06 julio, 2013

Luces titilan

 No sé si me enamoré de tus luces o de vos.(...)como un paranoico regresa a sus obsesiones, dice Henry Miller en su Black Spring, con los ojos fijos en el asfalto irremediable que refleja la negrura y la humedad fría. Recuerdo haber pasado hace un tiempo por esta esquina pero era verano, una tarde a la hora agobiante, poca gente en la calle, antes de pasar por la esquina ya sabía cómo se me iba a presentar, veía desde lejos esa depresión del cemento, su capa de polvo su tensión solar. Los lomos de burro de plástico negro atornillados al cemento con gruesos bulones brillantes que cuando las gomas se deslizan por encima hacen un sonido como un plaff paff, y se repite. Luego de años la ciudad es ya un organismo al que se le conocen los más mínimos detalles pero sobre todo los del pavimento. Cada grieta, cada cuneta, las sanjas secas y vacías y las llenas y rebosantes, sin vida. Los hierros incrustados, las sobras, los metales desgastados que la luna hace resplandecer; todo lo que se puede y lo que no se puede pisar, lo que se debe esquivar y admirar.
 Más adelante titila algo rojo vivo  y algo blanco incandescente es un titilar lento pero de una intensidad que parece que midiera el avance de las cosas que van hacia allí. Ahí es cuando pienso que voy a acercarme a ese titilar, parece una coordenada que debería seguir... antes de llegar. Qué haré... Diré... No sé si me enamoré de tus luces o de vos. Y Miller dirá (...)que sólo permanecerá en el recuerdo; y entonces el recuerdo se mete más adentro con una extraña y absorta brillantez(...) La pausada luz roja y la aún más pausada luz blanca se van turnando cuando titila una la otra calla. Se turnan como dos mesurados bichitos de luz en la oscuridad profusa de las calles donde el imperativo es siempre avanzar. Tal vez al doblar en una esquina cualquiera tan erráticamente, sea lo mejor, perder de vista ese titilar entre la niebla que de a poco asciende y desciende gélida. Sin dar tiempo a que todas las intenciones y deseos que se deslizan se sumerjan en vacilaciones convulsas. Y, que sea ese el motivo -pero que no lo sea!- de no poder aproximarse y prorrumpir en esas tesis del sueño: No sé si me enamoré de tus luces o de vos.  

22 junio, 2013

El juramento

 ##################################alerta spoiler#################################################

