sobre el vaso de boca ancha se había sentado; expectante. La turbulencia ambarina en el vaso, revolviendo desde el fondo y llenando de líquido el vaso y las burbujas subiendo y entrechocando entre sí. El vaso lleno, estable, lleno de repente, lleno y listo. El color aclimatado y desde el fondo no paraban de subir las burbujas que se pegaban a la espuma como en natural cópula y desaparecían.
 Ella ya no estaba en la cocina. La madre no me daba charla. Sus movimientos me distraían y dinamizaban la escena, le imponían a la escena la energía para que nada de la noche se opacara. Y como yo no sabía charlar aún, la luz palidecía a cada rato. Ella, en el baño se miraba al espejo y retocaba la carne de su boca hermosa, amplia, juntaba sus labios y hacía resbalar el lápiz labial en la carnosidad de su boca, no la veía en ese momento pero lo podía adivinar. Después nos fuimos a la noche. Después la madre juntó los vasos con las sobras de la cerveza que habíamos tomado. Aunque estaban juntos los vasos sabía cuál era el mío. Solo espuma había dentro del vaso. Fuerzas extrañas se anclaron en aquella madre lectora, a la sombra a la noche, cuando se disponía a lavar vasos y a leerlos; la borra de los vasos. Porque la espuma, tenía muchos dibujos para devolverle a una madre que no era en ese momento, ya, precisamente una madre. La espuma le devolvió todos los signos y todas las destinaciones que me señalaban. Todos los hijos no natos suspensos con sus bracitos semiextendidos en gigantes frascos de formol detenidos en el tiempo y flotando en líquidos verdosos. Todas las familias infértiles y los hijos de los hijos de los hijos, imaginarios. Como la tierra que había estado yo pisando para llegar a la casa en aquel barrio del sur. Seca, apisonada, fácilmente volátil. Los pibes esos en la esquina raquítica desértica, esa hostilidad en las miradas, unos meses antes me habían corrido a botellazos limpios. Pero la había ido a buscar igual, vacilando las piernas pero sin miedo en la cabeza. Intentaba, a ella, amarla.    


   