 A la serie Game of Thrones no le faltan los golpes bajos, en general, esos raptos deslumbrantes de sanguinolencia que mantienen al televidente en vilo durante la casi hora completa que dura cada capítulo. Claro que al ser una serie como se suele decir de época o ambientada, la violencia cuasi gratuita parece encajar en la mayoría de los casos. O al menos los guionistas son hábiles estrategas al convencer al telespectador de que esto es así. Pero en el capítulo 9 de la tercera ese momento sorpresivo, vertiginoso en que la "buena familia" es asesinada y masacrado el ejército huargo se torna indigerible. Retengo el instante escalofriante en que se hace un silencio en exceso prolongado y una brisa helada recorre el salón lúgubre, húmedo de Walder Frey y el traidor descorre su traje y deja ver debajo de su manga la cota de malla protectora como diciendo: estoy preparado para la que se viene. Empiezan a llover flechas que más parecen dardos y vienen de todos lados -los músicos transmutan la escena- y todos los Stark van cayendo. La madera grasienta del piso no para de chupar sangre; y los tablones se tiñen y amoratan y la sangre se oscurece y los vestidos se encharcan como la panza de la joven esposa. Panza sembrada de cuchilladas. Y su carne o la carne de su hijo que es todavía indistinguible de su carne. Y el rey que se hace llamar, según sus adversarios, el joven lobo, se pone de pie con una o dos saetas que aletean todavía en sus omóplatos, después de acariciar por última vez a su mujer que yace, y tocar a su hijo que se ahoga sin saberlo en un promontorio caldoso de tripas deshechas. Le habla a la madre, la llama como diciéndole: esto ya está terminado; "Winter is Coming" no te acordás vieja? Fluchh! otra flecha lo atraviesa y cae, shhucc! una hoja de puñal recorre con automatismo el cuello de la Señora y cae. Esa es la música de la desgracia todo se va desplomando, los brazos cuelgan pesadamente, el entendimiento llega tarde siempre que la muerte lo toma por asalto y cada salida es bloqueada por un traidor que hasta hacía segundos era un sirviente.
 Y por qué tanta saña, tanto espíritu vengativo. Walder Frey ha gritado: a vos no te creo más nada con vos no hago nuevos pactos porque ustedes los Stark rompen los juramentos. Eso es verdad el joven lobo debía por juramento casarse con una de las poco agraciadas hijas de Walder Frey. En el trajín de la guerra y de las aventuras de los caminos conoce a una muchacha hermosa y se enamora; de sus senos bien puestos dirá Walder Frey. Y aquí es donde cae Hobbes que en el Leviatán capítulo XIV habla de los contratos y los pactos en un mundo que con seguridad ha de parecerse bastante al de los 7 reinos.
 A la pregunta de por qué la saña la necesidad de desquite de Walder Frey se me ocurren dos respuestas. La primera es la de tipo cálculo político-estratégico para ganar nuevos reacomodamientos en un mundo que está acéfalo y se resquebraja y reensambla constantemente. Se alía con los enemigos de una casa para aplastar a otra y obtener un reconocimiento que se traduce en tierras, bienes y tranquilidad para el futuro inmediato. La otra explicación es más hobbeseana en el sentido del capitulo 14 del Leviatán. Diría así, el joven lobo rompe arbitrariamente su juramento por lo tanto debe ser castigado. En Game of Thrones como en todo mundo antiguo y mítico hay un sentido fuerte de trascendencia pero lo interesante es que esa trascendencia es ambigua y diversa. Están los dioses viejos y los dioses nuevos. Vas a jurar por los nuevos por los viejos o por ambos? Este plano entremezclado, este manto de heterogeneidad hace que de pronto al romperse los acuerdos preexistentes todo se resuelva en la eventualidad de la lucha. Por dos motivos dice Hobbes que los hombres respetan sus propios juramentos. Primero porque temen el poder de los espíritus invisibles y segundo porque temen el poder de los hombres a quienes se perjudica con el incumplimiento. El primer poder es el que según Hobbes ejerce la presión más efectiva para contener las pasiones humanas egoístas por definición. Pero aquí todo se resuelve en la cruenta lucha, en la celada terrible a los Stark, dado que el plano trascendente se adormece con facilidad. Lo obvio es entonces que esto es el "estado de guerra" es decir el todos contra todos y, que todo valga, es lo que explica que un lord ofendido pueda sin remordimiento aparente masacrar a la buena gente de poniente porque no cumplió con lo pactado. Hobbes parece dar a entender por esto mismo que los pactos son débiles y siempre violables fuera de la sociedad civil. Solo jurar por Dios tiene cierto peso, cierta verosimilitud y así y todo el juramento en tanto acto que añade algo a la promesa de cumplir no añade nada. "Y no puede jurarse por cosa alguna si el que jura no piensa en Dios". Pero apenas más abajo agrega Hobbes: "De aquí se infiere que el juramento nada añade a la obligación. En efecto, cuando un pacto es legal, obliga ante los ojos de Dios, lo mismo sin juramento que con él: cuando es ilegal, no obliga en absoluto, aunque esté confirmado por un juramento".  
 Ver asesinar a todo un ejército y a sus líderes que son además lo más parecido a los buenos de la saga. No es eso exactamente lo que crea la impresión penetrante de la maldad operando. Sino la articulación de una escena que se regodea en un encadenamiento de actos injustos pero donde el último acto sella la injusticia y pasa todos los límites. Pues el viejo Walder Frey perdona y luego castiga. El pacto había sido roto por el joven lobo al casarse arbitrariamente con una mujer no hija de Walder. Después Walder Frey ofendido aceptó explicaciones y puso nuevas condiciones. En esa instancia perdona al joven lobo y con ello le devuelve el derecho que había sido cedido y que permanecía incumplido. Además, al celebrarse el nuevo acuerdo y hacerse efectivo este matrimonio entre una hija de Walder Frey y un tío del joven lobo, Walder frey queda obligado a realizar su parte; pues ambos habían de nuevo prometido y una de las partes ya estaba cumplida.
 Y, para sumar un aspecto más general, el antihospitalario Walder Frey comete con sus actos aberrantes la violación de las hobbeseanas sexta y séptima leyes naturales. De la 6° porque dice Hobbes en el capítulo 15 de la Parte I del Leviatán, "Que, dando garantía del tiempo futuro, deben ser perdonadas las ofensas pasadas de quienes, arrepintiéndose, deseen ser perdonados. Y de la 7°cuando señala "que en las venganzas los hombres no consideren la magnitud del mal pasado, sino la grandeza del bien venidero". Sexta y séptima ley se complementan en tanto destacan la importancia de suspender toda hostilidad si se abre la posibilidad de convenir una paz a mediano corto plazo. Lograr la paz. Porque tal como lo manda la ley fundamental de naturaleza se trata de buscar la paz y seguirla. En esa delgada e invisible línea divisoria entre la paz y la guerra, entre la quietud y el movimiento, entre la muerte natural y todas las otras. En ese horizonte hermenéutico que es seguir la paz se sigue todo lo demás.  

29 mayo, 2013

El 48

 La muerte de Videla hace que muchas cosas se escurran. Recuerdo los crepúsculos en la casa en la infancia cuando todo se va enfriando y mi madre me habla del pasado reciente. Me hace memorizar un número de cuatro cifras para que no me pierda. Para que siempre pueda regresar a la casa. Pasaron cosas unos meses antes de mi nacimiento y después nunca más quise pensar en el maldito número. El número fatídico tatuado por todas partes; en mis papeles, en el pasaporte que nunca usé. 
 La casa se iba enfriando, la casa se calentaba rápido porque era chica. Ahora Videla está muerto. Siempre desprecié el número, siempre desprecié su poder su forma de dominarlo todo de abordar el territorio y doblegarlo, ocuparlo y discriminar lo posible. 
 En las afueras de la ciudad está la casa más famosa. La casa más famosa en/es la Quinta de Olivos. Allí vive cristina. Allí vivió Videla el muerto. Allí Videla il morto chi parla se sentó en un inodoro para defecar y allí también cristina, pero no rodeada de los mismos artefactos. Porque así como un cuadro fue bajado del muro, retirado por ser enemigo de la humanidad, así también nadie querría confundir la sensación dulcemente dolorosa de la defecación, ese parto pueril, balanceándose sobre los círculos del mal. Refaccionen el baño completo, sobre todo el baño que no quede nada de él, esa fue la orden que se bajó en la casa que es en realidad una casa adentro de otra... adentro de otra. Como una mamushka de casas. La gente hace running alrededor de la quinta porque es un perímetro para ser recorrido, sus ladrillitos rojos su simetría llaman a eso. Y la gente mira hacia adentro y ve que se reproduce el espejismo rojizo, esa exterioridad que no termina. Es un juego de casas, una gran maqueta a escala real, un juego de tronos con cristina que piensa en Danerys Targarien; la bella princesa que está del otro lado del mar angosto y con cada decisión se llena de fuerza mientras el verde de sus ojos centellea como un dragón o un yacaré. En otra habitación está en exposición la raqueta que le regaló Roger Federer, me quedo fascinado mirando esa raqueta; qué torneos ganó Federer con ella? Aquel día todos nos sentimos felices porque nos dimos cuenta que hablar con cristina tiene algo que destila gracia y hasta Federer en un momento confuso quería abandonar su lengua. Esa lengua materna que no paraba de ronronear como un volswagen puesto en marcha. Sus pensamientos iban a más velocidad que sus aces, eso es decir mucho, mientras cristina le explicaba que los argentinos son todos unos cholulos y acariciaba la raqueta con la uñas.
 Ahora que Videla está muerto hay que esperar pero sin cansarse porque va a seguir hablando porque la escritura nunca puede ser acallada y porque los signos extendidos hasta el confín de los tiempos van a seguir produciendo sentidos nuevos. Ya no está más el portador del miedo, ya no hay más vida biológica. Solo il morto chi parla en los reportajes, en el último libro testimoniado en la cárcel. Il morto chi parla se abre como una flor. Il morto chi parla revuela con esa V insoportable que es como un bumerang de la cultura argentina; il morto chi parla al oído para hacer un edificio helicoidal todo construido de cintas de moebius engarzadas. 
 Faltaba poco para que yo naciera y siempre que falta poco para que yo nazca hace frío o llueve indefectiblemente. Pueden hasta suceder las dos cosas juntas y eso ya es desagradable. Una noche ya bien entrada mi madre está en la casa y hace frío es húmedo el tiempo y hay hojas sobre las veredas, hojas pisoteadas y olor a otoño y a necesidad de que el sol se recupere y se retomen los colores. Mi madre está en una habitación y mi padre está en otra y los hijos están por venir. Mi madre oye en la radio el enunciado esperado y doloroso y se lo comunica a mi padre inmediatamente. Creo que es un comunicado de la junta militar que se transmite a la media noche. Ellos son jóvenes y se acuestan tarde. La memoria, las generaciones los padres y los hijos están siempre ahí como piezas que se atraen por defecto. Y, Videla il morto chi parla tendrá algo de sobrevida...? desde el momento en que después de muerto continuará testimoniando su loca memoria.