24 julio, 2013

000 día

 Había anochecido ya y la calle estaba empapada. No llovía. Sí... era una lluvia pulverizada menos, todavía, que una garúa, es decir ni siquiera se sentía en el rostro el agua. Pero se notaba en la oscuridad azulada del asfalto porque hacía días que la humedad no aflojaba. En la esquina me detuve con las bolsas cavilando risueña en el excelente departamento de marketing del club día y me pregunté cuál sería el estatuto de un ejército semejante. El ejército de los 12 días. Las ahorristas autoconvocadas que con su tarjeta roja con su fucking tarjeta roja engarzada en el llavero desestabilizarían la economía local. Provocarían desabastecimiento porque con poca plata habrían hallado la fórmula de oro, la diagonal capaz de llenar todas las alacenas, para convertir unos magros pesos y unas cuantas bonificaciones -del 15% si lleva más de tres del 10% si lleva dos iguales y del 25% en frutas y verduras- en los días finales en que ya todos somos espectros. 
 Acumulan en sus locales clandestinos montañas de productos que se llevan con todo derecho de todas las cadenas. No hay tarjeta, no hay negociación ni sobredosificación que las aguante a estas ahorristas expertas! Han encontrado la fórmula del ahorro y es demasiado tarde para ponerle un freno a todo esto; esto ha derrapado. Los tomates no alcanzan a madurar y el pure en sus envases tetrabrick es una fiesta. La góndola se queda cerca de las heladeras zumbantes, temblorosa, y vaciada toda espolvoreada de harina para todos los usos 000.   
 Parada en la esquina y con las bolsas caídas me quedo mirando en derredor mío. El ejército de los 12 días me conmueve; soy una más. Dentro del bar distinguido, a través de los vidrios limpios las veo. Finjen ser novias, finjen citarse por primera vez con sus futuros novios o maridos, se hacen las santas. Pero en realidad militan para la causa de ahorrar y destruirlo todo de una buena vez. A pocos metros casi al lado del contenedor de basura que rebosa, bajo unas frazadas de cartón un bulto duerme una larga siesta de vino rancio. Las bolsas grandes y medianas, lo que se recicló y se mezcló se desperdiga y se apelotona dejando huella tras huella de hedor. No se ven las rendijas, no se ven las junturas de las baldosas porque la mugre sella las veredas y se pone a la altura de los cordones que quedan disimulados por botellas aplastadas, cáscaras distorsionadas, pañales apelmasados, ropas hechas un bollo, cosas irreconocibles, quemadas. Restos de lo que hacía unos días era un plato de comida. 
 Respiro profundo y levanto las bolsas del suelo, las bolsas abarrotadas de productos de primera necesidad. De mi boca salen unos espesos halos de vapor que se contornean en el aire y resplandecen de azules breves. El empedrado está desierto. Pasa una 4x4 a paso de hombre con los focos altos alumbrando, deteniéndose cada tantos metros como si buscara una persona o un lugar. Luego, sobre la persiana de un negocio cerrado y hasta abandonado, lo veo. El decollage. La humedad de los últimos días y el agua revoleándose imperceptible como un vaporizador han trabajado todo ese material adherido a la persiana. Trozos de cartón y afiches se han ido desprendiendo, se han formado agujeros que parecen hechos por un dedo entrometido y que han dejado a la vista capas de capas. El farol de la calle ilumina por unos segundos un ojo -de un personaje de la política?- que se apelmasa abajo entre rojos y negros. Sigo una línea roja un trazo que sin estar parece avanzar en el espacio como una diagonal nítida. Ahora se puede leer allí abajo, doy un tirón y cae al suelo un buen pedazo de capas que suenan en las baldosas a mis pies. El decollage se conforma como un cosmos naciente de dolores y colores aletargados. Lo logramos leo. El ejército de los 12 días, diceun poco más abajo, pero con la misma caligrafía con el mismo firme rojo.
 Su designio, no usurpar el poder del estado sino destruirlo. Destruir las grandes cadenas de mando, las economías mundiales logrando que las redes de la producción y la distribución comiencen a girar como una perinola enloquecida que nadie -el estado- puede detener y cada vez que choca contra un borde deja un agujero que comunica con el abismo.
 Así y todo el ejército de los 12 días no era una práctica o una conformación prohibida por el estado. (Ahora puedo hablar en pretérito porque he leído en el decollage todo lo que podía leer acerca de un futuro inexistente). El ejército era lo que Hobbes llama un sistema irregular aunque legal. Ya que pese a su condición natural estaba tolerado por el estado siempre y cuando se mantuviera en cierto cauce de normalidad. Un detalle importante es que se trataba de una reunión de personas que carecía de representación. Esto explica por qué el estado llegado determinado momento fue tapado por esta gran ola a la que no pudo prever y que carecía de las armas necesarias para destruirla, justamente porque necesitaba para poder castigar que exista cierta idea de representatividad. El ejército de los 12 días no tomaba decisiones por medio del voto, la asamblea y demás artilugios jurídico-legales; ni siquiera había decisión. Solo crecimiento rizomático, a la Deleuze, contagio y afectación molecular, pocas o ninguna idea. En este pasaje del Leviatán, cap 22, Hobbes marca la diferencia: "Si se impone una multa a la corporación, por algún acto ilegal, únicamente son responsables aquellos en virtud de cuyos votos fue decretado el acto, o con cuya asistencia fue ejecutado. En ninguno de los restantes puede existir otro delito sino el de pertenecer a la corporación; delito que si existe, no es suyo, puesto que la corporación fue ordenada por la autoridad del Estado".
 El instante en que la reunión de gente que sale a hacer compras deviene ejército es de una delgadez áptica que desafía todo atributo y el pisotón mecánico del estado por mas que le asienta todo su peso encima no llega con sus pezuñas inmensas a tocarla.
 Vuelvo a levantar las bolsas del suelo, pesan, las manos duelen y se desesperan por llegar. Qué fastidio! Una simple compra no puede demandar tanto tiempo! Sin embargo poco antes de estar ya disponiendo todo lo que debe ser apilado -las galletitas con las galletitas, lo que debe ser freezado antes que lo demás, las legumbres aireadas más abajo y la carne arriba- deseo volver. Me digo que mañana volveré pero tal vez mañana el decollage haya sido intervenido por otro transeúnte o cosa semejante. Tal vez pude haber descorrido más piel, barrido más escarcha, más polvo, más cosas aparecerían al tironear y desprender los despojos. Lo logramos, el ejército de los... Solo eso desvelé.