04 mayo, 2013

Le bâtiment

Un grafiti para una tantunita que está enferma para que se mejore pronto mientras se entretiene y divierte. 

01 mayo, 2013

La n° 1

  Lo que dicen los médicos siempre es determinante y misterioso. Es determinante porque hay una verdad que encapsulada se traslada y se inocula sobre el cuerpo y sobre lo que dijeron y lo que dirán. Es misterioso porque en un punto indeterminado nunca se sabe qué es lo que fue dicho y cuál fue el alcance de los juicios que luego en el tiempo lentamente se van desvaneciendo. Luego todo es tan relativo que ya no queda nada. Aquella vez los médicos dijeron que había sido una suerte que Mónica se estuviese justo por parar, por poner en pie para salir a jugar y rematar y hacer volea y potenciar el tablero de una manera tan demoledora que en ese tiempo, principios de los noventa, no había alguien que pudiese vencerla. Todas las grandes habían sido barridas y las que podían serlo, como Gabriela, no tenían chance. A mí también me llenaba  de rabia cuando esta máquina de los balcanes le ganaba a Gabriela. Sobre el cemento sintético alemán o sobre el polvo de ladrillo de España o la roca volcánica de los balcanes; no había nadie que le puediese ganar en aquel momento a Mónica. Pero la carne es tan vulnerable, tan propensa a dejarse penetrar que solo dos centímetros de la hoja no demasiado afilada de un cuchillo de cocina le provocó un cambio radical a su vida. Estaba sentada y ya casi se paraba con la espalda sudorosa con esas gotas que solo una campeona rica puede emanar de la piel. Esas gotas de oro que desfilaban por su cuerpo fino. Y el loco apareció con el cuchillo y se lo fue enterrando a discreción. Atardecía. Los de las plateas miraban todo con vinchas y caros lentes de sol. Había poco sol ya pero igual se los dejaban puestos porque se olvidaban que los tenían puestos o porque la sangre que brotaba rápido de la herida de dos centímetros de profundidad en la espalda de Mónica tenía que ser olvidada. Todo es un comercio insoportable. 
 Hoy se cumplen veinte años del derrumbamiento del incipiente imperio de una superdotada que descansaba en su silla director antes de salir a ganar los últimos set. Se inclinó hacia adelante levemente pero casi con sorpresa para el loco que también  se inclinó, aproximó el brazo con esa violencia y esa convicción que solo tienen los locos y la puerilidad de una psicosis mal curada. El cuchillo se enterró y fue atraído por el punto justo de la debilidad como alguna vez el talón de Aquiles atrajo la saeta que  derrumbaría el edificio inexpugnable de la lucha cuerpo a cuerpo. Los puntos vulnerables son aquellos que se conectan con el cosmos interior. Entonces comienza un vertiginoso proceso de demolición de las energías, hasta que finalmente la máquina se para. Tal vez Mónica nunca se inclinó hacia adelante... Si no se hubiese inclinado hacia adelante hubiese quedado paralítica dijeron los médicos porque el cuchillo hubiese destrozado la cervical. Se supuso natural que antes de ingresar a la cancha se inclinase todavía sentada en su silla para ajustarse los cordones... Obviando un detalle escandaloso! Mónica usaba por aquella época zapatillas con doble velcro, si bien es cierto que las tiras de velcro también precisan ser ajustadas. En fin, el loco había predicho en su plan maléfico cómo todo se encadenaría y quizá sabía que dos centímetros de profundidad bastarían para que la energía drenara en la medida necesaria para que el cosmos interior dejase de brillar. De algún modo intuyó dónde estaba ubicado el tapón de ese río y tiró de la cadena para que todo el caudal corriese a otros brazos. Todo se fue arremolinando haciendo resoplidos que succionaron rápido la fertilidad de la campeona.    

23 abril, 2013

Tanto dolor

 Todo el día estuve sintiendo que donde debían estar los gotones de la lluvia, que al final no fue, estuvieron los jirones de esa carta entregada por un padre encomendando a su hija querida para que la cuiden y la amen. Mientras tanto en todos los diarios la tinta rebosaba, inundaba hasta lo que no se puede inundar sobre las superficies impalpables digitales y diciendo que hay besos para todos los desvalidos, para los más desvalidos. Quiero una Iglesia pobre, un beso. Quiero una Iglesia pobre, una caricia. 
 Pero cada despojo de palabras del padre escritas y firmadas era terrible y penetraba el cuerpo como trompetas que clamaban sin resonar; tanto dolor... El peso del dolor es incomparable en el sentido de que es intangible en extremo y deja unas huellas que son como movimientos sísmicos. Como si un carnotaurio hubiese andado por ahí caminando hace miles de siglos y las marcas de las toneladas de las patas quedaron; así es el peso del dolor. 
 A todos los de mi generación los vuelve locos Star Wars. Cuando era chico sentía que mi experiencia estaba incompleta porque no había visto la saga entera. Me faltaba el Imperio contraataca. Cuando pude verla, no en el cine porque cuando el Imperio se estrenó yo era demasiado chico, cuando conseguí una videocasettera para poder alquilar la cinta vhs y verla, fue como un renacimiento. Mejor dicho fue como cerrar una etapa de la infancia. Me apoltroné solo en unos sillones de cuerina negros y puse play.  
 Esta película es archiconocida por todos y por lo tanto no tiene sentido decir de qué va. Pero quiero comentar una escena que es en sentido descriptivo el tanto dolor en algún aspecto muy superficial. Cuando Luke Skywalker se trenza en un duelo inolvidable con su papá Dark Vader. Muchas cosas se han dicho sobre esta escena memorable. El padre quiere tentar a Luke en relación al Lado Oscuro y Luke reniega de todo eso porque es un creyente de la luz. El Emperador hace todo para conmoverlo -pero esto no sucede en esta escena sino en otra parecida- al punto de que los espectadores contemporáneos, para quienes por supuesto la luz es una total patraña, desean en silencio que Luke finalmente deje de ser un creyente incondicional y abrace la corrupción de manera apasionada. Pero no. El jedi que ya aprendió un  par de trucos de magia y puede mover las cosas invocando la fuerza se rebela contra los enemigos de la buena humanidad y le hace frente al ya semihumano del padre. Lamentablemente aún no está del todo preparado y sufre la amputación de su brazo a manos del rayo espada luminosa. Es fascinante cómo corta la carne la espada de los jedi. Es fascinante porque el corte siempre es un corte perfecto que quema de un modo abrazador, cuasidivino es el corte. Sin roturas, sin sangre, sin derramamiento de flujos inmundos. Pero desmembra los tejidos sin piedad. El pobre Luke debe ser rescatado con su cuerpo incompleto y sufriente pero felizmente una vez socorrido y entre amigos, es operado de manera incomparablemente cibernética y se le repone su miembro. No hay final más feliz que ese a mi gusto personal. Es una idea brillante, ingenua y utópica: el trozo de cuerpo perdido puede ser restituido. Nada está más lejos de la pura y cruda realidad. Nada es menos real que esa restitución de la carne. Como la muerte, la carne que es separada del cuerpo ya sea de modo brutal o quirúrjico se vuelve incomponible. Es como si ese trozo de carne, esa mano, ese antebrazo separado del cuerpo se tornase absolutamente amorfo; esa es la ley de lo real. De la muerte no se vuelve y del cuerpo que ha sido fragmentado no hay recomposición posible. El espíritu se evade de ese foco de dolor con una saña, con una velocidad que a lo sumo es ilustrada por el reguero de sangre que estalla como en los brazos amputados de los peronajes de Kill Bill de Tarantino. Una lluvia de sangre de dolor y de carcajadas ante el patetismo extremo de lo que significa que el cuerpo sea dividido sin retorno y casi por un capricho de las pasiones y el egoísmo de los hombres. 
 De todas maneras como la ciencia siempre desafía las leyes naturales no es increíble que el padre se presente diciendo que la niña podría haber salvado su brazo. Del mismo modo que lo hacen algunos improvisados y temerarios cuando tienen un accidente doméstico y al perder un pedacito de dedo de una cuchillada se lo restituyen aplicándose unas gotas de pegamento compuesto de cianocrilato. Así, algo de esperanza se habría podido vislumbrar. Pero ni siquiera eso. El brazo tenía que perderse entre los hierros entre los pastizales para que la desgracia pudiese quedar sellada. La desgracia es un giro que desfonda. La desgracia no tiene límite. Es basta es insondable de una espesura fría como la frialdad hipotética de las galaxias sin soles. Así es la desgracia.
 La muchacha está parada en el pasillo y cuando sonríe las ventanas, las cortinas, las paredes escritas y las puertas altas se abollan y absorben a ellas mismas. Ahí está su brazo colgándole, la venda de muchas vueltas que rodea toda esa ausencia de brazo que remarca y remarca el vacío. Y en nada la chica se parece al jedi con su brazo amputado. Y en nada el padre pareciera destilar algo de oscuridad o de resentimiento cuando despliega la hoja donde él mismo ha escrito que la joven necesita un cuidado y una atención especial. Y todo está de más, todo lo que se pueda decir no alcanza a consolar nada. "Mi hija perdió un brazo en un accidente en la ruta. Lo que mi hija necesita es volver a hacer una vida normal..." Más o menos puedo imaginarme a qué se refiere el padre con vida normal, sería como decir que se inserte en un medio social que comparta con sus pares. El desafío y la pregunta es cómo vivir en medio de un desgarramiento semejante. Cuando veo la expresión desahuciada de la madre apoyada sobre una columna esperando al pie de una escalera la pregunta revuela con pesadez; cómo construir la vida desde ahí. Y la pregunta  derridiana de si se puede aprender a vivir y de si se puede transmitir el conocimiento de lo que sería un vivir acertado, se disemina, como un gigantesco azulejo hecho trizas y cada trocito transmite sobre sus irregulares pantallitas esmeriladas secuencias de lo inconcebible.            

  

06 abril, 2013

Las palomas

 Salgo a la mañana, no es tan temprano pero se siente en la piel ese frescor tan digno de la mañana. El asfalto avanzando es inexorable, tan quieto, tan fijado a sí mismo. Las bicisendas están arrebatadas de inmensos soretes de perro, ocres, simiblandos y tal vez aún tibios. Tres palomas están sobre el pavimento, lo husmean, fija su tonta pero atenta visión en derredor. Todo lo que se acerca lo desafían con una displicencia en extremo ingenua y luego no saben cómo escapar. Las palomas revolotean a mi alrededor, mueven su masa de carne grisácea que levanta un viento desproporcionado que inunda todo de olor a hospital. Vuelan mal. Las palomas vuelan mal. O son ellas las que están mal dormidas y malhumoradas. En la poesía de Alejandro Crotto Las palomas se dice que:
"después salimos a cazar palomas
con nuestro rifle de aire comprimido,
mi hermano y yo con menos de once años"(...)
 El vuelo rasante y mal hecho queda atrás. Por la esquina pasa una caravana de autos tocándose bocina; los conductores inmóviles en sus butacas acolchonadas tienen todos la misma expresión. 
 Desde un paraíso observo junto a unos amigos de la cuadra los posibles blancos. Ya tenemos todo el equipo pero nos faltan los blancos. Qué decepción! Seguramente habremos subido a un paraíso porque son una fuente inagotable de diversión y recursos. Pues a nuestras gomeras fabricadas con ruleros y globos las cargamos con aquellas municiones demasiado buenas para ser obtenidas con tan poco esfuerzo. Los ramilletes verdes de bolitas de paraíso son perfectos, fáciles de alcanzar y como balines, insuperables. Los árboles se pelan muy rápido eso puede ser preocupante. De todos modos ahora cada uno tiene unas bolsas o unos frascos llenos, repletos de municiones verdes y no hay blanco a la vista. 

02 abril, 2013

Bala

 El pan y la manteca. La cópula. El pavimento y algo que sobre él se desliza, la explosión de una máquina o la tracción a sangre. La cópula. El cuchillo y la carne. La cópula. Hay cosas que están hechas para conectarse y no le preguntan a nadie si eso es bueno o malo. Hay cópulas naturales, obvias, otras que van por los márgenes, otras tienen un carácter social-histórico, como las calles de la ciudad y los automóviles. Hay cópulas dolorosas, innecesarias. 
La bala y la carne que se atraen como el cuchillo y la carne y hacen bodas, bodas de sangre y amarga miel. Adentro de la carne la bala se ha detenido. Los médicos dijeron hay que esperar... qué hay que esperar? Ver, saber si va a tener un paro ahora mismo. Si la bala llega a la arteria se muere, aclararon los médicos. Esos minutos fueron eternos y la bala se detuvo justo ahí, encalló quitándose impulso abrazador tal vez por el propio coagulo denso que formó a su alrededor.
 La bala haciendo la vuelta carnero entre los tejidos sanos, destrozando todo a su paso y deteniéndose justo antes de barrer una arteria elástica. Como si tocara la elasticidad y no pudiese extraer impulso de ningún otro lado y empujara la resistencia milagrosa de la arteria en la pierna que tiembla del miedo inaudito. La bala tiene que descansar, junto al cuerpo, rodeada de la carne que ha roto y que no la ha saciado aún. A su manera cada uno debe descansar, el cuerpo reza y espera que recen por él. La bala duerme y espera poder quedarse quieta sobre la arteria, la arteria la arropa y la convence de que quedarse quieta es lo mejor. La arteria y la bala entre la corriente de sangre que distribuye los nutrientes para cada célula. Una cópula innecesaria. Una señal que se desvía.   

    

24 marzo, 2013

La raja entre los mundos

 Los sueños brujos nos llenan de pavor muchas veces al despertarnos; siempre hay algo siniestro en esa clase de sueños. Pero a diferencia  de otros sueños, y, más allá del placer que nos provoquen, los sueños brujos son interferencias que nos empujan, nos convocan y nos llevan a una cierta transformación. El día no puede ser un día cualquiera luego de tener un sueño brujo. En el mejor de los casos será todo un devenir. 
 En nuestro sueño brujo algo nos tendió la mano, las manecitas -mejor sería decir las garritas- la vista nerviosa, los movimientos trémulos y fugaces. En la otra orilla de la laicidad devastada o teatralizada...   Aquí solo lagartijas, como aquellas que eran las brújulas cósmicas de Carlos Castaneda en Las Enseñanzas de don JuanAndaban por ahí, simplemente andaban por ahí las lagartijas. Por el pasto por el campo. Una zona semiurbanizada como si dijéramos Cañuelas o Lobos. Apenas nos acercábamos un poco a ellas salían disparadas, se alejaban y desaparecían entre los pajonales que rodeaban las pocas casas. No se dejaban atrapar pero a la menor distracción ya estaban ahí como insistiendo. En el campo, en la calle desértica en la tierra se mostraban torpes, moviendo sus cuatro patas y su larga cola con dificultad. En el llano más se parecían a lagartos apesadumbrados, grises, pero apenas copaban el matorral se volvían atléticas y de tan rápidas parecía que se sambullían en colchones de yesca hasta desaparecer. Acaso habremos tardado tanto en interpretar los signos que las lagartijas lanzaban en todo el entorno de la calle desierta extendiéndolos sobre el horizonte cercano...? Porque más tarde una de ellas apareció clavada en un asador de campo. Estaba preparada para la faena, iba a ser devorada, ya no tenía cabeza, había sido abierta y despanzurrada, su carne anaranjada brillaba todavía aunque ya no había sol y atardecía. 
 Pero siempre volvían en el campo eran torpes y en los matorrales desaparecían rápido. Y se mostraban. Insistencia de las lagartijas, en general dos. Y lentitud sobrecargada de la interpretación. El dúo retornaba cuando oscurecía y parecía que se ponían a danzar entre las carpas. Si se les daba por subir por la pendiente bañada de rocío en los cubretechos anaranjados era extrañísimo observarlas. Daba la impresión de que se erguían y dúctiles y livianas caminaban hasta el vértice de las carpas desde donde se tiraban deslizándose sobre sus panzas que reverberaban con la claridad de la luna. Temíamos acercarnos demasiado y asustarlas. Preferíamos divisar con dificultad sus gestos hasta que pudiéramos adivinar que algo nos estaban diciendo. Cualquier movimiento podía tener un significado especial, si se alejaban hacia los matorrales o corrían hacia el sur. Si parecía que danzaban o se mantenían expectantes como presas, ellas mismas, de una visión repentina. Cualquier cosa podía pasar de un momento a otro; aunque no pasara nada. Atardecía y todo estaba en calma. Pero no podíamos distraernos! Como le había dicho Don Juan al aprendiz de brujo: "El crepúsculo: ¡allí está la rendija entre los mundos!".  

15 marzo, 2013

He olvidado mi paraguas otra vez

"He olvidado mi paraguas" esa frase de Nietzsche que aparece en los textos llamados postumos y que no se sabe bien si es una cita, un proyecto de escritura inconcluso, algo oído por Nietzsche en algún lugar y simplemente apuntado con una intención errática o con una dedicación inintencionada. Frase que al pasar del tiempo se entraña, se consolida, aunque eso es como algo bastante no querido por las fuerzas que devienen. "He olvidado mi paraguas" es una frase que no dice nada, no se sabe qué quiere decir o cómo debe ser interpretada, como no se cansa de decir Jacques Derrida en Espolones
 A la noche vamos caminando, está medio oscura la noche o es la ciudad la que está oscura -hay cortes de luz?- no es fácil de determinar eso en la ciudad. En el río, en la montaña, en el campo alguien que cruza la acequia jamás se plantearía un dilema tan tonto. En las veredas los soretitos se empequeñecen y se agrandan, en las esquinas paramos -el olor de ese bar al que aún nunca fuimos se siente cercano- y los autos pasan muy cerca de nosotros, los autos voraces siempre lo rozan todo. Las luces debilitadas bañan todo de un tono... cómo decirlo, como en un manual de poesía, no puede faltar la palabra mortecino. Cruzamos el asfalto recién arreglado pisando las bandas blancas por donde caminan algunos peatones. Hay todavía mucha gente en la calle. Y en la penumbra, la ochava se nos echa encima y nos muestra toda esa acumulación de paraguas muy quietos dentro de la paragüería. La paragüería ya cerrada con cortina metálica baja pero que permite ver hacia el interior las repisas con paraguas, las tarimas con paraguas abiertos, expuestos, las filas de paraguas colgados, cerrados, de colores pasteles, brillantes, a lunares, con motivos, otros más snobs o más pequeños o esos con punta más formales, más histéricos, más estilizados más hostiles. Estar dentro de una tienda de paraguas cerrada solos ahí entre medio de todos los paraguas quietos rodeándonos, marcando el espacio, diagramando la forma del espacio debe ser algo que del orden de lo siniestro no puede alejarse. He olvidado mi paraguas titanic. Un paraguas titanic que ya había sido olvidado en un recinto de una oficina pública. En un lugar público nada puede durar, la necesidad es como un terrón de azúcar sobre una mesada sudorosa asediada de hormigas. Una gota de agua que se desliza en la arena candente del desierto famélico. La cadena de los paraguas olvidados se reproduce sin producir absolutamente nada pero sin dejar de ser la máxima certeza de ser el olvido mayor, e irrebatible, en tanto verdad que se afirma en el día olvidado.